Suscríbete GRATIS al boletín y recibe:
10 ebooks con las lecciones empresariales más representativas de Jack Welch, Kenichi Ohmae, Michael Newman y otros exitosos líderes de primer nivel en el mundo de los negocios...
Al pulsar aceptas los términos de uso y la política de privacidad
O mediante uno de los siguientes servicios:
Como consecuencia de la violencia que atraviesa a la sociedad, las
organizaciones deben estar preparadas para enfrentar situaciones en las
que el compromiso personal, hace la diferencia. Así opina la Lic. Felisa
Vinderman, Psicopedagoga, Docente Universitaria, Consultora de Empresas,
Especialista en Intervención Psicológica en Situaciones de Crisis y
Stress Comunitario.
“No podemos impedir que las aves de la tristeza vuelen sobre nuestras
cabezas, sin embargo podremos evitar que construyan su nido en nuestra
cabellera”
(Antiguo proverbio chino)
La violencia urbana es un fenómeno que atraviesa a la sociedad en su
conjunto, de la cual, los lugares de trabajo no están exentos. Asaltos,
atentados, accidentes, incendios, catástrofes naturales y producidas por
la mano del hombre, involucran a las personas que trabajan. Hay sin
embargo algunas áreas de trabajo, como la de vigilancia y la de
seguridad e higiene, entre otras, que están constantemente expuestas y
en contacto con situaciones de riesgo, real o posible.
¿Qué recaudos toman las organizaciones para prevenir y abordar las
situaciones de stress y erosión psíquica que produce la exposición
prolongada y sistemática a estas situaciones? ¿Cómo se evalúa y se
significa el alto número de suicidios entre, por ejemplo, vigiladores?
¿Se puede hacer algo más que curar heridas, rescatar del siniestro y
justificar inasistencias por accidente de trabajo, con las personas
afectadas por este tipo de suceso? ¿como se mide el costo de estas
afecciones?
La experiencia de estar expuesto; de diversa forma; a situaciones
traumáticas, deja profundas huellas por largo tiempo, no solo en quien
la vivió en su propio cuerpo, sino también en los que, por distintos
motivos, se encuentran en cercanía física y/o afectiva.
Hay dos tipos fundamentales de consecuencias: el síndrome del “stress
post-traumático” y la erosión psíquica, que dependen del tipo de
exposición a acontecimientos traumáticos a que se está expuesto.
Llamamos ”stress post-traumático” a estos efectos que se producen en
nuestro psiquismo cuando atravesamos situaciones que no podemos
elaborar. La situación de stress es un estado de emergencia, en el cual
actúan al unísono todos los mecanismos físicos y psíquicos en un inmenso
esfuerzo, a fin de sobreponerse a la sensación de un peligro que se
avecina. Esta reacción de emergencia que ayudó al hombre primitivo a
sobrevivir en sus condiciones, puede llegar a ser perjudicial, dado que
a consecuencia de ella, el organismo queda exhausto y expuesto a
enfermedades.
Algunas de sus manifestaciones son: hipertensión, palpitaciones, rubor o
palidez, contracciones estomacales, sequedad en la boca, aumento de la
transpiración, miedo, ansiedad, ira, sentimiento de culpabilidad,
agresividad, tartamudeo, distorsiones perceptivas, pérdida de memoria,
distracción, insomnio y/o pesadillas.
Consideramos la erosión psicológica como resultado de una presión
emocional constante y repetida, asociada a una involucración intensa con
personas, durante periodos prolongados de tiempo. Esta involucración
está presente en todas aquellas profesiones en que se trata de brindar
algún tipo de asistencia (médica psicológica, etc.) a personas que han
resultado víctimas o afectadas por distintas tragedias y/o catástrofes.
Podemos definirla como un n proceso gradual de agotamiento psíquico,
físico y emocional, asociada con un compromiso intenso con los
receptores de la actividad profesional, durante prolongados periodos de
tiempo y producto de nuestra dificultad para confrontarnos adecuadamente
con situaciones de stress. (Inbar 1980,1983). Este fenómeno, que existe
en potencia en la mayoría de las profesiones, afecta sobre todo, a
aquellas vinculadas con servicios asistenciales, donde hay un proceso
continuo de entrega profunda por parte del profesional hacia otras
personas de las cuales se sienten responsables por la situación de
vulnerabilidad a la que se encuentran expuestos.
