Todas las novedades positivas han de ser bienvenidas, pero resultan
ciertamente llamativos algunos sistemas de dirección de personas que,
sin abandonar la persistente etiqueta del liderazgo, se adhieren como
talismán a la fórmula “Dirección por...”, tal vez queriendo heredar los
beneficios que, para consultoras y escuelas de negocios, supuso la
Dirección por Objetivos. Bueno es, desde luego y por ejemplo, que
compartamos idóneos valores y practiquemos buenos hábitos, pero creo que
vamos cada día a la oficina (en general, al puesto de trabajo) a
trabajar, para generar resultados empresariales: sin rechazar lo
positivo de otros postulados, este articulista considera vigente la DpO
y se pregunta, en efecto, cómo aplicarla mejor.
Ha habido ciertamente intentos de superar las dificultades; pero en
algunos casos, más que apuntar a una clarificación de las nuevas
realidades en la empresa o proporcionar pistas para una idónea
formulación de objetivos, las iniciativas se han presentado como nuevos
sistemas alternativos o complementarios :la Dirección por Valores (DpV),
la Dirección por Hábitos (DpH)… A mí, al final de los años 90 y tras
leer el libro de Blanchard, me pareció, por ejemplo, que la DpV venía a
facilitar la toma de decisiones, pero en modo alguno a cuestionar la DpO;
sin embargo, no he sabido interpretar la DpH, que sí parece criticar
abiertamente la DpO, con argumentos diversos, algunos de los cuales me
han parecido falaces.
Quizá ustedes puedan interpretar la DpH: “Los retos de la DpH (Dirección
por Hábitos) son dos: definir cuáles son los hábitos que convienen a las
personas, y mostrar los senderos para lograrlos. En este sentido
estricto, el trabajo consiste en que la persona conquiste la verdad de
sí misma en sus acciones, y, paralelamente, el bien pleno para sí misma,
con su conducta: vivir la verdad sobre el bien realizado en cada acto, y
la realización del bien subordinado a la verdad sobre su propio ser”. Se
trata de un párrafo de M. A. Alcalá, recogido, junto a otras perlas, en
el libro “Dirección por Hábitos”, editado por Élogos Conocimiento.
Me ha parecido en efecto encontrar más de un delirio en el libro y,
sobre todo, argumentos muy discutibles en la crítica a la DpO: “La
dirección por objetivos reduce al obrero a una herramienta viviente, con
esquemas de bonos diferenciales para inducirle a emplear hasta la última
onza de energía”. (Sosteniendo esta idea, las autoras del libro, Sandra
Díaz y Marián García, consultoras de Élogos, añaden inmediatamente: “No
podemos sino rechazar una forma de gobierno que no ve al ser humano como
integral”). Se trata, como he señalado otras veces, de una frase
traducida del inglés (…the reduction of the workman to a living tool,
with differential bonus schemes to induce him to expend his last ounce
of energy…), escrita a principios del siglo XX por Edward Cadbury, y que
en absoluto se podía referir a la DpO, sistema que aparecería varias
décadas después: se refería al taylorismo. (Intenté obtener alguna
aclaración de este argumento antes de publicar ningún artículo, pero no
la recibí; por tanto no sé si se trata de impericia en esta materia, o
de un intento de confundir al lector).
De una parte habríamos entonces de mejorar la aplicación del sistema, y
de otra observar con cuidado las soluciones mejoradas que se nos
ofrecen. A cada organización corresponde adoptar el sistema de gestión
que estime más conveniente, pero yo me adhiero a quienes apuestan por
las posibilidades de la DpO. Empresas habrá en que se impulse la figura
del new knowledge worker, el empowerment, la profesionalidad, la
iniciativa innovadora, el desarrollo del potencial de las personas..., y
habrá otras en que se vea a los trabajadores no tanto como profesionales
que constituyen un valioso activo, sino, sobre todo, como meros
seguidores, subordinados, colaboradores, empleados, recursos humanos...
La DpO sirve a la profesionalidad de todos, directivos y trabajadores, y
aun podría ser por ello vista con reservas por algunos mandos (todavía
debe haberlos) partidarios de rodearse de subordinados sumisos; tampoco
habría que descartar espurios deseos de utilizar los modelos
líderes-seguidores para nutrir artificialmente las distancias
jerárquicas, allá donde hubiera riesgo de que se redujeran. Recordando
desde luego que hay empresas excelentes, quizá lo que subyace es la
definición de las relaciones jerárquicas en la emergente economía del
conocimiento, en que el saber resulta fundamental para la toma de
decisiones.
Tradicionalmente, las organizaciones se han venido vertebrando con el
poder como eje, pero hoy la referencia cuya importancia crece es el
saber, y éste reside en muy buena medida en los trabajadores expertos,
que aprenden continuamente y están por ello en disposición de innovar.
