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Hace unos veinte años el tema del estrés había cruzado mi camino de
manera puntual. Cuando los organizadores de este Symposium me pidieron
que dijera algo sobre el estrés del terapeuta pensaba que sería una
buena oportunidad de pensarme la cuestión más a fondo. Volví a uno de
los libros de aquel entonces: "The Stress of Life. A new theory of
disease" (El estrés de la vida. Una nueva teoría de enfermedad") de Hans
Selye. He dado a esta conferencia el título de este libro. Cambié, sin
embargo, el subtítulo por el de "Una teoría sobre salud", un vuelco de
enfoque que intento dar ya durante bastantes años.
Selye, médico y biólogo de origen austríaco afincado en Estados Unidos,
publicó el 4 de julio de 1936 el primer trabajo sobre el Síndrome
General de Adaptación al que se refirió con el término estrés ya en uso,
pero dando a la experiencia de estrés una explicación teórica más
específica, fundamentándola en la investigación de laboratorio. Entre
aquella primera publicación y el libro "El estrés de la vida" de 1956
median veinte años de abnegado trabajo de laboratorio. En este libro,
Selye no solamente relata el proceso, los objetivos, éxitos y fracasos
de estos años de investigación sino también comenta cómo la persona del
investigador y su contexto socio-profesional determinan aquello que
investiga. No es casual que a principios de los años treinta cada vez
más se empieza a ver el objeto de investigación como parte de un todo
más amplio, dando importancia a la relación entre ambos. Es la época de
la teoría de la Gestalt y de un interés creciente en el organismo como
un todo funcional.
Parece que 1956 también es un momento de recapitulación para Selye.
Siendo en primer lugar un hombre de ciencia y un investigador, con el
paso de los años parece que Selye —como a menudo les ocurre a los
científicos teóricos o de laboratorio— resiente la necesidad de que su
concepto de estrés —más allá de su aplicación en medicina somática—
contribuya a la unificación teórica de enfermedad y salud, a la
consecución del equilibrio entre lo psíquico y lo somático, y la
articulación constructiva entre las necesidades de cada individuo y los
fines últimos del ser humano como especie. Las dos últimas partes del
libro tratan de estos temas y las propuestas del autor al respecto. Haré
mención de las ideas de Selye sobre el particular cuando venga al caso,
aunque en lo que sigue me referiré sobre todo al Síndrome General de
Adaptación por él investigado y los aspectos que me permiten hacer una
propuesta no ya de una teoría unificada sino de un proceso continuo de
teorización transdisciplinar y una metodología grupal integradora de
ideas y prácticas.
Selye descubrió que a cualquier enfermedad específica y a cualquier
medicación o tratamiento específico —es decir, cualquier elemento
extraño que incide en el organismo desde fuera— se sobrepone un Síndrome
General de Adaptación, una respuesta defensiva generalizada del mismo
sistema biológico contra el daño infligido a una parte del organismo. El
estrés es el denominador común de todas las reacciones de adaptación en
el cuerpo, un estado que se manifiesta por un síndrome específico que
consiste en todos los cambios no-específicos inducidos en un sistema
biológico. El Síndrome General de Adaptación se localiza en el eje
pituitario-suprarrenal y comporta los siguientes cambios: estimulación
de la producción de adrenalina, reducción de los órganos linfáticos
particularmente el timo, úlceras gastrointestinales, variación de peso
corporal, y diversas alteraciones en la composición química del cuerpo.
Estos cambios se dan en un conjunto. Según Selye, independientemente de
lo que definamos como sistema o como unidad biológica —una nación, un
ser humano, una región del cuerpo, o una célula— sólo podemos hablar de
estrés cuando varias de las unidades constitutivas del sistema están
afectadas de manera no-específica, es decir que los síntomas no se
reducen a una unidad biológica ni se deben a un agente nocivo
específico. Vale recordar también que el Síndrome General de Adaptación
comporta la inhibición de las hormonas responsables del funcionamiento
sexual.
