COMUNICACIÓN Y RELEVANCIA EN LAS ORGANIZACIONES
10-2005
La influencia de la teoría y terminología económicas sobre otras
disciplinas ha ido aumentando en los últimos años, lo cual supone no
sólo medir fenómenos sociales, por ejemplo, con parámetros económicos
sino también extender la lógica economicista hacia otros ámbitos.
El campo lingüístico no ha sido una excepción. Sperber y Wilson a lo
largo de los años 80 y 90 desarrollaron su trabajo dentro de la teoría
de la relevancia, que supuso un cambio en el foco de interés de los
estudios comunicativos. Ahora bien, la importancia creciente que la
comunicación ha adquirido en las organizaciones y el enfoque
economicista o instrumental de la comunicación, nos permite valorar
desde esta perspectiva las relaciones existentes entre las
organizaciones económicas y la teoría de la relevancia.
La teoría de la relevancia
La relevancia es un concepto ligado al acto comunicativo que, en ningún
caso, debe considerarse en términos absolutos. Por eso, Sperber y Wilson
establecen una analogía entre el funcionamiento de la comunicación y el
funcionamiento de la economía, de acuerdo con los parámetros de coste y
beneficio y en un doble sentido:
- La productividad depende del tamaño de la empresa pero parece difícil
admitir que una empresa es productiva cuando la producción es muy
pequeña.
- Por otro lado, la producción no depende únicamente del valor de los
bienes producidos, ya que hay que tener en cuenta los costes de
producción. Cuanto menores sean éstos, mayor será la productividad[i].
La relevancia comunicativa, al igual que la productividad económica,
depende de estos dos factores, y es productiva o relevante en mayor o
menor grado. Pero antes de obtener una conclusión, conviene aclarar
algunas cuestiones sobre el planteamiento de Sperber y Wilson, en
especial, aquellas que se puedan relacionar con la comunicación
organizacional.
Una dicotomía de gran interés -cuyo origen se halla en la teoría de
Grice sobre el principio de cooperación y que se distancia del modelo
clásico de comunicación- es la que se establece entre intención
informativa e intención comunicativa, que se distinguen por su
finalidad: la intención informativa informa al oyente de algo, mientras
que la intención comunicativa informa al oyente de nuestra intención. En
este sentido, es interesante hacer notar el giro comunicativo que se
introduce a través de esta distinción.
El emisor pierde su papel jerárquico en el proceso comunicativo y
la información se transmite en función del receptor; a quien le
corresponde tanto la recepción de la información como la interpretación
de la intención del emisor. El éxito comunicativo queda en manos del
receptor y el emisor debe tratar de asegurarse de que su mensaje pueda
ser interpretado adecuadamente.
El papel del receptor se completa –y, en parte, es debido- a la fuerza
que adquiere el contexto en la teoría de la relevancia. El contexto no
se refiere solamente a la situación física en la que se produce la
comunicación sino que se extiende a los procesos cognitivos, de manera
que el contexto es elegido por el receptor para interpretar la
información transmitida por el emisor.
Así se puede explicar por qué una información es relevante para un
receptor pero no para otro e igualmente se puede entender por qué la
dificultad para acceder un contexto –un contexto académico o demasiado
técnico– hace que la comunicación falle en tanto que el receptor no
puede interpretar la información ni la intención del emisor
adecuadamente.
Recogemos, pues, las condiciones de relevancia tal y como las formulan
Sperber y Wilson:
Condición de grado 1: Un supuesto es relevante en un contexto en la
medida en que sus efectos contextuales en dicho contexto sean grandes.
Condición de grado 2: Un supuesto es relevante en un contexto en la
medida en que el esfuerzo requerido para su procesamiento en dicho
contexto sea pequeño[ii].
En otras palabras, la relevancia depende de los efectos contextuales y
del esfuerzo de procesamiento, o en términos económicos, depende del
beneficio y del coste comunicativo.
El efecto contextual será grande si supone una modificación en los
supuestos del receptor y el esfuerzo de procesamiento será menor si el
receptor dispone de acceso al contexto para interpretar la intención del
emisor.
El contexto relevante
La comunicación es, sin duda, un factor dinamizador de la estructura
organizacional, ya que permite adaptarse al entorno tanto en el ámbito
interno como en el externo. De esta manera, el perfeccionamiento de la
organización es comprendido como una mayor efectividad en el rendimiento
organizacional.
