El Mercosur hace ya muchos años nació junto con una promesa
prácticamente generalizada de prosperidad casi mágica para Brasil,
Argentina, Paraguay y Uruguay. Una promesa que cuatro gobiernos se
empeñaban en declarar como un ideal de referencia para actuar
conjuntamente de cara al futuro. Sin embargo, la realidad construida
hasta el presente no ha mostrado evidencias tangibles de que esas
promesas dieran paso a resultados que mejoraran la calidad de vida de
los brasileños, los argentinos, los paraguayos o los uruguayos.
No es extraño entonces que el optimismo inicial haya dado paso a la
crítica y en ciertos casos, notoriamente a la decepción. No son pocos
los que hablan de una nueva frustración y lo están haciendo últimamente
con mucha fuerza. Ya hay actualmente agentes en cargos relevantes que
están buscando otros caminos alternativos y que, como vemos en la
prensa, lo proclaman públicamente. No faltan tampoco sesudos análisis
especializados de las razones políticas y económicas por las cuales el
ideal de referencia, con el que cuatro naciones se embanderaron hace
unos cuantos años, no ha podido cristalizar.
Los analistas muestren con precisión que se mantienen entre los cuatro
socios, diferentes enfoques políticos y económicos para tratar la crisis
global, las repercusiones regionales y los problemas nacionales,
generado grandes divergencias en los procesos de integración. Hoy
podemos encontrar estudios muy buenos de los desequilibrios
macroeconómicos de cada uno de los países del grupo y claros ejemplos de
cómo han provocado enormes distorsiones en los procesos de intercambio
comercial. En particular a los uruguayos no es necesario que les
expliquen todo ésto, lo sienten a través del impacto en la vida diaria y
sobre todo, en sus respectivos bolsillos.
Curiosamente el problema de la integración, con toda su complejidad,
resulta mas sencillo de entender para la gente común, sin necesidad de
que los que se dedican profesionalmente a analizar estas intrincadas
situaciones, deban abrirnos los ojos. La cuestión esencial es que el
Mercosur no está funcionando porque no ha tenido quien se hiciera cargo
de ayudarle a crecer, por encima de los intereses particulares de sus
propios integrantes. Los brasileños han demostrado que quieren más a los
brasileños que al Mercosur. Los argentinos han demostrado que quieren
más a los argentinos que al Mercosur. Y los paraguayos y uruguayos,
también.
Esos “cariños” nacionales, que por supuesto no deben perderse, no
deberían ser los únicos protagonistas de la integración devenida, hoy
por hoy en desintegración. Son imprescindibles nuevos cariños que partan
de la idea de que, juntos los países son algo más que cada uno por su
lado. Cariños que muestren que la región tiene lazos políticos,
culturales y económicos reales que deben ser profundizados. Las
solidaridades estratégicas que son imprescindibles, más que los
intereses comerciales tácticos, constituyen la piedra angular para
reforzar una unión que sea primero, un proyecto político y a partir de
allí, un proyecto comercial.
Actualmente no se necesitan mas analistas políticos o económicos para
explicar las razones por las cuales los problemas que complican la
existencia de la entidad regional, parecen ser más grandes que las
soluciones. No hay cambios estructurales sin liderazgos claros. Los
hombres que conducen políticamente estos procesos deben ponerse por
encima de los problemas y mirar el horizonte sin detener el paso. No se
precisa ser clarividente para comprender el destino que le espera a un
ideal, por más importante que sea, si ni sus propios padres fundadores
están dispuestos a defender la propuesta con acciones, más allá del
mundo de las tibias declaraciones.
La persistencia de propósitos, precisamente cuando el camino a seguir es
en subida, es un don muy preciado del que hay que hacer buen uso, para
ponerle la proa a las dificultades y lograr superarlas. No se puede
cuestionar, especialmente desde la cúpula, algo tan importante como el
Mercosur y pensar que es una crítica a algo que no les pertenece a todos
por igual. Es difícil de creer un “yo no fui” de presidentes, ministros,
senadores y cualesquiera otros referentes que se puedan imaginar. Muchos
no lo creen y otros tantos no lo admiten. Los pueblos de los países del
Mercosur, que los llevaron con sus votos a dónde están, se merecen otra
cosa.
Las empresas de la región y especialmente las de los países más pequeños
del Mercosur - me refiero a Uruguay y Paraguay - pusieron enormes
esfuerzos para prepararse para desarrollar sus actividades comerciales
en el nuevo contexto. Las reconversiones también requirieron mucho
dinero, que sería desperdiciado sin no se puede acceder a los mercados
de la región, sin barreras o trabas del tipo que sean. Muchos ciudadanos
de los cuatro países creyeron a sus líderes cuando pidieron comprensión
y respaldo a la gente y dieron ese apoyo, aún a sabiendas de los riesgos
que podía traer consigo.
Ante los problemas que hoy enfrentamos, bien vale la pena repasar que no
fueron idealistas exaltados los que pusieron sobre la mesa el Mercosur,
fueron nuestros presidentes, fueron nuestros parlamentarios, fueron
nuestros empresarios y un pueblo que les creyó. A esta altura no es
admisible que, ante las dificultades que tenemos para consolidarlo,
agentes con similares responsabilidades, digan otra vez “yo no fui” y
descubramos la mayoría sorprendidos, que el Mercosur no tuvo padres
responsables por sus obras hasta consolidarlas; sólo contó con tutores a
medio tiempo que a poco de hablar y con el trabajo a medio hacer, se
fueron a sus casas.
Publicado originalmente en
http://www.cronicas.com.uy/
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