LA BURBUJA ECONÓMICA EN JAPÓN
03-2007
Los
economistas llaman “economía de burbuja” al fenómeno
especulativo que se produce cuando los precios de los bienes se
disparan por encima de
un nivel teóricamente justificable.
En
la segunda mitad de la decaída de los 80 y especialmente desde
finales de 1987, los precios de las acciones y del suelo se inflaron
de manera acelerada, como si fuera una especie de burbuja gigantesca
en la economía japonesa. Esta elevación de los precios trajo como
resultado una especulación en lo mercados bursátiles e
inmobiliario.
Esta
especulación se debe en gran medida a las fluctuaciones de la tasa
de interés, pues los bajos intereses significa, a su vez que los
precios de los activos son altos. Ambos casos están relacionados:
una caída de los tipos de interés a largo plazo incrementa las
previsibles ganancias de los activos.
Otro
factor importante para la formación de la burbuja fue un exceso de
créditos. Esto fue lo que ocurrió realmente a finales de los años
80. Entre 1987 y 1989 la cantidad de circulante monetario
experimento un aumento medio del 10,8% anual y superó el
crecimiento del Producto Nacional Bruto (PNB) nominal en una medida
de 4,5 puntos.
Esta
liquidez monetaria estaba también por encima del incremento del PNB
nominal entre 1980 y 1986, pero solo en una media de 2,4 puntos
anuales. Un crecimiento excesivo de liquidez sirve para realizar
transacciones de activos, o en otras palabras, para inflar la
burbuja especulativa. En efecto, las estadísticas sobre los créditos
facilitados por las instituciones financieras a finales de los años
80 indican que la mayor parte de la demanda marginal de fondos
durante ese periodo iba destinada a la adquisición de activos. Esta
claro que el exceso de créditos hizo posible la formación de la
burbuja.
Un
dato curioso es que los tipos de interés no cambiaron esencialmente
entre finales de 1987 y 1989, pero los precios de las acciones y de
los bienes raíces experimentaron alzas. Esto explica la decisión
de las personas de aprovechar un exceso de crédito, con una tasa
interés baja para invertir en activos, con la ilusión colectiva
de que el costo de los activos que ya han experimentado un
aumento seguirá revalorizándose, trayendo como consecuencia una
especulación, a esto se le llama “mito de los precios
progresivos”.
Entre
1985 y 1990 la desregulación financiera que acompañó a la emisión
financiera monetaria total que creció en promedio 10% anual provocó,
desde el segundo semestre de 1988, un excesivo auge especulativo que
desembocó en la compra de terrenos, acciones, pinturas y artículos
de lujo.
El
Gobierno japonés con la finalidad de responder
a la recesión originada por la fuerte apreciación del yen
que siguió al Acuerdo Plaza y también para suavizar una ulterior
presión sobre el yen tomó la decisión de tomar intereses bajos,
por lo tanto el tipo de descuento oficial bajó de un 5% a un 2,5%,
como medida de relajamiento
monetario.
En
la primavera de 1987, el Gobierno había anunciado un paquete de
medidas para cebar la bomba con 6 billones de yenes. En el verano de ese
mismo año, el Banco de Japón se dispuso a aplicar una política
restrictiva mediante un aumento del 2,5% del tipo de descuento.
Los
Estados Unidos ya se estaba “apretando el cinturón” desde
comienzos de 1987 y en septiembre, cuando Alan Greenspan sucedió en
la presidencia de la Reserva Federal a Paul Volcker, el tipo de
descuento subió un punto. El banco de Japón parecía que iba a
seguir el mismo ejemplo de octubre.
Pero,
la verdad es que un golpe de mala suerte en octubre de 1987 les
obligo a activar la política crediticia motivada por el
trascendental “Lunes Negro” el 19 de octubre, cuando el crash de
la bolsa estadounidense arrastró a las de Tokio, Singapur, Londres,
Francfurt, entre otras. Para superar la crisis las autoridades
estadounidenses inyectaron rápidamente dinero al sistema, bajaron
el tipo de interés y pidieron a los países más ricos que
siguieran su ejemplo con el objetivo de ayudar a la fortaleza del dólar.
La
caída del dólar tras el Acuerdo Plaza mejoró rápidamente la
balanza de pagos estadounidense en 1988. Sin embargo, en
contrapartida, la debilidad del dólar ánimo a los japoneses a
lanzarse a comprar propiedades en los Estados Unidos. El inflado
precio de los activos japoneses en el contexto de un yen fuerte hizo
que bajara el índice de ganancias de tales activos. Y con la moneda
al alza, los activos extranjeros que ofrecían un alto índice de
beneficios se presentaron como una auténtica ganga.
La
consecuencia de todo ello fue que los japoneses realizaron grandes
adquisiciones de activos en el extranjero. Los inversionistas
nipones recurrieron a sus activos inflados para adquirir
de forma alocada inmuebles y empresas norteamericanas.
La
sensación de que Japón estaba comprando a los Estados Unidos
provocó una corriente nacionalista que pudo muy bien precipitar la
adopción de medidas para apoyar e dólar. Conviene señalar que la
moneda norteamericana comenzó a subir cuando George Bush fue
elegido presidente. Después de su investidura la administración
estadounidense se mostró partidaria de un dólar más fuerte.
La
Reserva Federal para contrarrestar la política financiera japonesa
que compraba propiedades norteamericanas a precios muy bajos volvió
a aplicar una política restrictiva en marzo de 1988, iniciando una
política destinada a fortalecer el dólar. Existían dos factores
que ayudaron a la subida el dólar:
1.