La erosión psicológica afecta no solo al profesional, sino también a
aquellos que son beneficiarios o receptores de su actividad, los cuales
podrían llegar a convertirse en “víctimas” de las actitudes y conductas
que son características de las condiciones de stress y que van en
desmedro de la calidad del servicio profesional que están prestando. No
nos referimos aquí a conductas conscientes ni voluntarias ni a prácticas
de mala fe, sino a un proceso patológico, ajeno a la voluntad e
inconsciente y por lo tanto , n i siquiera percibido por la persona
afectada.
Estudios realizados al respecto indican que la erosión psicológica
influye en la actitud y la conductas del individuo y esta puede
manifestarse como pérdidas progresiva del interés por su tarea, y el
desarrollo de sentimientos de rencor y hostilidad hacia los receptores
de su tarea. La iniciativa, la honestidad, la seriedad y la vocación de
servicio que caracterizan a estos profesionales en el comienzo de su
trabajo, pueden llegar a ser reemplazados por la indiferencia, la rutina
y el distanciamiento emocional.
¿Qué hacer?
· Permitir y alentar la expresión de vivencias y emociones.
· Crear clima de confianza y estabilidad.
· Disminuir el stress por amenazas, exigencias o expectativas.
· Desculpabilizar.
· Activar recursos internos.
· Activar recursos externos.
· Disminuir la sensación de anomalía y marginalidad
· Legitimar sentimientos.
· Preparar para el surgimiento de síntomas.
· Estimular la creación, reforzamiento y conservación de pensamientos,
creencias, actitudes, comportamientos que fueron funcionales.
· Alentar el regreso inmediato al lugar del hecho.
· Involucrar en tareas de rescate.
· Desarrollar y mantener la autoeficacia, autoimagen y sensación de
control
Durante una Tragedia hay Trabajo para Todos.
La posibilidad de hacer algo durante una tragedia consiste en ayudar a
la persona a que pueda volver a su cotidianeidad lo más inmediatamente
posible y con el menor costo psicológico. Pero esto no debe hacerse
rápidamente: la tragedia ya pasó y no tenemos por qué apurarnos. Hay que
poder encontrar un tiempo para ello.
Una tragedia no deja a nadie desocupado: médicos, paramédicos, defensa
civil, bomberos, fuerzas de seguridad, socorristas, cada uno tiene su
función. Recursos Humanos tiene la suya: ocuparse de los damnificados,
implementando “estrategias de enfrentamiento activo”. Hay que programar
qué es lo que se va a hacer, qué va a hacer cada uno y en qué lugar lo
va a hacer. Cuando algo así ocurre en un lugar de trabajo, es importante
poder elaborarlo con todo el personal, ya que ese es un hilo que hace
que todos sientan que les podía haber ocurrido a ellos, aunque no
estuvieran en el lugar, ni conocieran a las víctimas. Pensar que le
ocurrió a otro y que uno mismo se salvó, generalmente intensifica los
sentimientos de culpabilidad.
En estos casos ocurre que la moral colectiva y el espíritu de cuerpo, se
debilitan. Hay sensación de caos, de “no-sentido”. Es necesario buscar
el sentido y esto no se hace con lemas sino con pequeñas cosas. Es
necesario tener un lugar-espacio donde condolernos por lo que pasó.
En situaciones traumáticas, estamos en alto riesgo. Hay mucha agresión
introyectada y debemos hacer mucho para desembarazarnos de ella. Por
ello hay que compartir, hay que acercarse desde lo humano y sobre todo
hay que brindarles a las personas que estuvieron más afectadas, el
reconocimiento social de lo que les pasó, que fue arrasador, que no
están locos y que no los dejamos solos.
La cercanía al sitio del acontecimiento grave, aumenta el stress y la
ansiedad, aunque la lejanía geográfica no siempre asegura una protección
eficaz, dado que, entre otras cosas, los medios de comunicación acortan
la distancia psicológica e intensifican la sensación de peligro.