Si el beneficio sigue siendo el motivo principal que orienta la conducta
de las empresas, la relevancia es el concepto principal que orienta la
comunicación. No es, pues, de extrañar que la relevancia sea un objetivo
más definido que el de la comunicación en sí, enunciada de manera
general. Se trataría, en definitiva, más que de implementar la
comunicación, de lograr una comunicación relevante.
Karsten Pedersen[iii] es un autor que llama la atención sobre la
necesidad de que la comunicación sea relevante para ser exitosa y para
ello analiza varias teorías sobre la relevancia, incluida la de Sperber
y Wilson.
Como es el receptor quien decide si la información es relevante o no,
Pedersen subraya la imposibilidad de predecir los grupos-objeto de la
comunicación con certeza, ya que el contexto varía según el receptor al
igual que el esfuerzo que cada uno realiza para procesar una
información.
De acuerdo con este planteamiento, una buena estrategia de comunicación,
además de considerar los canales de transmisión y el contenido y la
forma de la información, debe dirigirse a descubrir el contexto en el
que su información resulte relevante.
Por supuesto que este objetivo se topa con las dificultades provenientes
de la naturaleza cognitiva –perteneciente al receptor– y no física del
contexto. Sin embargo, el propio contacto que abre la comunicación y los
consecuentes procesos de retroalimentación y de autorregulación
contribuyen a configurar dicho contexto.
Claro está que para lograr la relevancia comunicativa se requiere un
alto grado de flexibilidad y de apertura hacia el receptor. El receptor
es, por un lado, el que retroalimenta el mensaje emitido y otorga
material suficiente para que el emisor lo autorregule, para que lo
modifique en función de la respuesta del receptor.
De este modo, la relevancia es factible como un fenómeno dinámico,
una vez que se logra el contacto entre los interlocutores, y muestra los
riesgos de estrategias de comunicación demasiado rígidas que priorizan
la transmisión de información relevante pero no garantizan la
consecución de la comunicación relevante.
Todo ello nos permite hablar de contexto o entorno relevante. El
entorno, tal y como lo contempla Antonio Lucas Marín[iv], equivale a los
elementos externos a la organización que, de una manera u otra, influyen
en la organización. Tomando como referencia a Dunlop, Lucas Marín
propone un ejemplo de tres factores del contexto que influyen en el
sistema de relaciones industriales de la sociedad:
a) las características tecnológicas y el lugar de trabajo que
constituyen una serie de reglas aceptadas por la comunidad laboral,
b) los imperativos del mercado que afectan a los actores, y
c) la situación y la distribución del poder en el conjunto de la
sociedad.
Los factores del contexto que influyen sobre la organización demuestran
que ésta no puede actuar ni considerarse de forma aislada, pero también
muestra que el contexto no es algo externo a la organización sino que,
en tanto en que se procesa cognitivamente, forma parte de ella.
Sperber y Wilson marcan la diferencia entre el entorno físico y el
entorno cognitivo[v], ya que este segundo está constituido por las
representaciones mentales que los sujetos realizan. El entorno cognitivo
es un conjunto de hechos que son manifiestos –es decir, perceptibles-
para un individuo
. De ahí que la relevancia comunicativa resida en el hecho de que el
receptor y el emisor compartan un entorno cognitivo mutuo o, en otras
palabras, que ambos compartan los mismos supuestos en lo que a la
información transmitida se refiere. Los tres factores anteriormente
señalados suponen, más que factores del contexto, parte del contexto
cognitivo, en tanto que son supuestos compartidos por el emisor y el
receptor.
Si bien es cierto que la relevancia depende del receptor, también lo es
que el emisor tiene que asumir la responsabilidad de comunicar en un
contexto relevante y de comunicar sobre unos supuestos compartidos por
el receptor que le permitan considerar la información relevante.
De ser así, el esfuerzo de procesamiento será menor –puesto que
los supuestos básicos disminuyen los costes de procesamiento– y los
efectos contextuales serán mayores –los supuestos básicos presuponen que
la información transmitida añade algo nuevo y relevante a dichos
supuestos.
el párrafo descriptivo o de resumen

Los receptores preferentes
Para crear un contexto relevante de comunicación, cada organización debe
definir sus propios stakeholders, grupos que influyen o han sido
influidos por la actividad de la organización. Se pueden distinguir,
según Bettina Alonso[vi], dos grupos:
a) Stakeholders primarios: están implicados en algunas de las
transacciones que realiza la organización y son necesarias para su
existencia.
b) Stakeholders secundarios: no son necesarios para la supervivencia de
la
organización pero influyen o pueden influir en ella.