Las perspectivas
de un recorte en los gastos de defensa basado en la mejora de las
relaciones entre los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas.
2.
El progreso en las negociaciones entre la administración y
el Congreso sobre el recorte del déficit federal y la mejoría en
la balanza comercial de los Estados Unidos.
Esta
alza del dólar originó cambios decisivos en los mercados
financieros japoneses. El Banco de Japón, por el contrario no tomó
medidas hasta mayo de 1989. Su forma de proceder se basaba en la
idea de que Japón servia de “ancla” en la economía mundial
se pensaba que, como país, disponía de un enorme superávit
en su cuenta corriente y actuaba como proveedor de capital al resto
del mundo, no podía subir sus tipos de interés sin causar serias
dificultades a un país como los Estados Unidos que sufrían un déficit
en su cuenta corriente y dependían
de la afluencia de capital nipón.
Existía
el terror de que la restricción de dinero mediante la reducción de
la afluencia pudiera provocar otro “Lunes Negro”. Este miedo
contuvo a Japón, cuyo Gobierno permitió la expansión del crédito
que actuó como fuerza motriz en la formación de la burbuja.
Hay
que observar aquí el grado de globalización e interdependencia de
la economía mundial, lo cual a obligado a Japón a aplicar una política
basada sobre todo en consideraciones externas, mas concretamente en
su preocupación por la situación de la economía estadounidense.
Pero,
en mayo de 1989 el Banco de Japón subió finalmente el tipo de
interés por cuatro veces consecutivas durante ese período, por lo
cual la tasa de interés alcanzó de nuevo el nivel de septiembre de
1985 cuando se celebro el Acuerdo Plaza, terminando la época de la
tasa de interés baja y
el yen alto.
Las
condiciones para las restricciones monetarias eran más que
suficiente:
1.
La alta cotización del yen que aceleró su ritmo a partir de
1985 y a la consiguiente rebaja del petróleo dieron como resultado
la disminución del superávit comercial, desde 95300 millones
en 1988, hasta registrar alrededor de 60 000 millones de dólares
en 1989, cuyo nivel estaba muy por debajo de 81 000 millones, cifra
que previamente había estimado el Gobierno. Esta disminución del
superávit comercial de Japón y la tendencia alcista generalizada
de las monedas norteamericanas y alemanas por el cambio de
relaciones Este- Oeste causaron la rebaja del yen entre la primavera
de 1989 y la de 1990.
2.
El alza del precio de los productos importados.
3.
El recalentamiento de la economía con una elevada inflación.
4.
El dramático aumento de los precios de las acciones y de los
bienes inmuebles causado por la baja tasa de interés y el
incremento de la oferta del crédito, lo cual posibilitó una
especulación que conllevo a una burbuja económica no conveniente
para la economía japonesa debido a que se invirtió muy poco en la
esfera productiva provocando una inflación doble: escasez de
productos y subida de los precios de las acciones y bienes
inmuebles, lo que redundó en una devaluación
del yen.
5.
El deseo de evitar que el yen siguiera cayendo.
6.
El prevenir el aumento de los precios
del crudo que se esperaba como consecuencia de la guerra del
Golfo Pérsico cuya crisis estalló en agosto de 1990. [1]
La
economía japonesa en la década de los 90
Desde
principio de 1990 la economía de burbuja comenzó a colapsar, con
el acelerado desplome del precio de las acciones. Así, sumándose a
la restricción financiera, el estallido de la guerra del Golfo y el
retroceso de la economía, cayeron con fuerza los precios de los
terrenos, de las obras de arte y de los metales preciosos. Esta caída
fue la peor de la historia superando la caída registrada durante
1949 y 1950 cuando la economía japonesa estaba todavía afectada
por los efectos de la Segunda Guerra Mundial. En consecuencia se
paralizó la capacidad de financiamiento de las empresas mediante la
bolsa de valores; además, algunos bancos y empresas entraron en un
círculo vicioso en el cual se giraban alrededor del empeoramiento
de la economía y la rebaja del
precio de las acciones, lo que llevó a la economía a la crisis
desde la segunda mitad de
1991.
El
dólar que en abril de 1990 se cotizaba a 160 yenes, descendió
hasta 124 yenes en octubre de ese mismo año. Este ajuste fue un
reflejo del incremento de los tipos de interés en Japón, pero a
juzgar por su ritmo y su trascendencia se sospecha que estuvo
relacionado con la actitud política estadounidense.
En
la primavera de 1990, el Gobierno norteamericano volvió a modificar
su política de apoyo al dólar por miedo a que un yen excesivamente
débil acelerara la caída de los precios de las acciones en Japón,
lo cual originaría un crash que podía repercutir de manera
negativa en los Estados Unidos.
Cuando
el Secretario del Tesoro y el Presidente de la Reserva Federal de
los Estados Unidos se reunieron con los ministros de Finanzas y los
gobernadores de los bancos centrales del Grupo de los Siete en mayo
de 1990, declararon públicamente que no era deseable mantener el
yen en un nivel bajo. En el verano varios políticos estadounidenses
afirmaron que un dólar más barato podía ser el medio más
apropiado para fomentar las exportaciones y,
por tanto, reactivar la economía. Este punto de vista fue
respaldado de inmediato por el Presidente de la Reserva
Federal. No hay duda de que una vez mas se adoptó una política
en torno al dólar que favorecía a los intereses de los Estados
Unidos, pero en esta ocasión, el cambio se debió al miedo a que la
economía nipona sufriera un colapso. El periodo de depresión económica
en Japón puede dividirse en cuatro etapas:
La
primera etapa se inicia a
principios de 1990 con el reventón de la economía de burbuja
simbolizada por la brusca caída del precio de la tierra, además
por la disminución de la demanda de bienes raíces, de automóviles
y de artículos de lujo, así como paralización de algunos centros
turísticos.