De otra parte, tejidos más directamente afectados por el factor
estresante desarrollan un Síndrome de Adaptación Local, como puede serlo
una inflamación frente a la invasión microbiana. Se establece una
retroalimentación entre el Síndrome General y el Local de Adaptación.
Señales químicos de alarma se envían directamente desde los tejidos bajo
estrés local a los centros de coordinación del sistema nervioso y de las
glándulas endocrinas, particularmente las hipofisarias y las
suprarrenales. Estas glándulas segregan hormonas adaptativas que, a
grandes rasgos, se dividen en anti-inflamatorias que inhiben reacciones
defensivas excesivas y pro- inflamatorias que las estimulan.
El Síndrome General de Adaptación en su desarrollo temporal pasa por
tres fases: 1) la reacción de alarma, 2) el estadío de resistencia, y 3)
el estadío de agotamiento o capitulación. Resistencia y adaptación
dependen del equilibrio de los elementos hormonales responsables del
desarrollo de estas fases. Las fases se suceden de manera coordinada y a
un ritmo apropiado para superar el estrés y llevar al organismo a un
nuevo equilibrio. La intensidad de la fase de capitulación se relaciona
con el grado de recuperación del equilibrio. Lejos de un estado de
extenuación, a veces, por ejemplo, simplemente nos cansamos de leer. La
característica esencial de la adaptación es la delimitación de estrés al
área más pequeña capaz de afrontar las exigencias de la situación. Esto
tiene su importancia si tomamos en cuenta que la cantidad de energía
para la adaptación —diferente a la energía que proviene de la comida —
es genéticamente determinada. Aunque exista la posibilidad de encontrar
maneras de regenerarla hasta cierto punto, vale la pena evaluar las
situaciones de estrés para gastar nuestra energía de adaptación de
manera prudente y saludable.
El estrés es el resultado del esfuerzo de auto-preservación de las
partes dentro de un todo. Esto es así para las células individuales
dentro de las personas, para el ser humano dentro de la sociedad, y las
especies individuales dentro del mundo animal global. "La capacidad de
adaptación —dice Selye— es la característica más distintiva de la vida.
Ninguna fuerza inanimada resulta tan exitosa en el mantenimiento de la
independencia y la individualidad de unidades naturales como aquella
capacidad de alerta y de cambio que denominamos vida —la pérdida de la
cual es la muerte. Quizás exista un cierto paralelismo entre el grado de
vitalidad y el poder de adaptabilidad en cada animal —en cada ser
humano."
Hasta aquí las ideas básicas del Síndrome General de Adaptación frente
al daño, a la amenaza a la integridad y la supervivencia de las partes
en un todo. Cualquier daño en una unidad comporta una reacción defensiva
general del sistema global. Aunque desde el punto de vista biológico
Selye establece analogías entre el cuerpo, la persona y los colectivos
sociales como sistemas globales a tomar como referencia, su referencia
básica es el estrés en el cuerpo cuyos síntomas son idénticos o
comparables en animales y hombres.
Como terapeutas y personas que trabajamos con el referente sistémico de
los grupos, nos interesan las posibilidades y límites de estas analogías
desde lo biológico. Escojo tres conceptos de Selye que me parecen útiles
para establecer la vinculación posible entre cuerpo, persona, y grupo
como sistemas en los que se manifiesta un Síndrome General de Adaptación
o su trastorno. Éstos son las ideas de fuerzas antagónicas, de la
dicotomía egotismo-altruismo y de la inflamación como modelo primario de
defensa.
