De la noche a la mañana la innovación se ha convertido en el factor
nuclear de la gestión de la empresa. Ha sido como el gran
descubrimiento.
¿Cómo hacer frente a esas amenazas ya reales de los países emergentes?
Pues innovando. ¿Cómo garantizar la competitividad en el futuro? Pues
innovando. ¿Cómo conseguir relaciones duraderas con los clientes? Pues
innovando. Es decir, innovación es la palabra mágica, por lo que es
lógico que los máximos responsables ya hayan dado la orden: “Innóvese”.
Me hace recordar esto a la fidelización. Cuando Amex hizo público que
conseguir un cliente nuevo costaba cinco veces más que mantener al que
ya se tenía, esos mismos máximos responsables también dijeron:
“Fidelícese” (al día de hoy, el índice de repetitividad, que es bastante
mayor que el de fidelización, no supera el 70%).
Esta tendencia a la simplificación y a la formularización provoca que se
caiga en una metodología y una sistematización con pies de barro.
Innovar está asociado a invenciones e ingenios tecnológicos y a tener un
proceso de I+D+i homologado, lo que hace creer que se trata,
básicamente, de tecnología y dinero. Y no es así. La innovación, al
igual que la fidelización, es algo muy complejo y, por ende, muy
complicado de gestionar. La innovación, al igual que la fidelización, es
crear valor y crear valor, tanto desde la perspectiva reactiva, como
desde la proactiva, es dar una respuesta novedosa a una necesidad, a
cualquier necesidad, de la que se tiene conciencia, lo cual nos abre un
abanico inmenso de perspectivas.
Así pues, la innovación radical, proveniente de la I+D, y la
incremental, producto de la práctica del trabajo y del intercambio de
experiencias profesionales, deben dejar paso a la innovación que he
bautizado con el nombre de sintonizadora, resultado natural de una
relación sólida entre proveedor y cliente, la cual posibilita cubrir
todo ese abanico.
Es una relación fundamentada en el principio “yo gano, tú ganas”, por lo
que los problemas, las iniciativas, las propuestas, las ideas… de ambas
partes están continuamente presentes. Las dos partes tienen un afán
mutuo y recíproco de mejora, lo que da lugar a una innovación en los dos
sentidos. Por un lado, el cliente empuja al proveedor a la innovación y,
por otro, el proveedor ayuda al cliente a la innovación.
Ahora bien, es obvio que esto sólo es posible si esa relación entre
proveedor y cliente, como se decía, es estrecha. Llegar a conocer
cualquier necesidad, hasta las más íntimas de las personas, que es donde
se encuentra el camino para el valor, exige una plena confianza y, hoy,
hablar de confianza es hablar de conexión emocional, lo que nos lleva a
que el valor sólo lo pueden dar las personas.
Y cuando digo personas no me estoy refiriendo a ‘cerebritos’ con bata
blanca en un laboratorio. Me refiero a profesionales capaces de crear
relaciones estables, duraderas y beneficiosas con los clientes, lo cual
es la gran asignatura pendiente, ya que hablar de emociones, sobre todo
entre los técnicos, es algo que todavía suena a cánticos celestiales.
Por tanto, dar la orden de “Innóvese” sin tener profesionales
desarrollados emocionalmente es, normalmente, apostar por ilusiones muy
caras y muy frustrantes. Está muy bien afirmar que la innovación es la
mejor receta para competir con la mano de obra barata de los países
asiáticos o del este, pero si no hay un convencimiento profundo de que
primero hay que formar este tipo de profesionales, no dejará de ser una
frase más a engrosar el libro de las buenas intenciones.
Si no se tienen profesionales que conozcan sus propias emociones y sepan
convivir satisfactoriamente con ellas, se podrán tener profesionales
‘políticamente correctos’, pero no se tendrán profesionales capaces de
ponerse en los “zapatos del otro” y sin este tipo de profesionales, no
se podrá proporcionar valor y si no se proporciona valor, es muy
complicado, por no decir imposible, para la mayoría de las empresas que
conforman nuestro tejido empresarial, que haya innovación.
Está muy bien poner el acento en la innovación, pero siempre que
tengamos profesionales inteligentes emocionalmente. Si no es así,
estaremos queriendo, pero no pudiendo, lo cual supone un coste de
oportunidad, tal vez, inasumible.
Jesús María Fernández Acebes Doctor Ingeniero Industrial en Marketing Industrial Profesor de la Escuela de Ingeniería de Bilbao jesusmaria.fernandezarrobaehu.es
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