La
segunda etapa comienza en
1991 cuando los prestamos hipotecarios basados en el precio futuro
de las acciones y terrenos que ofrecía el sistema financiero se
paraliza, así, la capacidad de préstamos de los bancos se reduce,
o sea, los bancos presentan dificultades financieras, contraídas
por la enorme cantidad de préstamos irrecuperables.
También
como las utilidades de las empresas comenzaron a reducirse se estancó
el salario de los trabajadores y cayó consecutivamente la inversión
de vivienda y el consumo personal.
La
tercera etapa comienza
con la entrada a la recesión propiamente dicha a comienzos de 1992,
la inversión en plantas y equipos se redujo desde 1991.
La
cuarta etapa comienza
desde 1993 cuando se agravó la depresión por la continuación de
la apreciación del yen, la aceleración de las importaciones desde
el Asia y la inestabilidad política que retardaba la aplicación de
medidas de reactivación. Con la depresión interna aumentaron rápidamente
las importaciones de bienes y cayeron los precios mayoristas
por segundo año consecutivo; debido a la mala situación de las
ganancias de las empresas estas tuvieron que ajustarse aún más, lo
cual obligó a la reestructuración del personal. Todo esto provoco
la reducción de inversión en plantas y equipos. Ante esta situación,
el gobierno decidió en abril de 1993 lanzar las “nuevas medidas
económicas integrales” con un monto de 13,2 billones de yenes
dirigido a inversiones públicas adicionales.
Asimismo,
en octubre de ese año, se lanzó otro conjunto de medidas económicas
de emergencia por un valor de 6 billones de yenes dirigidos a las
empresas; en el mismo mes el Banco de Japón rebajó la tasa de
descuento oficial por séptima
vez consecutiva al 1,75%. En el gráfico 1 se reflejan todas las ínter
vinculaciones y los efectos producidos por la política económica
del Estado japonés --- bajo la presión de los Estados
Unidos ---, lo cual ha conducido a la destrucción de varias
características del modelo de desarrollo económico y social, desde
la posguerra, hasta los años 80; a la disminución del empleo y del
salario; al desmoronamiento de
los precios; al deterioro de niveles altos de consumo y de inversión
dentro del mercado interno y a la destrucción del nivel armónico
de relaciones estables entre las grandes compañías y las pequeñas
y medianas empresas.
Al
mismo tiempo, se aprecia como la presión de los Estados Unidos no
es efectiva para superar el superávit comercial de Japón. Solo
logra hacer revaluar el yen y frente a esa situación Japón
traslada el proceso productivo al exterior; destruye empleo y
salario; trata de mantener las altas utilidades de las grandes compañías;
reduce el consumo del pueblo; reduce la inversión interna; eleva
las dificultades de la pequeñas y medianas empresas; incrementa las
importaciones --- con el yen revaluado las importaciones son más
baratas--- destruye los precios de los productos nacionales en la
economía interna; provoca artificialmente la especulación y
acelera la economía de burbuja que, en 1990 explotó provocando
quiebras bancarias, hace también incobrables los créditos; hay
grandes pérdida de capital por devaluación de acciones y de bienes
inmobiliarios especulativos; hace reducir la producción; y hace
excesivas las capacidades instaladas. En fin, hace patente que la
regulación estatal capitalista no puede eliminar el ciclo
capitalista ni los efectos de la globalización económica mundial
que vincule en un todo la competencia capitalista internacional.
Gráfico 1
Destrucción
y reconstrucción de la estructura de negocios
La
recesión pareció tocar fondo en el trimestre octubre diciembre del
1993. Las empresas japonesas se
vieron obligadas a avanzar en la reasignación de recursos
administrativos impulsando la
reestructuración para reconstruir la estructura de negocios. Según
el Informe Blanco de la Economía,
el contenido de la reestructuración para 1993 se divide en tres
partes:
1.
En el corto plazo se plantea reducir los gastos, es decir,
comprimir las inversiones en
bienes y equipos, reducir los gastos de ventas.
2.
En el largo plazo modificar el sistema de producción es
decir, minimizar el desarrollo de los productos
con los que se obtiene poca rentabilidad al venderse, avanzar
en la diversificación administrativa,
modificar el sistema de empleo japonés.
3.
Tratar de evitar concentrarse sólo
en las exportaciones y en la inversión directa en el
exterior.
La emisión monetaria comenzó a ascender nuevamente del bajo nivel en
que se encontraba. Por consiguiente, en 1993 los precios de las
acciones se recuperaron de 16000 yenes a 20 100 yenes y el mercado de
capitales comenzó a reactivarse.
El
índice de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) subió
durante el trimestre julio septiembre de 1994 en comparación con la
cifra del mismo período del año anterior. En 1994 se podían
observar algunos indicadores optimistas en la inversión en
viviendas y en los pedidos de maquinarias, pero los precios
mayoristas, la producción de la industria metalúrgica, las ventas
de los supermercados y de automóviles nuevos y los préstamos
bancarios no mostraban cambios, dando señales de estancamiento
recesivo.
La
inversión en instalaciones y equipos por parte del sector privado
no se reactivó. El consumo personal se mantuvo a un nivel bajo.