En cuanto a fuerzas antagónicas. La condición de estrés biológico es
esencialmente una adaptación al antagonismo entre el agresor y la
resistencia ofrecida por el organismo. Hay dos maneras principales de
defenderse de la agresión: atacar o huir. Según Selye, los diversos
mecanismos de defensas del Síndrome General de Adaptación siempre se
basan en combinaciones de estos dos tipos de respuesta. De hecho, éstos
dan tres posibilidades de respuesta: avanzar, retirarse o mantenerse en
sitio. La supervivencia depende de la combinación adecuada de estas
posibilidades. Los sistemas principales de esta coordinación son el
sistema nervioso y el hormonal. Tanto los músculos voluntarios como los
involuntarios responden a estímulos nerviosos. Pero, en última instancia
hasta los impulsos nerviosos se regulan por sustancias hormonales
antagónicas, algunas segregadas por las mismas terminaciones nerviosas.
Las funciones anti-inflamatorias y pro-inflamatorias de los corticoides
también son ejemplos de este antagonismo, aunque también tengan
funciones que no se regulan por éste. La respuesta última de ataque,
huida o mantenimiento surge de una combinación y coordinación sumamente
complicada de estímulos que determinan la intensidad y duración del
Síndrome General de Adaptación.
La idea de fuerzas antagónicas forma parte del pensamiento científico de
la época. Los primeros maestros de Freud en el laboratorio de fisiología
de Brücke creyeron en la Ciencia con mayúscula. Brücke conjuntamente con
otros habían hecho un juramento solemne de propagar la siguiente verdad:
"Dentro del organismo no actúan fuerzas algunas que no sean las
físico-químicas. Para aquellos casos que por el momento no pueden ser
explicados por estas fuerzas, uno tiene que encontrar un camino o modo
específico de acción por medio del método físico o matemático o asumir
la existencia de nuevas fuerzas tan dignas como las fuerzas
químico-físicas inherentes a la materia, reducibles a las fuerzas de
atracción y repulsión".
Concebir el contexto más amplio que permita integrar la función de estas
fuerzas biológicas y sus derivaciones psicosociales en una visión
general de la vida es tarea de todos los profesionales y personas cuyo
referente primero es el grupo humano. La pregunta de fondo es ¿qué
relación tiene lo que nos pasa en lo particular con lo que nos pasa como
especie, el todo de referencia para cualquier unidad, sea ésta una
persona o un grupo? Esta tarea tiene como objetivo siempre renovado la
consecución del equilibrio organísmico y ecológico, la solidaridad de
especie, en suma lo que llamamos salud. En el tema de la salud tal como
se puede plantear actualmente aprecio mucho la contribución de otro
biólogo, microbiólogo en este caso, uno de los primeros profesionales si
no el primero que se plantea el tema de salud en términos evolutivos de
la especie humana, me refiero a René Dubos. Su libro "El espejismo de la
salud", publicado en 1959, es de lectura obligada para cualquiera que
pretenda adentrarse en el tema. No es este el lugar para hacerlo. Sólo
quisiera recordar el pensamiento de Dubos en lo que hace a la necesidad
de una visión global. Nos dice: "El resolver problemas de enfermedad no
es lo mismo que crear salud y felicidad. Esto requiere un tipo de
sabiduría y visión que trasciende el conocimiento especializado de
remedios y tratamientos y que comprende la relación entre seres
vivientes y su ambiente total en toda su complejidad y sutileza. Salud y
felicidad son expresión de la manera en que el individuo responde y se
adapta a los desafíos de la vida de cada día. Estos desafíos no surgen
sólo del mundo físico y social, sino los factores ambientales más
determinantes, y los que más a menudo causan enfermedad, son los mismo
objetivos y fines que el ser humano marca para sí, muchas veces haciendo
abstracción de necesidades biológicas... La salud de un ser humano no
será tanto mejor cuanto más se haga por él... La ‘verdad’ de mañana más
bien sería "más que se intente estudiar y resolver cada problema
habiéndolo primero pensado en términos globales, más posibilidades de
éxito hay después a nivel del individuo aislado". Yo me apunto a esta
máxima de Dubos: "Pensar globalmente, actuar localmente". Aquí está mi
propuesta de unificación teórica y su articulación metodológica.
