Hablar de sobredotación y talento conlleva ineludiblemente a hablar de
inteligencia o si se prefiere de cognición. Relacionar cognición y
afecto y de como estos se manifiestan en una determinada personalidad o
forma de hacer suele conducirnos a un callejón sin salida, ya que
debemos inclinarnos al estudiar dichas relaciones entre la excesiva
generalización o el estudio de cada ser humano, como una combinación
única e irrepetible. Mi formación científica me ha llevado a menudo a
optar por la primera vía, utilizando los métodos estadísticos para
encontrar aquello que de común tienen entre sí los sobredotados y
obviando sus diferencias. Mi experiencia práctica me lleva cada vez más
a considerar sus diferencias, único modo de realizar una intervención
adecuada y ayudarlos a crecer intelectual y emocionalmente.
Son muchos los autores (Genovart y Castelló, 1990) que han defendido que
entre los sobredotados existe, a nivel emocional y de personalidad,
tantas diferencias como entre los sujetos que denominamos "normales".
Incluso en el nivel intelectual encontramos -una vez abandonados los
métodos globales de identificación a partir de C.I.- perfiles bien
diferenciados que dan configuraciones intelectuales particulares y, por
tanto, manifestaciones conductuales diversas. Incluso cuando intentamos
clasificar a los alumnos de altas capacidades por sus perfiles
intelectuales con distintas etiquetas de talento (Castelló y Martínez,
1998), encontramos escasas características -emocionales y de
comportamiento social- comunes dentro de una misma categoría.
Algunos modelos sobre la superdotación incluyen como componente de la
misma ciertos rasgos de personalidad, especialmente, tal como se destaca
en el modelo de Renzulli (1994) el compromiso con la tarea o la
motivación intrínseca. Gadner (1995) al proponer su modelo de
inteligencias múltiples separa las altas competencias en el ámbito
socioemocional en dos: la interpersonal y la intrapersonal. El famoso
libro de Goleman (1997) sobre la inteligencia emocional, destaca la
importancia del dominio y conocimiento de nuestras emociones para el
éxito personal y social. Otros autores como Gagné (1998) piensan que los
"catalizadores intrapersonales" (motivación, temperamento, personalidad,
etc.) sirven para favorecer o entorpecer el desarrollo de nuestras
capacidades internas.
No nos faltan modelos sobre la mente humana y la sobredotación, aunque
desde mi punto de vista aún estamos lejos de tener modelos explicativos
satisfactorios de los que derivar formas de evaluación e intervención
coherentes con el modelo y útiles para el sujeto de nuestra
intervención. Quizás otro de los obstáculos que encontramos al abordar
modelos sobre la mente humana es el viejo problema del dualismo
(mente-cuerpo) que ya quedo planteado en la obra de Descartes (Riviere,
1991). Eran y siguen siendo numerosas las escisiones en el estudio de
nuestra mente, más allá del planteamiento cartesiano que quizás estaría
en vías de solución en los modelos conexionistas, hemos trabajado con
numerosas dicotomías entre las que quisiera destacar la de: mente
emocional vs. mente racional.
En este trabajo se mostrará algo de esta MENTE-1 o racional desde los
planteamientos de la Psicología Cognitiva y de esta MENTE-2 o
socioemocional desde los planteamientos del interaccionismo simbólico y
las teorías de la mente.
También se expondrá como la competencia comunicativa puede ser un nexo
natural de enlace entre esa mente-1 y esa mente-2, si es que realmente
son dos mentes. Finalmente, se intentará concretar estos planteamientos
en la investigación de sujetos sobredotados y con talento.
MENTE 1 - INTELIGENCIA Y COGNICIÓN
Muchos autores han intentado rastrear el concepto de inteligencia y su
evolución en estos últimos 100 años. Algunos han ido algo más allá,
incorporando los modelos "precientíficos", los "preconceptos" anteriores
o simultáneos a la constitución de la psicología como ciencia.
Particularmente criticas e interesantes, en este sentido, son las
revisiones de Sternberg (Sternberg y Detterman, 1986; Sternberg, 1997) y
Gardner (1995) por sus implicaciones prácticas en los modelos educativos
y en la evaluación de las capacidades intelectuales. Esta breve
exposición no pretende emular tales revisiones, sino plantear en que
momento del "debate" sobre la inteligencia estamos ahora, como
científicos y profesionales de la psicología.