Además, desde 1994 se aceleró la alta cotización del yen frente
al dólar, lo cual dio como resultado el aumento de importaciones,
como consecuencia el
balance de las exportaciones frente a las importaciones bajó. Ante
estos hechos, inmediatamente después de haberse terminado la
preparación del proyecto de presupuesto del año fiscal 1994 y con
miras a la Reunión Cumbre Japón – Estados Unidos en febrero de
1994, el Gobierno decidió lanzar un conjunto de medidas económicas
integrales por un monto
de 15 000 millones de yen, incluida una reducción de impuestos por
un valor de 6,2 billones de yenes.
Los
gastos y créditos públicos fueron creciendo tanto en épocas de
prosperidad como en periodos recesivos. El Estado prefirió no
afrontar con una política fiscal restrictiva el problema de la
deuda, para no agravar la recesión. Ello explica como el
crecimiento de la deuda y del gasto público vino acompañado con la
desaceleración del crecimiento económico.
Tabla 1
|
Años
|
1991
|
1992
|
1993
|
1994
|
1995
|
1996
|
1997
|
1998
|
1999
|
|
%Deuda Pública / PIB
|
59,3
|
61,1
|
64,8
|
70,9
|
78,4
|
82,6
|
86,7
|
97,3
|
107,2
|
Fuente:
OECD,1999
El
Gobierno trató de manejar la situación, aprobó el segundo
presupuesto complementario en febrero de 1994, propuso oficialmente
medidas contra el alza del yen en abril de 1995 y tomó iniciativas
en proyectos por un costo de 14 220 000 yenes, incluida la inversión
pública de mayor envergadura de la historia.
Sin
embargo, en dependencia del tipo de industria se observó gran
lentitud en el ritmo de la recuperación, pues debido
a la apreciación del yen y la deflación continuó el
traslado de la producción de ultramar a países con costos más
bajos, reduciendo la base industrial de Japón y generando problemas
de empleo en algunas regiones por el retiro de plantas de producción,
el llamado “vaciamiento industrial de Japón”. En especial, las
industrias claves, como la automotriz, la de efectos electrodomésticos,
la naviera, la siderúrgica, se vieron obligadas
a emprender una transformación estructural por la recesión
y el alza del yen. Desde otro punto de vista, las empresas que no
decidieron trasladar la producción a ultramar y continuaron
fabricando internamente tuvieron que enfrentar problemas, como:
congelación de salarios, cierre de plantas, etcétera.
El
alza del yen siguió su curso. En abril de 1995 marcó el record de
79,75 yenes/dólar. En la siguiente tabla se puede observar las
bruscas oscilaciones del tipo
de cambio yen / dólar que han venido desarrollándose en estos
años.
Tabla 2

Los
empresarios japoneses se abstuvieron de promover nuevos proyectos de
producción e inversión por la
inseguridad que causaba esta alza del yen. A esto se suma la
influencia nefasta que tuvo para la recesión el terremoto que
sacudió el área suroeste de Japón el 16 de enero de 1995, el cual
paralizó la red de transporte en la mencionada parte de la Isla
nipona.
En
cuanto a la venta en los grandes almacenes, el índice del consumo
personal se puso al mismo nivel que el año anterior, a finales de
1995. La construcción de viviendas contó con 1500 000 obras
nuevas, cantidad superior a la esperada; esto ayudó a sostener la
evolución de la economía.
Durante
1995, la venta de computadoras personales fue alta y se incentivó
la demanda de semiconductores y cristales líquidos para pantallas.
También la demanda de papel para imprimir aumentó de manera súbita.
En este campo hay inversiones con miras hacia futuros mercados.
El
ánimo de los empresarios poco a poco se restablece. Las opiniones
acerca de la situación coinciden en que
al atravesar los dos peores momentos en noviembre de 1993 y
febrero de 1994 comenzó lentamente a manifestarse la recuperación
desde mediados de 1995.
La
recuperación a partir de 1995 es lenta, pero si se considera que
después de dos crisis
petroleras la economía japonesa apuntaba como meta de crecimiento
del 3% en términos reales, la cifra de un 3,6% en el trimestre
octubre - diciembre de 1995 parece ideal. Teniendo en cuenta la
necesidad del ahorro de recursos y los problemas del medio ambiente,
el crecimiento durante la época de la burbuja fue anormal.
Hay
que tomar la recesión que siguió a ese período expansivo como un
proceso necesario para que la economía volviera a su órbita
normal. A mediano plazo se pronostica una
cifra de crecimiento entre el
2% y el 3%.
Según
criterios de algunos especialistas japoneses, la recesión es
positiva en algunas cuestiones, como las siguientes:
En primer lugar:
Ha generado una situación favorable en la bolsa de trabajo ya que
se le ha dado una mayor importancia a los trabajos que garantizan la
producción bienes y servicios en el país Durante el periodo de la
burbuja económica se padeció una terrible carestía de mano de
obra, el problema no consistía en la carencia absoluta de
trabajadores potenciales, si no que radicaba en que los jóvenes
buscaban trabajos “interesantes” y rechazaban las
ocupaciones difíciles.
En segundo lugar:
Obliga a los empresarios a esforzarse mas en su gestión
empresarial; naturalmente, es necesario impedir que se desarrolle
una grave recesión que podría influir de modo muy negativo en le
pueblo nipón, pero no se debe pasar por alto el hecho que durante
el período de recesión las empresas se ven obligadas a realizar
una gestión más prudente. En los últimos años han quebrado
algunas grandes corporaciones. Las investigaciones sobre las
principales quiebras ocurridas
en el pasado relevaron que las empresas en cuestión habían
relajado su administración y no pudieron evitar el hundimiento.
