n efecto, la toma de conciencia del potencial de los seres humanos
había hecho emerger, en el panorama finisecular, diferentes movimientos
a los que se ha venido prestando desigual atención. Todos ellos, sin
embargo, deberían conformar una especie de dodecálogo cardinal, sin por
ello descartar otros posibles mandamientos o movimientos:
1. El aprendizaje y desarrollo permanente (lifelong learning movement).
2. La destreza informacional (information literacy movement).
3. La necesidad de innovar (innovation movement).
4. La asunción de autonomía (empowerment movement).
5. La gestión por competencias (competency movement).
6. La psicología positiva (positive psychology movement).
7. La calidad de vida en el trabajo (quality of worklife movement).
8. El pensamiento crítico (critical thinking movement).
9. La economía del conocimiento (knowledge management movement).
10. La inteligencia emocional (emotional intelligence movement).
11. El aprendizaje on line (e-learning movement).
12. El coaching (coaching movement).
Todos estos postulados han constituido auténticos buzzwords en el mundo
de los recursos humanos en los últimos diez años. El lector pensará que
ha habido muchos otros buzzwords, pero también aceptará la solidez de
éstos, y su convergencia en los nuevos perfiles necesarios para
trabajadores y directivos. Seguramente necesitamos hoy profesionales más
expertos y dispuesto a asumir responsabilidad y poder, y directivos más
“ministros de Exteriores” y no tanto ya “ministros del Interior”. De una
parte, el perfil de knowledge worker que nos dejara dibujado Drucker
parece irse consolidando, y de otra un nuevo perfil de directivo se
precisa, aunque aquí no conseguimos ponernos de acuerdo con el modelo.
Tornemos la vista al dodecálogo. El individuo ha de ser muy consciente
hoy de su necesidad de desarrollo permanente y, en hipotético caso
necesario, un coach puede ayudarle a percibirlo así, con cierta ventaja
sobre su jefe o sus colegas; igualmente ha de ser el individuo
consciente de la complejidad de traducir la información disponible a
conocimiento sólido aplicable en la toma de decisiones, y el coach le
puede sensibilizar al respecto, si lo necesita; también ha de estar
siempre el individuo considerando la posibilidad de hacer las cosas
mejor y de hacer nuevas cosas (innovar), y aquí el coach puede volver a
tener un papel… Recordemos que el coaching, como medio, como método,
resulta idóneo para fines muy diversos en la empresa —diversos y
atractivos—, pero aquí deseo subrayar que puede, además, reforzar el
avance de otros movements concurrentes en el amplio mundo de los
recursos humanos, evitando su adulteración, su desvanecimiento.
Sigamos. La asunción de autonomía (hablamos de empowerment), de
responsabilidad, puede requerir una energía psíquica del individuo que
un buen coach puede hacer emerger; a su vez, el despliegue de
competencias precisas en cada perfil profesional puede resultar
complicado, y de nuevo el coach puede sernos muy útil… Vayamos al sexto
movimiento: para, dentro de la doctrina de la psicología positiva, mejor
aprovechar lo mejor de nosotros mismos, ahí está otra vez el coach. Al
séptimo: para encontrar espacios comunes, sinérgicos, entre nuestra
efectividad y la satisfacción profesional, para una mejor calidad de
vida en el trabajo, una vez más, el coach…
Alto. Paremos un momento. Pero, ¿puede un directivo intermedio, o un
trabajador del saber, contratar un coach y pagarlo? En la medida en que
se consolide un compromiso relacional, y la empresa disponga de medios y
voluntades de desarrollar a su personal, el coaching puede resultar
mucho más enfocado y efectivo que la tradicional secuencia de seminarios
de habilidades personales o directivas, cuya eficacia se pone a menudo
en cuestión. Pregunten a un directivo que haya experimentado el
coaching: ¿qué resulta más efectivo, un proceso de coaching, o veinte
seminarios de liderazgo? No les doy la respuesta, les pido que pregunten
si tienen ocasión.
El coach alentará nuestro pensamiento crítico (distinto de la
criticidad, el escepticismo o la controversia), el sistémico (atento a
las causas y las consecuencias), el abstractivo (concluyente,
sintetizador), el reflexivo (lentificador de inferencias), el conceptual
(atento a los significados de los significantes), el integrador (en
busca de sinergias y armonías)… Nos ayudará a conocernos a nosotros
mismos en nuestro escenario profesional, y nos dará feedback sin
reservas, desde una posición independiente. Nos dirá verdades valiosas,
de modo que no nos sintamos líderes de quienes no se sienten seguidores,
ni nos sintamos infalibles en la era del conocimiento, ni nos dejemos
cegar por el culto al ego… Este diálogo es más sencillo con un coach que
con un jefe, aunque naturalmente haya coaches y coaches, y jefes y
jefes.
Una digresión
Hay expertos de la gestión empresarial que asimilan el coaching al
ejercicio del liderazgo por parte del jefe: “Para mí, liderazgo y
coaching son términos casi sinónimos. Un buen líder lo es, entre otras
cosas, porque sabe obtener lo mejor de sus colaboradores”, sostiene
Javier Fernández Aguado, prestigioso experto español. Me perdonará el
lector y el propio Fernández Aguado, pero me debe faltar contexto para
aceptar esta idea. Me cuesta, porque encuentro disonancias con las
características que atribuyo a la emergente economía del conocimiento;
porque percibo que, si un profesional hace bien su trabajo, alguien
podrá pensar erróneamente que el mérito es de su jefe; porque, sobre
todo, percibo que el mejor coach no tiene por qué ser un líder, ni el
mejor líder, un coach.
