A las 11 de la mañana del pasado 19 de mayo, el avión “caza-huracanes”
que volaba en el interior de la tormenta tropical Adrián y en
coordinación con el centro especialista en huracanes de Miami y el
Servicio Nacional de Estudios Territoriales de El Salvador, clasificaban
a Adrián como huracán categoría 1 y lo ubicaban a pocos kilómetros al
sureste de San Salvador. Los departamentos de Sonsonate, Ahuachapán y La
Libertad eran impactados por la fuerza natural surgida de manera
inusitada en el Océano Pacífico. La imagen de satélite del huracán
cubría todo el territorio nacional. Honduras y Guatemala decretaron
alerta roja. Nicaragua decretaba alerta amarilla.
El Comité de Emergencia Nacional anunciaba la evacuación de
aproximadamente 13 mil personas (posteriormente sumaban casi 30 mil),
las calles de la capital lucían desoladas y el comercio estaba cerrado.
A las 8 de la noche de ese día, Adrián entraba a tierra cuzcatleca. Lo
que se sentía en San Salvador era una lluvia constante y vientos de poca
intensidad. El nerviosismo era tremendo. En parte porque la
infraestructura nacional no ha sido construida con normas técnicas para
hacerle frente a estos fenómenos. Por otra parte, el nivel de pobreza,
el grave deterioro ecológico y las numerosas comunidades urbanas de alto
riesgo hacían que se dibujara un escenario de calamidad pública.
Afortunadamente, ocurrió el milagro y las características biofísicas del
país jugaron a favor de los salvadoreños
y centroamericanos.
Entre las 10 y 11 de la noche del 19 de mayo, los salvadoreños estaban
encerrados en sus casas en espera de los cortes de energía eléctrica y
que las ráfagas de viento comenzaran a alarman a toda la gente. La
lluvia seguía cayendo y los noticieros empezaron a comunicar que el
huracán se estaba desintegrando.
Existe la hipótesis de que al chocar las corrientes externas del
errático huracán con las sierras de Apaneca y de La Libertad-San
Salvador (muralla natural), los vientos rebotaron hacia el área
ciclónica y ello contribuyó a que éste acelerara su desarticulación.
Esa noticia ha sido la mejor del primer quinquenio del siglo XXI. Ya que
los potenciales estragos de un huracán en El Salvador, son
inimaginables. Miles de familias viven en terrenos inapropiados (próximo
a los ríos y zonas de deslaves) y en viviendas con piso de tierra y
paredes y techos de lámina o de frágiles materiales. Además, la
institucionalidad local es débil (limitada capacidad operativa del
gobierno central en el interior del país y deficitarios recursos y
capacidades de gestión en las gobernaciones y alcaldías).
Tres hechos explican varias de las causas que impiden que el desarrollo
nacional sea sostenible. El primero tiene que ver con la actitud de
muchos salvadoreños.
Para muestra un botón. El 18 de mayo (con alerta temprana activada)
cientos de jóvenes hacían cola y veían el pre-estreno de la película
“Star Wars”. ¿Salud mental? ¿Ignorancia? ¿Indiferencia? No se. Lo que si
se es que la inteligencia, energía y capacidad de esos jóvenes deberían
estar siendo canalizadas en contra de la gran amenaza que se dirigía
hacia sus familias, vecinos y compatriotas.
El segundo hecho tiene que ver con el marcado individualismo. Cada
persona y familia trataba de prepararse por su propia cuenta. Casi nadie
formaba parte de un comité comunitario. Nadie conocía cuántos de sus
vecinos estaban enfermos o discapacitados. De haberse cortado la energía
eléctrica y de haber volado los techos de las casas, todos habrían
necesitado de sus vecinos (cuidado de niños, remoción de escombros,
vigilancia, limpieza, etc.) Los salvadoreños aún creen que “papá
gobierno” lo hará por ellos, cuando la realidad es que ningún gobierno
sería capaz de hacerlo por sí sólo.
El tercer hecho fue ver por televisión a la clase política salvadoreña
en los momentos que se anunciaba que la tormenta tropical se convertía
en huracán. Todos hablaron. Fue un acto simbólico (mediático), que
buscaba generar calma en la ciudadanía. Ignoro cómo recibieron los
televidentes esos mensajes. Lo que si quedo claro es que cada uno de los
políticos y líderes empresariales se miraba “pequeño” ante el huracán.
El mensaje fue positivo, ya que cuando el problema es de país, los
colores y diferencias políticas no cuentan mucho. Hay suficientes
razones, tales como las que se mencionan en los párrafos anteriores, que
deberían dar lugar a la concertación nacional. El mensaje de Adrián es:
salvadoreños, qué esperan para ponerse a trabajar –de manera conjunta- a
favor de su gente y territorio; de los lugareños, de sus ríos, cerros y
manglares.
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