En tercer lugar: La
recesión no está causando un gran impacto en la mayoría
de los ciudadanos japoneses. Es cierto que los trabajados
tienen ahora menos ingresos por horas extras y perciben salarios más
bajos, pero, al mismo
tiempo, la recesión
disminuye los precios de los terrenos, de los productos de consumo y
los costos de la construcción.
En
consecuencia, no debe exagerarse la caída de los salarios. Si se
examina desde la perspectiva de los
gastos realizados por una persona a lo largo de su vida, el
ahorro generado por los bajos precios compensara probablemente la pérdida
temporal de ingresos. En efecto, el último
boom
pagó en oro a las compañías, pero en cobre a los individuos,
fue precisamente el oro lo que infló las burbujas especulativas
y devaluó el cobre recibido por los particulares.
Seguramente, las familias aceptarán de manera gustosa que algunos
de sus miembros no tengan que trabajar horas extras, aunque
ganen menos regresan antes
a la casa. A pesar de que no se han producido grandes
cambios, no cabe duda que los trabajadores japoneses viven ahora de
forma más digna.
En cuarto lugar:
La recesión está golpeando más fuerte a las empresas que más se
lo merecen. Da zarpazo no solo a las compañías que crearon la
burbuja, sino también a aquellas compañías y profesionales que
crecieron a expensas de las demandas corporativas,
aprovechándose de los excesos especulativos
a medida que se hinchaba la burbuja. Probablemente, la actual
recesión no influirá en los salarios medios en Japón, pues en
definitiva, no forma parte del reducido grupo de afortunados que
gastaron millones de yenes en obras de arte, coches lujosos y otras
formas de ostentación. Para este tipo de persona la explosión de
la burbuja fue un golpe bajo; más, para el resto de los ciudadanos
la vida sigue igual que antes.[2]
En
realidad, la estructura que generó la burbuja económica permanece
intacta e incluso experimentó un mayor crecimiento durante la
recesión. El problema radica en que las empresas son ricas y los
individuos son pobres. El poder de aprovisionamiento de las
corporaciones ha aumentado hasta rozar los límites del dominio de
las personas.
En
el informe económico mensual de febrero de 1996, el gobierno anunció
oficialmente la recuperación: “aunque es lenta, se observan síntomas
de recuperación”. Así, después de medio año de silencio,
manifestó sus expectativas. Anticipándose a este informe, el Banco
de Japón declaró en enero de 1996: La economía comienza a
reestablecerse”. Los economistas en general también lo
aseguraron, pues la tasa de crecimiento señaló un aumento de un
3,6% en el trimestre octubre-diciembre de 1995; esta cifra,
comparada con el trimestre anterior, alcanzó
un nivel que no se había logrado durante cuatro años y
nueve meses. Nadie pone en duda la recuperación.
Capacidad
del Estado Japonés para administrar los costos de transformación
estructural del país.
La
economía japonesa ha atravesado hasta ahora por períodos de
grandes dificultades, en los años 70 hubo dos crisis del petróleo
y desde septiembre de 1985 comenzó el penoso período del alza del
yen. Sin embargo, ante cada situación han ocurrido cambios en la
constitución de la economía; la economía japonesa se distingue
por su capacidad de adaptación ante las adversidades. Esa capacidad
de adaptación se debe a los factores siguientes:
1.
La productividad del trabajo es elevada.
2.
Los salarios cambian en correspondencia con la situación
económica. Como resultado se ha mantenido la práctica tradicional
de tipo japonés de empleo, impidiendo que aumente el desempleo más
allá de cierto límite.
3.
Ante las señales del mercado las empresas buscan transformar
su política administrativa decididamente.
Sin
embargo, ahora está en cuestionamiento la capacidad de adaptación
de la economía japonesa a las nuevas circunstancias. Los elementos
del tradicional sistema administrativo japonés, como empleo
vitalicio, ascensos por tiempo de servicio y armonía laboral, se
encuentran en un punto de transformación. Las empresas están
modificando el tradicional sistema
de administración japonés:
los empleados de las divisiones indirectas están sometidos al
proceso de racionalización, los negocios en general se están
simplificando, el sistema de salarios por antigüedad está siendo
examinado, en otras palabras, se está efectuando la reestructuración.
A
partir de la crisis, las grandes empresas se vieron obligadas a
reducir su personal. Para esto, dentro de lo posible, mandaron a los
empleados “menos indispensables” a trabajar en algunas de sus
empresas afiliadas. Las compañías afiliadas, por su parte, psicológicamente
forzadas a aceptar “las ofertas” de las compañías, matrices,
tuvieron, a su vez, que reducir su personal y la técnica empleada
fue despedir a los trabajadores de modo temporal y hacer un llamado
a quienes de manera voluntaria querían retirarse. Esta tendencia
afectó también a la industria informativa.
Como
consecuencia directa de los problemas financieros de las
instituciones bancarias, las empresas de software, las cuales
crecieron enormemente
durante los años 80, tuvieron que ir reduciendo su número de
empleados.
La
reducción de personal
significa que las empresas están preocupadas por el exceso de
empleados. Este fenómeno se
hizo sentir a partir de los primeros
años de la década
de los 90. Si tomamos en
cuenta que hasta entonces su única
preocupación había
sido la falta de mano
de obra, la nueva situación les resulta aún más desafortunada a
las actuales generaciones de jóvenes (los llamados baby boomer de
los años 70). Se pronostica que a partir
de ahora hasta los primeros años del siglo XXI, surgirá de
nuevo un periodo de falta de mano de obra debido al envejecimiento
de la población.