Parecerá un atrevimiento de este articulista, pero creo que nuevos
perfiles se precisan en los directivos y trabajadores del siglo XXI,
quizá al margen del concepto líder-seguidor; y también se precisa tal
vez un empowerment más visible, es decir, más auténtico. Obviamente todo
esto se subordina a la realidad de cada organización…; pero volvamos a
la DpO, si el lector desea todavía acompañarme.
Experiencias del siglo XX
Yo empecé a oír hablar de la Dirección por Objetivos hace más de 20 años
y pronto advertí la dificultad de la formulación. Llegué a pensar
entonces que, si al final había que hacer lo que dijera el jefe y dado
que éste seguía evaluando el rendimiento con su criterio, ¿para qué
servía la DpO? En los primeros años me pareció advertir también que la
consecución de algunos objetivos ponía en riesgo la de otros, y que la
individualidad imperaba sobre la colectividad.
Al principio fui, sí —lo confieso—, un escéptico; y con la ventaja del
paso del tiempo creo que lo fui justificadamente: la DpO se estaba
adulterando, creo yo, en su aplicación. En la empresa en que yo
trabajaba en los años 80, hablábamos de SGP (Sistema de Gestión
Profesional) para referirnos a la DpO, y ciertamente creo que el sistema
introducía —o pretendía hacerlo— profesionalidad en las relaciones
jerárquicas. En vez de obedecer cada día al jefe en el qué y aun en el
cómo, sin entender siempre por qué se hacían las cosas, en los años 90
relacionábamos ya mejor lo que hacíamos con los resultados individuales
y colectivos perseguidos. En realidad, el sistema convivía con el
seguimiento frecuente de las instrucciones del jefe; pero ya habíamos
dado un paso significativo.
Deseo insistir en la formulación de objetivos con mi propia experiencia
personal. Desde el principio y siendo yo consultor de formación, pensé
en resultados cuantitativos y cualitativos: en cómo contribuir a la
prosperidad económica, a la coordinación colectiva, a la satisfacción de
los clientes, a la imagen de la compañía, al clima laboral... No se
trataba sólo de que yo, trabajador por objetivos en una empresa
consultora de formación, diera más o menos cursos o cargara más o menos
horas a proyectos, sino de hacerlo cuidando todos esos resultados
paralelos a alcanzar. Curiosamente, esto no gustaba siempre a mis jefes,
que parecían reservarse para sí muchos de los objetivos que yo
consideraba adicionales: contribuir a la sinergia colectiva, a la
innovación, a la imagen corporativa, al clima laboral...
Paralelamente a mi tarea de consultor, me encargué durante cinco años de
la redacción (yo era entonces el plumilla de la empresa) de un boletín
corporativo bimestral de 8 páginas impresas, y lo recuerdo con
satisfacción porque había clientes que me llamaban para pedirme números
atrasados (¡los coleccionaban!). Bien, pues a lo que voy: en la
evaluación anual de resultados mi jefa, al respecto del boletín, me
decía: “eso no cuenta”. Aún más, el jefe de mi jefa me decía: “el
boletín no sirve para nada”. Yo me preguntaba por qué no me decían
directamente que dejara de hacerlo (tal vez porque el consejero delegado
sí quería que se hiciera, y casi nadie más escribía...). Por esta y
otras diversas irregularidades en que no me extenderé, desconfié de
personas concretas, pero no lo hice del sistema. El sistema siempre me
pareció valioso aunque mal utilizado, y, aficionado yo a escribir, le he
venido dedicando artículos en revistas impresas y electrónicas,
recordando también la figura singular de Peter Drucker.
¿Por qué les he sintetizado mi experiencia? Porque hay contribuciones
cuantitativas y cualitativas a resultados; y porque hay igualmente
objetivos de corto y de largo plazo; y porque un buen despliegue de
objetivos es preciso para saber qué esperan de uno; y porque el sistema
no debe hacerse responsable de la posible falta de integridad de quienes
lo desplieguen o utilicen.
Enseñanzas para el siglo XXI
Recientemente encontré en degerencia.com un interesante artículo del
profesor cubano Alexis Codina que comenzaba con una cita de Bill Reddin:
“La DPO no es algo viejo y pasado de moda, como pueden pensar algunos.
Mantiene toda su vigencia. Pero, hay que saber aplicarla y adaptarla a
nuevos contextos...”. Poco después, el profesor nos recordaba que la DpO
es objeto de críticas por las tres razones a que me he referido al
principio. Dejando a un lado lo ya comentado sobre nuevos modelos, deseo
continuar la reflexión sobre la asunción de las realidades actuales y
sobre la formulación de objetivos. En relación con las características
de la recta economía emergente, destacaría:
Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) resultan
omnipresentes, y dan soporte a la denominada Sociedad de la Información
y el Conocimiento.