En 1986, se celebró un simposium organizado por R. Sternberg y D.
Detterman con la finalidad de definir la inteligencia desde enfoques
actuales, la invitación se realizó desde la revista Intelligence. Estas
definiciones fueron comparadas con las de un Simposium anterior
organizado por The Journal of Educational Psychology en 1921. Una de las
conclusiones a la que llegaron los expertos reunidos en 1986 (Sternberg
y Detterman, 1986) fue que a pesar de una cierta convergencia sobre
algunos de los componentes de la inteligencia (incluso entre los
trabajos de 1921 y 1986) y del avance en la conceptualización del
constructo -definiciones más elaboradas, más detalles sobre lo qué es y
lo qué no es la inteligencia- desde el simposium anterior existe todavía
un desacuerdo en aceptar una única definición sobre inteligencia. Quizás
porqué tal como afirma Detterman "un concepto tan complejo como el de
inteligencia no puede ser agotado en una única definición sin caer en
una simplificación excesiva"(Detterman, 1988 pp.196).
A diferencia del simposium de 1921, en el cual una de las mayores
preocupaciones fue la medición de la inteligencia a través de tests
estandarizados que pudiesen predecir tanto las diferencias individuales
como el éxito-fracaso escolar; los intereses actuales se centran en el
esfuerzo teórico por definir el "funcionamiento cognoscitivo
inteligente" y como este tipo de funcionamiento se concreta en distintas
tareas, se desarrolla con la edad, se puede modificar mediante
entrenamiento, o permite al ser inteligente interactuar adecuadamente en
función de su entorno socio-cultural.
Todos los esfuerzos hechos por la psicología para definir ¿qué es la
inteligencia? no parecen tener un correlato similar en el campo de la
superdotación; exceptuando honrosas excepciones. Quizás ello se ha
debido al papel preponderante -aún ahora- de definir la excepcionalidad
intelectual a partir de los instrumentos de medida, es decir, escogiendo
los modelos psicométricos y su evolución (Genovard y Castelló, 1990;
Castelló, 1992). En este campo de la Ps. Diferencial se pasó de una
concepción monolítica de la inteligencia, aunque aún hay controversias
al respecto, a modelos factoriales que subdividían la inteligencia en
diferentes factores o subhabilidades; y finalmente, se desarrollaron
modelos jerárquicos, en los cuales los factores generales o primarios se
sitúan en un nivel superior o de control, mientras que los específicos o
secundarios están situados en un nivel inferior.
De todas formas, este paso de modelos de inteligencia de factor único
(factor G) a modelos multifactoriales, llevó a destruir el concepto
-hasta entonces también monolítico- de la superdotación, ya que
considerar la inteligencia como un conjunto de factores implica niveles
de competencia diferentes en cada factor y por tanto configuraciones
distintas de inteligencia superior. La aceptación de la diversidad de
perfiles de superdotado y de talentoso llevó a distintos intentos de
clasificación. Por ejemplo, la adoptada por la Oficina de Educación de
E.U.A. en 1972 en el acta de Marland es consecuente con esta visión
(Alvino, y col., 1982): "una actuación demostrada y/o una habilidad
potencial en cualquiera de las siguientes áreas, en una de ellas o
combinadas: habilidad intelectual general, aptitud académica específica,
pensamiento creativo, habilidades sociales y liderazgo, artes visuales o
representativas, y habilidad psicomotriz".
Pero a pesar del paso de este importante paso, parece obviarse qué
medimos y por qué, sigue limitándose en muchos casos la evaluación del
individuo a su puntuación de C.I., sin valorarse como confluyen los
diferentes factores en un perfil único de inteligencia. Se obvian así
mismo, bajo el sesgo de la objetividad psicométrica, los componentes
socioculturales y la carga de conocimientos académicos que saturan la
mayoría de los tests. Mucho más criticas son las opiniones de Sternberg
(1997) y Gardner (1995) respecto de la utilización de los tests clásicos
de inteligencia o los intentos -relativamente recientes- de medidas
claramente reduccionistas como el tiempo de reacción o la actividad
eléctrica cerebral. Coincidimos con estos autores en los siguientes
aspectos: escasa validez ecológica de los tests de inteligencia,
saturación de inteligencia lógico-matemática y verbal en detrimento de
"otras inteligencias" o talentos, escasa fiabilidad de los tests sobre
creatividad, reduccionismo en la utilización de los resultados (se
utilizan para clasificar no para comprender), peligro de limitar toda la
evaluación a resultados de tests, peligro de limitar la toma de
decisiones educativas en función de puntuaciones en tests de
inteligencia o análogos.
