1.-DEFINICIÓN DE BURNOUT.
1.1.-Introducción.
En este capítulo intentamos ahondar en la descripción del constructo
burnout desde la vertiente organizacional, ya que ha sido en este
contexto donde se han originado y desarrollado las diversas líneas de
investigación, dejando todo lo referente a burnout en el contexto
deportivo para otro capítulo.
Hay acuerdo casi unánime en fijar 1974 como el año de origen del estudio
sobre el burnout, y citar a Freudenberger como el autor que inició dicho
estudio, aunque Corcoran (1985) fija el inicio un poco antes
(Freudenberger, 1971). También en 1974 aparece otro autor que reflexiona
sobre el síndrome (Ginsburg, 1974) que, sin embargo, ha sido escasamente
citado, tal vez porque a diferencia del primero no tuvo un desarrollo
científico tan prolífico.
De lo anterior se deduce que hace poco más de veinte años que se comenzó
a investigar sobre el constructo burnout, habiéndose registrado un
desarrollo considerable de la investigación al respecto. Gillespie
(1980) reflejaba la necesidad urgente de incrementar el conocimiento del
síndrome por los altos costos que supone a nivel individual y
organizacional, de ahí que Burke (1992) señalara que el interés por la
experiencia de burnout psicológico en los contextos organizacionales
siga creciendo. Así, mientras Roberts (1986) cifraba en más de 300 las
referencias sobre burnout en el periodo 1980-85, Garcés de Los Fayos,
Teruel y García Montalvo (1993) la incrementan en más de 1000, siendo el
ámbito organizacional sobre el que versan la mayoría de trabajos (más
del 97% de los mismos); incluso, Kleiber y Enzman (1990) ya habían
citado por encima de las 2500 referencias, sólo en el periodo
comprendido entre 1974 y 1989. No es extraño, por tanto, que García
Izquierdo (1991a) señale que el burnout es un problema característico de
los trabajos de "servicios humanos", es decir de aquellas profesiones
que deben mantener una relación continua de ayuda hacia el "cliente":
médicos, profesores, enfermeras, asistentes sociales, psiquiatras,
psicólogos, policías, etc. Por esta razón, como veremos a lo largo de
este capítulo, una de las características propias del síndrome es el
"desgaste emocional" que dicha interacción va produciendo en el
trabajador.
Y puesto que se parte de una situación estresante, la
mayoría de autores verán en el burnout un sinónimo de estrés
ocupacional, cerrándose la posibilidad a comprender el síndrome en otros
contextos, si bien algunos autores (Seidman y Zager, 1986; Kushnir y
Melamed, 1992) ya indicaron que el burnout no tenía que ser
necesariamente producto del estrés ocupacional.
En este sentido, Walker (1986) valorando cúal ha sido el recorrido
teórico del constructo observa que el síndrome descrito por Maslach
(1976) continuó con la concepción del mismo como una enfermedad
importante (McGuire, 1979) y acabó como enfermedad ocupacional (Spence,
1981). Sin embargo Walker (1986), que acepta el inicio del estudio del
burnout en ciencias sociales a cargo de Freudenberger (1974, 1975),
matiza que anteriormente Grahan Greene (1960) ya había utilizado el
término burnout para describir el estado de "vaciamiento existencial"
que una persona sentía como consecuencia del padecimiento de una
enfermedad incurable.
