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Recientemente, en una conferencia de Maytee Sepúlveda, venezolana
extraordinaria, escuché afirmaciones que me inspiraron el redactar este
artículo con sus palabras. La vida son tres cosas:
Primero, un don, porque ahora tú estás vivo y hay muchas personas que no
lo están.
Segundo, una responsabilidad, porque si estás vivo ahora es porque
tienes muchas cosas por aprender y hacer.
Y tercero, una opción, porque cada minuto puede ser diferente al
anterior.
La vida es una constante oportunidad de renovación y cambio, donde a
cada instante, se nos presenta el chance de expresarnos y proyectarnos
hacia los demás y hacia el mundo.
La vida de cada uno está en las manos única y exclusivamente de cada uno
de nosotros, no está en las manos de mi papá, ni en las manos de mi
mamá, ni en las manos de mi esposa o en las manos de los gobernantes.
Ser adultos no significa que tenemos todas las respuestas para todas las
preguntas, ser adultos no significa que tenemos el deber de enfrentarnos
a todo para resolverlo sin dudar, ser adulto significa que deberíamos
tener la disposición de aprender de cada situación en la seguridad de
contar con nosotros.
A veces estamos tan presos, tan preocupados, a pesar de que no sabemos
exactamente porqué, que no nos damos permiso para sentirnos y
expresarnos. A veces no hay nada afuera que nos presione, a veces los
únicos que nos presionamos somos nosotros mismos, somos nuestros propios
prisioneros, entonces, necesitamos aprender a ser libres de las
programaciones negativas que nos inducen a estancarnos, a repetirnos y a
dejar de buscar más allá la verdad. Necesitamos liberarnos de las
grabaciones que nos impidan alcanzar la felicidad.
Ser adulto es pensar, siempre que te encuentres en una situación de
conflicto o en una situación nueva y desconocida para ti, que eres algo
más que ese cuerpo físico inmerso en un mundo material, eres el
instrumento que escogió la vida para manifestarse en ese lugar, para
aprender y entregar;
por lo tanto dispones de todos los recursos para resolver y
manejar cualquier situación acá, si el problema es más grande que tú,
revísalo entonces, porque ése no debe ser tu problema y siempre que
puedas, cambia la palabra problema por oportunidad.
Y con la palabra oportunidad, quiero darle el paso a una historia que me
dejó sorprendido y lleno de mensajes directos, de dos palabras que en
muchos capítulos de la vida cobran su pasaje, pago que si queremos
podemos evitar.
La historia la tomo del libro Cuentos para pensar, de un autor que
recomiendo revisar, Jorge Bucay. Y dice así...
En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá
donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven
concretas...
Había una vez un estanque maravilloso. Era una laguna de agua cristalina
y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas
las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia. Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos, entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida, sin saber por qué, se bañó rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua. Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró.
Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino de la tristeza. Y así, vestida de tristeza, la furia se fue. Muy calmada, y muy serena, dispuesta como siempre, a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es
quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al
estanque, la ropa de la furia.
Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia,
ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar
bien, encontramos que esta furia que vemos, es sólo un disfraz, y que
detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la
tristeza.
Es importante remarcar la siguiente reflexión: La furia es tan peligrosa
que se puede adueñar de tu conciencia. Puede reclamar estar presente
todos los días en tu vida como una droga necesaria para funcionar.
Te desgasta y te hace vulnerable la salud. Por ello se acompaña de la
tristeza, su hermana, que remata el panorama. De la furia no sale nada
bueno. Ella está llena de energía negativa que ata de manos nuestra
creatividad, despoja de amor a los individuos, separa relaciones y hace
difícil la convivencia.
Cultivar positivamente la furia y la tristeza son herramientas que
permitirán obtener los mejores frutos de la vida.
Juan C. Caramés - El autor de este artículo es un colaborador de la prestigiosa publicación digital Liderazgo y Mercadeo, www.liderazgoymercadeo.com, con autorización de la cual se reproduce este artículo íntegramente.
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