Hasta no hace mucho, las reuniones del Grupo de los Ocho (G-8)2
constituían un elemento central en la diplomacia global de las potencias
mundiales. Su realización era preparada cuidadosamente y la presencia de
todos sus integrantes, durante cada evento, carecía de interrupciones.
El G-8 representaba, para todos ellos, la prioridad más alta de una
agenda que tenía que ver, principalmente, con la gobernabilidad del
sistema económico y financiero internacional y
ningún otro evento internacional competía con la atención de los ocho
gobernantes, en los días que duraba cada reunión.
Para los demás países, el G-8 constituía una realidad difícil -aunque
inevitable- de aceptar. Significaba obviar nada menos que los mecanismos
institucionales desarrollados en el marco del Sistema de las Naciones
Unidas3, en los cuales todos ellos se encontraban presentes. Pero como
expresión de la importancia del poder en las relaciones internacionales,
los países ausentes del G-8, casi sin excepción, dejando de lado sus
cuestionamientos, buscaron establecer algún tipo de interlocución con el
exclusivo y excluyente club de los poderosos de manera constante. Queda
registro, a lo largo de los años, de los infructuosos llamados del Grupo
de los 77; así como de la creación del Grupo de los 15, con la clara
pretensión de representar al mundo en desarrollo en un diálogo que de
alguna manera re-editara el diálogo Norte-Sur de mediados de los años
1970.
El comentario anterior no tiene otro propósito que el de destacar cómo
han cambiado las cosas. En ese sentido, la cumbre del G-8 realizada en
Evian, Francia, el 31 de mayo y 1 de junio últimos, ha constituido un
hito que marca la pérdida de importancia relativa de este mecanismo para
Estados Unidos y afirma la nueva caracterización que se quiere imprimir
en la condición de los respectivos socios de la alianza atlántica.
No podría entenderse de otra manera, que el presidente G. W. Bush haya
querido limitar su presencia en dicho evento a solamente un día, cuando
no queda duda de que las importantes reuniones que sostendría en el
Medio Oriente en los tres días subsiguientes, podrían haber sido
acomodadas para uno o dos días más tarde. De esta manera, la escala de
Bush en Evian ha estado provista de la simbología que, en el lenguaje
diplomático, expresa el cambio producido en
las prioridades y percepciones norteamericanas.
Las preocupaciones de la política exterior norteamericana han cambiado
de manera radical. Durante los años 1980 y 1990, los países del entonces
G-7 eran todos económicamente significativos, aunque en algunos casos
sin ninguna importancia militar. La preocupación internacional situaba
sus enfoques y preocupaciones en el crecimiento de la economía mundial,
asumiendo que de ello se derivarían oportunidades para todos. Los temas
económicos habían desplazado a cualquier otro de las preocupaciones
internacionales en el más elevado orden de prioridades y de esa manera,
en un mundo en el cual las fronteras y el poderío militar parecían ser
cada día menos relevantes, las reuniones del G-7 se percibían como el
foro capaz de realizar la gerencia de una expansión económica global,
resultado de una responsabilidad común.
El 11 de septiembre de 2001 también contribuyó a cambiar esa perspectiva
y de manera radical, al menos para Estados Unidos. Lo que hasta entonces
era considerado como un mundo de oportunidades, se les presentaba como
un mundo de riesgos y peligros que solamente podían ser confrontados
mediante el poderío militar. En consecuencia, salvo en aspectos
específicos muy particulares, los socios del G-8 y la agenda global que
los reúne, ya no son relevantes para Estados Unidos, que sí sitúa en ese
nivel de importancia al mundo musulmán y, en particular, al
Medio Oriente.
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