Este dato no supone una mera constatación histórica, sino la
constatación de la amplitud teórica del concepto que pretendemos
investigar. No debemos olvidar que en los años 60 se había utilizado el
término para referirse a los efectos que provocaba en la persona el
abuso crónico de las drogas (Söderfeldt, Söderfeldt y Warg, 1995). De
hecho, aceptando que una persona pueda sufrir burnout sin la presencia
de unos antecedentes organizacionales, estamos aceptando que, en
principio, cualquier individuo sea cual sea su situación personal y
organizacional podría verse afectado por este problema. De hecho,
Starrin, Larsson y Styrborn (1990) indican que en los años sesenta el
término burnout se había utilizado para describir los efectos crónicos
del abuso de drogas, hasta que Freudenberger (1974) le da la nueva
connotación al constructo. Una connotación que está ligada a la
condición psicoanalítica de Freudenberger y su pretensión de
caracterizar al burnout como un nuevo síndrome clínico (Smith y Nelson,
1983b; Grebert, 1992). Sin embargo, esto no nos debe hacer caer en el
uso indiscriminado del término burnout para describir diferentes
problemas relacionados con el trabajo o con cualquier otro contexto
(Maslach, 1982).Lógicamente, aceptar la apertura en la concepción del
concepto conlleva el riesgo de destruir su utilidad, pero también es
cierto que el interés en su investigación proviene del hecho de tratarse
de un problema social antes que de una cuestión teórica (Maslach y
Jackson, 1984). Estas autoras precisan muy bien los objetivos de su
estudio: el burnout es un problema que afecta a muchas personas y se
necesita saber más acerca de él. Con el anterior planteamiento
conseguimos reducir tanto la prevalencia como la incidencia (Burke y
Richardsen, 1991) de un problema que afecta cada vez a más profesiones
(hasta 25 campos profesionales cita Silverstein, 1986), y
consecuentemente a más personas. En la Tabla 1 se observan los datos
epidemiológicos aportados por diferentes estudios.
Tabla 1: Datos epidemiológicos acerca del burnout
EstudioResultados
Kyriacou (1980)25% en profesores
Pines, Aronson y Kafry (1981)45% en diversas profesiones
Maslach y Jackson (1982)20-35% en enfermeras
Henderson (1984)30-40% en médicos
Smith, Birch y Marchant (1984)12-40% en bibliotecarios
Rosse, Johnson y Crown (1991)20% en policías y personal sanitario
García Izquierdo (1991a)17% en enfermeras
Jorgesen (1992)39% en estudiantes de enfermería
Price y Spence (1994)20% en policías y personal sanitario
Deckard, Meterko y Field (1994)50% en médicos
Estas cifras son indicativas de que podemos encontrarnos ante un
problema de gran magnitud, que conlleva consecuencias personales y
laborales negativas y que justifican por sí mismas que el desarrollo
investigador haya crecido de manera considerable en estos pocos más de
veinte años.
Estos altos porcentajes estarían en sintonía con el planteamiento de
Freudenberger (1977) según el cual el burnout sería "contagioso", ya que
los trabajadores que padecen el síndrome pueden afectar a los demás de
su letargo, cinismo y desesperación, con lo que en un corto periodo de
tiempo la organización, como ente, puede caer en el desánimo
generalizado. Savicki (1979) también admitía esta posibilidad de
contagio indicando que "el burnout es similar al sarampión" (p.38) en
cuanto a sus efectos epidémicos. En esta misma dirección, Seidman y
Zager (1986, 1991) aceptan la posibilidad de contagio del burnout entre
los trabajadores de una misma organización. Smith, Bybee y Raish (1988)
indicaban incluso que el contagio era especialmente virulento cuando la
causa del síndrome está en la dirección organizativa, o cuando el
agravamiento de la situación tiene que ver con carencia de comprensión y
se está poco dispuesto a pactar con los problemas que van surgiendo. Por
último, recientemente Olabarría (1997) plantea que el burnout se puede
presentar de forma colectiva, a modo de contagio.
A pesar de todo lo anterior, la conceptualización del burnout sigue
siendo un obstáculo para la investigación. Hay que tener en cuenta que
independientemente de que el síndrome sea similar al estrés laboral o,
por contra, consecuencia de éste, el primer problema que encontramos es
la imprecisión y ambigüedad del concepto estrés (Peiró, 1993); además,
como señala este autor, actualmente no existe consenso para definir
estresor ocupacional (antecedente del burnout). No es extraño, por
tanto, que mientras Meier (1984) mantuviese que el constructo burnout
demostraba cumplir los criterios de validez convergente y discriminante,
Moreno, Oliver y Aragoneses (1991) plantearan que la validez del
constructo era muy criticada. Así, podemos encontrar que mientras Pines,
Aronson y Kafry (1981) defendían la concepción del burnout como fenómeno
social, Freudenberger (1974) había partido del planteamiento más
individualista y clínico de la depresión, ya que este autor consideraba
que la depresión era uno de los síntomas más característicos del
burnout. En este sentido, Davidoff (1980) establece que puesto que la
semejanza entre burnout y otros constructos es tan grande, quizás
estemos utilizando un nuevo término para definir antiguos problemas.
