Cuando se explican los diferentes tipos de productos que existen, al
diferenciar uno de consumo de uno industrial, más que entrar en su
significado, se hace referencia al proceso de elección, afirmando que la
peculiaridad que distingue a un producto industrial de uno de consumo
radica en que dicho proceso es racional, de ahí que las decisiones estén
libres de contaminación alguna de caprichos. Y así se queda la cosa.
Instalados todos en una creencia que a todos nos interesa creer, ya que
hay cierto miedo a que se nos pueda caer el andamio.
Y está tan impregnado en nosotros esa creencia que cuando nos preguntan
cuáles son los argumentos en base a los cuales elegimos, por ejemplo, a
un proveedor de máquina-herramienta, respondemos con la rotundidad de
tenerlo muy claro: “el fabricante que garantice el mejor servicio pos
venta” (el 66%) o “el precio” (el 57%) o “la máquina de mayor
tecnología” (el 30%) o “el mejor resultado en un prueba real” (el 29%).
En cambio, cuando nos preguntan cuál ha sido la razón por la que hemos
elegido a un proveedor concreto, en la última máquina comprada, las
respuestas tienen muy poco ver con las anteriores: Un 33% por “la
experiencia positiva”, un 27% por “las referencias”, un 11% por “el
precio”, un 7% por “el servicio pos venta”, un 4% por la tecnología de
la máquina” y un 3% por “el mejor resultado en una prueba real”.
Si nos siguen preguntando, y nos vamos encontrando a gusto con el que
nos pregunta, lo que hace desinhibirnos, la distancia que hay entre lo
que pensamos y lo que sentimos todavía se hace más evidente. Lo que
ponemos en el vértice, tanto de la pirámide de valor como de la de
fidelización, son aspectos absolutamente subjetivos. Tres datos. Uno:
Los usuarios de máquina-herramienta ponen en el vértice de la pirámide
de valor a “que el fabricante esté ahí cuando le necesite” y en el de la
de fidelización a “confianza y atención al cliente”.
Dos. Los usuarios de centros tecnológicos ponen, en ambos vértices, el mismo aspecto, “implicación con la empresa”. Y tres.
Los usuarios de servicios profesionales, pertenecientes al
sector industrial, ponen en la de valor a “que haga sentirme tranquilo”
y en la de fidelización a “la confianza y la atención adecuada”.
Conclusión, nos creemos ser una cosa, pero realmente somos otra. O en
otras palabras, hablamos en clave racional, pero actuamos
emocionalmente.
Pues bien, creer, entonces, que, a la hora de elegir a un proveedor, la
decisión es en base a aspectos objetivos, es estar ignorando nuestra
propia realidad y la de la actividad comercial de hoy, de ahí que no nos
deba extrañar que nos encontremos, cada vez más a menudo, como fuera de
lugar, provocándonos un estrés agotador y frustrante.
¿Cómo es posible que a pesar de estar en el nivel más alto
jamás alcanzado de calidad en los productos fabricados, en los servicios
prestados y en la asistencia ofrecida, a pesar de tener implantado el
CRM y a pesar de estar con unos precios con síntomas de congelación,
cada vez sea más difícil retener a los clientes? Esta es la pregunta que
continuamente nos asalta y a la que no estamos sabiendo dar respuesta. Y
no sabemos darla porque la intentamos responder desde nosotros y desde
nosotros no la podemos responder. No podemos hacerlo, porque, primero,
rechazamos las emociones y, segundo, no vemos al cliente más allá de la
cifra de ventas.
Si preguntásemos al cliente, seria y profesionalmente, es cuando
conoceríamos que nos compra o porque somos los más baratos o porque
somos ‘políticamente correctos’, y que no nos es fiel porque no le
impactamos emocionalmente. Estas son las respuestas que valen.
Conformarse, entonces, con una cartera de clientes, sin más,
por muy numerosa que sea, es pecar de miopía. Hoy, la garantía de futuro
sólo viene de una cartera de clientes rentables fieles.
Y ¿por qué? Porque nada, ni nadie aporta los beneficios que proporciona
un cliente rentable fiel. Un cliente fiel, desde la perspectiva
cuantitativa, ahorra costes, aumenta su rotación de compra, crecen los
índices de up-selling y cross-selling y acepta un precio primado.
Y desde la cualitativa, es el mejor y mayor prescriptor,
perdona más los errores, presta menos atención a la competencia, permite
la innovación en ambos sentidos, hace aumentar la satisfacción de los
empleados propios y ayuda a mejorar la planificación. Está claro,
entonces, que conseguir un cliente rentable fiel debe ser el objetivo
estratégico de toda empresa.
Ahora bien, conseguir este objetivo desde la premisa de que tiene que
haber impacto emocional, no es posible a través de técnicas, por muy
sofisticadas que sean. Es necesario un tipo de profesional determinado.
Por supuesto que con suficientes conocimientos, experiencia y
habilidades, pero, y esto es lo fundamental, con un desarrollo emocional
notable.
El impacto emocional sólo se produce si lo que percibe el cliente
supera a las expectativas que se había creado -lo cual es muy difícil
que, hoy, se dé fuera del ámbito sutil- y que ese impacto sea
sostenible, exige un profesional con un coeficiente emocional alto.
Esta es una realidad dura de asimilar y más por el técnico, pero este es
el contexto empresarial de hoy. Evidentemente que puede no aceptarse,
pero que se haga sin más, sólo porque la palabra emoción no entra en el
vocabulario es, cuando menos, osado.
Jesús María Fernández Acebes Doctor Ingeniero Industrial en Marketing Industrial Profesor de la Escuela de Ingeniería de Bilbao jesusmaria.fernandezarrobaehu.es
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