Tengo la impresión de que, por fin, dos realidades que no se han sabido
ver o que se han pretendido soslayar, dada su exigencia de cambio
profundo, han calado entre los profesionales de empresa. La primera es
la convicción de que la fidelización es imprescindible para poder estar
en el mercado con una cierta solvencia. La segunda es el convencimiento
de que es una asignatura pendiente.
Me agrada ver que se esté tomando conciencia que a pesar de que se está
en el nivel más alto jamás alcanzado de calidad en los productos
fabricados, en los servicios prestados y en la asistencia ofrecida, que
a pesar de que en la vida ha habido más gente en la calle como ahora y a
pesar de que los programas de puntos, las tarjetas de fidelización y el
CRM sean una realidad, a la empresa le está costando más que nunca
retener a los clientes. Se está superando, afortunadamente, esa fase tan
dramática de ‘no ser consciente de lo que no se sabe,’ que
irremediablemente es el primer paso para el fracaso.
Resultado de esta introspección es que nos encontramos en el momento en
que con mayor profusión y creencia se está hablando de la trascendencia
de la persona. Sólo falta que esas declaraciones grandiosas, proclamando
que el cliente y el profesional de la empresa proveedor son el mejor
activo, se hagan realidad en la práctica, porque, al día de hoy, la
verdad es que la inquietud en conocer a fondo a ese cliente es
prácticamente inexistente y la inversión en formar al profesional en
saber relacionarse con dicho cliente también es prácticamente nula.
Aunque se haya subido un escalón importante en la consciencia, todavía
estamos en el estadio de las afirmaciones irreprochables y en la
seducción de las metodologías. Creemos que la deducción racional es
suficiente para producir el cambio y no es así.
No se trata sólo de la razón, sino que también interviene, y en un
porcentaje superior, el corazón. La fidelización viene a través de una
relación de confianza y la confianza se siente, no se racionaliza.
Llegar a sentir confianza en un proveedor significa que sus
profesionales han conectado emocionalmente con nosotros, lo que implica
que, además de tener unos altos conocimientos, una demostrada
experiencia y unas importantes habilidades, están desarrollados
emocionalmente, ya que sólo desde ahí se puede producir la conexión
emocional aludida.
Estamos, por tanto, ante el cambio más revolucionario en el mundo de la
empresa en toda su historia. Si hasta ahora, el profesional debía
adaptarse a todos los cambios que la empresa introducía, hoy todo se
tiene que adaptar al profesional, porque él es el cambio.
La pregunta inmediata y lógica que surge es, y ¿qué es eso de
desarrollarse emocionalmente? Evidentemente, es entrar en un mundo
fantástico, ya que en todo lo que hacemos están presentes nuestras
emociones, pero no es este ni el lugar y ni la ocasión. Lo único que
pretendo es, por un lado, dar a conocer la conclusión más importante a
la que he llegado tras diez años de investigación y, por otro, llamar la
atención sobre algo a lo que tendemos, sobre todo los técnicos, a
ignorar: las emociones.
La Inteligencia Emocional está absolutamente presente en nuestras
actitudes y dependiendo de cuál sea nuestro nivel de desarrollo, así
serán nuestras posibilidades de éxito. Si fuese verdad que lo emocional
no estuviese presente, es difícil de explicar por qué profesionales con
un alto coeficiente intelectual ocupan puestos mediocres, mientras
otros, con uno bastante más inferior, están en la cúspide. Desdeñar el
coeficiente emocional, hoy, es estar de espaldas a la realidad sobre la
que se apoya el negocio: fidelización.
No quiero terminar, sin exponer, antes, cuál es el proceso interno que
debe producirse en toda persona para llegar a crear una relación sólida
con otra, a fin de provocar una cierta turbación:
Sólo se crea una relación sólida, si se ha sabido manejar adecuadamente
la relación. Sólo se sabe manejar adecuadamente la relación, si existe
empatía. Sólo existe empatía, si hay motivación. Sólo existe motivación,
si hay control de las emociones. Y sólo existe control de las emociones,
si se reconocen.
Como decía un buen amigo, “callado, está dicho”.
Jesús María Fernández Acebes Doctor Ingeniero Industrial en Marketing Industrial Profesor de la Escuela de Ingeniería de Bilbao jesusmaria.fernandezarrobaehu.es
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