La revolución digital se manifiesta de modo más palpable en el lugar de
trabajo y las actividades comerciales. Las compras de tecnología de la
información constituyen actualmente cerca de un tercio de la inversión
privada total en bienes de equipo duraderos para producción.
Las computadoras personales conforman el equipamiento habitual de las
oficinas y ya hay miles de personas que trabajan desde sus hogares.
Todas las 500 empresas más importantes de Estados Unidos (enumeradas en
la revista Fortune) tienen una página Web.
El volumen de las ventas en línea entre empresas es abrumador comparado
con las ventas electrónicas al por menor, pero las grandes inversiones
de las empresas en computadoras, comunicaciones, programas informáticos
y formación no ha logrado incrementar aún la productividad.
Hasta hace poco, se daba por un hecho, que los médicos, consultores y
los abogados, entre otros profesionales, solamente podían prestar sus
servicios si se encontraban presentes en el mismo lugar que sus
pacientes o clientes.
Aunque la videoconferencia e Internet han cambiado esta circunstancia,
es preciso que los gobiernos supriman normas sobre el ejercicio
profesional, ya desfasadas, que no permiten prestar sus servicios
electrónicamente a los profesionales que estén en diferentes países.
Michael Dertouzos, director del MIT Laboratory for Computer Science
(Laboratorio de Informática del MIT) en su libro, "What Will Be",
predice que dentro de poco estarán disponibles muchos servicios por
medio de redes, incluyendo los siguientes:
Un mercado laboral virtual que permitirá encontrar ofertas de trabajo a
través de un agente especializado en la red, efectuar entrevistas de
trabajo en línea, y trabajar desde casa para una empresa con la que sólo
habrá contactos directos ocasionales.
Centros comerciales virtuales que mostrarán los productos
disponibles,ofrecerán la posibilidad de probarse prendas nuevas o
conducir un coche nuevo de forma virtual, y [permitirán a los clientes]
hacer pedidos de los productos, sin visitar una sola tienda tradicional.
Un sistema de sanidad que hará posible los exámenes médicos y
diagnósticos a distancia, con una atención directa que, probablemente,
sólo podrá prestar un profesional de la medicina.
Dertouzos hace hincapié en que la infraestructura del mercado de la
información no está lo suficientemente desarrollada aún como para
prestar los servicios mencionados; señala que hay muchos usos que se
darán en el futuro a dicho mercado y que hoy en día no podemos ni
imaginar. Internet, crea oportunidades para una amplia diversidad de
teleservicios, como teleasesoramiento legal y telemedicina, aunque
algunas de estas oportunidades están restringidas, incluso dentro de los
EE.UU., por las leyes estatales de autorización de práctica profesional.
Por ejemplo, estas leyes permiten la venta de programas legales
preparados en otro estado, pero prohiben muchos de los servicios que
pueden darse por Internet. Actividades legales en la actualidad, como el
uso del correo o el teléfono, para consultar a un especialista de otro
estado, son ilegales en Internet.
Se puede ofrecer en Internet información de los test médicos, pero se
cae en las redes legales si el médico o el paciente se han trasladado
para hacer posibles dichos test. Algunos estados en EE.UU. permiten
practicar la telemedicina pero prohiben cobrar honorarios por tales
servicios, y aún podríamos citar más ejemplos.
El potencial de la telemedicina está limitado por las leyes que regulan
el ejercicio de la profesión y que restringen las posibilidades de
acudir a un profesional de otra nación. La mayoría de las leyes que
autorizan a los médicos el ejercicio profesional son anteriores al
automóvil y el teléfono.
Llegará, no creemos que muy pronto, el momento cuando los legisladores
comiencen a estudiar la posibilidad de actualizar esta legislación que
data de hace 100 años.
En su libro "El mundo y sus demonios", Carl Sagan, refiriéndose al
enorme desfase entre tecnología y legislacion, dice que lamentablemente
el último científico que estuvo en el Congreso de los EE.UU. fue
Benjamin Franklin.
En nuestros países de habla hispana, este hecho debe ser mucho más
dramático, ya que entre nuestros legisladores se encuentra muchos buenos
hombres, pero completamente analfabetos tecnológicos.
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