Oswin (1978); Maher (1983); Firth, McIntee, McKeown y Britton (1986) se
plantean que es probable un solapamiento entre los constructos depresión
y burnout. Es posible, como señalan Oliver, Pastor, Aragoneses y Moreno
(1990), que sea necesario fragmentar un constructo tan amplio como
estrés para ayudar a conceptualizar los diversos fenómenos asociados,
como el burnout. Tal es la relevancia que está adquiriendo la
investigación acerca del síndrome que, como indica Neveu (1995), en 1990
se celebró en Cracovia la Conferencia Europea de Burnout Profesional,
continuación de la que se celebró dos años antes en Helsinki, y en la
que se establecieron dos ejes sobre los que se articula la investigación
sobre burnout: Maslach y Jackson (1981) y Pines, Aronson y Kafry (1981)
que, como más adelante veremos, son los autores que están influyendo de
forma decisiva en el estudio de este fenómeno.
En este capítulo pretendemos ahondar en los diversos aspectos
conceptuales y metodológicos relacionados con el síndrome, intentando
aclarar, en la medida de lo posible, el constructo que estamos
analizando. Partimos para ello de la afirmación que realizan Burke y
Richardsen (1991) en su amplia revisión, y que muestra la complejidad
del constructo: "existe un acuerdo general en que el burnout ocurre a un
nivel individual, es una experiencia psicológica interna envuelta de
sensaciones, actitudes, motivos y expectativas, y es una experiencia
negativa que da lugar a problemas de distrés y disconfort" (p.3).
1.2. Definición de burnout.
Uno de los temas fundamentales tratados en el estudio del burnout ha
sido su definición, así como diferentes aportaciones conceptuales a la
comprensión del burnout que, como ya vimos anteriormente, se ha
presentado y se sigue presentando con diferentes obstáculos por la
dificultad de conceptualizar un proceso complejo como es este síndrome,
así como porque su similitud, cuando no igualdad, con el concepto estrés
aplicado a las organizaciones (estrés laboral) ha supuesto cuestionar
continuamente el constructo. Starrin, Larsson y Styrborn (1990) señalan
que un aspecto importante del burnout es que instintivamente todos saben
lo que es, aunque la mayoría puedan ignorar su definición; así el
discernimiento en la literatura sobre el síndrome acerca de su
definición tiene que ver con la discusión sobre el papel que tiene la
sociedad y las condiciones sociales que producen este fenómeno. Estos
autores parten de que el burnout afecta de forma individual a una
sociedad abstracta. Con un planteamiento más radical, Grebert (1992)
entiende el burnout "como una construcción cultural que permite a los
profesionales de la relación de ayuda manifestar cuáles son sus
sufrimientos y dificultades" (p. 808), llegando a conceptualizarlo como
un planteamiento defensivo de la profesión.
En el inicio Freudenberger (1974) describe el burnout como una
"sensación de fracaso y una existencia agotada o gastada que resultaba
de una sobrecarga por exigencias de energías, recursos personales o
fuerza espiritual del trabajador" (p. 160), que situaban las emociones y
sentimientos negativos producidos por el burnout en el contexto laboral,
ya que es éste el que puede provocar dichas reacciones. El autor
afirmaba que el burnout era el síndrome que ocasionaba la "adicción al
trabajo" (entendiéndola, según Machlowitz (1980), como "un estado de
total devoción a su ocupación, por lo que su tiempo es dedicado a servir
a este propósito"), que provocaba un desequilibrio productivo y, como
consecuencia, las reacciones emocionales propias de la estimulación
laboral aversiva.