No queremos negar la utilidad de los instrumentos de medida, ni su
considerable precisión y fiabilidad; más bien, intentamos ponderar su
valor si no se hace una buena interpretación y un uso adecuado del
instrumento utilizado, para lo cual es necesario saber el significado y
correlato conductual de los constructos que configuran su base teórica
(QUE MEDIMOS), el modelo matemático de base (CON RELACIÓN A QUE SE
ESTABLECE LA MEDIDA) y sus limitaciones o sesgos (VALOR PREDICTIVO).
Quizás uno de los modelos más interesantes propuesto desde la psicología
diferencial es el de Guilford (1967). Este autor propone un modelo "a
priori" de la inteligencia, en el cual los factores están definidos por
unos principios generales de funcionamiento intelectual y cognitivo:
CONTENIDO (figurativo, simbólico, semántico y conductual), OPERACIONES
(evaluación, producción convergente, producción divergente, memoria y
cognición) y PRODUCTOS (unidades, clases, relaciones, transformaciones e
implicaciones). La estructura propuesta por Guilford aunque no ha podido
ser demostrada en su totalidad a nivel experimental es compatible con
muchas de las ideas actuales sobre el funcionamiento cognoscitivo
aportadas por la Ps. Cognitiva del procesamiento de la información. Por
otro lado, tal como afirma Passow (1994) la inclusión por parte de
Guilford de la producción divergente supuso la introducción de la
creatividad como cualidad de la inteligencia, aspecto no considerado
previamente como componente de la inteligencia. Aunque sigue abierto el
debate respecto de sí la creatividad es un componente de la inteligencia
o una cualidad diferente.
Uno de los supuestos básicos de la ciencia cognitiva (Gadner, 1988) es
postular un nivel representacional "el hombre de ciencia que opera a
este nivel comercia con entidades representacionales como símbolos,
reglas o imágenes y explora en que forma estas entidades
representacionales se amalgaman, transforman o contrastan entre sí", por
tanto, uno de los retos para explicar la conducta inteligente es
delimitar con qué tipo de representaciones opera, que tipo de
operaciones se realizan y como se organizan entre sí.
La psicología cognitiva ha proporcionado un marco teórico fértil para el
desarrollo de modelos sobre la inteligencia humana tal como expone
Castelló (1994). Las influencias desde el campo del P.I. (procesamiento
de la información) y desde la I.A. (Inteligencia Artificial) más
concretamente la analogía entre el funcionamiento del ordenador y la
mente humana permite modelizar ésta última al considerar: tanto las
"capacidades" del sistema, como las operaciones y el proceso que permite
explicar el comportamiento del sistema. Este modelo tiene un gran valor
desde el punto de vista conceptual ya que permite definir la
inteligencia como la capacidad de procesar y manipular información.
Consecuentemente, la investigación tanto experimental como aplicada en
los siguientes campos: manipulación interna de la información,
razonamiento y solución de problemas, memoria, procesos de atención y
percepción; y, gestión y control del pensamiento y la conducta; puede
proporcionarnos elementos de valoración de las capacidades superiores
con fundamentos teóricos mucho más explicativos de la inteligencia
humana. Por el momento, la investigación de la Ps. Cognitiva ya se ha
concretado en modelos mentales o modelos teóricos generales explicativos
del funcionamiento cognitivo. Como ha señalado De Vega (1984, p.23)
"Nunca se había dispuesto de tal cantidad de datos relevantes sobre los
procesos mentales ni se había progresado tanto en la comprensión
teórica, como en los últimos 30 años de desarrollo de la psicología
cognitiva". Desgraciadamente, son escasos los trabajos sobre
superdotados que se apoyan en este marco teórico y tal como decíamos el
concepto de inteligencia en este campo sigue anclado en las concepciones
psicométricas, con escasas aportaciones de la Psicología Evolutiva y
Experimental. La teoría de Gardner (1983) sobre las "inteligencias
múltiples" o la "teoría triarquica de la inteligencia'" de Sternberg
(1988) y, tal vez, las propuestas de Gagnè (1998) serían los únicos
intentos compatibles con los postulados de la Ciencia Cognitiva.
