COMUNICACIÓN Y ACCIÓN INSTRUMENTAL EN LAS ORGANIZACIONES
10-2005
La comunicación dentro de las organizaciones se caracteriza por su
naturaleza multifuncional, que responde a distintos motivos tanto en el
plano interno como en el externo. En tiempos en que la creación de valor
es uno de los objetivos empresariales y el trabajo se caracteriza por la
capacidad de transmitir y recibir información, así como por las
habilidades lingüísticas de los empleados, se lleva a cabo un
desplazamiento de la producción material hacia la inmaterial.
Por eso, se puede considerar que la comunicación ha pasado a formar
parte de la producción. Con todo, es conveniente reflexionar sobre esta
relación y sobre cómo se adecúan las funciones propias de la
comunicación y las de la producción.
Comunicación y producción
La producción fordista, que toma su nombre de la fábrica Ford, es el
modelo de producción característico de la fase industrial.
A grandes rasgos, el fordismo se basaba, en el plano del consumo,
en la articulación de grandes públicos, y en el plano productivo, se
buscaba igualmente la producción masiva, ya que ésta se fundamentaba en
la relación entre oferta y demanda, según la cual, un producto aumentaba
o disminuía su precio si la oferta era inferior o superior a la demanda.
A esta doble dimensión producción-consumo, cabe añadir la decidida
intervención del Estado en la esfera económica, mediante el denominado
Estado de Bienestar[i].
El lugar de producción característico era la fábrica y las relaciones
dentro de la empresa estaban claramente delimitadas y jerarquizadas,
encargándose el trabajador de una labor mecánica en serie.
La comunicación adquiere en este contexto un valor secundario y
puramente funcional, de manera que “los problemas comunicativos son poco
importantes, aunque hay que asegurarse que a los subordinados les
lleguen las órdenes de los superiores de forma clara y sin
interferencias”[ii]. Se trata, en definitiva, de un modelo vertical,
altamente jerarquizado, donde la información fluye de forma
unidireccional.
La sociedad posfordista supone un cambio sustancial en el modo de
producción, que afecta a la comunicación. Factores como el saber y la
información, afirman Lash y Urry, se han convertido en cuestiones
centrales, que contribuyen a constituir un nuevo tipo de acumulación, la
acumulación reflexiva.
En este sentido, en el plano de la producción, predomina la producción
no material y se desarrollan estructuras comunicacionales -en el
interior y en los productos finales- que permiten adaptarse a los
cambios rápidos; mientras que, en el plano del consumo, la
individualización se convierte en el eje central, lo cual implica una
proliferación de estilos asociados a la diferenciación.
De acuerdo con Christian Marazzi[iii], podemos destacar tres rasgos
dentro del nuevo modelo posfordista:
- producción flexible (learn production): el objetivo es reducir los
costes de trabajo, considerados excesivos dentro del contexto
competitivo y globalizado.
- subcontratación (outsourcing): se externalizan segmentos productivos
enteros con el fin de abaratar los costes sociales.
- producción en tiempo real (just on time): para evitar la acumulación
de stocks excesivos de existencias, se organiza el trabajo interno de
manera flexible.
La dificultad de programar la producción se incrementa conforme aumenta
la dependencia del mercado. De este modo, la dependencia de la demanda
aumenta y la producción, así como la identificación y la diferenciación
de las organizaciones, trata de adaptarse a las modificaciones en la
demanda.
El requerimiento de esta adecuación y de una mayor flexibilidad
hace que la comunicación pase a formar parte de la producción.
Así mismo, las relaciones entre las personas que componen cualquier tipo
de organización son fundamentalmente comunicativas.
La comunicación, tal y como la concibe la Escuela Sistemática, pasa a
adquirir una dimensión interna, al tener que contribuir a la estabilidad
interior de la organización, y externa, al tener que adaptarse al
contexto. Ambas dimensiones deben estar interrelacionadas.
La comunicación como parte del proceso productivo contribuye al flujo de
la información y a la adecuación eficaz al entorno. Los empleados se
transforman así en máquinas lingüísticas, basándose su trabajo en la
modulación lingüístico-comunicativa de la cooperación dentro y fuera de
la organización y en el papel relevante del capital intelectual y los
flujos comunicacionales.
Las funciones de la comunicación
Hardt y Negri[iv] distinguen dos formas principales de trabajo
inmaterial:
- el trabajo primordialmente intelectual o lingüístico, como la
resolución de problemas, las tareas simbólicas y analíticas y las
expresiones lingüísticas, y
- el trabajo afectivo, que produce o manipula afectos, como las
sensaciones de bienestar, la satisfacción, la excitación o la pasión.