Pines y Kafry (1978) definen el burnout "como una experiencia general de
agotamiento físico, emocional y actitudinal" que posteriormente tendría
un desarrollo más completo (Pines, Aronson y Kafry, 1981) y que
influiría en los planteamientos teóricos de diversos autores, como
veremos. Posteriormente, Dale (1979) es uno de los que inician la
concepción teórica del burnout entendiéndolo como consecuencia del
estrés laboral y con la que mantiene que el síndrome podría variar en
relación a la intensidad y duración del mismo. Freudenberger (1980)
aporta otros términos a la definición, así ya habla de un "vaciamiento
de sí mismo" que viene provocado por el agotamiento de los recursos
físicos y mentales tras el esfuerzo excesivo por alcanzar una
determinada expectativa no realista que, o bien ha sido impuesta por él,
o bien por los valores propios de la sociedad. El trabajo como detonante
fundamental del burnout va a ser básico en todas las definiciones
posteriores. Cherniss (1980a) es uno de los primeros autores que
enfatiza la importancia del trabajo, como antecedente, en la aparición
del burnout y lo define como "cambios personales negativos que ocurren a
lo largo del tiempo en trabajadores con trabajos frustrantes o con
excesivas demandas". El mismo autor precisa que es un proceso
transaccional de estrés y tensión en el trabajo, tensión en el trabajo y
acomodamiento psicológico, destacando tres momentos:
· Desequilibrio entre demandas en el trabajo y recursos individuales
(estrés).
· Respuesta emocional a corto plazo, ante el anterior desequilibrio,
caracterizada por ansiedad, tensión, fatiga y agotamiento (tensión)
· Cambios en actitudes y conductas (afrontamiento defensivo).
Con esta conceptualización, el autor será uno de los defensores
iniciales de la importancia de las estrategias de afrontamiento como
mediadoras en el proceso que conduce al trastorno.
Otros autores que aportan una definición de burnout en esta misma línea
son Edelwich y Brodsky (1980), que lo definen "como una pérdida
progresiva del idealismo, energía y motivos vividos por la gente en las
profesiones de ayuda, como resultado de las condiciones del trabajo".
Proponen cuatro fases por las cuales pasa todo individuo con burnout:
1.-Entusiasmo, caracterizado por elevadas aspiraciones, energía
desbordante y carencia de la noción de peligro.
2.-Estancamiento, que surge tras no cumplirse las expectativas
originales, empezando a aparecer la frustración.
3.-Frustración, en la que comienzan a surgir problemas emocionales,
físicos y conductuales. Esta fase sería el núcleo central del síndrome.
4.-Apatía, que sufre el individuo y que constituye el mecanismo de
defensa ante la frustración.
En esta misma época, Gillespie (1980) intentando resolver la ambigüedad
definicional, que según el autor existe, clasifica al burnout según dos
tipos claramente diferenciados: burnout activo, que se caracterizaría
por el mantenimiento de una conducta asertiva, y burnout pasivo en el
que predominarían los sentimientos de retirada y apatía. El activo
tendría que ver, fundamentalmente, con factores organizacionales o
elementos externos a la profesión, mientras que el pasivo se
relacionaría con factores internos psicosociales. El autor abre, de esta
forma, la posibilidad de la existencia de varias manifestaciones del
burnout que, posteriormente, otros autores retomarían para intentar
explicar la complejidad del síndrome.
En 1981, Maslach y Jackson entienden que el burnout se configura como
"un síndrome tridimensional caracterizado por agotamiento emocional,
despersonalización y reducida realización personal" (p. 3). Siguiendo a
Sarros (1988a), podemos entender las tres dimensiones citadas de la
siguiente manera *Agotamiento emocional: haría referencia a las
sensaciones de sobreesfuerzo físico y hastío emocional que se produce
como consecuencia de las continuas interacciones que los trabajadores
deben mantener entre ellos, así como con los clientes
*Despersonalización: supondría el desarrollo de actitudes y respuestas
cínicas hacia las personas a quienes los trabajadores prestan sus
servicios
*Reducida realización personal: conllevaría la pérdida de confianza en
la realización personal y la presencia de un negativo autoconcepto como
resultado, muchas veces inadvertido, de las situaciones ingratas
Esta definición, que no se aparta de la asunción de las variables del
trabajo como condicionantes últimos de la aparición del burnout, tiene
la importancia de no ser teórica, sino la consecuencia empírica del
estudio que las autoras habían ido desarrollando (Maslach y Jackson,
1984).