Eso
conlleva, naturalmente, a una disminución del crecimiento de la
economía japonesa. Por lo menos así contemplan la situación
futura el Gobierno japonés y los círculos económicos. Sin
embargo, las industrias manufactureras y las empresas a gran escala
no parecen captar esta idea, pues siguen temiendo de manera sistemática
el aumento del personal laboral.
Al
estallar la burbuja, el estado ideal de empleo desapareció, bajó
la tasa de demanda
personal y subió el desempleo. La primera alcanzó en septiembre de
1995 una cifra de 0,6 puntos y la del desempleo a finales de este año
marcó 3,4%. En la industria manufacturera las empresas promovieron
rápidamente la racionalización como la llamada “reestructuración“
la cual consistía en reducir la cantidad de trabajadores internos
en la sección de producción y disminuir el personal de las
secciones intermedias, mientras se aceleraba el traslado de las fábricas
al exterior para contrarrestar la súbita alza del yen frente al dólar.
Al mismo tiempo, se demostró que las industrias de información y
comunicación y la de
alta tecnología, las cuales parecían ser prometedoras en cuanto al
empleo, no tenían tanta fuerza.
Como
manifiesta las reglas generales de la economía, la “recuperación
del empleo se demora más que la de economía de recesión”; los
indicadores de empleo seguían bajos, mientras los de la producción
comenzaban a dar señales de recuperación.
Por otra parte, las empresas empezaban a cambiar el sistema de
empleo, reduciendo la
cantidad de trabajadores que laboraban a tiempo completo y supliendo
la necesidad derivada
de esta disminución con trabajadores temporales y aquellos enviados
por las agencias. Esta nueva tendencia empieza a arraigar con mucha
firmeza. Sobre todo en
1995 y 1996 se evidenció la dificultad que tenían los recién
graduados para encontrar trabajos, lo cual puso de manifiesto el
desempleo de los jóvenes. Esa dura situación podría mitigarse si
se consolida la recuperación de la economía, pero la realidad es
que hay empresas que, al modificar la forma convencional de impedir
a los recién graduados y de contratar a los aspirantes que han renunciado al otro trabajo acentúan al índice de
desempleo por lo que esta situación seguirá afectando a la economía
nipona.
Las
empresas hoy en día están pasando visiblemente del antiguo sistema
a un nuevo sistema que remunera de manera más decisiva la calidad
del trabajo y el talento. Últimamente cada vez mas las empresas
fijan los salarios de acuerdo con la capacidad de los empleados.
Esta tendencia empezó a surgir a mediados de los años 80, cuando
la primera generación de los baby boomer comenzó a desempeñar un cargo directivo y se enfrento
a una sociedad saturada de personas no tan jóvenes que normalmente
hubieran tenido derecho a un puesto directivo de cierto
valor. En los años 80, con el surgimiento de la economía, muchas
empresas aumentaron los puestos de cargo directivo, aunque no
tardaron, con la crisis, en volver a reestructurar la organización.
Ante
la recesión en los años 90 en el sector productivo se lograron:
reducir los costos y mejorar la productividad. Sin embargo, en el
sector administrativo esto no marchó bien, por lo que las empresas
se están esforzando en reexaminar la organización y siguen
incitando a su personal a retirarse temprano o a trasladarse a otra
compañía afiladas. La introducción de numerosas computadoras en
la compañía ocasionó un desequilibrio laboral, ya que muchas
personas pasaron a ser “inútiles”. De hecho hay “pardos
dentro de las empresas”. Estos alcanzan la cifra de un millón o
un millón y medio, según cálculos no gubernamentales. La mayoría
de ellos son oficinistas. Se pueden considerar que este fenómeno es
característico del problema actual del sistema laboral, pues antes
no eran tantos los oficinistas, sino, los obreros los que sufrían
con los cambios. [3]
Según
el Informe Blanco sobre la
situación laboral, elaborado en 1994 por la Dirección de
Productividad Económica y Bienestar Social, las razones por las
cuales surgió el problema del exceso de personal en las oficinas
era:
1.
Derrumbe del mito de crecimiento: Con la prosperidad de la
economía de burbuja en la segunda mitad de los años 80, grandes
empresa contrataban más de mil nuevos empleados recién graduados
cada año y, los empleados de oficina aumentaron. Pero,
debido al derrumbe del mito del crecimiento económico permanente,
las empresas tuvieron que enfrentar el exceso de personal.
2- Avance de las tecnologías
de comunicación e información:
Con
el uso masivo de computadoras personales, procesadores de palabras y
otros equipos de oficinas se hizo posible el procesamiento de
mayores volúmenes de trabajo en menor tiempo, lo cual evidenció el
exceso de personal.
3- Internacionalización: Con
la internacionalización de las empresas, es decir, con la aceleración
del traslado de las empresas al exterior, las oportunidades de
empleo en el país se redujeron no solo para los obreros, sino también
para los empleados de oficina. Según los cálculos, cada vez que el
yen se aprecia en 20% unos 150 000 empleados de oficina se vuelven
innecesarios.
4- Aumento en la sociedad de
personas en la tercera edad: Con
el aumento de la llamada “población de la tercera edad”,
surgieron, por un lado casos cuyo tiempo de trabajo se extendió mas
allá de la edad de jubilación, pero, por otro lado, las empresas
buscaban aumentar el número de nuevos empleados para ahorrar
salario por antigüedad.