El trabajo lingüístico se apoya claramente en la comunicación, pero
también lo hace el afectivo al transmitir los afectos, contribuir a
crear sentido de comunidad, integrar a sus empleados, crear confianza en
sus públicos, etc.
Esta doble dimensión lingüístico-afectiva recorre el proceso
productivo a través de la comunicación interna y externa. Para confirmar
las implicaciones de esta afirmación, resulta conveniente enumerar las
funciones que la comunicación desempeña en la organización.
La comunicación externa sirve para proyectar la identidad corporativa de
la organización, de manera que exista una correspondencia y una
adecuación entre la identidad proyectada y la imagen percibida por los
destinatarios.
La comunicación genera valor y confianza en los llamados grupos de
interés o stakeholders, ante los cuales la organización adquiere una
responsabilidad y crea un marco común de entendimiento que favorece la
relevancia de la comunicación.
En el ámbito interno de la comunicación, tal y como señala Robbins[v],
se pueden distinguir cuatro funciones principales:
- informar: proporcionar los datos necesarios
- ejecutar los planes y controlar sus resultados: lograr así las metas
de la organización
- motivar al personal: a través de la retroalimentación y el refuerzo de
las necesidades psicológicas
- expresar los sentimientos y emociones, como fuente de integración
social del empelado y la satisfacción de las necesidades de inclusión y
pertinencia.
Mientras que las dos primeras funciones de la comunicación interna
tienen un papel instrumental -al igual que ocurre con la función de
proyectar la identidad corporativa- las dos últimas funciones –en
paralelismo con la responsabilidad comunicativa ante los stakeholders-
conllevan una dimensión inmaterial, afectiva, que apela a factores
psicológicos y a la cooperación social.
En consecuencia, es preciso diferenciar con más claridad las
acciones instrumentales y las comunicativas, basándonos en el objetivo
que se persigue con tales acciones.
Acción instrumental y acción comunicativa
En la teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas[vi], predomina
la idea de que el entendimiento mútuo entre interlocutores es la base de
la comunicación.
Habermas denuncia la concepción de racionalidad dominante en las
sociedades occidentales, debido a que, por ejemplo, gran parte de las
teorías que otorgan al individuo la capacidad de actuar y decidir
racionalmente hace depender la elección del mayor o menor número de
beneficios que el individuo espera obtener.
Se trata de una racionalidad instrumental, que sólo persigue la
consecución de un fin. En el caso de las organizaciones, la razón
instrumental supondría el aumento del rendimiento, que se convertiría en
el único objetivo.
En contra de este uso reduccionista de la racionalidad, el filósofo
alemán sugiere una racionalidad comunicativa. A diferencia de la
meramente instrumental, la racionalidad comunicativa abandona la esfera
individual y sitúa el foco de la acción en la coperación entre los
sujetos.
Los actores, movidos por la acción comunicativa, no persiguen la
consecución de un fin egoísta sino que aspiran a coordinarse a través de
actos de entendimiento. En otras palabras, las acciones se pueden
orientar hacia el éxito, según la lógica instrumental, o hacia la
comunicación, según la lógica comunicativa.
La cuestión que nos interesa plantear con respecto a esta terminología
gira en torno a la relación entre producción y comunicación. En
principio, parece lógico que una organización intente aumentar su
productividad y se guíe por la acción instrumental -mayor o menor en
función de la aceptación de su responsabilidad social. No obstante, si
la comunicación –cuyo concepto de racionalidad está fundamentado en el
entendimiento– es en la actualidad parte de la producción, ¿cómo afecta
este fénomeno a la relación entre acciones intrumental y comunicativa?
Según Marazzi, se ha producido un cortocircuito entre la acción
instrumental y la acción comunicativa, puesto que se hace difícil
encontrar “un nivel de mediación supraindividual, un plano en el cual
consolidar compromisos y consensos duraderos”[vii].
No se trata únicamente de que la comunicación se reduzca a transmitir
mensajes y asegurarse que los destinatarios los han asimilado, como
sostiene Rojas[viii] (155), sino que, una vez decidido el objetivo
productivo que se quiere alcanzar, los fines y los medios para
alcanzarlo pueden modificarse sobre la marcha. La comunicación, como
parte de la producción, asume los mismos mecanismos instrumentales
dirigidos hacia la consecución del beneficio.