Veamos lo que en este sentido se pueda pensar respecto a las fuerzas que
en lo biológico denominamos antagónicas. En el sentido más global, lo
que caracteriza a la especie humana, y la diferencia de otras, es la
comunicación a través del lenguaje. Antagónico significa "una cosa tan
distinta a otra que no se puede conciliar", idea que surge de la misma
inserción de este mundo simbólico del lenguaje en un organismo
biológico. La idea de antagonismo da sentido a una experiencia vital del
ser humano y no es de extrañar que los biólogos busquen la causa en la
unidad de vida más pequeña. La inserción de la comunicación por símbolos
en un organismo biológico trastorna cualquier equilibrio preestablecido
del individuo consigo mismo y con su entorno. Los animales mantienen una
relación instintiva con la comida que asegura la supervivencia del
individuo, y con el otro de la cópula para asegurar la supervivencia de
la especie; los fines de supervivencia individual y colectiva se
concilian. Para el ser humano esto ya nunca podrá ser así. Tanto su
ecosistema externo como el interno en última instancia es significado y
viene determinado por el lenguaje, si no más porque para el hombre su
vida es su capacidad de ir respondiendo a estas fuerzas antagónicas
tanto como organismo biológico como personal y socialmente. El hombre es
responsable de los efectos emocionales que le produce el nacer, vivir y
morir entre dos mundos irreconciliables. Esta relación conflictiva y
nunca resuelta del ser humano consigo mismo y su entorno genera el
estrés de la vida, el gasto y desgaste de su energía adaptativa. Las
fuerzas antagónicas que los biólogos encuentran en las unidades más
pequeñas del organismo vivo son el reflejo de una simbolización
lógico-racional que crea sentidos —contextos unificadores— a partir de
respuestas tipo sí-no, y que una y otra vez generan subdivisiones
antagónicas o dicotómicas.
Otra idea que surge de las teorizaciones de Selye, la dicotomía
egotismo-altruismo, nos llevará a la dinámica emocional de esta
necesidad de encontrar un contexto más amplio que permita integrar la
función de fuerzas biológicas antagónicas y sus derivaciones
psicosociales. Para Selye, el antagonismo egotismo-altruismo es la
característica máxima, más antigua y más esencial de la vida. Se trata
de algo natural e inevitable, la semilla de la lucha, del ataque, y del
avance. A medida que se iban creando organismos multicelulares, la
supervivencia de la célula dependía íntimamente de la supervivencia de
todo el organismo y esta unidad superior, según Selye, determinó un
egotismo colectivo o altruismo intercelular. Pasó mucho tiempo antes de
que las células individuales no lograran una interdependencia pacífica,
evitando el estrés máximo. Hasta hoy en día puede pasar —como en el caso
del cáncer— que una revuelta celular olvide este principio necesario de
la supervivencia. En cuanto al altruismo interpersonal entre varios
seres multicelulares, hasta nueva orden, la convivencia es menos que
satisfactoria y casi siempre produce estrés. Toda armonía o discordia a
este nivel se debe a un único órgano: el sistema nervioso. Éste rige las
decisiones y actitudes entre las personas a través de uno de sus muchos
productos: las emociones. La gente que atribuye importancia a la lógica
en estas relaciones se equivoca. Selye piensa que la lógica tiene una
función mínima en las relaciones interpersonales. Los cambios físicos
duraderos —tanto en estructura como en composición química— que subyacen
a una adaptación eficiente o su fracaso son las consecuencias de estrés,
del estrés de la vida. Estos cambios son "memorias celulares" que se
almacenan y se acumulan, y que afectan la conducta somática futura en
situaciones similares de estrés.