En el mismo periodo de tiempo, Pines, Aronson y Kafry (1981) definen el
burnout como "un estado de agotamiento físico, emocional y mental
causado por estar implicada la persona durante largos periodos de tiempo
en situaciones que le afectan emocionalmente". Esta definición, que
también tiene un soporte empírico dará lugar, al igual que en el caso de
Maslach y Jackson (1981), a un inventario para la evaluación del
síndrome, aunque presenta la ventaja de no circunscribir exclusivamente
el burnout en el contexto organizacional. Introducen el término "tedium"
para diferenciar dos estados psicológicos de presión diferentes. Para
ellos burnout sería resultado de la repetición de la presión emocional,
mientras que tedium sería consecuencia de una presión crónica a nivel
físico, emocional y mental. El constructo tedium, por tanto, sería más
amplio que el de burnout. En concreto, Pines y Kafry (1978) habían
planteado que el tedium "se caracteriza por entimientos de depresión,
vaciamiento emocional y físico y una actitud negativa acia la vida, el
ambiente y hacia sí mismo, y ocurriría como resultado de un evento vital
traumático súbito y abrupto, o como resultado de un proceso lento y
gradual diario de "machaque"" (p. 500). Como puede comprobarse el tedium
no sólo es un constructo más amplio, sino que además trasciende al
ámbito organizacional y permite la posibilidad de aparición del síndrome
ante cualquier evento o proceso suficientemente aversivo que cumpla la
anterior caracterización.
De otra parte, burnout, según estos mismos autores, sería el síndrome
que padecerían los profesionales de los trabajos relacionados con
servicios humanos,
mientras que tedium quedaría para describir a las demás profesiones (si
nos centramos en el contexto organizacional). La relevancia de esta
diferenciación radica en que es la primera vez que el burnout no se
circunscribe a unos determinados trabajos, sino que se amplía aunque,
como indican Maslach y Jackson (1984), las profesiones de "ayuda humana"
han sido el origen del estudio acerca del burnout y, por tanto, las que
más investigaciones han generado y donde más resultados se han ofrecido
para la explicación del síndrome. A pesar de todo el desarrollo teórico,
Pines et al (1981), Burke y Richardsen (1991) no aprecian la
diferenciación entre burnout y tedium, ya que para estos autores ambos
conceptos son idénticos en términos de definición y sintomatología.
A partir de estas dos definiciones no surgen ya prácticamente
conceptualizaciones teóricas originales del burnout, pasándose a un
intento de comprensión del síndrome mediante los resultados obtenidos en
diversas investigaciones, que posteriormente describiremos. Parece que
se admite fundamentalmente la definición de Maslach y Jackson (1981), no
habiendo tenido tanta repercusión la de Pines et al (1981). Por tanto,
las siguientes definiciones que se aportan suelen girar en torno a la
ofrecida por las autoras, y la asunción de la relación estrecha entre
estrés ocupacional y burnout es aceptada casi unánimemente. Emener, Luck
y Gohs (1982) indican que todas las definiciones que se habían aportado
de burnout hasta ese momento lo que hacían era describir el "síndrome
del carbonizado", como ellos denominan a los individuos que padecen este
problema. De ahí, que en la actualidad una traducción libre de burnout
sea la de "quemado", cuando realmente lo que se está reflejando es una
situación cualitativamente más grave ("carbonizado"). Estos mismos
autores plantean que burnout tal vez pueda ser descrito como el estado
mental y físico resultante de los efectos de debilitamiento
experimentados por sensaciones negativas prolongadas, relacionadas con
el trabajo y el valor que le merece al empleado el "cara a cara" del
trabajo y de los compañeros.
Posteriormente, Martin (1982) sugiere que "el burnout refleja una
respuesta al estrés y secundariamente a la depresión como síndrome
específico" (p. 461), abriendo la reflexión sobre la íntima relación que
puede existir entre burnout y depresión, lo que supone un nuevo problema
conceptual puesto que ya no es sólo la similitud entre los constructos
burnout y estrés, sino también con depresión. Como se analizará en un
epígrafe posterior, la depresión se ha defendido como una de las
posibles causas que pueden provocar burnout, no dándose un desarrollo
posterior del planteamiento de este autor.