5- Presencia de más mujeres en
el mercado de trabajo: Con
la ley de igualdad de oportunidades para ambos sexos en el mercado
laboral de 1986 aumentó el número de mujeres disponible a
trabajar, lo cual trajo como consecuencia un exceso de empleados en
las oficinas.
6- Modificación en la forma de
pensar de los empleados:
Hubo
un cambio en la mentalidad de los jóvenes. Se redujo rápidamente
el número de empleados
que deseaban trabajar en una misma empresa hasta el momento de su
jubilación; cambiar de empleo se convirtió en una cuestión lógica.
En
el gráfico 2 se refleja la fluctuación del desempleo desde 1995;
se observa un alto índice en 2003.
Gráfico 2
El
empleo vitalicio y los aumentos de los salarios por tiempo de
servicio constituyeron dos pilares que desempeñaron un papel muy
importante en el desarrollo de la economía japonesa – aunque esta
apreciación se está modificando para las empresas-, pues el
mantenimiento del personal estable en las empresas ha permitido
economizar costos, por ejemplo, de reclutamiento. Además, la
empresa podía invertir en la educación y formación de estos
empleados y con ello lograr un apego y fidelidad aún mayor a la
empresa.
Sin
embargo, la política de empleo vitalicio tuvo también sus
defectos. Los jóvenes empleados que las empresas contrataron
durante la era del crecimiento acelerado, ahora tienen una edad
media o avanzada aumentando los problemas debido al incremento de
los salarios y la insuficiencia de puestos. Con la población de la
tercera edad, por el sistema de empleo vitalicio, las empresas van a
tener que continuar asumiendo la pesada carga de mantener los
salarios.
La
crisis asiática y su impacto en la economía japonesa
Según
el economista japonés Kagami Mitsuhmo, la crisis de las monedas asiáticas
es la consecuencia directa de una combinación de factores.
El
primer factor
desencadenante de esta crisis fue el gigantesco déficit de la
cuenta corriente, el cual en 1996 alcanzó el 8,2% del PNB de
Tailandia. Este déficit ejerció fuertes presiones a la sobre
valorada moneda de ese país.
El
segundo factor
fue la relación existente entre un yen débil y el fuerte baht
(moneda tailandesa) que incrementó las importaciones de bienes
japoneses cuya partida representa casi un tercio de las
importaciones totales de Tailandia. Así, pues, la fortaleza del
baht es la causa del aumento de su déficit comercial.
Un
tercer factor se produjo con el incremento de la progresiva
afluencia de capital extranjero a corto plazo. Tailandia ha
absorbido grandes movimientos de fondos extranjeros a mediano y
largo plazos, probablemente esta afluencia ha sido demasiado
elevada.
Las
masivas inyecciones de capital extranjero han dado beneficios, han
compensado el déficit por cuenta corriente y han aumentado las
reservas de divisas.
Pero,
al mismo tiempo, han impulsado
las presiones inflacionarias
debido a la afluencia de dinero. Una parte de los fondos fue
a parar al sector inmobiliario y a sectores especulativos donde se
crearon burbujas económicas
parecidas a las de Japón de finales de década de los 80. En los últimos
tiempos, los especuladores han utilizado de forma exagerada los
mercados financieros del país para obtener beneficios a corto
plazo. Para sintetizar, la crisis de Tailandia se debió a las
burbujas especulativas provocadas por las grandes afluencias de
fondos del sector privado a sectores, como el inmobiliario. La
crisis tailandesa muy similar al estallido de las burbujas
especulativas de Japón, puede considerarse una quiebra del mercado
ocasionada por el desorden de una moral peligrosa, o más
concretamente, por la descomposición de las normas éticas ante la
perspectiva de obtener ganancias con facilidad.
Asia
Oriental trata de impulsar sus exportaciones para emerger de la
crisis económica, agobiada por la caída de sus monedas y del
consumo interno. Más, a pesar de la mayoría de los pronósticos,
esas economías han logrado recuperarse.
La
teoría económica convencional señala que, a pesar de todos sus
problemas, Asia Oriental deberá estar exportando mucho más que
antes, pues las devaluaciones aumentaron su competitividad en el
mercado mundial. En la mayoría de los países de Asia Oriental las
exportaciones crecen de forma moderada, mientras se reducen los déficit
de cuenta corriente debido a la caída de las importaciones, ahora
demasiado caras para el bolsillo del consumidor de la región.
Las
cuentas de Tailandia e Indonesia, al igual que las de Corea del Sur,
cuyo superávit comercial de enero de 1998 fue de 1 600 millones de
dólares, no son resultado de un aumento en las exportaciones, sino
de la caída de casi el 40% de las importaciones. Las importaciones
de Corea del Sur de petróleo, materias primas, bienes de capital y
de consumo caen de picada.
Los
exportadores tailandeses no se beneficiarán en todo con la
depreciación de la moneda, pues varios países importadores tienen
menos poder de compra debido al lento crecimiento de la economía.
Los principales importadores de bienes tailandeses son, por lo
general, sus socios de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático
(ASEAN), Japón y China, los cuales disminuyeron sus compras en
1997.
Indonesia
es otro país con una fuerte dependencia de las importaciones de
otras economías de la región, como la ASEAN, Japón y Corea del
Sur.
Las
empresas japonesas hicieron grandes inversiones en el Este Asiático,
con la base del fuerte yen después del Acuerdo Plaza en septiembre
de 1985, pero éstas también han descendido desde aproximadamente
1990. Las inversiones japonesas en las economías asiáticas de
reciente industrialización alcanzaron su punto máximo en 1989 y en
los países de la ASEAN, en 1990.