Debo mencionar aquí que Selye no se sale fácil con su aspiración de
crear una teoría unificada, de que el Síndrome de Adaptación General
explicara la adaptación vital del ser humano más allá de su aplicación a
la clínica médica. El Síndrome de Adaptación General que describe Selye
es una defensa general del organismo como un todo. Pero, ¿de dónde surge
esta motivación de vida del todo? La intuición de la memoria-celular de
situaciones de estrés que se almacenan y se acumulan a través del tiempo
y que determinan futuras conductas puede aceptarse. También se puede
aceptar la idea de que las relaciones interpersonales son regidas por
emociones, uno de los productos del sistema nervioso. Pero las células
no son más que unidades estructurales, nos dice el mismo Selye. ¿Cuál es
la unidad funcional de la vida? En su intento de contestar esta
pregunta, Selye se inventa toda una teoría alrededor del concepto de
reacton, la partícula más pequeña de la vida capaz de responder a
estímulos, aunque de límites vagos y no visible como unidad. Es
interesante tomar conciencia de los límites con que se encuentra un
biólogo en explicar la vida humana y su necesidad de superarlos.
A las ideas de Selye sobre el egotismo celular y altruismo intercelular
quisiera añadir algo que me parece importante en encarar
constructivamente el estrés característico de la vida humana. En el
famoso "Proyecto" de 1895, Freud trata la transformación energética en
el hombre. Con genial intuición formula la existencia de "barreras de
contacto" entre neuronas, adelantándose dos años a los bioquímicos en
formular las "sinapsis entre neuronas". En el Proyecto Freud explica
cómo a través de una progresiva diversificación, ramificación y
multiplicación del sistema nervioso se introducen dos factores nuevos
relacionados entre sí: 1) la posibilidad de aplazar la respuesta, y 2)
el hecho de que la respuesta eventualmente viene determinada por el
quantum de tensión tolerable o no tolerable por el propio organismo. En
otras palabras, lo primordial ya no es tanto la percepción de estímulos
externos y la respuesta automática a éstos sino la conciencia de
estímulos que provienen del propio organismo, hasta el punto de que los
estímulos de afuera también se metabolizan a través de estas nuevas
condiciones biopsicofisiológicas internas. Es aquí donde el ser humano
pasa del sentir de los sentidos al sentir de los sentimientos, de las
emociones que genera su autoconciencia. La posibilidad de determinar el
momento de la respuesta a los estímulos y la conciencia de la variación
de tensión en el propio organismo hace que el ser humano sienta y
resienta su ser individuo y su soledad.
A través de las relaciones interpersonales primarias y subsiguientes se
crea lo que llamamos una estructura narcisística o yoica. Esta
estructura es la que determina cómo se gasta la energía del organismo.
Como bien apunta Selye, la energía de adaptación no es la misma que la
que conseguimos a través de la comida, es decir también se genera una
transformación energética diferente. El ser humano come, duerme, anda,
habla, aprende o no en función de los deseos, aspiraciones,
frustraciones, ansiedades, y miedos conscientes e inconscientes de la
madre, la familia, del entorno sociocultural y, eventualmente, de los
suyos propios. Lo que se recibe a través de los sentidos corporales se
convierte en sentidos de diferente orden, sentidos articulados en un
cuerpo de conocimiento que rige el cuerpo social e influye la concepción
y percepción de nuestro cuerpo biológico.
