
regresa a casa durante la mañana tras salir a trabajar de madrugada; se siente mareado, apenas puede conducir su viejo automóvil; tampoco desea preocupar a su esposa, que siempre lo aguarda al anochecer, ni mucho menos aceptar su verdadero problema: envejece.
Loman empieza a convertirse en desecho; ya no es el sagaz vendedor de otras décadas, pronto será chatarra.
Los anhelos de igualar al mítico hermano Ben que emigró al África, entró a la selva pobre y tras unos años volvió rico, se desmoronan. La familia, una esposa y dos hijos, ha esperado demasiado tiempo que las ilusiones se hagan realidad.
Los muchachos, en sus colleges, no son triunfadores, admirados ni exitosos.
Miller demuele en esta obra un mito radical de los Estados Unidos y cuestiona la soberbia del protagonista para reconocer que miró la vida bajo un prisma errado. Ahora es tarde, es el momento de hacer los ajustes, las sumas y las restas, sólo que no tiene ninguna paz interior y los abismos de la convivencia con la familia son insalvables.
El tío Ben, reiterado paradigma de Willy frente a su esposa e hijos como modelo de conducta, el self made man voluntarioso, en otros momentos una sombra con la que dialoga la conciencia de Loman, es una aparición recurrente y nutricia cuando el vendedor viajero decae y ve alejarse sus metas.
Loman, desde la primera escena del drama, está enmascarado; ha vivido resistiéndose a asimilar la inmensidad de su derrota; prefiere ocultar ante su hijo Biff, en un amargo enfrentamiento, un intento de suicidio inhalando los gases venenosos del automóvil.
Miller ha contado, en un bello texto de reflexión sobre esta pieza, cómo al decidirse a escribirla se retiró a una cabaña de madera en el campo y la obra gruesa de la estructura dramática la desarrolló en la tarde de un día,
toda la noche y la mañana siguientes; en su cabeza había un esbozo argumental: la imagen de un hombre viejo y cansado —quizás el fantasma de su padre— que regresa de modo intempestivo al hogar una mañana y,
por encima de todo, en el texto ocurría una muerte, la implacable aniquilación de un ser que fue un creyente, una víctima anónima del sueño americano; un NN que especuló con la victoria y la admiración.
Con palabras llenas de ternura, el dramaturgo confiesa haber reído, llorado y sufrido con intensidad durante la composición; al amanecer, exhausto, y tras descender a los infiernos de sus recuerdos, emergió limpio y reconciliado.
La Muerte de un Vendedor (Ciertas Conversaciones Privadas en Dos Actos y un Réquiem) forma parte del repertorio universal del teatro. Existe también una adaptación cinematográfica (1985) del cineasta alemán Volker Schlöndorff, con un impecable Dustin Hoffman en el rol protagónico.
El filme sigue la versión hecha en Broadway por Michael Rudman, más de treinta años después de su estreno el año 1949. No es en modo alguno teatro filmado, más bien una propuesta que trata de asimilar la teatralidad del texto e incorporarla a las imágenes.
La escenografía, el maquillaje, la iluminación y la puesta en cámara revelan una expresividad destinada a quebrar el viejo pánico a la fusión de los dos lenguajes,
un miedo con bases reales, puesto que el teatro y el cine han sido primos mal avenidos, ese tipo de parientes con los que se comparten un origen y una sangre pero no siempre las simpatías.
En el terreno de las actuaciones, Hoffman aparece insuperable, secundado por John Malkovich y un elenco de actores de sólida formación en las tablas.
La escena del clímax, cuando Willy Loman se enfrenta con su hijo Biff, antológica; el muchacho arrastra una vida universitaria jalonada por el fracaso académico (reprobó matemática)
y la mediocridad deportiva; se le ha sorprendido en raterías de poca monta; su condición moral está en entredicho y lo debilita aún más descubrir que su padre era infiel; así, la posibilidad de graduarse se ve inalcanzable.
Encara al padre con una mezcla de actitud acusatoria y deseo de reconciliación.
Las palabras irracionales orientadas a quitarle la careta de triunfador y a evidenciar ante la familia el intento de suicidio, que Willy esconde, chocan contra un muro espeso.
Biff agota su energía y termina intentando una aproximación física al cuerpo de Willy; éste, demasiado soberbio para amparar a un hijo vulnerable, no lo toca en ningún instante.
La cámara de Schlöndorff registra la escena, arrolladora en sus
ribetes emocionales, de modo implacable; la imagen no toma partido, sólo
evidencia. Biff, angustiado, le grita el colofón: es, como su padre, un
ser anónimo, un don nadie, gente a un dólar la hora.
Mario Valdovinos -
http://www.cepchile.cl/
Es escritor y profesor de literatura y cine en el Colegio The Grange School, y en la Universidad Arcis en Santiago, Chile. FUENTE: Centro de Estudios Públicos
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