La potencia con que estas situaciones quedan fijadas se relaciona con:
1. La cercanía al lugar del acontecimiento,
2. Identificación con los damnificados, dada la semejanza de edad,
estado social, trabajo, etc.,
3. Conocimiento de los damnificados
4. Reiteración del acontecimiento grave en un corto periodo de tiempo.
Estos “círculos de vulnerabilidad” se parecen a lo que sucede en un
estanque con ranas: si arrojamos una piedra a un estanque lleno de
ranas, reaccionaran con miedo aquellas que se encuentran en su centro;
en tanto que las demás, que experimentarán los sacudones de la onda
expansiva, responderán con ansiedad, que irá decreciendo en su nivel, en
la medida en que se encuentren más alejadas del epicentro.
En general tendemos a suponer que si no hablamos de algo malo que
ocurrió, lo olvidaremos más rápidamente y evitaremos sufrir con su
recuerdo. Lo primero es hablar del tema; dar información veraz y
fidedigna. Esto nos da credibilidad y demuestra que estamos
comprometidos con la situación. Poder hablar sobre lo ocurrido, todo lo
que sea necesario y sentir que uno forma parte de un grupo, son formas
eficaces de enfrentamiento activo con la situación.
Otra de las cosas que pueden hacerse y que reconforta a todos, es un
acto–homenaje, al estilo de un rito funerario, que cumplen la función de
ayudar a elaborar duelos. También señalar el lugar del hecho con un
monolito, un árbol, una placa, o algo que recuerde que allí pasó algo
grave que no será olvidado. Es una forma de manifestar que las personas
somos importantes y que no pasamos por la vida sin dejar marca.
Es útil identificar los “círculos de vulnerabilidad”, esto es: qué
personas, por distintos motivos, pueden verse más afectadas y necesitan
mayor contención, por ejemplo: el que tenía que haber estado en ese
lugar y por una casualidad no estuvo, los compañeros más cercanos, los
que han pasado ya por otras situaciones semejantes y los que están
atravesando por un duelo reciente. Paralelamente a esto se debería
realizar un mapeo de los “círculos de apoyo”: esto es, con quiénes
contamos para abordar la situación, para no hacerlo solos, ya que
nosotros también estamos en riesgo.
Si bien no se puede prevenir lo imprevisible, podemos estar preparados y
fortalecidos sabiendo que algo así puede ocurrir y sabiendo qué hacer.
Cuando trabajamos en situaciones de emergencia debemos tener en cuenta
estos cuatro axiomas:
1. La tragedia le puede pasar a cualquier persona,
2. En cualquier momento,
3. En cualquier lugar,
4. Todas las reacciones son normales, lo anormal es la situación.
Los psicólogos están acostumbrados a mantener una distancia con el
paciente; a no involucrarse afectivamente y a que no hay que decirle al
paciente qué es lo que tiene que hacer. En este caso no hablamos de
pacientes sino de víctimas, damnificados.
La teoría de intervención en situaciones de crisis no viene de una
teoría psicológica, sino de una teoría humana: la idea es ayudar a la
gente a volver a funcionar. La filosofía en estos casos es que no
esperamos a que nos llamen, sino que vamos a ayudar. En una tragedia se
rompen las barreras que nos diferencian y se acortan las distancias. Se
produce una similitud: dejamos de ser jefes, patrones, empleados,
psicólogos y nos involucramos como personas.
Es por ello que me animo a relatar una vivencia personal.
Los Acontecimientos Pasan; Los Efectos Quedan: Una experiencia personal
a modo de ejemplo.
“En 1974 viajé a Israel para un programa de formación de líderes
comunitarios, de un año de duración.
Durante ese año ocurrió uno de los primeros y más sangrientos atentados
terroristas de la historia del país: un comando palestino tomó una
escuela en la localidad norteña de Maalot. Las fuerzas especiales de
Israel recuperaron la escuela, pero hubo numerosas víctimas mortales
entre alumnos y docentes del establecimiento, además de heridos graves.
Fue una verdadera masacre.
