El próximo gobierno estará, sin duda, condicionado por el actual modelo
de comercio internacional y por la situación interna de la hacienda
pública (déficit fiscal y deuda). El reto será doble: ser competitivo y
reducir la pobreza. Según la CEPAL, las estrategias nacionales de
desarrollo deben ser diseñadas en función de las posibilidades que
ofrece y los requisitos que exige una mayor incorporación a la economía
mundial.
Este proceso plantea riesgos de exclusión, para los países que no están
preparados para las demandas de competitividad y/o para las localidades
que no tienen acceso al mercado.
Para superar esos retos, los salvadoreños debemos sacar nuestras propias
lecciones. Tal es el caso de los desaciertos de los años 60 y 70 que
limitaron el mercado interno y cerraron las opciones democráticas; las
medidas adoptadas en las últimas décadas que desanimaron la economía
rural; y el recurrente distanciamiento entre gobierno central y
municipalidades que impide la modernización del Estado. Otra manera de
apreciar la necesidad de descentralizar es observando los actos que se
realizan para inaugurar obras sociales, en los cuales numerosos
funcionarios públicos transmiten un mensaje contradictorio: “el gobierno
tiene pocos recursos pero les puede solucionar sus problemas”. Cuando en
realidad ningún gobierno es capaz –por sí sólo- de reducir la pobreza.
La apertura interna (localización) es un medio para que la ciudadanía y
comunidades contribuyan a solucionar sus problemas específicos. De no
fomentarse la participación y la inversión en el capital social
(familia, escuela, comunidad y asociaciones), el próximo gobierno estará
en aprietos ante las demandas sociales.
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