Este planteamiento inicial podría llevarnos muy lejos si intentásemos
explicar detalladamente los avances en el descubrimiento de como el ser
humano "procesa información" pero nos detendremos en algunos conceptos
básicos que marcan, desde nuestro punto de vista, un cambio cualitativo
respecto de la conceptualización de ¿qué es la inteligencia? :
CAPACIDADES, ESTRATEGIAS, HABILIDADES y PROCESOS vs. PRODUCTOS.
Las capacidades -innatas- explicarían las diferencias individuales que
podemos constatar entre individuos. De todos modos, estas capacidades
requieren tiempo (desarrollo) para actualizarse y el medio puede jugar
un papel importante en el modo en como pueden desarrollarse estas
capacidades cognoscitivas. Las estrategias -aunque no hay un acuerdo en
los términos usados- son de algún modo la actualización de las
capacidades. Por ejemplo, la capacidad para hacer deducciones se
actualiza en una estrategia: el proceso de deducción que ha su vez puede
reunir varias habilidades (comparación, selección de información,
inferencia lógica, recuperación de análogos,...). Las estrategias además
pueden tener un componente de control o metacognitivo. Cuando el proceso
de deducción se aplica a una tarea concreta puede valorarse su ejecución
(el producto de la deducción) o bien la conducta manifiesta. Esta
diferenciación tiene graves consecuencias en el campo aplicado,
especialmente en el ámbito del entrenamiento de las capacidades
cognitivas. No podemos entrenar capacidades sino estrategias y
habilidades, es decir, enseñamos a gestionar mejor nuestro aparato
cognitivo. Lo dotamos de un sistema de control que permite hacer
conscientes muchas operaciones que en realidad se hacen de forma
automática y no consciente, enseñamos a manejar mejor los sistemas de
símbolos con los cuales codificamos la información pero no podemos ir
más allá de las capacidades del sujeto.
En otras palabras, la inteligencia y el talento son siempre el producto
de la interacción entre las tendencias biológicas y las oportunidades de
aprendizaje que existen en un determinado medio sociocultural (Kornhaber,
Krechevsky y Gardner, 1990).
MENTE 2 - EMOCIÓN Y COMUNICACIÓN
Desde las tendencias actuales de la psicología, hemos presentado en
primer lugar la mente como un sistema de computo, es decir tal como la
puede analizar el psicólogo cognitivo, pero hay otro campo que despierta
nuestro interés muy relacionado con las últimas tendencias de la Ps.
Evolutiva. Nos referiremos a dos de estas tendencias: las "teorías de la
mente" y el "interaccionismo simbólico".
Queremos destacar, en este sentido, dos aspectos que sin duda median en
el comportamiento inteligente: por un lado, el lenguaje y la
comunicación como uno de los sistemas de símbolos más complejos que
utiliza el ser humano para regular sus funciones cognitivas (Vygotski,
1977 y 1979; Bruner y Haste, 1990; Werstch, 1991): y, por otro lado, la
capacidad para percibir y representar lo que los demás creen, piensan,
desean,... un sistema con el que entendernos a nosotros mismos y
entender a los demás (Rivière, 1991; Rivière, 1993). Ambos mecanismos
dotan al ser humano para la consecución de una conducta inteligente,
especialmente, en relación a los otros (transmisión y recepción de
ideas, conocimientos, intenciones) y al medio (adaptación a las normas
sociales y culturales).