Perlman y Hartman (1982), compilando las diversas conceptualizaciones
utilizadas hasta ese año para definir burnout, encuentra los siguientes
tópicos: fracasar y estar agotado, respuesta a un estrés crónico, y
síndrome con actitudes inapropiadas hacia los clientes y hacia sí mismo,
asociado con síntomas físicos y emocionales, todo ello provocado por una
estimulación negativa del trabajo y la organización hacia la persona que
desempeña su labor profesional. Este planteamiento se va a acentuar
posteriormente. Cunningham (1983) reitera la misma definición que Pines
et al (1981), encabezando una serie de autores que se inclinarían más
hacia esta acepción del burnout, frente a los que se decantan por la
definición de Maslach y Jackson (1981). A pesar de que hasta ese momento
parecen existir líneas de definición aceptables, Smith y Nelson (1983b)
concluyen que "obviamente no es posible ofrecer una definición concisa
del fenómeno" (p. 15), en clara referencia a la complejidad del
constructo que se intenta conceptualizar. Elliot y Smith (1984),
partiendo de que el burnout podría ser un rasgo de personalidad,
entienden que en el proceso del síndrome hay que buscar el equilibrio
que se ha perdido, planteando que puesto que la recognición del cambio
es la fórmula para afrontar el burnout, habrá que partir de la siguiente
ecuación:
Susceptibilidad Individual + Sobrecarga = Burnout.
Se puede apreciar que no se alejan de las proposiciones de otros autores
sino que pero intentan operativizarlas. Farber (1984) define el burnout
como "manifestaciones conductuales de agotamiento emocional y físico
derivadas de eventos situacionales estresantes por no encontrar las
estrategias de afrontamiento efectivas" (p. 326), continuando con los
planteamientos establecidos hasta ese momento, pero añadiendo un aspecto
importante para la comprensión del síndrome: las estrategias de
afrontamiento inadecuadas actuarían como mediadoras entre los eventos
estresantes y las manifestaciones de agotamiento emocional y físico
Haciendo especial hincapié en los trabajos de "servicios humanos",
Shinn, Rosario, March y Chestnust (1984) entienden el burnout como
"tensión psicológica resultante del estrés en el trabajo de servicios
humanos" (p. 865), asentándose cada vez más el estrés laboral como
antecedente necesario para la aparición del síndrome. Desde este mismo
planteamiento, Nagy (1985) señala que el burnout "describe un gran
número de manifestaciones psicológicas y físicas evidenciadas en
trabajadores empleados en profesiones consideradas de interacción
humana" (p195), añadiendo que burnout y estrés podrían ser conceptos
similares y que burnout sería un tipo específico de estrés. Grantham
(1985), desde una perspectiva puramente psiquiátrica, entiende que los
factores estresantes del burnout no son siempre claramente
identificables; sí, en cambio, los relacionados con problemas de
personalidad, depresión y ansiedad. Partiendo de estas premisas, plantea
la siguiente categoría diagnóstica del burnout:
-Eliminar la presencia de una identidad biológica.
-Eliminar la posible existencia de otro síndrome psicopatológico.
-Reconceptualizar el síndrome como una entidad englobada en "problemas
de adaptación".Para el autor, por tanto, el burnout es un síndrome de
adaptación que tendría unas características que lo diferenciaría de
otros síndromes.Walker (1986), que había señalado que el burnout "se
caracteriza por la existencia de determinadas respuestas a un
prolongado, inevitable y excesivo estrés en situaciones de trabajo" (p.
41), dejaba abierta la posibilidad de que el síndrome pueda ser
experimentado por cualquier trabajador, independientemente de su
contexto laboral específico. Por último, Kyriacou (1987) retoma la
definición de Pines et al (1981) y defiende que es la mejor concepción
del síndrome para su aceptable comprensión.
Cuando parece que la definición de burnout se va perfilando, Garden
(1987) expone la idea de que una definición de burnout es prematura pues
existe ambigüedad en la realidad del síndrome que la investigación
conocida hasta el momento no ha permitido aclarar. Un año antes, Smith,
Watstein y Wuehler (1986), concluían que el burnout describía un sutil
patrón de síntomas, conductas y actitudes que es único para cada
persona, haciendo muy difícil que se pueda aceptar una definición global
del síndrome.
Poco después Shirom (1989), que es más optimista que los autores
anteriores ante el constructo, plantea que "el burnout es consecuencia
de la disfunción de los esfuerzos de afrontamiento, con lo que al
descender los recursos personales aumenta el síndrome", retomando la
variable afrontamiento como determinante en la comprensión del burnout.
