Cuando ya todos aceptamos la importancia creciente del conocimiento en
la economía de nuestro siglo, y consideramos también incuestionable la
contribución de las emociones al rendimiento individual y colectivo,
parece que resulta oportuno sacar a la intuición de esa
semiclandestinidad a que la teníamos condenada. Aunque parece que es
ella quien nos elige a nosotros, se trata de un recurso a nuestro
alcance que podríamos cultivar mejor, en beneficio de las decisiones que
adoptamos, las soluciones que proponemos, las relaciones que mantenemos,
los juicios que elaboramos, las mejoras e innovaciones que el mercado
nos demanda, la detección de oportunidades...
Siendo múltiple en sus manifestaciones y en las reservas de que se
nutre, la intuición constituye un complemento valioso para la razón, con
el que vale la pena familiarizarse en mayor medida. Si cabe aceptar que
no hacemos el mejor uso de nuestra mente consciente, podemos igualmente
insistir en que el inconsciente posee un potencial que estamos
pretiriendo. Dentro de nosotros hay mucho más de lo que parece, y
seguramente vale la pena asomarse a ver.
Aunque ya escribí en 1998 unas atrevidas primeras palabras sobre el
tema, tuve luego un impulso de aproximarme a los fenómenos intuitivos al
comienzo de 2003, limitándome, desde luego, al mundo de la empresa.
Entonces concentré mis primeras conclusiones en un artículo que, tras
ser publicado en dos revistas, se difundió en Internet.
Los mensajes alentadores que recibí en mi correo electrónico me
mostraron el interés que esta facultad despertaba, pero también me
hicieron sentir cierta compunción, porque no me sentía capaz de añadir
gran cosa a lo poco ya dicho: en cierto modo, me sentí obligado a seguir
conciliando otros compromisos con el estudio de las aportaciones
intuitivas en la empresa.
Hemos desplegado las cinco etapas que llevan de la información al
conocimiento en un total de16 pasos específicos, y los errores cometidos
en cada paso se arrastran en los siguientes: por eso necesitamos de toda
una serie de competencias informacionales (unas operacionales y otras de
carácter personal), entre las que no podemos olvidar la intuición.
Pero si la intuición se necesita para el paso de la información al
conocimiento, no cabe tampoco duda de que la precisamos en otros hiatos
clave en la era del conocimiento: el paso del conocimiento a la acción,
y el paso del mismo conocimiento a la innovación.
No hace falta insistir en que la intuición nos acompaña, en mayor o
menor grado, en toda toma de decisión; ni en su sólido emparejamiento
con la empatía necesaria en las relaciones interpersonales; ni en que,
en nuestro desempeño laboral, entramos a veces (ojalá fuera más a
menudo) en estados intuitivos de alto rendimiento, en que todo nos sale
bien y parece que algo o alguien nos va dando pistas: es el estado de
flujo, estudiado por el profesor Mihaly Csikszentmihalyi, y del que nos
hablan otros autores para relacionarlo con la intuición.
Tampoco parece necesario insistir en la vinculación de la innovación con
los fenómenos intuitivos, porque los ejemplos nos inundan. En la
ponencia me referí a la máquina de coser de Elias Howe, al Walkman de
Sony, a Einstein, a Pasteur, a la serendipidad que está detrás de muchos
inventos o descubrimientos... Hay ciertamente al menos tres hiatos quizá
no bien resueltos en la economía del conocimiento y la innovación:
información-conocimiento, conocimiento-desempeño profesional, y
conocimiento-innovación.
La intuición puede contribuir a la continuidad deseable hacia la
prosperidad deseada: viene a ser un plus, un complemento esencial, para
nuestro conocimiento consciente y para nuestra inteligencia. Se dice que
la intuición es la “joya de la corona” de la inteligencia.
Obviamente no es intuición todo lo que como tal parece relucir, y en
ello insistí asimismo en la ponencia. La intuición podría fundirse —pero
no debería confundirse— con las inquietudes, los deseos, las
inferencias, las suposiciones, las ocurrencias, las aprensiones, los
prejuicios, las creencias, los temores... Acabé la ponencia sin tiempo
para extenderme en algunas cosas que, estando a nuestro alcance, podemos
todos hacer para favorecer la ayuda que la intuición nos presta:
§ Lea libros y artículos de interés sobre la intuición.
§ Revise sus creencias y valores, relacionados con su trabajo.
§ Concéntrese en cada actividad viviendo el “aquí y ahora”.
§ Practique el pensamiento reflexivo regalándose momentos de silencio.
§ Además de gestionar bien su tiempo, gestione su atención.
§ Encargue trabajo al subconsciente y atienda a los resultados.
§ Procure percibir mejor las realidades propias y ajenas: abra su mente.
§ Profundice en los problemas hasta comprenderlos bien.
§ Pídase más a sí mismo, y aproveche todas sus facultades.
§ Observe los mecanismos de su intuición y familiarícese con ellos.
§ Llénese de legítimo propósito, y de empeño para conseguirlo.
§ Concilie sus intuiciones con la razón, y cultive ambas.
Todo parece obvio, en primera lectura, pero en una segunda podemos dar
más significado a los significantes. Yo no me extiendo más, pero les
invito a cultivar su intuición y a que compartan sus experiencias al
respecto. Diría yo que el ser humano parece desaprovechar muchas de sus
facultades, desde que tiene asegurada la supervivencia de la especie; y
también que merecemos un suspenso en los últimos exámenes de la
evolución... Gracias al lector, por su atención.
Consultor de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández,
madrileño y nacido en
1951,
posee una experiencia de más de 30 años en formación continua de
titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante métodos
presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información y la
comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en diferentes
medios impresos de su país (Capital Humano, Training & Development
Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso, Q-Calidad, etc.) y
también en algunos portales de la Red".
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