Tal vez una de las particularidades que más puede asombrarnos de la
mente humano, no son todas sus funciones cognoscitivas (pensar,
recordar, percibir, resolver, crear...) sino la capacidad de ser
conscientes de estas funciones en nosotros mismos y en los demás, para
lo cual tenemos un rico vocabulario natural que nos permite expresar
todas esas funciones. Tal como afirma Rivière (1991, pp. 138) "los
organismos más complejos responden, de una forma selectiva, a
propiedades no proyectables del entorno, propiedades que no admiten una
caracterización física". Para Fodor (1984) éste es un criterio clave
para distinguir entre los sistemas que realizan inferencias y aquellos
otros que se limitan a reaccionar causalmente a las propiedades del
entorno y, depende de la posesión de mecanismos de categorización e
inferencia que le capacitan para ir más allá de la información
proporcionada por el entorno (Bruner, 1974). Por tanto los mecanismos de
comprensión y predicción de la conducta de que se sirve la psicología
natural mentalista se articulan alrededor del lenguaje y de un sistema
conceptual de actitudes proposicionales o intencionales.
Como afirma Rivière (1991, pp146) " ha llegado la hora de desconfiar de
la pasmosa facilidad con que las personas realizamos cotidianamente
actividades tales como atribuir intenciones a otros, inferir lo que
piensan, creen y desean, comunicarles nuestros pensamientos y comprender
los de los demás, y adaptarnos a los que saben o ignoran... Son
destrezas que ponemos constantemente en juego en nuestra vida de
relación con los demás, y que sirven de fundamento a la competencia
comunicativa" (el subrayado es nuestro).
Esta visión de la mente nos permite considerarla como un artefacto
natural para la interacción. Es decir, nuestra mente de "psicólogos
naturales" (Rivière, 1991) es la que nos permite identificar en los
otros y en nosotros mismos estados de ánimo, pensamientos, deseos,
intenciones, recuerdos. Actualizar esta competencia que va haciendo al
ser humano cada vez más hábil para inferir en los otros y en el mismo
aquello que le dota esencialmente como ser humano, sólo es posible en la
interacción con los otros -dentro de un marco socio-histórico-cultural
determinado. Y no puede comprenderse este proceso sin contemplar como se
desarrolla el proceso comunicativo, sin observar algunos pasos o
transiciones relevantes que conducen al niño a la competencia
comunicativa.
La mayoría de las investigaciones actuales sobre la adquisición del
lenguaje insisten en la capacidad comunicativa del bebé, aunque no hay
una acuerdo respecto de su grado de participación en el intercambio
comunicativo. Trevarthen (1982) denomina intersubjetividad primaria a
este sistema motivacional que puede observarse a las pocas semanas de
vida y que podría describirse en términos de "mutua intencionalidad" o
de "compartir estados mentales"; donde, cada uno de los interlocutores
puede iniciar un acto de expresión y ambos actúan para mantenerlo y
participar en el intercambio de iniciativas. Otros autores como Kaye
(1986) sitúan este tipo de competencia algo más tarde hacia los 6 meses
de vida dando especial importancia al papel del adulto dentro del
sistema (cuidador-bebe). Para Kaye, bien sea porqué el adulto actúa como
si el bebé fuese miembro del sistema, cuando en realidad esta
aprendiendo a serlo, bien sea porqué el bebé es lo suficientemente
competente, el hecho es que se establece un intercambio comunicativo
donde se interpretan les intenciones de uno y de otro con la ayuda del
contexto en que se producen. Así mismo, se observan fenómenos similares
para la indicación y para la referencia, en donde, el marco de
contención proporcionado por el adulto posibilita el acceso al mundo de
los significados. En términos de Bruner (1983), estos formatos empiezan
antes de que el niño emita la primera palabra, cuando madre y niño crean
"un formato interactivo de predicción" que puede servir de microcosmos
para comunicar, aprender como referir, como significar y como llevar a
cabo sus intenciones comunicativas.
Otro paso importante en el desarrollo de la comunicación es el paso de
la regulación externa a la regulación interna. Muchas investigaciones de
comunicación referencial enfatizan la necesidad del niño de ejercer de
una forma progresiva una regulación, cada vez más activa y consciente,
de su competencia comunicativa con la finalidad de hacer más adaptativas
sus interacciones con los otros (Lefebvre- Pinard, 1985); así como, para
controlar su propia acción (Luria, 1984) y la conducta de los otros. En
este sentido son clásicas las investigaciones que revisan el paso de la
comunicación autoreferida a la comunicación social. Partiendo de los
estudios de Piaget sobre el egocentrismo se justificó la falta de
eficacia comunicativa de los preescolares en su incapacidad para tener
en cuenta la perspectiva del interlocutor lo cual dificultaba el proceso
comunicativo que es esencialmente cooperativo tal como afirma Grice
(1957).