Hiscott y Connop (1990) vuelven a la línea clásica en cuanto a la
definición del burnout y lo entienden como "un indicador de problemas de
estrés relacionados con el trabajo" (p. 425). De hecho, a partir de
finales de la década de los ochenta es cuando la definición de Maslach y
Jackson (1981) reaparece con mucha más fuerza, desequilibrando las
preferencias que los diversos autores repartían entre ésta y la
definición de Pines et al (1981). Por otra parte, el estrés ocupacional
adquiere el papel fundamental que en los años ochenta ya se había
manifestado. Así, Greenglass, Burke y Ondrack (1990), tras diferenciar
estrés vital (concepto general que se refiere al estrés acumulado por
los cambios vitales en el hogar y/o en el trabajo) y estrés laboral (que
se refiere al estrés específico generado en el trabajo o por los
factores relacionados con el mismo), encuadra el burnout en este último.
Sin embargo, Starrin, Larsson y Styrborn (1990) matizan que mientras el
estrés puede ser experimentado positiva o negativamente por el
individuo, el burnout es un fenómeno exclusivamente negativo. De ahí que
algunos autores planteen la relación entre ambos constructos en el
sentido de que el burnout podría ser similar a un estrés negativo.
Oliver, Pastor, Aragoneses y Moreno (1990) igualan burnout a estrés
laboral asistencial, volviendo estos autores a circunscribirse en
profesiones con determinadas interacciones humanas. También García
Izquierdo (1991a y b) señala el burnout como característico de
profesiones de "servicios humanos", y lo entiende como consecuencia de
un prolongado y creciente estrés laboral y, por tanto, sería equiparable
a la tensión que un individuo siente como consecuencia de las demandas
físicas y psicológicas que el propio puesto de trabajo genera, o como
resultado de un desajuste entre el trabajador y su entorno laboral.
Moreno, Oliver y Aragoneses (1991) lo definen como "un tipo de estrés
laboral que se da principalmente en aquellas profesiones que suponen una
relación interpersonal intensa con los beneficiarios del propio trabajo"
(p. 271).
Muy similar a esta definición encontramos la de Ganster y Schanbroeck
(1991): "el burnout es de hecho un tipo de estrés, una respuesta
afectiva crónica como consecuencia de condiciones estresantes del
trabajo que se dan en profesiones con altos niveles de contacto
personal" (p. 236). Esta respuesta podría estar relacionada con las
estrategias de afrontamiento de la persona, según Leiter (1991b). El
autor considera el burnout como una función del patrón de afrontamiento
del individuo, que está condicionado por las demandas organizacionales y
los recursos exigidos. El síndrome incluiría una interacción compleja de
factores cognitivos con respecto a las atribuciones causales
concernientes al trabajo y a las aspiraciones de progreso profesional.
En esta misma línea, Kushnir y Melamed (1992) lo definen como "el
vaciamiento crónico de os recursos de afrontamiento, como consecuencia
de la prolongada exposición a las demandas de cargas emocionales" (p.
987), con lo que se va asentando una corriente de estudios que enlazan
burnout y estrategias de afrontamiento que, como vimos, ya había
presentado antecedentes investigadores. De hecho, Wallace y Brinkerhoff
(1991) señalan que paradójicamente la despersonalización, como dimensión
del burnout, sería propiamente una estrategia de afrontamiento
conducente a combatir el síndrome, abriendo aún más la necesidad de una
línea de investigación en este sentido.
Tras la anterior unanimidad en la concepción del burnout, la mayoría de
autores utilizan el Maslach Burnout Inventory (Maslach y Jackson, 1981)
como instrumento de medida del burnout para sustentar sus diversos
resultados, y donde la definición de estas autoras está implícita,
cuando no es claramente explícita, en los diversos trabajos de
investigación que se están desarrollando. Sin embargo Burke y Richardsen
(1991), como ya hiciera Garden (1987), plantean que no existe acuerdo en
la definición de burnout a la que llegan los distintos autores que están
investigando el síndrome y que, por tanto, se necesitan más trabajos de
investigación que ayuden a una mejor comprensión de este fenómeno.
