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VIEJAS ALIANZAS Y NUEVAS PRIORIDADES: ESTADOS UNIDOS Y LOS LÍMITES DE LA UNIPOLARIDAD

Autor: Jorge Valdez Carrillo

Globalización, integración internacional y apertura económica ...

03-2006

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Hasta no hace mucho, las reuniones del Grupo de los Ocho (G-8)2 constituían un elemento central en la diplomacia global de las potencias mundiales. Su realización era preparada cuidadosamente y la presencia de todos sus integrantes, durante cada evento, carecía de interrupciones. El G-8 representaba, para todos ellos, la prioridad más alta de una agenda que tenía que ver, principalmente, con la gobernabilidad del sistema económico y financiero internacional y
ningún otro evento internacional competía con la atención de los ocho gobernantes, en los días que duraba cada reunión.
 
Para los demás países, el G-8 constituía una realidad difícil -aunque inevitable- de aceptar. Significaba obviar nada menos que los mecanismos institucionales desarrollados en el marco del Sistema de las Naciones Unidas3, en los cuales todos ellos se encontraban presentes. Pero como expresión de la importancia del poder en las relaciones internacionales, los países ausentes del G-8, casi sin excepción, dejando de lado sus cuestionamientos, buscaron establecer algún tipo de interlocución con el exclusivo y excluyente club de los poderosos de manera constante. Queda registro, a lo largo de los años, de los infructuosos llamados del Grupo de los 77; así como de la creación del Grupo de los 15, con la clara pretensión de representar al mundo en desarrollo en un diálogo que de alguna manera re-editara el diálogo Norte-Sur de mediados de los años 1970.
 
El comentario anterior no tiene otro propósito que el de destacar cómo han cambiado las cosas. En ese sentido, la cumbre del G-8 realizada en Evian, Francia, el 31 de mayo y 1 de junio últimos, ha constituido un hito que marca la pérdida de importancia relativa de este mecanismo para Estados Unidos y afirma la nueva caracterización que se quiere imprimir en la condición de los respectivos socios de la alianza atlántica.
 
No podría entenderse de otra manera, que el presidente G. W. Bush haya querido limitar su presencia en dicho evento a solamente un día, cuando no queda duda de que las importantes reuniones que sostendría en el Medio Oriente en los tres días subsiguientes, podrían haber sido acomodadas para uno o dos días más tarde. De esta manera, la escala de Bush en Evian ha estado provista de la simbología que, en el lenguaje diplomático, expresa el cambio producido en
las prioridades y percepciones norteamericanas.
 
Las preocupaciones de la política exterior norteamericana han cambiado de manera radical. Durante los años 1980 y 1990, los países del entonces G-7 eran todos económicamente significativos, aunque en algunos casos sin ninguna importancia militar. La preocupación internacional situaba sus enfoques y preocupaciones en el crecimiento de la economía mundial,
asumiendo que de ello se derivarían oportunidades para todos. Los temas económicos habían desplazado a cualquier otro de las preocupaciones internacionales en el más elevado orden de prioridades y de esa manera, en un mundo en el cual las fronteras y el poderío militar parecían ser cada día menos relevantes, las reuniones del G-7 se percibían como el foro capaz de realizar la gerencia de una expansión económica global, resultado de una responsabilidad común.
 
El 11 de septiembre de 2001 también contribuyó a cambiar esa perspectiva y de manera radical, al menos para Estados Unidos. Lo que hasta entonces era considerado como un mundo de oportunidades, se les presentaba como un mundo de riesgos y peligros que solamente podían ser confrontados mediante el poderío militar. En consecuencia, salvo en aspectos específicos muy particulares, los socios del G-8 y la agenda global que los reúne, ya no son relevantes para Estados Unidos, que sí sitúa en ese nivel de importancia al mundo musulmán y, en particular, al
Medio Oriente.

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Jorge Valdez Carrillo

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