Así a lo largo del desarrollo de la comunicación y a través del
instrumento mediador más importante, el lenguaje, el ser humano adquiere
una función cognoscitiva nueva: la regulación. Esta función es esencial
como instrumento del pensamiento y de control metacognitivo. El
desarrollo de esta nueva función no implica el abandono de las funciones
comunicativas interpersonales ya adquiridas, sino que permite además una
elaboración reflexiva de esas funciones, esencialmente autocomunicativa.
Utilizando los términos vigotskianos a este contacto social con uno
mismo, de naturaleza semiótica, llamado "conciencia". Una conciencia de
naturaleza diálogica como han destacado Vigotsky (1977); Batjín (1981) o
Werstch (1991) con pluralidad de voces que pueden dialogar. Aunque,
actualmente, desde la psicología cognitiva se ha demostrado que muchos
de los procesos simbólicos -conscientes y no conscientes- no
necesariamente están mediados por el lenguaje, no podemos negar que hay
un plano de la conciencia humana, el más complejo y específico, que está
hecho de lenguaje. Un plano que hace del ser humano, un ser desdoblado
que se comunica consigo mismo y posee conciencia reflexiva.
Entendido así el lenguaje es antes que nada un sistema para explicitar y
negociar estados mentales (cognoscitivos y emocionales), un sistema que
permite la comunicación entre mentes. Para ello es imprescindible que el
sujeto pueda presuponer que "los otros seres son seres con mente
intencional, cuya estructura esencial (i.e. las capacidades de creer,
pensar, sentir, averiguar, etc.) es idéntica a la mente propia" (Rivière,
1991, pp.150). Además para el desarrollo y refinamiento de esta
capacidad se requiere otra noción mucho más compleja: la de que los
objetos o contenidos de las actitudes proposicionales de los otros
pueden ser diferentes de las propias que implica aprender a diferenciar
los estados mentales propios de los de los demás.
En suma, la comunicación es tal vez una de las funciones psicológicas
más evidente del ser humano. Éste comunica ideas, intenciones, deseos,
afectos, actitudes, instrucciones, etc. Si pensamos en la comunicación
como el proceso que hace posible que dos o más individuos se transmitan
información intencionalmente -cifrada en algún tipo de código- aparecen
claramente tres de las dimensiones del mismo:
- Una dimensión cognitiva con dos vertientes: por un lado, la
información transmitida esta representada de alguna forma en la mente
del que transmite y también debe representarse en la mente del receptor
para ser comprendida y descodificada; y, por otro, son precisos
mecanismos de inferencia que permiten atribuir o dar sentido en función
de nuestras intenciones o de las intenciones percibidas en el otro.
- Una dimensión social, ya que todo el sistema se apoya en reglas
arbitrarias y convencionales que regulan el intercambio comunicativo y
que son propias de cada escenario histórico-cultural.
- Una dimensión semiótica, ya el propio código utilizado -sea
lingüístico o no- tiene características propias que deben ser descritas
y analizadas en tanto que instrumento de mediación de conceptos e
intenciones.
COMPETENCIA COMUNICATIVA ¿Puente entre mente-1 y mente-2?
Tal vez podríamos preguntarnos:
¿Qué relación guardan estas habilidades propias de la mente-2, con la
inteligencia o con la utilización eficaz de los recursos cognoscitivos?
Las funciones más evidentes son las de regulación de uno mismo y del
otro, la de contextualización de la respuesta al medio (adaptación), y
el uso adecuado de la comunicación (sistemas simbólicos) para procesar
la información de forma intencionada.
Además algunas capacidades claramente intelectuales como la inferencia
se desarrollan en primer lugar en un contexto interaccional. Por
ejemplo, cuando debe inferirse que la elección de un objeto implica la
perdida de otro. Estas primeras inferencias ancladas en el contexto,
poco a poco van descontextualizandose -especialmente con la adquisición
del lenguaje- y por tanto son generalizables a distintos contextos.