Tenga el lector sus propias percepciones, pero es que habría que
preguntarse si el mejor directivo intermedio debe ser un líder, o
simplemente un buen directivo intermedio. Aunque cada organización es
única, yo apostaría más por el partnership que por el leadership, en las
relaciones jerárquicas de la era del conocimiento, y llévenme si quieren
a la hoguera por hereje. Me pregunto si la relación líderes-seguidores
resulta ser la más idónea en la vida cotidiana de directivos y
trabajadores en la recta empresa del saber; me lo preguntaría porque
creo que todos, directivos y trabajadores, habríamos de liderarnos a
nosotros mismos tras metas suficientemente compartidas. Este
autoliderazgo que Drucker subrayaba en el perfil de los nuevos
trabajadores del conocimiento, estaría quizá relacionado con el dominio
personal de Fritz o Senge, la efectividad de Covey, la inteligencia
intrapersonal de Gardner o Goleman, o el self-leadership de Manz y Sims.
Déjenme, ampliando la digresión y admitiendo una cierta actitud crítica,
que les traiga una breve formulación de Miguel Ángel Alcalá, sobre un
nuevo modelo de liderazgo en el mercado, la denominada Dirección por
Hábitos (DpH), creada por el profesor Fernández Aguado y que nos ofrece
la consultora Élogos: “Los retos de la DpH son dos: definir cuáles son
los hábitos que convienen a la persona, y mostrar los senderos para
lograrlos. En sentido estricto, el trabajo consiste en que la persona
conquiste la verdad de sí misma en sus acciones, y, paralelamente, el
bien pleno para sí misma, con su conducta: vivir la verdad sobre el bien
realizado en cada acto, y la realización del bien subordinado a la
verdad sobre su propio ser”. Me pregunto, porque a simple vista no lo
percibo, qué tiene esto que ver con el liderazgo en la empresa, e
incluso con su posible sinónimo coaching, y también me pregunto qué
diría Peter Drucker si levantara la cabeza.
En definitiva y en general, no estoy seguro de que el jefe, aun siendo
un magnífico profesional, sea siempre un buen coach, ni en el modelo
líderes y seguidores, ni en el de directivos y colaboradores, ni en el
de jefes y subordinados, ni en el de capataz y operarios, ni en el de
supervisores y supervisados, ni en el de profesionales de la gestión y
expertos técnicos. Puede ser un buen directivo, un buen gestor, un buen
mentor, un buen tutor…, pero el coaching profesional sería, a mi modo de
ver, otra cosa. El lector asentirá o disentirá, pero si bueno es estar
de acuerdo, también lo es no estarlo, por lo que ello pudiera contribuir
al siempre saludable ejercicio del autocuestionamiento y la percepción
de una mayor dosis de la realidad.
Volvamos a la lista de movements
Entre otras cosas hemos hablado de “percepciones”, lo que nos lleva de
nuevo al dodecálogo, y concretamente al pensamiento crítico y la
percepción de realidades. En verdad, nos cuesta percibir las realidades,
incluida la propia. De una parte, porque el cerebro tiende a inventar, a
suponer, cuando le falta información; de otra, porque tenemos arraigados
prejuicios, creencias, supuestos que condicionan nuestro modo de pensar;
y también porque nuestros intereses o deseos contribuyen a la
distorsión. Creo que, en lo que se refiere a nuestros filtros endógenos,
un buen coach puede ayudarnos en la búsqueda de la objetividad, incluido
aquí el autoconocimiento y sin descartar del todo la ayuda de un jefe en
quien confiemos, y que no nos vea como un mero seguidor.
En la lista también mencionábamos la inteligencia emocional, y aquí hay
nuevamente espacio para un buen coach que nos ayude en la maduración
emocional, si fuera necesario. Nuestros resultados, como diría Douglas
McEncroe, derivan de nuestra actuación, ésta de nuestras emociones, y
éstas de nuestra percepción de realidades.
Pero, en otra, más breve, digresión, yo querría desviar la atención del
lector hacia un aspecto de la inteligencia, el de la intuición, que, si
no se ha consolidado todavía como un movement, sí parece apuntar
intenciones. La intuición es un recurso valioso —una especie de joya de
la corona de la inteligencia— del que no estamos quizá haciendo el mejor
uso. El coach nos puede ayudar a comunicarnos con nosotros mismos, y eso
supone ya una mejora en la escucha de las voces interiores, incluida la
de la intuición.
De ninguna manera les propongo una especie de management by intuition:
en modo alguno, no; pero sí parece el momento de que la intuición
genuina salga de la clandestinidad y, dejando que la razón asienta o
consienta, nos ayude en la comunicación, la creatividad, la toma de
decisiones o la detección de oportunidades. Si José Antonio Marina nos
alertaba muy oportunamente de los fracasos de la inteligencia, quizá
quepa prevenirlos o neutralizarlos con la ayuda intuitiva. El coach
experto puede guiar este progreso en el uso de la facultad, cuidando
especialmente de que no confundamos la intuición auténtica con anhelos,
conjeturas, ocurrencias, prejuicios, miedos o aprensiones.
Terminando ya, en la lista de movimientos esenciales, incluí el propio
coaching como también el denominado e-learning. Efectivamente, hemos
asistido a una cierta explosión de estos métodos o medios de aprendizaje
y desarrollo. El e-learning no está generando los resultados esperados,
y seguramente se ha de mejorar en la elaboración de contenidos y la
atención al usuario de la formación; pero las experiencias de coaching
sí parecen alentar el avance de este movimiento. A casi todos nos podría
venir bien una cierta reingeniería de nosotros mismos con ayuda de un
coach particular, sin descartar el coaching grupal que, más asequible,
amplíe nuestros horizontes y nos ayude a hacer emerger de nosotros
mismos todo el potencial que nuestra condición hace suponer.
Ing. José Enebral Fernández - jenebral1arrobami.madritel.es
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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