La
tendencia probablemente refleja el hecho de que las empresas niponas
han tenido menos capital disponible para las inversiones en el
extranjero como consecuencia de la larga recesión.
En
la segunda mitad de los años 80, la expansión a gran escala de las
empresas niponas en el Este Asiático produjo un tremendo impulso en
el crecimiento económico de la región y, por tanto, se predecía
que el descenso de las inversiones japonesas que empezó en 1990
tendría un efecto negativo en el crecimiento del Este Asiático.
En
comparación con el resto del mundo, estos países presentan unas
fuertes políticas macroeconómicas, poseen también una fuerte política
en la educación, unos altos tipos de ahorro nacionales y una
relativa estabilidad política.
Las
estrellas del crecimiento económico del Este y Oeste Asiático se
han visto obligadas a revisar sus estrategias de industrialización
que dependen del fondo extranjero. Parte de los 70 millones de dólares
de los fondos absorbidos a fines de 1996 el 53%, según el Banco de
Pagos Internacionales correspondió a créditos de instituciones
japonesas. De ahí que sea natural que Japón ejerza el liderazgo en
la salida de la crisis monetaria.
Para
contribuir al desarrollo sostenible de los países del Este y
Sudeste Asiático y desarrollar los lazos de convivencia, Japón
tendría que liberalizar su mercado protegido y aumentar las
importaciones de la región, como hicieron los Estados Unidos con México
mediante el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. Hay muchas
cosas que Japón puede hacer además de inyectar dinero como medida
de emergencia, para fortalecer la estructura industrial de Asia a
largo plazo.
La
experiencia nipona en cuanto a política a seguir con las pequeñas
y medianas empresas puede servir también de modelo para la
industria de componentes de otros países. La producción de piezas
tiende a convertirse en
el principal objetivo de las pequeñas empresas en todo el mundo. La
experiencia de Japón en política industrial es un modelo de
desarrollo práctico para los países que quieran financiar empresas
pequeñas.
Otros
elementos característicos al modelo japonés, como la identificación
del personal con el destino de la empresa, la lealtad y el proceso
de toma de decisiones desde abajo, son la base de la gestión nipona
y de la producción de tecnología; tal vez no puedan aplicarse fácilmente
en los países del Sudeste Asiático que suelen practicar una gestión
desde arriba hacia abajo y buscar el interés personal. A pesar de
esto, una gestión parecida a la japonesa no es del todo imposible.
Japón
fue criticado en los inicios de las crisis por los analistas,
autoridades de Estados Unidos y del FMI, porque consideraban que la
actuación de Japón era insuficiente. La opinión pública era que
Japón debía contribuir con todo su potencial a revertir la actual
situación financiera de la región y jugar el papel que le toca
como primera potencia regional.
Sin
embargo con el de cursar del tiempo las contribuciones japonesas a
los países del área involucrados en la crisis, silenció las
criticas recibidas en los inicios. Ejemplos de esto tenemos las
llamadas “Tres iniciativas de Hashimoto”, que se dieron a conocer el 16
de Diciembre de 1997 por el Primer Ministro Ryutaro
Hashimoto.
Los
objetivos fundamentales de estas tres
iniciativas eran los siguientes:
·
La cooperación debe encaminarse hacia el logro de la
estabilidad monetaria y financiera.
·
Apoyar la reforma económica estructural en los países de la
ASEAN con el objetivo de lograr un desarrollo estable y sustentable.
·
Estrechar el dialogo y el intercambio entre Japón y la
ASEAN.
·
Desarrollar esfuerzos conjuntos para enfrentar
los retos de la comunidad internacional.
Posteriormente
los ministros de Finanzas y gobernadores de las naciones más
industrializadas del planeta se reunieron en febrero de 1998 en la
capital británica con el objetivo de analizar la situación en el
Lejano Oriente, así como presionar a Japón a abrir sus mercados
para acelerar la
eliminación de la crisis asiática.
La
situación de crisis y las exigencias actuales de los países
de la región propiciaron la creación de nuevos paquetes de
ayuda para estabilizar la zona. A principios de octubre, el ministro
de finanzas Kichi Miyazawa
presentó en la reunión del Grupo de los 7 y los
representantes de
naciones asiáticas celebrada en Washington, el nuevo plan de ayuda
para Asia. Japón anunció un paquete de 30 mil millones de dólares
para rescatar el sistema bancario en esto países y contribuir
a la estabilización regional conocido como la “Nueva
Iniciativa Miyazawa” (Plan Miyazawa) el cual fue recibido con
beneplácito por todos los países de la ASEAN.
Los
30 mil millones contemplados en el Plan serán destinados a ayudar a
los países asiáticos con problemas (Indonesia, Malasia, Filipinas,
Corea del Sur y Tailandia)
La
incertidumbre, provocada por el colapso de entidades financieras y
la crisis en otros países de Asia, retrasa las inversiones de las
empresas niponas en equipos y plantas de producción y frena el
consumo de los ciudadanos.
Del
total de créditos concebidos en Asia, alrededor de 18 000 millones
de dólares corresponden a China y 240 000 millones de dólares están
repartidos entre países, Tailandia y Hong Kong. Los créditos que
Japón ha concedido a países en toda Asia, cuyo monto alcanza 258
000 millones de dólares, serán de difícil recuperación y agravarán
la situación de la economía de este país.
Para
resumir podemos describir el doble efecto de la crisis:
La
crisis asiática tiene diferentes afectaciones en la economía
japonesa:
Entre
las más importantes podemos mencionar:
*
Japón posee el 40% del comercio y el 30%
de sus inversiones con el ASIA