La visión de conjunto en función de una estructura egotística y un
organismo contenido en una piel evidencia una doble frontera del estrés
de la vida: aquella que marca por un lado la articulación entre
organismo y narcisismo y, por otro, la que se establece entre el
individuo humano y el resto de la especie. Aquí el antagonismo entre un
organismo biológico y el mundo simbólico que lo significa superimpone a
la brecha entre cuerpo y persona un abismo entre individuo y especie. La
escisión entre individuo y especie definitivamente rompe cualquier
relación directa entre lo que ocurre al nivel de los grupos y colectivos
y lo que ocurre al nivel del organismo individual. Sólo es posible
establecer o restablecer esta relación al nivel simbólico, con el
lenguaje, en la comunicación a través de las palabras. El equilibrio
biológico entre individuo y especie para los seres humanos es el paraíso
perdido. Las palabras son lo que hay. Con ellas no sólo podemos
reconstruir nuestro pasado —monotema de reflexión desde que se inventó
la escritura— pero también podemos construir el futuro, única manera de
finalmente asumir la mortalidad del desgraciadamente famoso individuo e
inventar aquella unidad que nos permita dar sentido a la vida como
especie. Si no queremos caer en la barbarie y la bestialidad, no tenemos
más remedio que utilizar las palabras para restablecer la relación entre
el árbol de la ciencia y el árbol de la vida.
Estamos muy lejos de tomar conciencia de la urgente necesidad de una
piel simbólica protectora frente a los traidores envoltorios
lógico-racionales del hemisferio izquierdo que nos llevan de escisión en
escisión con su razonamiento analítico, lineal, secuencial, y dicotómico
desvinculado del funcionamiento de nuestros organismos. ¿Cómo es que no
escuchamos a los científicos cuando nos dicen que el hemisferio derecho
es el que cobija las capacidades de globalidad, de espacialidad, de
intuición, de analogía, de síntesis, y tantas otras que nos harían buen
servicio para resolver los problemas sociales que nos sobrepasan en la
actualidad? ¿Cómo es que no creamos escuelas para desarrollar estas
capacidades que tanta falta nos hacen? Sin este aprendizaje no podremos
llegar a una unificación teórica. Selye nos da buen ejemplo a donde
lleva el pensamiento lógico unilateral. Si de verdad queremos llegar a
una transdisciplinariedad, una teorización unificada, hace falta
alternar el razonamiento lógico con la intuición, con la analogía, y
maneras de comprender semejantes. Y esto, como todo en la vida, lo
tenemos que aprender.
¿Cuál es la metodología integradora de ideas y prácticas? En este paso
de las teorías a la práctica hace falta primero imaginarlo, traducir las
unidades abstractas a unidades concretadas en el tiempo y el espacio.
Con este fin presentaré una de las chuletas que me voy fabricando para
imaginarizar la manera de salvar las diversas escisiones del
funcionamiento humano. Este esquema de la vida humana y sus sistemas
simbólicos grafica las fronteras biosociales, biopsicológicas y
psicosociales a las que he hecho referencia. Me sirve para situar más
claramente 1) la localización del agente estresor y 2) la priorización y
jerarquización de lo orgánico, lo personal o lo social del efecto nocivo
en la intervención frente al daño o conflicto.
El método es el ‘cómo hacer’, en nuestro caso el cómo eliminar el agente
conflictivo o reducirlo al mínimo y adaptarse a la convivencia con él.
Veamos la posibilidad de analogía entre la defensa biológica más
habitual, la inflamación, y las defensas en los ámbitos biosociológicos
y psicosociológicos.
La mayoría de trastornos inflamatorios del organismo biológico implican
al tejido conjuntivo y a la misma piel que se hinchan, produciendo un
espacio fronterizo ampliado que sirve de campo de batalla frente al
agente nocivo y como barrera respecto al resto del organismo. De otra
parte, la inflamación también puede producir una inmovilización de
articulaciones, en la que el tejido conjuntivo se vuelve rígido. En el
primer caso el daño se debe a un agente estresor, mientras en el segundo
el trastorno es debido al mal funcionamiento de la misma capacidad de
adaptación. En este caso cabe la pregunta sobre si los impulsos
antagónicos en juego solamente provienen de lo orgánico. Selye apunta la
similitud entre la inflamación defensiva en el cuerpo de una persona y
la de una nación y nos conmina a aprender de los mecanismos biológicos
de defensa. Dice Selye: "Si un hombre te amenaza con un cuchillo, quizás
sea mejor luchar. Pero si te insulta, ¿por qué preocuparte? Sólo te
puede hacer daño si reaccionas; o porque le pegas, o porque te
preocupas. En ambos casos, lo que te hace daño es tu propia reacción...