García Izquierdo y Velandrino (1992), que un año antes había dado su
propia definición (García Izquierdo, 1991b), plantean ahora que "tras
casi 20 años desde la aparición del término burnout no hay una
definición unánimemente aceptada" (p. 131). De hecho, Grebert (1992)
incide en que la descripción sintomática del síndrome varía según los
autores que lo estudian. Leiter (1992b) distancia el burnout del estrés
laboral y lo define "como una crisis de autoeficacia" (p. 108). Nagy y
Nagy (1992) señalan, por otra parte, que el concepto burnout se ha
convertido en un "llamativo descriptor del estrés laboral" (p. 523),
señalando que se ha popularizado tanto que quizás se ha perdido el
origen del mismo. Moreno y Oliver (1993) retoman la relevancia del
afrontamiento e indican que el burnout "sería la consecuencia de un
afrontamiento incorrecto del trabajo de asistencia y de las
preocupaciones ligadas a él" (p. 163).
García Izquierdo, Castellón, Albadalejo y García Izquierdo (1993)
plantean la concepción del burnout centrada exclusivamente en el
agotamiento emocional (una de las dimensiones que utilizan Maslach y
Jackson (1981) para medir el síndrome). Por último, Ayuso y López
(1993), siguiendo la definición de Pines et al (1981), definen el
burnout como "un estado de debilitamiento psicológico causado por
circunstancias relativas a las actividades profesionales que ocasionan
síntomas físicos, afectivos y cognitivo-afectivos" (p. 43), precisando
que "el síndrome de desgaste sería una adaptación a la pérdida
progresiva del idealismo, objetivos y energías de las personas que
trabajan en servicios de ayuda humana, debido a la difícil realidad del
trabajo" (p. 43), concepción que deducen de la definición de Edelwich y
Brodsky (1980).
En suma, del recorrido realizado hasta aquí podemos consensuar varios
aspectos que nos ayudan a delimitar el concepto de burnout y, por tanto,
a comprenderlo mejor
Parece claro que el burnout será consecuencia de eventos estresantes que
disponen al individuo a padecerlo. Estos eventos serán de carácter
laboral, fundamentalmente, ya que la interacción que el individuo
mantiene con los diversos condicionantes del trabajo son la clave para
la aparición del burnout
Es necesaria la presencia de unas "interacciones humanas"
trabajador-cliente, intensas y/o duraderas para que el síndrome
aparezca. En este sentido, se conceptualiza el burnout como un proceso
continuo que va surgiendo de una manera paulatina (Arthur, 1990; Ayuso y
López, 1993) y que se va "instaurando" en el individuo hasta provocar en
éste los sentimientos propios del síndrome.
No hay acuerdo unánime en igualar los términos burnout y estrés laboral,
pero sí cierto consenso en asumir la similitud de ambos conceptos; sin
embargo, definiciones como la de Freudenberger (1974), Maslach y Jackson
(1981) o Pines, Aronson y Kafry (1981) parecen indicar que existen
matices que les hace difícilmente iguales. De hecho, recientemente
Singh, Goolsby y Rhoads (1994) concluían que burnout y estrés laborales
son constructor claramente diferentes.-Tras la definición de
Freudenberger (1974), en la que planteaba una "existencia gastada", y
tras las aportaciones de Maslach y Jackson (1981) con la
tridimensionalidad del síndrome: agotamiento emocional,
despersonalización y reducida realización personal, o las que hacen
Pines et al (1981) con el triple agotamiento: emocional, mental y
físico, pocas han sido las aportaciones originales a la definición del
burnout, girando todas las aportadas sobre estas tres, incluyendo
matices propios del contexto en el que se iban desarrollando las
investigaciones y no alterando sustancialmente las originales.
Por último, aunque algunos autores han señalado la falta de consenso a
la hora de dar una definición de burnout, el hecho de que el Maslach
Burnout Inventory, planteamiento empírico que justifica la definición de
Maslach y Jackson (1981), haya sido utilizado de forma casi unánime por
los distintos autores para la realización de sus investigaciones, como
veremos en un capítulo posterior, nos hace pensar que sí existe cierto
consenso en afirmar que la conceptualización más aceptada de burnout es
la que ofrecen estas autoras.
Enrique J. Garcés de Los Fayos Ruiz
Aportado por: www.hfainstein.com.ar Actividades de consultoría, capacitación y facilitación de procesos para contribuir al aprendizaje y desarrollo de personas, equipos y organizaciones, tanto en el ámbito público como privado, y en organizaciones no gubernamentales. infoarrobahfainstein.com.ar
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