Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad"
Julio Verne.
Mientras permanecemos en esta dimensión física, y tenemos la
oportunidad de vivir, debemos saber aprovechar nuestro tiempo, estar
atento en todas las acciones que realizamos, tener ya un
autoconocimiento de uno mismo, saber a ciencia cierta en donde están
nuestras debilidades, las razones del porque ellas se han manifestado,
así, como que estamos haciendo para transformarlas en fortalezas.
Ya deberíamos estar plenamente identificados con nuestra misión,
trabajando en su pro, manejando adecuadamente nuestra línea de
servicio, descubriendo nuestra verdad, liberándonos de lo ilusorio, de
las formas que son perecederas, manteniendo nuestra autenticidad, no
permitiéndonos contaminarnos con influencias negativas, saber
exactamente que es lo que queremos alcanzar.
Cada minuto de vida que se nos da debe ser aprovechada en pro de nuestro
crecimiento personal y desde luego, en el más trascendental, como es el
espiritual, vivir intensamente el momento que se nos da, no desperdiciar
nuestras oportunidades, adentrarnos en el sendero de la verdad, no
transitar por lo superficial, ir a la esencia de las cosas en busca de
manejar adecuadamente nuestra verdad.
El gran poeta de la India, Rabindranat Tagore (1861-1941) al respecto
escribía: Ya el sol se había puesto entre el enredo del bosque sobre los
ríos.
Los niños de la ermita habían vuelto con el ganado y estaban sentados al
fuego, oyendo a su maestro Gautama, cuando llegó un niño desconocido y
lo saludó con flores y frutos. Luego, tras una profunda reverencia, le
dijo con voz de pájaro:
– Señor Gautama, vengo a que me guíes por el Sendero de la Verdad. Me
llamo Satyakama.
– – Bendito seas –dijo el Maestro. ¿Y de qué casta eres, hijo mío?
Porque sólo un brahmín puede aspirar a la suprema sabiduría.
Contestó el niño:
– No sé de qué casta soy, Maestro; pero voy a preguntárselo a mi madre.
Se despidió Satyakama, cruzó el río por lo más estrecho, y volvió a la
choza de su madre, que estaba al fin de un arenal, fuera de la aldea ya
dormida.
La lámpara iluminaba débilmente la puerta, y la madre estaba fuera, de
pie en la
sombra, esperando la vuelta de su hijo.
Lo cogió contra su pecho, lo besó en la cabeza y le preguntó qué le
había dicho el Maestro.
– ¿Cómo se llama mi padre? –dijo el niño. Porque me ha dicho el Señor
Gautama que sólo un brahmín puede aspirar a la suprema sabiduría.
La mujer bajó los ojos y le habló dulcemente:
– Cuando joven yo era pobre y conocí muchos amos. Sólo puedo decirte que
tú viniste a los brazos de tu madre Jabala, que no tuvo marido.
Los primeros rayos del sol ardían en la copa de los árboles de la ermita
del bosque. Los niños, aún mojado el revuelto pelo del baño de la
mañana, estaban sentados ante su Maestro, bajo un árbol viejo.
Llegó Satyakama, le hizo una profunda reverencia al Maestro y se quedó
de pie en silencio.
– Dime –le preguntó el Maestro ¿Sabes ya de qué casta eres?
– – Señor –contestó Satyakama–, no sé. Mi madre me dijo: Yo conocí
muchos amos cuando joven, y tú viniste a los brazos de tu madre Jabala,
que no tuvo marido.
Entonces se levantó un rumor como el zumbido iracundo de las abejas
hostigadas en su colmena. Y los estudiantes murmuraban entre dientes de
la desvergonzada insolencia del niño sin padre.
Pero el Maestro Gautama se levantó, trajo al niño con sus brazos hasta
su pecho, y le dijo:
– Tú eres el mejor de todos los brahmines, hijo mío; porque tienes la
herencia
más noble, que es de la verdad.
El Dr. José R. Martínez Villamil sobre la verdad nos comenta, que
consideremos que se dice, como dogma y sin pensarlo: “la verdad es
relativa...” En el siglo en que la Teoría de la Relatividad marcó la
entrada de la era atómica, la relatividad de la verdad, con sus
implicaciones en la religión y en la ética, se ha visto como otro gran
adelanto en la humanidad; otro paso en el movimiento de progreso.
El resultado en la actualidad lo vemos por dondequiera, en la vida
cotidiana y en los anuncios de televisión: La Verdad absoluta no existe;
ha muerto. Los filósofos modernos han certificado su defunción y los
expertos de los medios de comunicación han celebrado el sepelio.
En un anuncio de cerveza se decía: “La vida no es como es. La vida es
como tú la
ves.” Bajo esta forma de pensar cada persona se convierte en el propio
arquitecto de su particular verdad. O, como dice la canción de Jarabe de
palo, “... Depende, todo.
Quizás parte importante de nuestro problema comenta Villamil, es que las
preguntas que nos hacemos no son “¿Es suficiente la verdad de Dios para
mí? ¿Busco la verdad?,” sino “¿me conviene?, ¿me compromete?, ¿me
privará de algo?” Si así pensamos tendremos que admitir que nuestra
dificultad no es con la existencia de la verdad absoluta, sino con
nuestra disposición a vivir esa verdad.
A fin de cuentas, quizás nuestro problema no es intelectual sino de
nuestra voluntad; no de la cabeza, sino del corazón.
Blaise Pascal, (1623-1662), señalaba: Conocemos la verdad, no sólo por
la razón, sino también por el corazón.
Así como la verdad absoluta está personificada en Dios, la verdad se
encuentra en una persona antes de ser encontrada en proposiciones. La
disposición a la verdad en el corazón es un requisito para conocer lo
que es verdad en el mundo de las ideas .
Lo cierto, que en nuestro tránsito, mientras permanezcamos debemos
siempre identificarnos con nuestra verdad, no dejar que se infiltre
todo aquello que la distorsione, contamine su esencia sea cual fuera el
hecho de su aparición, debemos ser sinceros, cultivarla con acciones
positivas, identificarnos con ella.
Reflexionemos lo que en el Evangelio de San Juan 14:6, señala cuando
Jesús le contestó a Tomás sobre la verdad: Yo soy el camino, la verdad
y la vida. Nadie viene al Padre, sino por mí.
Ing. Carlos Mora Vanegas - El Dr. Mora es Ingeniero - Administrador, Profesor Titular en el Área de estudios de Postgrado de la Universidad de Carabobo (Venezuela) cmoraarrobapostgrado.uc.edu.ve camv12arrobahotmail.com
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