En grandes y medianas empresas seguimos refiriéndonos a los trabajadores
como recursos humanos, colaboradores, subordinados o, indirectamente,
como seguidores de otros individuos a quienes llamamos líderes.
Puede que haya habido, y haya todavía, algún fundamento para hacerlo
así, pero los cambios culturales y la emergente economía parecen exigir
a las personas el protagonismo, la dimensión, que quizá se les ha
hurtado en el pasado.
Nuevos y más profesionales perfiles de directivos y trabajadores
parecen abrirse espacio en el siglo XXI, y quizá debamos ya reconsiderar
en algún caso el propio lenguaje utilizado, si no —y si no suena
revolucionario o herético— la vigencia misma de algunos de los numerosos
modelos líderes-seguidores que se nos ofrecen.
Atendiendo a la excelencia en el management, y a sólidos y legítimos
intereses, las consultoras y escuelas de negocios han venido adulando
tal vez en exceso a los jóvenes o futuros directivos, y han estado
sonando con insistencia en las grandes empresas buzzwords como
potencial, talento, liderazgo, etc. Una profesional y efectiva dirección
de personas resulta inexcusable, pero quizá habría que distribuir mejor
los esfuerzos de formación y desarrollo, en beneficio del perfil del
nuevo trabajador experto, el knowledge worker de que nos hablaba Peter
Drucker: un trabajador responsable, actualizado en sus conocimientos,
leal a su profesión y con mayor autonomía (fruto del empowerment) en su
desempeño. Este nuevo trabajador experto compartiría con el directivo el
derecho a cultivar su autoliderazgo, lo que es en buena medida decir, su
dimensión intrapersonal.
En la década anterior se hablaba del liderazgo y se hacía referencia a
importantes ejecutivos como Welch, Iacocca, Gerstner, Grove... y hasta
Lay, el del escándalo Enron; luego se dijo que, en realidad, los líderes
tenían que serlo de otros líderes, y que el liderazgo habría de
extenderse por las organizaciones. Cuesta imaginarse una comunidad en
que cada uno sea, a la vez, líder y seguidor, pero todo depende de cómo
se entienda el concepto. También podemos referirnos, en efecto, a un
cierto liderazgo intrapersonal, al que nos invitaban Covey o Senge, y
aparcar por un momento el liderazgo interpersonal que hemos venido
postulando entre los directivos intermedios, y que sitúa a los
trabajadores como seguidores suyos. Los trabajadores pueden, sí, seguir
metas compartidas y contribuir a su consecución, pero tal vez, dejando
fuera lo transaccional, no resulta siempre sencillo seguir, en el día a
día, a líderes que uno no ha elegido; sobre todo cuando el trabajador no
tenga perfil de seguidor, sino vocación profesional en un campo
determinado, que desea dominar suficientemente. Pensemos, sí, en
trabajadores que, en su campo, saben más que sus jefes.
Las personas en las organizaciones
En cuanto a la consideración de las personas, podría tal vez hablarse de
dos tipos referenciales de organizaciones para el siglo XXI: aquellas en
que casi todas las personas están integradas en la empresa y comparten
objetivos declarados y auténticos, y aquellas otras en que el círculo de
integración se limita al personal directivo más estratégico, quedando
fuera los denominados seguidores, colaboradores, recursos humanos, etc.,
a quienes se hacen llegar mensajes distintos. Hasta ahora, y a pesar de
que se venía declarando la importancia de las personas, ha venido
funcionando el segundo modelo, a veces con apariencia de aproximación al
primero; sin embargo, un creciente valor del conocimiento (que reside en
personas) podría hacer que las cosas evolucionaran hacia una relación
más profesional, más de cliente-proveedor, entre directivos y
trabajadores, lo que de hecho ya está generando diferentes formatos de
relación, no siempre bien resueltos.
Siempre pensando en el trabajador del saber como elemento clave de la
emergente economía, si en el precio a pagar por el mantenimiento del
puesto de trabajo entrara la subordinación o seguimiento transaccional a
un jefe-líder, cada trabajador-seguidor resolvería su caso particular;
pero no se nos escapa el potencial profesional que podría
desaprovecharse en una relación de subordinación, sutil o declarada, que
afectara a un trabajador experto, en la era del conocimiento.
¿Qué prefiere el trabajador senior del saber para dar lo mejor de sí
mismo, un buen líder, o un suficiente grado de autonomía? Observen todas
las combinaciones posibles, incluida la de un líder junior y un
trabajador senior.
Leía hace poco, en la edición para profesionales de RRHH de la revista
Observatorio, en un interesante y documentado artículo de José Manuel
Casado, que sería más propio hablar de capital humano que de recursos
humanos, y creo que esto está en la mente de muchos de nosotros.