Frente al acuerdo general de los modelos de comunicación sobre aspectos
como que el emisor codifica un mensaje o que el mensaje parte de la
intención del emisor, la consideración de la comunicación de las
organizaciones posfordistas invierte dicho modelo. Y no sólo porque el
emisor haya de adecuar o autorregular su texto en función del contexto o
del receptor sino porque el fin de la comunicación es vincular mejor la
producción a las oscilaciones del mercado.
La circulación just on time de la información privilegia el papel de la
comunicación de manera que el productor –u organización comunicante-
recibe información just on time sobre los gustos o intereses del
receptor.
La esfera de la recepción, a través de la comunicación, posee la
capacidad de modificar el mensaje antes de que éste sea emitido o, en
realidad, el mensaje se elabora al tiempo que el emisor recibe
información sobre la intencionalidad del consumidor. La comunicación ha
de ser relevante, esto es, el receptor tiene que considar que la
información emitida es relevante y procesarla en consecuencia.
La siguiente figura muestra la inclusión de la acción comunicativa
dentro de la acción instrumental en las organizaciones:

La satisfacción comunicativa
La comunicación pierde su función social y aspectos vitales como el
entendimiento mutuo, el sentido de pertinencia, la satisfacción
individual a través de la participación y de la integración, etc. quedan
supeditados a la función instrumental.
La comunicación exterior crea valor y confianza con los stakeholders,
pero con la finalidad de aumentar el rendimiento –la productividad- sin
aumentar la cantidad de bienes producidos –dando pie, en su lugar, a una
acumulación inmaterial. La comunicación interna pretende, ante todo,
efectivizar la productividad: “si existe una comunicación excelente con
la cual un empleado no se sienta relegado ni discriminado, sino todo lo
contrario, que se sienta parte integral e importante en una compañía, su
satisfacción será reflejada en éxito para toda la organización[ix]”.
La satisfacción del individuo se logra a través de la comunicación, que
garantiza su integración y aumenta su motivación. Sin embargo, las
organizaciones instrumentalizan dicha función comunicativa, puesto que
la satisfacción de los empleados ha de garantizarse para alcanzar el
éxito de la organización.
La planificación y las estrategias de comunicación responden
igualmente al éxito de la organización, cuando, en realidad, como indica
Forester[x], la planificación debería considerarse como moldeadora de
atención -acción comunicativa- y no solamente como mera orientación
hacia un fin particular -acción instrumental.
Sólo de este modo podremos entender que la comunicación forma parte
del modo de producción posfordista contribuyendo a modificar sus
objetivos, y no, como ocurre actualmente, que la comunicación puede ser
absorbida por la lógica instrumental de la producción. En esta
disyuntiva, a las organizaciones, como actor responsable socialmente,
les corresponde asumir la dimensión dialógica, comprensiva y orientada
hacia el entendimiento, inherente a la acción comunicativa.
[i] Lipietz, Alain (1992): Towards a New Economic Order. Postfordism,
Ecology and Democracy. Cambridge: Polity Press, pp. 11-13.
[ii] Lucas Marín, Antonio (1997): La comunicación en la empresa y en las
organizaciones. Barcelona: Bosch, p. 64.
[iii] Marazzi, Christian (2003): El sitio de los calcetines. El giro
lingüístico de la economía y sus efectos sobre la política, Madrid: Akal.
[iv] Hardt, Michael y Antonio Negri (2004): Multitud. Guerra y
democracia en la era del Imperio. Debate: Madrid, pp. 136-137.
[v] Aguirre, Alfredo A. et alii (1999): Administración de
organizaciones. Fundamentos y aplicaciones. Pirámide: Madrid.
[vi] Habermas, Jürgen (1987): Teoría de la acción comunicativa. I.-
Racionalidad de la acción y racionalidad social: Taurus: Madrid.
[vii] Marazzi, Christian (2003): Op. cit., p. 29.
[viii] Rojas, Eduardo (1999): “La teoría de la acción comunicativa
aplicada a la organización del trabajo”, en El saber obrero y la
innovación en la empresa: las competencias y las calificaciones
laborales. Montevideo: CITERFOR, pp. 151-178.
[ix] Salinas, Óscar Javier (2004) Organizar con éxito la comunicación,
reto de las empresas en el nuevo siglo, en www.gestipolis.com/canales/derrrh/articulos.
[x] Alvesson, Mats y Hugh Willmott (1996): Making Sense of Management. A
Critical Introduction. London: SAGE, p. 191.
Óscar
García Agustín
oscar.garciaarrobamail.tele.dk Profesor asociado de la Universidad
de Aalborg (Dinamarca) e imparte la asignatura de "Comunicación
Organizacional".