A nosotros, que nos hallábamos de excursión, se nos indicó subir al
micro que nos conducía, sin ningún tipo de alarmismo y una vez en marcha
se nos informó lo que estaba ocurriendo y que por razones de seguridad
interrumpiríamos la excursión y regresaríamos a nuestra sede en
Jerusalén. Durante las horas que duró el viaje nos mantuvimos en
absoluto silencio, siguiendo los acontecimientos por la radio. Al llegar
a nuestro destino, el grupo de jóvenes participantes, decidió
espontáneamente, como acto solidario, donar sangre. Los requisitos para
ello eran: no haber padecido hepatitis y tener más de 18 años. Yo tenía
17.
El resto del programa de capacitación prosiguió con normalidad.
En varias oportunidades volví a Israel. En 1995, lo hice en el marco de
un seminario de capacitación sobre: “Intervención Psicológica en
Situaciones de Crisis y Stress Comunitario”, destinado a psicólogos de
las escuelas judías de la Argentina, que habíamos visto nuestras
instituciones convulsionadas a raíz del atentado a la AMIA, ocurrido en
Bs. As. en julio de 1994.
Como parte de ese seminario, se nos proyectó un vídeo, que consistía en
entrevistas realizadas 20 años más tarde, a los sobrevivientes de
aquella tragedia de Maalot: compañeros, hermanos, padres, docentes,
socorristas, etc. Este vídeo fue hecho en el marco de un estudio para
evaluar los efectos traumáticos de la tragedia, cuando estos no son
abordados a tiempo. Los entrevistados contaban sus recuerdos acerca de
aquel hecho y cómo habían cambiado sus vidas después del mismo. También
sirvió a esos mismos sobrevivientes, elaborar lo que les había ocurrido,
aunque fuera 20 años después.
Al finalizar la proyección, la coordinadora pidió a cada participante
que hiciera algún comentario sobre lo que acabábamos de ver. Cuando me
tocó el turno, y ante mi propia sorpresa, estallé en llanto, con tal
nivel de angustia, como pocas veces recuerdo haber tenido. Los accesos
de llanto me impedían hablar. Cuando logré controlarlos mínimamente;
pude balbucear, entre lágrimas, que yo me acordaba de aquel suceso
porque me encontraba en el país; y señalando la pantalla, agregué: “yo
tenía la misma edad que ellos”.
Veinticinco años después de ocurrido un incidente, que aparentemente, no
había tenido ningún efecto, tuve una descarga afectiva como si dicho
acontecimiento estuviera ocurriendo en ese mismo momento. Se puede decir
que me encontraba en el “círculo de vulnerabilidad” más alejado: mi
contacto con el episodio no fue directo, me lo informaron; el nexo que
establecí era, que tenía la misma edad que las víctimas. No haber podido
donar sangre me impidió tener una conducta de enfrentamiento activo, que
son las que posibilitan que la experiencia vivida no se transforme en
trauma. Sumado a esto, se había producido un efecto acumulativo del
trauma; ya que el atentado a la AMIA tenía elementos similares al
primero en cuanto a lo sangriento, mi participación y consternación por
el mismo. El afecto retenido no había sido modificado por el tiempo y
estaba allí, esperando ser descargado, a pesar de que nunca más había
vuelto a hablar de ello. O precisamente, por eso mismo
Lic. Felisa Vinderman - felisavindermanarrobaciudad.com.ar
Aportado por: www.hfainstein.com.ar Actividades de consultoría, capacitación y facilitación de procesos para contribuir al aprendizaje y desarrollo de personas, equipos y organizaciones, tanto en el ámbito público como privado, y en organizaciones no gubernamentales. infoarrobahfainstein.com.ar
Buscar recursos sobre
Master internacional desde España (Online)- Becas parciales
Una frase memorable
Acerca de GestioPolis: Qué es GestioPolis — Términos de uso y Política de privacidad — Mapa del sitio — Contácto — Aliados — Contratar publicidad
Derechos de Autor: Los contenidos están bajo la licencia Reconocimiento - No comercial - Compartir bajo la misma licencia 3.0 Unported de Creative Commons a menos que se indiquen derechos de autor específicos. Si desea citar o utilizar públicamente alguno de los contenidos le solicitamos ponerse en contacto con el respectivo autor.
Derechos Reservados sobre el concepto del sitio web GestioPolis.com © 2008 Carlos López