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Emil Ludwig, en su famosa biografía de Napoleón, refiere que éste fue
convencido desde muy temprano por su madre de que podía realizar cosas
extraordinarias. Sea cierta o no tal anécdota, hoy sabemos que el
célebre militar actuó, a lo largo de su vida, con gran confianza en su
persona y sin titubear al tomar decisiones.
De otro lado, a mediados del siglo xx, el norteamericano Robert Merton
designó con el nombre de “Efecto Pigmalión” las consecuencias que
generan sobre el comportamiento de una persona las expectativas y
creencias que se tienen de ella. Si percibe que se le valora poco o que
es tratada con desconfianza, esto se reflejará en sus acciones
posteriores.
Esto es, mostrará resultados mediocres. Si, por el contrario, percibe
que sobre ella se deposita confianza y se le trata con consideración, su
desempeño se elevará. Merton tomó el nombre Pigmalión de un mitológico
rey de Chipre de quien se cuenta produjo una hermosa escultura de la
cual se enamoró. La diosa Afrodita accedió a sus ruegos y la convirtió en una
mujer de carne y hueso con todas las cualidades que Pigmalion siempre
había soñado encontrar en una esposa.
Hay que decir, en honor a la verdad, que a principios del siglo xx el
dramaturgo británico George Bernard Shaw bautizó también como Pigmalión
a una de sus obras en la que un refinado caballero inglés emprende la
tarea de “re-educar” a una rústica muchacha –vendedora callejera-para
hacerla pasar como una dama de sociedad. Esta obra se convirtió en
película en los años treinta.
En los años sesenta, los psicólogos Rosenthal y Jacobson mostraron que
las actitudes que los maestros expresan hacia sus alumnos y que éstos
perciben influyen sobre su rendimiento.
En dicho trabajo, aplicaron un test de inteligencia a varias
secciones de una escuela y se dijo a los maestros que determinados
estudiantes a su cargo habían mostrado un alto índice de inteligencia y
que por tanto su desempeño subsiguiente sería superior. Como se
imaginará el lector, tal advertencia carecía de verdad y los estudiantes
referidos fueron tomados al azar.
Meses después, tras aplicarles nuevamente un test, se descubrió que, en
efecto, los estudiantes en cuestión incrementaron su cociente
intelectual y los docentes estaban muy satisfechos con ellos. De hecho,
les habían dedicado, en promedio, más atención que a los demás. Estos
trabajos parecen probar que la actitud del maestro tiene un papel
preponderante en el desempeño del estudiante.
Casi por la misma época, algunos estudiosos de la empresa, como McGregor
y Likert, afirmaron que la conducta del directivo genera un efecto
trascendental en la de sus subordinados. En otras palabras, los
empleados responderán según como crean son las expectativas de sus
superiores.
A todo lo dicho debe agregarse que la interacción humana es tan compleja
que entraña una serie de factores. Por ejemplo, cada día se destaca más
el papel que desempeña el lenguaje no verbal en nuestras relaciones
sociales. Verbalmente podemos decir algo pero nuestro cuerpo puede estar
declarando exactamente lo opuesto.
Pues bien, aquí viene la pregunta del millón: ¿No estaremos
condicionando al personal con nuestras propias actitudes y comentarios?
Recordemos que tanto o más importante que lo que se dice es el cómo se
dice.
Profundicemos en el mundo de la empresa. Es muy común oír a empresarios
y ejecutivos encasillar a sus trabajadores en determinados roles y
conductas. Por ejemplo: “Mi personal es incompetente”; “No sé que hacer
con esta gente”; “¿Por qué no le pones más fuerza al trabajo?”, etc.
Si vamos un poco más allá descubriremos las enormes diferencias que hay
al impartir una misma directiva de dos modos distintos. Un jefe podría
decir a su subordinado, casi sin mirarlo, “Mira qué puedes hacer” o, en
tono irónico, “Por lo menos haz algo, ¿quieres?”. Mientras que otro
supervisor, mirando a los ojos a su empleado, diría “Necesito te
encargues de esta tarea, confío en que obtendrás los resultados que
esperamos”.
A modo de conclusión, debiera quedarnos el compromiso de mejorar nuestro
trato para con todos los empleados, sin excepción y no prejuzgarlos.
Debiéramos mostrar actitudes equitativas hacia todos.
La confianza que ellos perciban de nosotros generará significativos
resultados en su actuación. Mostremos fe en la capacidad de las personas
para poder cambiarlas y hacerlas mejores.
Arturo Orbegoso - Psicólogo Organizacional Peruano, consultor de empresas y docente universitario aorbegosogarrobayahoo.es
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