Estas líneas plantean que para avanzar hacia un desarrollo incluyente e integral es preciso que los indicadores macroeconómicos tradicionales dejen de ser los únicos parámetros para la toma de decisiones, destacando el índice de desarrollo humano (IDH) y la incorporación del criterio ambiental en el sistema de cuentas nacionales.
Amartya Sen, Premio Nobel de Economía de 1998, inicialmente le expresó escepticismo a Mahbub ul Haq (creador del Informe sobre Desarrollo Humano), acerca del intento del IDH de captar en un simple número la realidad compleja del desarrollo. El IDH ha tenido éxito en servir de medición alternativa del progreso, complementando al Producto Interno Bruto (PIB). El IDH se basa en tres componentes: longevidad, educación e ingreso per cápita. Mahbub se convenció de que el predominio del PIB no dejaría de existir por un conjunto de cuadros. La gente los miraría respetuosamente, pero cuando se tratara de usar una medición que resumiera el progreso volverían al PIB.
Por ello, optaron por un sólo número, pero que no fuera ciego a los
aspectos humanos como lo es el PIB.
El Gobierno de El Salvador y el PNUD realizaron el primer estudio sobre
el nivel de desarrollo humano de los departamentos en 1996, desagregando
los datos por área geográfica y por sexo, esperando de esta manera
contribuir a la definición y ejecución de políticas nacionales de
descentralización y combate a la pobreza, así como a la creación de un
sistema de información geográfica que identifique y monitoree las
necesidades y el nivel de desarrollo humano a nivel local. Uno de los
datos más reveladores fue la diferencia en cada uno de los componentes
del IDH (esperanza de vida, educación e ingreso ) a nivel urbano y rural
v.g. el ingreso per cápita en las áreas urbanas es tres veces mayor que
el de las área rurales.
México, Colombia, Chile, Costa Rica, Argentina, Bolivia y Venezuela
están llevando a cabo proyectos pilotos de cuentas ambientales de
carácter oficial.
En El Salvador, FUSADES/CEDES plantearon en 1997 que el rechazo a tratar
el medio ambiente como un activo económico causa que éste reciba un
tratamiento mucho peor que cualquier otro activo económico. Una
estimación conservadora del costo económio de la degradación ambiental
en El Salvador llegó aproximadamente al 4 por ciento del PIB en 1995. La
degradación ambiental impone costos a la economía y a la sociedad que
podrían ser significativos, pero que generalmente no se cuantifican,
perdiendo los tomadores de decisiones la oportunidad de utilizar este
insumo tan esencial para formular políticas.
Partiendo de todo lo anterior y asumiendo de que la fortaleza del país
está en su gente y recursos naturales, es que se plantea la necesidad de
reunir sistemáticamente más datos y diversos tipos de información en los
planos local y nacional que sirvan de base sólida para adoptar
decisiones acertadas en todos los niveles. Disponer de información
confiable sobre el desempeño y las tendencias de las variables sociales,
económicas y ambientales es clave para hacer prevalecer el interés
social y garantizar la libertad económica. La elaboración y aprobación
del presupuesto nacional y de convenios internacionales serían más
efectivas al tener que rendirle cuentas a ciudadanos mejor informados.
Una nación consciente de sus desafíos es capaz de impulsar los cambios
necesarios para que las presentes y futuras generaciones tengan la
oportunidad de vivir en un país más seguro, sano y próspero.
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