¿Cómo median en el autoconcepto y en las relaciones con los otros y el
medio? No desarrollaremos excesivamente este punto, de hecho no podemos
extendernos en los procesos que conducen al conocimiento de los demás y
de nosotros mismos. Aunque es importante destacar que el problema
principal de la vida social "no es hacer teorías" sobre las personas
sino "actuar" con eficacia. Se conoce a las personas, no como objetos "per
se", sino en función de las relaciones. Es decir, el conocimiento social
se alcanza por medio de la participación en relaciones interactivas
ordenadas con otros personas. Las relaciones continuas proporcionan una
fuente constante de definición implícita de uno mismo y del otro. Tal
como afirma Light (1990, pp.57) "El conocimiento objetivo del otro y de
uno mismo, puede concebirse como algo secundario, y a la vez derivado de
la introducción en las relaciones sociales, que es lo principal".
¿Cómo focalizar estas cuestiones en el estudio de la superdotación?
Hasta el momento son escasos los estudios desde estas perspectivas
realizados con superdotados. Una de mis investigaciones se ha centrado
en la competencia comunicativa de niños con altas capacidades cognitivas
comparados con pares de edad con capacidades normales (Martínez, 1995).
Aunque es difícil extraer conclusiones cuando el número de sujetos
valorados es pequeño y las diferencias en algunas ocasiones se aprecian
más a nivel cualitativo, que mediante pruebas estadísticas, podemos
detenernos en estos resultados y extraer algunas conclusiones.
El estudio detallado de las conductas comunicativas del emisor parece
indicarnos que la muestra de niños más dotados utilizan, frecuentemente,
producciones que podríamos calificar de ambiguas. A menudo olvidan lo
esencial -el referente- para lanzarse a descripciones de los detalles
del mismo. Esta ambigüedad no impide que cuando se agrupan en función
del nivel de inteligencia se entiendan, aún con mensajes mínimos, y que
el receptor coloque los referentes en el lugar adecuado.
Tal como indica Freeman (1985) es posible que el niño con altas
capacidades intelectuales esté mejor capacitado para captar las señales
de comunicación, aunque una aguda percepción basada en poca experiencia
también pude conducirle en algunas situaciones a la interpretación
errónea de las señales.
Contrariamente al grupo de niños con inteligencia normal, la edad no es
la clave de la eficacia comunicativa. Mientras que en el grupo de más
dotados el lenguaje se vuelve más críptico y ambiguo con la edad
(aumento de mensaje ambiguos, disminución de mensajes completos), en el
grupo de niños con inteligencia normal la calidad de los mensajes
aumenta progresivamente (aumento de mensajes completos, disminución
mensajes ambiguos). De hecho, podemos observar que a los 6 años los
niños más dotados aventajan al otro grupo en cuanto a la calidad media
de los mensajes emitidos, pero que a los 8 años esta ventaja se
invierte. De hecho, esta simplificación del mensaje omitiendo partes
esenciales del mensaje corresponden cierta medida a las características
del habla interna (Vygotsky, 1977).
Parece, tras la observación minuciosa de la conducta comunicativa, que
lo esencial cuando aumenta la edad es la rapidez de transmisión, y la
relevancia se traslada de los elementos básicos, a los de detalle o
especificidad, como si los básicos pudiesen darse por sobreentendidos -
puesto que para el emisor son evidentes también deben serlo para el
receptor.
Otra de las características que nos parece relevante del lenguaje
utilizado por los niños más dotados es un número superior de conductas
destinadas al control de la conducta del compañero, todas estas
apreciaciones hacen que nos inclinemos hacia las observaciones de Coriat
(1990) en un doble sentido. Por un lado, el lenguaje de los niños más
dotados tiene un mayor grado de complejidad y paralelamente de
abstracción. Por otra parte, tanto el alto número de regulaciones del
compañero como la escasa incidencia de la práctica en el rol contrario
muestran un escaso desarrollo de las habilidades socio-cognitivas de
"role-taking"(Shantz,1981), por tanto, las tesis de Terrasier respecto a
la disincronía parecerían confirmarse. De hecho, pueden analizar el
punto de vista del otro "cognitivamente" pero no actuarlo en una
situación real de intercambio comunicativo (Abroms, 1988).
