Los chicos del coro
08-2005
Resumen
Hoy en día el trabajo en equipo se ha convertido en uno de los mantras
de la gestión (lo mismo que la calidad o los indicadores de medición).
Tanto es así que casi nadie se cuestiona si el trabajo en equipo es la
mejor respuesta para todas las ocasiones. Sin embargo esto entra en
contradicción con la cada vez mayor presencia de los trabajadores del
conocimiento en las organizaciones, ya que una de las características
indiscutibles de este tipo de personas es su individualismo y deseo de
autonomía.
Ir en metro es cada vez más entretenido. Sin ir más lejos el otro día
asistí en directo al robo de las zapatillas deportivas de un pobre tipo
que iba totalmente borracho, y al que dejaron dormido como un tronco y
en calcetines.
Además de hurtos y otros sucedidos, el suburbano madrileño se
enorgullece de un canal de televisión de lo más didáctico. Y lo es
porque toda su programación no dura más allá de cinco minutos. Teniendo
en cuenta que los que viajamos en metro invertimos diariamente entre
cuarenta y noventa minutos de media en el subsuelo, se podrán imaginar
la cantidad de veces que se llega a ver una misma noticia.
Una de esas noticias me ha dado bastante que pensar. Por lo visto en
Francia se ha dado una explosión de coros infantiles a raíz del éxito de
la película “Los Chicos del Coro” (Les Choristes, de Christophe
Barratier). En el exiguo texto que acompañaba la noticia se decía que
“los expertos consideran que los orfeones son un buen antídoto contra el
individualismo” (sic).
Y yo me pregunto: ¿qué hay tan de malo en el individualismo?
Hoy en día el trabajo en equipo se ha convertido en uno de los mantras
de la gestión (lo mismo que la calidad o los indicadores de medición).
Tanto es así que casi nadie se cuestiona si el trabajo en equipo es la
mejor respuesta para todas las ocasiones. La ineludible pregunta sobre
si se sabe o no trabajar en equipo aflora en todo proceso de selección
que se precie. Parece como si no hubiera cabida para el
individuo-individuo en la empresa actual.
Hagamos una prueba: entremos en cualquiera de los portales on-line de
búsqueda de empleo y hagamos una búsqueda de la palabra “talento”. Los
resultados son de risa: 14 anuncios de infojobs requieren algún tipo de
“talento” y tan sólo 6 en infoempleo se apuntan al término. Pero si lo
que buscamos es la frase “trabajo en equipo” los resultados se
multiplican por diez
Sin embargo esto entra en contradicción con la cada vez mayor presencia
de los trabajadores del conocimiento en las organizaciones. Aclararemos
que eso de “trabajador del conocimiento” significa personas que utilizan
como herramienta de trabajo su capacidad para pensar y crear soluciones
innovadoras. (*)
Una de las características indiscutibles de este tipo de personas es su
individualismo y deseo de autonomía. T. Davenport define la mejor forma
de gestionar el talento de estos trabajadores en la frase “hire smart
people and leave them alone”. Es decir, contrata a los listos y déjales
solos, que ellos elegirán cómo, cuándo y con quién trabajar. (**)
El caso es que en las empresas españolas parece primar la mediocridad en
pos de la búsqueda del consenso. Las personas que destacan suelen ser
demonizadas, condenadas al ostracismo y no se toleran prima donnas ni
divismos. Se las considera “problemáticas” y su gusto por destacar y
salir en la foto es visto como un defecto a corregir.
Estos trabajadores tienen dos opciones: o “tragan” y se vuelven parte de
la manada o, en caso contrario suelen ser amonestados y finalmente
apartados de puestos de responsabilidad.
Paradójicamente, en nuestro país la capacidad de conseguir resultados
excepcionales por el individuo no suele apreciarse y mucho menos
desarrollarse. Es difícil encontrar una empresa en la que se anime a sus
trabajadores a destacar y competir. Es como si hubiera un acuerdo tácito
por el que a partir del día en que eres contratado te conviertes en
presa de la secta y tu apellido pasa a ser el de tu empresa.
Hubo un tímido viento de cambio en la era de las empresas puntocom. Se
puso quizá excesivo énfasis en los aspectos externos de este
individualismo (apariencia, espacio de trabajo flexible, flexibilidad en
el horario) más que en la forma de gestionar a las personas. En
cualquier caso, el fracaso de estas empresas no supuso un buen ejemplo y
muchas de aquellas ideas fueron desechadas.
Volviendo al robo que presencié en el metro, lo que más me gustó fue la
sincronización de los dos ladrones (mientras uno sujetaba la puerta, el
otro soltaba los cordones con una habilidad que ni las encajeras de
bolillos). Esto sería en sí mismo un buen ejemplo de trabajo en equipo
pero a la vez una magnífica expresión de la habilidad de un virtuoso
(créanme que la velocidad a la que el ladrón le soltaba las zapatillas
al tipo dormido me dejó pasmada).
Además seguro que los coros suenan mejor cuanto mejores sean sus voces.
No sé si les gusta el Godspell pero a mí me encanta. Nada como unos
buenos solistas para hacer un coro de Godspell una experiencia
inolvidable.
(*) en este sentido recomiendo el libro de “Thinking for a Living” de T.
DAvenport. También el artículo The Mysterious Art and Science of
Knowledge-Worker Performance de la revista MIT Sloan Management Review,
fall 2002, vol 44. n 1 .pp 23-30
(**) aunque parezca mentira, esto es lo que yo intentaba explicar en un
artículo anterior titulado “La muerte del jefe” y que fue distribuido en
bastantes webs. Habría que preguntarse por qué tuvo tanto éxito un texto
en el que se defendía la necesidad decreciente de “jefes”.
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Itziar
Ortega iortegaarrobagrupomcr.com
MCR LEARNING ORGANIZATIONS Madrid España