Las relaciones comunicativas entre la organización y sus stakeholders
son diversas y varían en función de la relación de interés que se
establezcan entre ellas. Resulta obvio que los vínculos que relacionan a
una organización con sus inversores, consumidores o clientes son
diferentes de los que se establecen con los medios de comunicación o las
autoridades públicas.
Por un lado, los primeros vínculos son primarios, al ser
necesarios para la supervivencia y funcionamiento de la organización.
Por otro lado, como todas las relaciones influyen en la organización, lo
que varía es el tipo de relevancia que se ha de obtener para que los
stakeholders o grupos de interés procesen la información transmitida por
la organización debido a los efectos contextuales.
Las organizaciones como emisoras deben autorregular sus mensajes, de
modo que los mensajes se adecuen a los diferentes grupos para alcanzar
su relevancia: lo que es relevante para los accionistas no lo es
necesariamente para los consumidores o para las autoridades locales. La
capacidad organizacional para comunicar efectivamente depende de la
capacidad para comunicar de manera relevante en función del receptor.
La relevancia, como comunicación orientada hacia el receptor, nos sitúa
en lo que se ha denominado el cambio del producto a la percepción[vii].
Con ello se quiere hacer hincapié en que es la percepción que se tiene
de una organización o de un producto lo que produce el valor de una
organización.
La reducción del valor al producto es insuficiente porque, según
hemos señalado, el número de stakeholders implicados no se limita
únicamente a los consumidores, sino que incluye a otros grupos afectados
por las acciones de la organización. El valor puede sintetizarse, pues,
como la suma de las relaciones con los stakeholders. Si las relaciones
con éstos son fuertes, el valor de la organización será mayor y
viceversa.
La percepción, entendida como las relaciones entre la organización y sus
stakeholders, se puede asociar con la imagen corporativa, definida como
la percepción de los públicos de la organización.
El valor de la organización se puede entender también en estos
términos: cuanto mejor sea la imagen corporativa de una organización,
mayor será su valor. Capriotti ofrece una definición más precisa de
imagen corporativa como: “la estructura o esquema mental sobre una
compañía que tiene sus públicos, integrada por el conjunto de atributos
que los públicos utilizan para identificar y diferenciar esa compañía de
las demás[viii]”.
Así pues, consolidar una buena imagen corporativa frente a sus públicos
configura una información adicional sobre la organización que disminuye
el impacto de los factores de situación y los factores coyunturales.
Recuperamos de este modo el concepto de entorno cognitivo para
subrayar la importancia de la imagen corporativa. El hecho de que unos
supuestos sean perceptibles para un público y compartidos con la
organización favorece que la información emitida por la organización sea
relevante. El contexto más general –como cualquier situación de crisis–
es procesado en función de este entorno cognitivo, en el que la imagen
de la organización garantiza la relevancia de su información, ya que se
otorga mayor importancia a un factor –la buena imagen corporativa– que a
otros –la coyuntura.
Comunicación instrumental
La consecución de una comunicación relevante depende de las relaciones
establecidas con los grupos de interés o stakeholders de la
organización. Si se logra dicha relevancia, la percepción de la
organización se ve fortalecida, por lo que su imagen corporativa es
positiva y su valor aumenta. En este sentido, es un objetivo preferente
de las organizaciones definir sus receptores preferentes, sus
stakeholders.
Comentábamos en un inicio que la teoría de la relevancia reflejaba la
influencia del pensamiento económico en la lingüística; de ahí su
idoneidad para comprender la importancia de la comunicación en el ámbito
organizacional.
Ahora bien, esta concepción cognitiva de la comunicación está
marcada por el carácter instrumental de la relación coste-beneficio.
Cabe, pues, preguntarse si es posible obviar la importante dimensión
social de la comunicación y reducir su función a la mera obtención del
beneficio y a su dependencia del receptor como individuo movido por
intereses exclusivamente económicos.
Óscar
García Agustín
oscar.garciaarrobamail.tele.dk Profesor asociado de la
Universidad de Aalborg (Dinamarca) e imparte la asignatura de
"Comunicación Organizacional".
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