La información pasa de haber sido, en el pasado, un instrumento de
control, a constituir una materia prima esencial y cotidiana en la
empresa.
Hemos de pasar de la tan predicada destreza informática a la excelencia
informacional (traducción de la información a conocimiento) individual y
colectiva.
Las empresas se organizan en sintonía con el flujo del conocimiento, y
lo hacen con la intención de acertar en las decisiones y soluciones.
El valor de la empresa se basa, más que en tangibles, en intangibles
como el know how o las relaciones que cultiva en el mercado.
La empresa ha de contribuir al bienestar social, bajo el principio de
ganar-ganar.
El tamaño, fundamental en la economía de escala, pasa a constituir en
ocasiones un obstáculo serio: ahora, el pez más rápido se come al lento.
El conocimiento intuitivo también cuenta, si es genuino y se concilia
con el tácito y explícito.
La relación con los clientes se caracteriza por la interactividad y aun
la complejidad.
Los directivos, más que gobernar y supervisar la actuación de los
trabajadores, han de suponer un apoyo a la misma.
La tradicional autoridad jerárquica parece ceder paso, progresivamente,
a la jerarquía del saber.
La distancia “nosotros-ellos” se reduce para recomponer el statu quo, y
el auténtico empowerment se va consolidando.
Se atiende el corto plazo sin perder de vista el largo, ni las
incertidumbres del mercado.
La mejora y la innovación constituyen una exigencia permanente, y han de
estar presentes en la actividad cotidiana y la cultura organizacional.
Las personas pasan de ser un pasivo, a componer el activo fundamental:
el trabajador del conocimiento resulta clave.
Cuando la organización funciona por proyectos, se genera una especie de
mercado interno de trabajo que impulsa la competitividad individual.
La formación en la empresa, además de orientarse a nuevas tareas y
procedimientos, o utilizarse de commodity, se ha de dedicar a nutrir el
activo humano de modo efectivo.
El aprendizaje permanente incluye iniciativas independientes o
autodirigidas de los individuos, al margen de la orquestación formal de
cursos.
La empresa es un sistema vivo: cada día es más importante la perspectiva
sistémica y la necesidad de adaptarse al entorno.
En suma, todo esto y más cosas dan forma a nuevos perfiles en
trabajadores y directivos, y a una nueva relación entre ellos; una
relación más atenta al aprovechamiento del saber que al ego de los
directivos: las organizaciones inteligentes lo saben bien y actúan en
consecuencia. Todo parece apuntar a que los directivos sean más
ministros de Exteriores que del Interior, y a que los trabajadores
expertos asuman mayor dosis de autonomía y responsabilidad. Los
directivos han de presentar su perfil de competencias característico
(conocimientos, destrezas, habilidades, fortalezas, facultades,
actitudes, valores, hábitos de conducta…), y los trabajadores el suyo.
De nuevo tengo que admitir que todo esto se subordina a la realidad más
específica de cada caso, pero la DpO no puede ser ajena a las exigencias
y realidades de las empresas del saber y el innovar; la DpO supone que
todos hemos de saber qué se espera de nosotros.
¿Qué decir de la controvertida formulación de objetivos? La DpO no nos
limita a lo cuantitativo como quieren hacernos pensar algunos creadores
de otros modelos: vender tal cantidad, fabricar tantas unidades,
facturar tantas horas, conseguir tantos nuevos clientes… La formulación
admite objetivos cuya consecución puede ser evaluada, a pesar de su
naturaleza cualitativa: satisfacer a los clientes, innovar, favorecer la
sinergia colectiva, aprender continuamente, contribuir a la calidad de
vida en la empresa, cultivar los valores corporativos, dar flujo al
conocimiento adquirido, asegurar el largo plazo…
Yo recuerdo una época en que me asignaban, como a todos mis compañeros,
los objetivos globales de la compañía; así nunca podía ocurrir que los
trabajadores alcanzaran sus objetivos si no lo hicieran determinados
directivos… Pero es que los trabajadores no teníamos ninguna influencia
en las decisiones que se tomaban.
También quería recordar que se trata de un sistema: del sistema de
Dirección por Objetivos. Toda la organización ha de ser coherente con la
DpO y ésta con la realidad de la empresa. Pero no les voy a traer
mensajes que ya son conocidos: les remitiría a los trabajos de los
padres de la DpO y a los más recientes de expertos como Bill Reddin y
Denis Ryan. No dejen que ningún consultor les diga que “la dirección por
objetivos reduce al obrero a una herramienta viviente, con esquemas de
bonos diferenciales para inducirle a emplear hasta la última onza de
energía”.
Ing. José Enebral Fernández - jenebral1arrobami.madritel.es
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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