El Salvador y los casos de desastres

Autor: Rafael Ernesto Góchez

Sostenibilidad y gestión ambiental

12-09-2007

El huracán Mitch, 1998, puso al descubierto la vulnerabilidad socioambiental de los centroamericanos.

En el caso salvadoreño, las pérdidas humanas ascendieron a 240 muertes y la población afectada fue de 84.000 damnificados. Fue evidente que la pobreza rural, la deforestación, la erosión de los suelos y el deterioro de las cuencas hidrográficas hacen que el actual proceso de desarrollo de El Salvador no sea sostenible. Unos pocos años después, los terremotos de enero y febrero de 2001 sacudieron la vida y el suelo de los salvadoreños, provocando más de 225 mil nuevos pobres, casi 164 mil viviendas destruidas y pérdidas económicas por más de 1.600 millones de dólares.

El 19 de mayo de 2005, el Servicio Nacional de Estudios Territoriales de El Salvador clasificaba la tormenta tropical “Adrián” como huracán categoría 1 y lo ubicaba a pocos kilómetros de la capital salvadoreña. La costa en general y los departamentos de Sonsonate, Ahuachapán y La Libertad eran impactados por la fuerza natural surgida de manera inusitada en el Océano Pacífico. Las imágenes de satélite del huracán cubría todo el territorio nacional. Eran momentos de angustia y especulación. Nunca antes se había dado que un huracán entrara directamente en suelo salvadoreño. Las proyecciones indicaban que lo haría por el centro del país (cerca del aeropuerto internacional) y que los vientos y precipitaciones afectarían también a Honduras, Guatemala y Nicaragua.
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El 19 de mayo fue un día inolvidable. Amaneció lloviendo, las clases fueron suspendidas y la mayoría de puestos de trabajo cerraron. Después de las cinco de la tarde, las calles de la ciudad capital lucían desoladas y el comercio estaba cerrado. A las 8 de la noche, “Adrián” tocaba suelo salvadoreño y anunciaron que en dos horas estaría pasando por la capital. Lo que se sentía en San Salvador era una lluvia constante y vientos de poca intensidad. El nerviosismo y la especulación eran las manifestaciones más claras de los riesgos que percibían los salvadoreños. Afortunadamente y de forma inesperada, los noticieros empezaron a transmitir sobre la posibilidad de que el ojo del huracán hubiera desaparecido, y que ello explicaba la no aparición de los vientos anunciados.

A las 11 de la noche del 19 de mayo, la mayoría de capitalinos estaban desvelados pensando en el gran impacto que provocarían los vientos estimados en 140-150 kilómetros por hora y las abundantes precipitaciones. La preocupación era racional desde todo punto de vista. Ya que las edificaciones y viviendas no han sido construidas con normas técnicas para hacerle frente a estos fenómenos naturales. Miles de familias habitan en viviendas con techos de teja, lámina o paja.

Por otra parte, el grave deterioro ecológico, la pobreza rural y las comunidades urbanas de alto riesgo hacían pronosticar una situación de calamidad pública. Además, las principales ciudades de El Salvador están llenas de rótulos de lámina y madera, y hay numerosos postes de cemento en todas las colonias y cables por todos lados, por lo que, de llegar esas ráfagas de viento se habría generado un caos.

Existe la hipótesis de que al chocar las corrientes externas del huracán con las sierras de Apaneca y de La Libertad-San Salvador, los vientos rebotaron hacia el huracán y ello contribuyó a que éste acelerara su desarticulación. Lo cierto fue que “Adrián” perdió su centro de fuerza ciclónica y como resultado de ello los daños provocados fueron menores. El Comité de Emergencia Nacional anunció que habían evacuado a aproximadamente 30 mil personas, quienes regresaron progresivamente a sus hogares. La desintegración del huracán “Adrián” antes de entrar a suelo salvadoreño ha sido la mejor noticia del año. Ya que los potenciales estragos de un huracán en El Salvador, son catastróficos.

Sismos, lluvias y sequías son constantes en la vida de El Salvador. Ello sugiere que el país debería prepararse mejor para casos de desastres. La Conferencia Mundial sobre la Reducción de Desastres, Kobe, Japón, realizada en enero de 2005, adoptó un marco de acción para ayudar a los gobiernos a reducir los riesgos de los desastres naturales. En este sentido, El Salvador ha ido haciendo esfuerzos en la definición de los riesgos y en la creación de sistemas de alerta temprana, así como en el fomento y el conocimiento de las zonas propensas a desastres. En lo que necesita redoblar esfuerzos es en la reducción de los factores de riesgo, la preparación para casos de desastre y en el fomento de la participación de la comunidad y el fortalecimiento de las capacidades de socorro.
 

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Rafael Ernesto Góchez

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