El huracán Mitch, 1998, puso al descubierto la vulnerabilidad
socioambiental de los centroamericanos.
En el caso salvadoreño, las pérdidas humanas ascendieron a 240 muertes y
la población afectada fue de 84.000 damnificados. Fue evidente que la
pobreza rural, la deforestación, la erosión de los suelos y el deterioro
de las cuencas hidrográficas hacen que el actual proceso de desarrollo
de El Salvador no sea sostenible. Unos pocos años después, los
terremotos de enero y febrero de 2001 sacudieron la vida y el suelo de
los salvadoreños, provocando más de 225 mil nuevos pobres, casi 164 mil
viviendas destruidas y pérdidas económicas por más de 1.600 millones de
dólares.
El 19 de mayo de 2005, el Servicio Nacional de Estudios Territoriales de
El Salvador clasificaba la tormenta tropical “Adrián” como huracán
categoría 1 y lo ubicaba a pocos kilómetros de la capital salvadoreña.
La costa en general y los departamentos de Sonsonate, Ahuachapán y La
Libertad eran impactados por la fuerza natural surgida de manera
inusitada en el Océano Pacífico. Las imágenes de satélite del huracán
cubría todo el territorio nacional. Eran momentos de angustia y
especulación. Nunca antes se había dado que un huracán entrara
directamente en suelo salvadoreño. Las proyecciones indicaban que lo
haría por el centro del país (cerca del aeropuerto internacional) y que
los vientos y precipitaciones afectarían también a Honduras, Guatemala y
Nicaragua.
El 19 de mayo fue un día inolvidable. Amaneció lloviendo, las clases
fueron suspendidas y la mayoría de puestos de trabajo cerraron. Después
de las cinco de la tarde, las calles de la ciudad capital lucían
desoladas y el comercio estaba cerrado. A las 8 de la noche, “Adrián”
tocaba suelo salvadoreño y anunciaron que en dos horas estaría pasando
por la capital. Lo que se sentía en San Salvador era una lluvia
constante y vientos de poca intensidad. El nerviosismo y la especulación
eran las manifestaciones más claras de los riesgos que percibían los
salvadoreños. Afortunadamente y de forma inesperada, los noticieros
empezaron a transmitir sobre la posibilidad de que el ojo del huracán
hubiera desaparecido, y que ello explicaba la no aparición de los
vientos anunciados.
A las 11 de la noche del 19 de mayo, la mayoría de capitalinos estaban
desvelados pensando en el gran impacto que provocarían los vientos
estimados en 140-150 kilómetros por hora y las abundantes
precipitaciones. La preocupación era racional desde todo punto de vista.
Ya que las edificaciones y viviendas no han sido construidas con normas
técnicas para hacerle frente a estos fenómenos naturales. Miles de
familias habitan en viviendas con techos de teja, lámina o paja.
Por otra parte, el grave deterioro ecológico, la pobreza rural y las
comunidades urbanas de alto riesgo hacían pronosticar una situación de
calamidad pública. Además, las principales ciudades de El Salvador están
llenas de rótulos de lámina y madera, y hay numerosos postes de cemento
en todas las colonias y cables por todos lados, por lo que, de llegar
esas ráfagas de viento se habría generado un caos.
Existe la hipótesis de que al chocar las corrientes externas del huracán
con las sierras de Apaneca y de La Libertad-San Salvador, los vientos
rebotaron hacia el huracán y ello contribuyó a que éste acelerara su
desarticulación. Lo cierto fue que “Adrián” perdió su centro de fuerza
ciclónica y como resultado de ello los daños provocados fueron menores.
El Comité de Emergencia Nacional anunció que habían evacuado a
aproximadamente 30 mil personas, quienes regresaron progresivamente a
sus hogares. La desintegración del huracán “Adrián” antes de entrar a
suelo salvadoreño ha sido la mejor noticia del año. Ya que los
potenciales estragos de un huracán en El Salvador, son catastróficos.
Sismos, lluvias y sequías son constantes en la vida de El Salvador. Ello
sugiere que el país debería prepararse mejor para casos de desastres. La
Conferencia Mundial sobre la Reducción de Desastres, Kobe, Japón,
realizada en enero de 2005, adoptó un marco de acción para ayudar a los
gobiernos a reducir los riesgos de los desastres naturales. En este
sentido, El Salvador ha ido haciendo esfuerzos en la definición de los
riesgos y en la creación de sistemas de alerta temprana, así como en el
fomento y el conocimiento de las zonas propensas a desastres. En lo que
necesita redoblar esfuerzos es en la reducción de los factores de
riesgo, la preparación para casos de desastre y en el fomento de la
participación de la comunidad y el fortalecimiento de las capacidades de
socorro.
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