A mí lo de recursos humanos me suena un poco a la era industrial, ya en cierto declive, salvo que lo interprete como “recursos de los humanos” (intelectuales, cognitivos, emocionales, etc.); en cambio, lo de capital humano parece más en sintonía con la emergente economía del conocimiento y la innovación.
El lector tendrá su punto de vista en relación con los términos
utilizados, pero aceptará que un experto en un área determinada, que
además está dispuesto a seguir aprendiendo, constituye un valor sólido
en nuestros días.
También tengo ahora mismo delante una entrevista publicada en la revista
Coaching Magazine. Magda Gálvez pregunta a Javier Fernández Aguado la
diferencia entre el líder-coach y el líder tradicional, y él responde:
“Para mí, liderazgo y coaching son términos casi sinónimos. Un buen
líder lo es, entre otras cosas, porque sabe obtener lo mejor de sus
colaboradores...”.
Esta frase me pilla en pleno estudio de los perfiles que demanda la
economía del conocimiento de que venimos hablando, y concretamente me
pilla cuestionándome algunos modelos líderes-seguidores.
Apelo al pensamiento crítico del lector para que disienta libremente de
lo que sugiero, pero creo que los nuevos trabajadores, los del
aprendizaje y desarrollo permanente, los del empowerment, los que están
en disposición de innovar..., quizá habrían de ser considerados un poco
más como profesionales, y un poco menos como seguidores, colaboradores o
subordinados. (Por otra parte, y aunque el contexto de la referida
entrevista a Fernández Aguado conduzca sólidamente a la idea formulada,
yo defendería la distancia conceptual entre el coaching y el liderazgo
interpersonal, a pesar de que me venga interesando más el liderazgo
intrapersonal).
Recuerdo cuando, en los años 80, a la vez —por cierto— que empezaba a
oír hablar de “recursos humanos”, comencé a sentir la llegada de nueva
burocracia en nombre de la calidad; los lectores pueden haber vivido, en
su caso, la experiencia antes o después, pero yo sentía en los años 80
que si, con adicional esfuerzo, hacía las cosas mejor, los responsables
de calidad estarían ahí para arrogarse los méritos. Quizá fuera algo
injusto, o estuviera equivocado, pero debo ser sincero al formular
recuerdos; desde luego, mis criterios sobre la calidad —más a los
fondos— no coincidían con los oficiales —más a las formas—.
Me ha venido a la conciencia este anterior pensamiento al leer lo de “Un
buen líder lo es, entre otras cosas, porque sabe obtener lo mejor de sus
colaboradores”. Sin duda la idea tiene su fundamento, pero yo vuelvo a
pensar que quizá, si uno da lo mejor de sí mismo, la cosa podría quedar
como mérito del jefe, en su atribuido rol de líder. Ya se ve que ha de
haber plena confianza entre directivos y trabajadores; lo que yo someto
al lector es que esta confianza habría de sustentarse en el respeto
profesional mutuo, y no tanto en una relación líderes-seguidores. (Al
hablar de líderes y seguidores, recordemos que habitualmente éstos no
han elegido a aquéllos, sino, más bien, aquéllos a éstos, y que lo han
hecho valorando el conocimiento y otras competencias, a menudo sin
olvidar la sumisión. Fue en los años 90, pero supe que, en una encuesta
a los empleados de una gran empresa, éstos declaraban que una de los
rasgos que más valoraban los jefes era la sumisión; temo que aún hoy sea
un valor pendiente de revisión, y cierro el paréntesis digresivo).
Hablábamos de la confianza entre directivos y trabajadores. No se
trataría sólo de confiar en la lealtad mutua, sino también en la
competencia profesional de cada uno; dicho de otro modo y en condiciones
normales, vería más valiosa la autonomía y la responsabilidad, que la
subordinación o la sumisión. Dicho con provocadora contundencia: “Cuando
el trabajador se aproxima al perfil ideal que se proclama, entonces no
habría de ser visto como seguidor, ni el directivo como líder, sino
todos como profesionales”.
Pero la idea que, sobre el rendimiento de los colaboradores, nos
recuerda Fernández Aguado me trae más reflexiones. “En mi experiencia de
e-learning —me decía un colega consultor de formación—, lo que peor he
llevado es que mi jefe me obligara a hacer chapuzas; a que los
presupuestos me dieran apenas 2 ó 3 días para diseñar el guión de una
píldora on line de liderazgo que iban a seguir cientos de directivos de…
El tiempo se me iba en averiguar cómo se interpretaba el liderazgo en
aquella empresa”. Seguramente hay jefes que piden a los trabajadores que
hagan las cosas siempre bien, y facilitan que así sea; pero también hay
probablemente otros, o quizá los mismos, que en ocasiones les piden,
sutil o explícitamente, a los trabajadores que hagan las cosas sin tanto
esmero, es decir, deficientemente a sabiendas. No es posible ver como
líder a quien nos obligue alguna vez a renunciar a principios, como, por
cierto, tampoco podemos ver como grandes líderes a delincuentes
codiciosos de la talla de Kenny Lay y tantos otros, incluso sin salir de
nuestro país.