Las conductas del receptor, por contra, indican una mayor eficacia en el
grupo de niños más dotados, ello nos sugiere que estos son capaces
-incluso con información parcial o ambigua- de realizar la tarea
positivamente. Probablemente, por una mayor capacidad para representarse
la tarea en su conjunto y colocar los objetos a partir del mensaje del
interlocutor y de sus propios conocimientos del mundo. En los dos
grupos, observamos un aumento progresivo de la calidad de la realización
de los receptores, al igual que en estudios anteriores (Dickson, 1981;
1982).
Tanto los niños más dotados intelectualmente como aquellos con
capacidades cognitivas normales han aprendido a comunicarse mejor, tras
un programa de entrenamiento, en una situación de comunicación
referencial, obteniendo resultados similares a los de anteriores
investigaciones (Flavell, 1981; Sonneschein and Whitehurst, 1983, 1984a,
1984b). Pocas diferencias significativas hemos encontrado entre ambos
grupos respecto de la calidad comunicativa conseguida tras la fase de
entrenamiento, y ninguna en el pre-test. Sin embargo, el estilo
comunicativo varía al final del experimento ya que los niños más dotados
han necesitado menos intervenciones para comunicar efectivamente y se
han mostrado más autónomos que sus compañeros.
Así mismo, hemos encontrado diferencias respecto del seguimiento en los
programas de entrenamiento, no cuantificable, ya que los sujetos con
altas capacidades se adaptaron rápidamente a los nuevos materiales,
proponiendo tareas alternativas y necesitando menos tiempo del previsto
en el programa de entrenamiento. Ello, no nos aporta nueva información,
ya que ratifica la hipótesis de que los niños con altas capacidades
tienen - en general- un ritmo de aprendizaje más rápido, especialmente,
si la tutela del adulto es lo suficientemente flexible y se da de forma
parecida a los intercambios verbales no formales (Moss, 1990). No nos
atrevemos a interpretarlo como una forma diferente de adquirir
destrezas, ya que el número de sujetos era pequeño y la edad muy
específica, pero quizás nos oriente para el diseño de formas de tutela
en la que la transferencia del control sea rápida, y el marco de
referencia de aprendizaje más flexible e informal.
Pensamos que en futuras investigaciones , al margen de ampliarse las
muestras y evaluar las capacidades cognitivas de una forma más amplia,
deberían crearse condiciones experimentales en las cuales pudiera
investigarse la conducta comunicativa de niños más dotados con
compañeros de edad inferior o nivel de inteligencia normal para
comprobar su capacidad de adaptación, ya que en esta investigación no ha
sido posible por estar emparejados en función de sus capacidades
intelectuales. Tal vez, este tipo de estudios nos permitirán esclarecer
algunas de las dificultades de relación social entre los sujetos con
altas capacidades y sus pares de edad.
Como conclusión general, el grupo de sujetos más dotados presenta
características específicas, en el uso del código, en la inferencia de
información no dada, en la forma de aprendizaje y en la utilización de
la función regulativa del lenguaje.
Estas dos concepciones sobre la mente humana. Una, centrada en la mente
como un sistema de cómputo; la otra, como un artefacto natural para la
interacción, no son concepciones cerradas y tal vez puedan ayudarnos a
definir ese constructo tan complejo "la inteligencia" y,
consecuentemente, nos permitan la confección de modelos sobre las
capacidades superiores. Modelos que integren cognición y emoción, como
facetas del comportamiento inteligente, como funciones del ser humano
igualmente complejas. Es un nuevo reto que nos aguarda como
investigadores.
Referencias bibliográficas:
-Abroms, K.I. (1988). La sobredotación social y su relación con la
sobredotación intelectual. En Joan Freeman (Ed.) Los niños superdotados.
Aspectos pedagógicos y psicológicos. Madrid: Santillana. pp 228-245.
- Alvino, J.J. et col. (1982). National report on identification of
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Dra. Mercè Martínez i Torres - mmartinezarrobapsi.ub.es
Aportado por: www.hfainstein.com.ar Actividades de consultoría, capacitación y facilitación de procesos para contribuir al aprendizaje y desarrollo de personas, equipos y organizaciones, tanto en el ámbito público como privado, y en organizaciones no gubernamentales. infoarrobahfainstein.com.ar
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