Modelo de desarrollo, he ahí la encrucijada
27-01-2006
Trabajadores latinoamericanos residentes en el extranjero enviaron un
récord de 45.800 millones de dólares a sus países en el 2004. Las
remesas superan a la suma de la cooperación externa y la inversión
extranjera directa recibida por la región.
Casi el 75 por ciento de estas remesas provinieron de E.U.A. Europa le
sigue en orden de importancia. Japón es una fuente para Brasil y Perú.
México fue el principal destino, superando los 16.613 millones de
dólares. Le siguieron Brasil con 5.624 millones y Colombia con 3.857
millones.
El impacto de las remesas es mayor en las economías más pequeñas. Haití,
el país más pobre de la región, recibió más de 1.000 millones (una
cuarta parte de su PIB). El Salvador superó los dos mil quinientos
millones de dólares, aproximándose al 16 por ciento del PIB. Se estima
que 2.5 millones de salvadoreños viven en el exterior, lo que equivale a
una cuarta parte de la población total del país. Un número importante de
los emigrantes salvadoreños envían regularmente remesas y otros activos.
Estudios indican que sus aportes exceden los 3.000 dólares anuales por
remitente (suma equivalente a recibir uno y medio salario mínimo por mes
durante un año). Además, el 20 por ciento de los hogares salvadoreños
reciben remesas regularmente. La mayoría de las familias receptores
viven en pobreza relativa y las transferencias recibidas llegan a
representar hasta la mitad del ingreso familiar.
Las migraciones y remesas reflejan varias cosas. Una, la solidaridad de
los salvadoreños. Dos, la creciente desintegración familiar y sus
efectos socioculturales (pérdida de valores y el consumismo). Tres, la
progresiva dependencia económica de divisas no generadas por el sistema
productivo nacional. Cuatro, la transformación institucional que están
generando las novedosas y múltiples relaciones entre los que viven
dentro y fuera del país (nuevos mercados, normas y actores).
Las migraciones y remesas son analizadas desde diferentes ópticas. Para
unos, reflejan la ineficacia de la política económica implementada para
ampliar las oportunidades de trabajo a los lugareños. Ya que la mejor
opción para miles de compatriotas es emigrar (vender su fuerza de
trabajo en el exterior y sacrificar su arraigo en pro del futuro de sus
hijos). Para otros, estos hechos hacen que un alto porcentaje de
salvadoreños le deje de apostar a su país, generándose una actitud
pasiva hacia la realidad nacional. En contraposición, hay quienes
consideran que este fenómeno es una oportunidad para que el país entre
al mercado internacional (superando de esta forma la limitación
territorial y poblacional).
El lento crecimiento económico, el deterioro ecológico y la pérdida de
identidad sociocultural son factores que impiden que el desarrollo
nacional sea sostenible.
He ahí el desafío. Prueba de ello es la pregunta que se hacen miles de
padres de familia ¿qué futuro tienen nuestros hijos en el país? Las
respuestas se relacionan con las pocas oportunidades de trabajo y la
inseguridad ciudadana. Numerosos padres de familia piensan que –de
seguir esta tendencia- sus hijos vivirán hacinados en una megaciudad
sucia, violenta e insegura. Es de suponer, entonces, que miles de padres
de familia creen que lo mejor es que sus hijos emigren. ¿Usted qué
piensa?
La desaceleración económica y el estancamiento del mercado interno hacen
que miles de compatriotas vivan en la rebusca (ampliación del sector
microempresario informal). Esta situación va modificando -silenciosa e
implacablemente- la actitud de la gente. Al grado que miles de
salvadoreños relacionan cada vez menos su futuro con el progreso de su
país. Ello hace que millones de compatriotas prefieran asumir los
riesgos y costos de emigrar hacia el norte. Esta actitud ayuda a
explicar que -a pesar de la difícil situación económica- la presión
sociopolítica sea baja. Otro hecho que se suma a esta tendencia son las
fuertes inversiones que los principales grupos empresariales realizan
fuera del país. En síntesis, la población y el capital salvadoreño están
emigrando.
Paradójicamente, los tomadores de decisión se aferran a un modelo
centralista de desarrollo que –de no ser por las migraciones y remesas-
la estabilidad sociopolítica estaría en aprietos.
Ya que las demandas sociales habrían rebasado la capacidad nacional de
atenderlas.
Igualmente preocupante son los obstáculos para el acceso ciudadano a la
justicia y la creciente exclusión y desintegración social. Tal como lo
constatan los costos de la violencia y delincuencia en El Salvador (11.5
por ciento del PIB). He ahí la encrucijada. Se continúa favoreciendo la
expansión de los microempresarios urbanos informales y de los hermanos
cercanos o se adopta un modelo incluyente de desarrollo.
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Rafael Ernesto Góchez

consultores@adepro.biz