
Uno podría pensar que la solución del editor y su deber para con los autores sería meterse de cabeza en el terreno todavía experimental del libro electrónico y competir con los piratas mediante la oferta de un producto de mayor calidad y más utilitario, con una tecnología que permita el control de la reproducción. Y de alguna manera lo es.
Pero esto no implicará nunca una seguridad del 100 %. Cuando
Envisional comenzó su investigación, el porcentaje de obras pirateadas
en formatos mucho más legibles, como el de Adobe o el de Microsoft, era
insignificante. Al terminarlo, ese porcentaje había llegado al 16%.
Ésta es la excusa de muchos editores para no bajar a la arena del libro
electrónico. Una política del avestruz que esconde otros miedos: el
mayor de ellos, el miedo a la inversión.
Pero un empresario que no invierte para salvaguardar su producto que es, en realidad, propiedad de un autor que le ha cedido temporalmente los derechos de explotación, ¿está en condiciones de reclamar compensaciones por su "trabajo"?
Un empresario que no invierte en tecnología ni interviene en la necesaria discusión que redefinirá su quehacer y su lugar social está llamado a desaparecer, sea en la industria del libro o en cualquiera otra.
Nunca ha existido, en la larga historia del libro y la lectura, una tecnología de edición totalmente segura en la salvaguarda de los derechos de reproducción de una obra.
Esta utopía sólo es posible si la obra no se hace pública:
escriba y guarde el original en una caja fuerte.
Señalaba Bob Bolick, que si todavía no hay un modelo de negocio
eficiente para la circulación y distribución del libro digital es a raíz
de todas las ambigüedades que rodean el debate sobre propiedad
intelectual y derechos de reproducción.
Para comprobarlo, basta visitar algunos de los foros de discusión surgidos tras la aparición pirata de las novelas de Harry Potter y otros libros para niños y adolescentes.
La confusión del usuario es terrible. El objeto digital no se
reconoce como tal y esta dificultad cognitiva está directamente
relacionada con la intangibilidad de Internet.
El argumento con el que los padres han salido a defender a los niños que
llevan al colegio los libros pirateados en sus Palm y allí los comparten
con sus amigos pasándolos a otros dispositivos, refleja la incomprensión
del nuevo medio:
lo comparan con la experiencia de compartir un libro con
alguien afín mediante el préstamo del ejemplar en papel, que luego era
devuelto a la biblioteca personal correspondiente.
Lo que se compartía, en este caso, era la experiencia de lectura, pero
el ejemplar seguía siendo único.
Esta práctica quedaba circunscrita al ámbito de lo privado. En cambio, quien reenvía un libro electrónico pirateado a un amigo, se ha quedado con una copia en su disco duro y ha generado otra nueva:
los "ejemplares" se han duplicado sin consentimiento de los
propietarios de los derechos de reproducción y el niño (o el adulto) en
cuestión se ha convertido en editor sin contribuir en absoluto a la
cadena de valor.
El derecho de libre acceso a la información es otro fantasma que planea
sobre el nuevo papel del editor y los derechos de los autores.
Mientras las compañías farmacéuticas y de biotecnología patentan secuencias de nuestro ADN (o el del trigo y el arroz) y se hacen propietarias del cordón umbilical de todos los recién nacidos del planeta, privatizando la Naturaleza y la información que transporta sin causar el escándalo debido.
El derecho moral y de control de la reproducción de su obra del
escritor y del artista, en general, se pone en tela de juicio
constantemente.
Cuando, en realidad, estos actores no están apropiándose de nada que sea
patrimonio de la especie humana, sino que dan a luz un nuevo objeto, que
pasa a formar parte del mundo y el cual les pertenece, por el simple
hecho de haberlo creado.
Quien quiera ver libros volando de un anaquel a otro sin restricciones
de ningún tipo, que visite los múltiples sitios de las publicaciones
académicas. Pero, esto ha sido el resultado de una decisión libre de los
investigadores, no una imposición de los que controlan el negocio de
acceso a la Red.
Jorge E. Pereira -
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