Algunos colegas me dicen que los trabajadores juniors sí han de ser
liderados (y no hay que descartar que también algunos seniors), y es
verdad que, como ya lo hacía Peter Drucker, hemos de distinguir entre
trabajadores seniors y juniors; pero también habría que distinguir estos
grados entre los directivos-líderes. Aquí aprovecho para recordar lo que
el citado y desaparecido maestro de gurús decía sobre el liderazgo: “El
liderazgo es visión; no hay nada más que decir”. Así de pragmático era a
menudo Drucker, que asociaba aquí el liderazgo con la Alta Dirección;
pero otros expertos han escrito muchos libros para hablarnos del
liderazgo situacional, transformacional, inspirador, emocional,
resonante, relacional, capacitador, carismático, ético, etc.
Nuevos modelos de liderazgo
De que hay diversidad de puntos de vista sobre el liderazgo de los
directivos y de que éste debe ser reconsiderado en las empresas, hay
suficientes síntomas. Hace poco me refería yo mismo a una consultora
(élogos) que ofrecía, como producto estrella, la dirección por hábitos
(DpH) como idóneo modelo de liderazgo: como una posible solución a la
confusión de modelos existentes. Así habla Fernández Aguado de la DpH,
en la entrevista a que me he referido: “La Dirección por Hábitos, otro
de los modelos de Gestión que he creado y desarrollado en los últimos
años, es la cima del paradigma antropomórfico en el que se encuadran
muchas de mis propuestas para el gobierno de organizaciones y personas.
Consiste en poner en marcha los valores, evitando que se limiten a una
enumeración fría y descarnada de propuestas enmarcadas en la pared de
una empresa”.
Pero disponemos de otras formulaciones relacionadas con la DpH. Miguel
Ángel Alcalá, director general de la Asociación Internacional de
Estudios sobre Management, nos decía:
“Los retos de la DpH son dos: definir cuáles son los hábitos que
convienen a las personas, y mostrar los senderos para lograrlos. En este
sentido estricto, el trabajo consiste en que la persona conquiste la
verdad de sí misma en sus acciones, y, paralelamente, el bien pleno para
sí misma, con su conducta: vivir la verdad sobre el bien realizado en
cada acto, y la realización del bien subordinado a la verdad sobre su
propio ser”.
Y Sandra Díaz, de élogos —la empresa que lo ofrece como producto
estrella—, subraya el papel de ejemplo que corresponde a los
directivos-líderes: “La herramienta de gestión para implantar la DpH son
las propias conductas de los directivos, que servirán de ejemplo para
lograr los hábitos de los colaboradores”. Y también: “El directivo debe
atender a todos los aspectos de la persona de forma íntegra. El
verdadero líder conquista la voluntad y las emociones de los
colaboradores, no las manipula. Entiende sus deseos y sus decisiones.
Trabaja la inteligencia, la voluntad y las emociones”.
Yo sigo preguntándome si el nuevo trabajador del conocimiento, experto,
aprendedor permanente, amante de las cosas bien hechas, responsable,
integrado en el empowerment —como nos lo dibujara Drucker—, se sentirá a
gusto dejando al líder que trabaje su inteligencia, su voluntad, sus
emociones...
¿De verdad es necesario que los trabajadores seniors entreguen todo
esto a un señor que se dice líder, aunque no le vean como tal? ¿No sería
mejor que los trabajadores para ello preparados pusieran su
inteligencia, voluntad y quizá emociones al servicio de unas metas
compartidas, y no al de unos señores determinados? Y si hubiera
trabajadores no suficientemente preparados, ¿no sería mejor acelerar su
preparación para asumir la responsabilidad por su trabajo?
No es necesario castigar al lector con más párrafos: vengo a pedir su
reflexión sobre el acierto o error de perpetuar el modelo
líderes-seguidores, al establecer las mejores relaciones entre
directivos y trabajadores en nuestro tiempo. Disculpen que, precisamente
para abreviar, haya ido quizá deprisa en alguna inferencia; recuerden
que no pretendo llevar razón, sino alentar el debate sobre el exceso de
modelos de liderazgo que se nos ofrecen. Hojeen y ojeen ustedes mismos
los catálogos de las editoriales y encontrarán nuevos libros sobre el
liderazgo de los directivos.
Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
jenebral1arrobami.madritel.es
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