Luchar o no luchar depende de las circunstancias; y, en tomar esta
decisión —añade— células son más sabias que seres humanos, y seres
humanos más sabios que naciones. Aunque todos los grupos biológicos son
singularmente miopes al respecto", concluyendo que "tal como están las
cosas, esta elección es difícil hacerla desde dentro, tanto para
tejidos, hombres y naciones. Estas situaciones se aprecian mejor al
observar la unidad que padece el trastorno desde afuera, desde donde se
percibe su posición en un contexto más amplio." En cuanto contexto más
amplio en tanto visión grupal o colectiva de los conflictos humanos, aún
estamos donde Freud en 1931, cuando se preguntaba qué es lo que pasa
cuando toda la sociedad es la que está afectada del trastorno. ¿Cuál
sería entonces este afuera para diagnosticar el trastorno? Y si
tuviéramos el diagnóstico, ¿quién tendría la autoridad de aplicar el
tratamiento a la sociedad? Las analogías biológicas tienen un límite y
Freud no nos ayudó para pasarlo.
Hay, sin embargo, un aspecto que sí equipara al mecanismo de defensa de
la inflamación con el método que empleamos en los ámbitos sociales. La
inflamación genera un espacio fronterizo donde luchar contra el agresor
e impedir que éste invada otras partes o el organismo entero. De hecho
en cualquier intervención terapéutica hacemos precisamente esto: como
terapeutas creamos en una frontera interpersonal e intergrupal un
espacio transicional temporal donde reducir el agente agresor al ámbito
idóneo más pequeño capaz de afrontar las exigencias de la situación y
reducir el estrés a la capacidad de adaptación de las personas en
cuestión.
Mas allá de esta analogía, los efectos de estrés del Síndrome General de
Adaptación en los seres humanos se diferencian radicalmente de los que
se dan en el resto de los animales. El estrés que, en última instancia
también se registra en el organismo biológico, en los seres humanos es
particularmente virulento ya que los estímulos agresivos desde afuera no
solamente atentan contra la integridad del organismo sino, por
intervención de una estructura significadora del individuo, atentan
asimismo contra la vida personalizada, contra el futuro personal
desvinculado del futuro de la especie.
En la convivencia humana, tanto las unidades —personas y grupos— como el
todo —las teorías e ideologías del ser humano y de la vida— se
construyen con la misma materia prima, es decir con las palabras y el
lenguaje. La escisión y la rigidez son efectos inevitables de esta
construcción de sentidos de la vida, ya sean referidos al cuerpo, a
personas o grupos. No son accidentes que ocurren de cuando en cuando. La
cuestión de la existencia, del ser o no ser, está presente siempre. Las
teorías, disciplinas, metodologías y opiniones inevitablemente nos
dividen en sanos y enfermos, buenos y malos, etc. Habitualmente,
construimos espacios terapéuticos para tratar escisiones y rigideces
como si estos fueran microbios o virus. Hacemos como si fuera una
enfermedad a erradicar, cuando de hecho la vida nos exige una adaptación
constante. Necesitamos unidades de espacio-tiempo continuos y regulares
donde ir reduciendo el estrés de la vida al área más pequeño capaz de
afrontar estas exigencias.
Quisiera acabar con una de las citas que introduce el libro de Selye. Es
de Bertrand Russell en 1872:
"No solamente los hombres de ciencia tendrán que vérselas con las
ciencias que tratan del hombre sino —algo mucho más difícil— tendrán que
convencer al mundo que escuche lo que van descubriendo. De no tener
éxito en esta tarea, el ser humano se destruirá por haberse pasado de
listo."
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