En los últimos años la aceptación se ha convertido en uno de los grandes remedios terapéuticos.
¿Cuántas veces hemos oído la frase “acéptate tal y como eres”? Desde distintos frentes recibimos mensajes sobre los beneficios que podemos obtener de la aceptación y cómo cultivarla: mímate, valora lo que tienes, quiérete sin condiciones, sé benevolente contigo mismo, mírate al espejo y convéncete de que eres la persona que siempre quisiste ser...
Todos estos eslóganes me parecen peligrosos por lo que tienen de reaccionarios.
Están en sintonía con los sofismas descontextualizados de ciertas
religiones orientales y corrientes estoicas que proclaman la solución de
los problemas mediante su disolución.
La aceptación acostumbra a ir acompañada de otros métodos terapéuticos
como la autoafirmación o el pensamiento positivo; un arma de doble filo,
que puede causar auténticos estragos al hacernos minimizar los problemas
reales a los que tenemos que hacer frente.
Utilizando las palabras de Bill O’hanlon (1): “El pensamiento
positivo es como coger un buen montón de estiércol, cubrirlo con una
capa de oro y decir que es oro. Puede tener buen aspecto durante algún
tiempo, pero si removemos el montón, descubriremos que sigue habiendo
estiércol bajo la capa exterior” .
La solución a nuestros problemas no pasa por autoengañarse, resignarse,
o comportarse imitando la estrategia del avestruz: enterrando la cabeza
bajo tierra.
Está muy bien reconocer todo lo bueno que hay en nosotros, pero si queremos cambiar hábitos, creencias y comportamiento ineficaces, tenemos que empezar a reconocer nuestros puntos débiles y áreas de mejora.
Recordemos la frase que dice: “céntrate en tus debilidades que tus
fortalezas ya se cuidarán por sí solas”.
Así pues, en lugar de aceptarse a uno mismo sin reservas, es mucho más
eficaz tomar conciencia de las propias limitaciones y decidir qué hacer
con ellas. Son las estrategias de afrontamiento y no las de evitación
las que pueden ayudarnos a resolver nuestros problemas y a alcanzar
nuestros objetivos. Enfrentarse cara a cara a nuestras debilidades no es
una tarea fácil.
Exige tener la valentía necesaria para combatir uno de los nuestros
mayores miedos: el miedo al cambio. ¿Qué pasará cuando descubramos que
hay cosas en nosotros que no nos gustan? ¿Podremos soportarnos si no nos
aceptamos tal como somos? ¿Cómo afectará eso a nuestra autoestima?
Para hallar respuestas a estas preguntas me parece oportuno reflexionar
sobre la autoestima, un concepto complejo cuyos componentes cognitivos,
evaluativos y emocionales han generado ríos de tinta.
Nathaniel Branden (2) define la autoestima como “la disposición a
considerarse a uno mismo como alguien competente para enfrentarse a los
desafíos básicos de la vida y ser merecedor de felicidad”. Esta
competencia está estrechamente relacionada con el concepto de
autoeficacia.
La autoeficacia, o la eficacia personal percibida, fue descrita por
Bandura (3) como la “creencia de la persona en su habilidad para llevar
a cabo o afrontar con éxito una tarea específica”.
El éxito repetido en determinadas tareas aumenta la confianza, la sensación de competencia personal y, por tanto, las evaluaciones positivas de autoeficacia; en cambio, los fracasos repetidos las disminuyen.
La persona adquiere consciencia de su autoeficacia cuando se da
cuenta de que está logrando lo que se había propuesto, de que está
obteniendo resultados.
Según Bandura, la autoeficacia determinará en qué tipo de actividades se
implica una persona, cuánto tiempo permanece inmerso en su consecución y
cuánta intensidad pone en lo que trata de lograr.
Las personas que se perciben como autoeficaces activan el esfuerzo
necesario para lograr sus objetivos, sienten que tienen el control sobre
los acontecimientos y que pueden cambiar aquello que les produce
malestar o insatisfacción.
Así, el sentimiento de la propia eficacia tiene que ver con la acción,
tal y como apunta Jose Antonio Marina (4). Se trata de que la persona se
vaya convenciendo de que es capaz de enfrentarse a distintas
situaciones.
Luego, como acompañamiento infalible, aparecerá la autoestima, que
es entonces la constatación de un hecho y no una simple idea.
Si la autoestima depende de las expectativas de eficacia y desempeño
personal, y la autoeficacia se construye sobre las expectativas de logro
y sobre los éxitos obtenidos, ¿cuál es la manera de mejorar nuestra
autoestima? ¿a través de la aceptación? ¿o a través de la acción y del
cambio? ¿aceptando las cosas tal y como son o actuando para conseguir
resultados diferentes?
La autoaceptación es necesaria para no estar enemistado permanentemente
con uno mismo, pero en lugar de concebirla como un recurso para
legitimar el statu quo, debemos entenderla como una palanca para
emprender la acción, si lo que queremos es cambiar nuestra situación
actual.
En aquellas áreas de nuestra vida en las que no obtenemos los
resultados que deseamos, o cambiamos de estrategia y empezamos a hacer
cosas diferentes, o difícilmente conseguiremos resultados diferentes.
Afrontar el cambio puede alterar temporalmente nuestro equilibrio y por
eso suele provocarnos angustia y malestar.
Pero, quizá vale la pena preguntarse: ¿qué nos va a producir más
sufrimiento, cambiar, o continuar en un estado de desasosiego
permanente, con la vana esperanza de que algún día suceda algo que nos
libere de esa pesada carga?
La resistencia al cambio es un auténtico lastre para nuestro desarrollo
y evolución personal.
No está escrito en ninguna parte que estemos condenados a ser toda la vida la misma persona o que tengamos que hacer siempre las mismas cosas y sentir siempre de la misma manera.
Tenemos derecho a cambiar nuestra manera de pensar y de actuar hasta
que consigamos lo que es verdaderamente importante para nosotros.
El cambio no está exento de riesgo, pero es un estímulo, una oportunidad
única que no podemos desaprovechar.
Si nos enfrentamos al cambio cara a cara —a nuestro cambio, no al de los demás—; si revisamos nuestras maneras de hacer y las substituimos por cursos de acción alternativos, más eficaces; tendremos más posibilidades de conseguir los resultados que deseamos. Y, a medida que vayamos consiguiendo resultados, por pequeños que sean, aumentará nuestra sensación de logro y se alimentará de nuevo el ciclo de la autoestima.
Retomando las palabras de Branden: “cuando la autoestima es alta, los
dispositivos de acción tienden a moverse hacia delante más que a
retroceder (...)” .
Bibliografía
(1) Bill O’Hanlon. Pequeños grandes cambios. Diez maneras sencillas de
transformar tu vida. Editorial Paidós, Barcelona, 2003.
(2) Nathaniel Branden, La autoestima en el trabajo. Cómo construyen
empresas fuertes las personas que confían en sí mismas. Paidós Plural,
1999.
(3) Bandura, A. (1977): “Self-efficacy: toward unifying theory of
behavior change”, Psychological Review, 84, pp.191- 215.
(4) Nativel Preciado y José Antonio Marina. Hablemos de la vida.
Temas de hoy, Colección Tiempo de encuentro, Madrid, 2002.
Ph. D. y Coach personal www.mproactiva.com
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