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Muchas veces descuidadamente confundimos el hecho de participar con el
compromiso que implica estar involucrados en cualquier acción.
Evidentemente no es lo mismo y deberíamos tenerlo bien claro. Pueden
participar muchas personas en un emprendimiento pero cuando algo no sale
bien, éstos tienen grandes posibilidades de tomar distancia. En cambio,
los que están involucrados deben hacer frente a los hechos y asumir
responsabilidades.
En muchas organizaciones estimulamos la participación pero no el
compromiso. Ciertamente que cuanto más gente participe posiblemente
recogeremos aportes de un mayor espectro de intereses, pero eso de por
sí solo no genera compromisos para transformar la realidad. Se requiere
siempre gente personal e institucionalmente involucrada para hacer que
las cosas sucedan. Y evidentemente, los uruguayos tenemos dificultades
para separar unos de otros.
Cuando analizo en la universidad junto con mis discípulos la diferencia
entre participar y estar involucrado les pongo siempre un ejemplo muy
gráfico. En el omelette de jamón y queso, la gallina participa, pero el
chancho está involucrado. Y la diferencia por lo menos para la gallina y
el chancho, es claramente relevante. La gallina aporta sus huevos y
puede hacerlo en reiteradas oportunidades, en cambio al chancho
fatalmente se le va la vida en el jamón que constituye su aporte.
¿Qué pasa en aquellas organizaciones en que muchos participan pero nadie
se involucra? Evidentemente los grados de compromiso personales son en
los hechos prácticamente inexistentes. Salvo excepciones los que actúan
como las gallinas del ejemplo operan de una manera menos comprometida.
Es que las gallinas saben perfectamente que cualquiera sea su desempeño,
tendrán nuevas oportunidades. Operan prácticamente observadores como
inmunes a los resultados - buenos o malos - de sus propias acciones.
Repasemos resultados cuando las gallinas son los actores principales.
Cuando no hace mucho tiempo unas gallinas opinaron sobre una inversión
importante para el país y la inversión resultó ser un rotundo fracaso,
no hubo problema. Buscaron otros proyectos, porque siempre pueden estar
en condiciones de poner otros huevos. Cuando otras gallinas dijeron que
una institución era viable y luego quebró, no hubo drama para ellos.
Sabían perfectamente que podrían buscar otras organizaciones, sin correr
ningún riesgo.
Cierto que un país necesita gallinas, pero pensar que solo con gallinas
puede salir adelante, es por lo menos imprudente. El Uruguay es un claro
ejemplo de apuestas reiteradas a gallinas en cargos públicos para que
opinen sin como contrapartida asumir ningún riesgo. Así muchos se animan
a hablar de lo que no saben y a recomendar sobre lo que no entienden. A
ellos desaprensivamente les hemos entregado una a una gran parte de las
“joyas de la reina” que con esfuerzo acumularon para usar en tiempos
difíciles nuestros padres y abuelos.
¿Qué pasa en las organizaciones en que muchos participan pero por lo
menos algunos están involucrados? Evidentemente los grados de compromiso
personales se incrementan notoriamente. Esta en la tapa del libro. Los
que operan como chanchos tienen siempre presentes que los resultados no
les serán indiferentes. Es que los chanchos saben que su desempeño es
considerado preferentemente en oportunidad de cada evaluación. Operan
como gestores comprometidos con sus actuaciones.
Comparemos resultados cuando los chanchos son los actores principales.
Cuando los chanchos opinan sobre una inversión importante para el país
se cuidan de que no fracase, porque ese es su propio problema. Saben que
si su propuesta no funciona será difícil buscar otros proyectos, porque
con el jamón que aportaron se les ha ido la vida. Cuando los chanchos
afirman que una institución es viable, analizan muy bien los riesgos de
que pueda quebrar. Saben que posiblemente no encontrarán otras
organizaciones que crean en ellos.
Considerando los roles de gallinas y chanchos, deberíamos poder sacar
algunas conclusiones de cara al futuro. No podemos seguir sosteniendo
obstinadamente que basta que distraídamente coloquemos a alguien en un
cargo público relevante y automáticamente tenga un salvoconducto,
cualquiera sean los resultados de su gestión. No es suficiente que no
sea omiso o que no cometa delitos, es necesario que haga bien su trabajo
y asuma responsabilidades por los resultados.
Aceptar cargos públicos como si fueramos gallinas es como entrar en un
juego entretenido en el que si perdemos, igual mañana posiblemente pueda
haber revancha. En cambio, aceptar cargos públicos como chanchos es
tomar un trabajo en el que si perdemos, mañana seguramente no habrá
revancha. Mientras no separemos quién participa de quién se involucra en
la cosa pública, el país no conseguirá asociar actuaciones con
resultados, y será lo mismo personalmente para aquellos que acepten
encargos en organizaciones del Estado que todo funcione bien, regular o
mal. O incluso, como ya hemos experimentado, horrible.
Lo que nuestro país necesita imperiosamente en esta profunda crisis es
que le den oportunidades a los chanchos, para salir adelante. Por
cierto, que Uruguay debe seleccionar los chanchos adecuados, pero este
es otro asunto. Haciendo bien esta selección serán menos aquellos que
hablen de lo que no saben y recomienden sobre lo que no entienden. E
igual a ellos - con toda su carga de compromisos a cuestas - tampoco
habría que entregarles las “joyas de la reina”, aunque bien puedan
correr mucho mejor suerte que las entregadas en el pasado a las
gallinas.
Publicado originalmente en
http://www.cronicas.com.uy/
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