Bajo el esquema tradicional que manejaban las empresas hasta buena
parte de los años 90 del siglo XX, hablar de planes de carrera resultaba
un atractivo proyecto o una importante muestra del interés que poseía la
organización por el crecimiento y desarrollo del personal en su seno.
En Venezuela, la industria petrolera es la abanderada en el uso
planificado y efectivo de la aplicación de los planes de carrera, éstos
se convirtieron en un valor tan significativo para ese sector que de su
ejercicio y practica se incorporó al lenguaje empresarial la palabra
“meritocracia”, la cual puede ser entendida, desde una visión sencilla y
sin ánimos de abarcar todo su contenido, como el poder ejercido por el
mérito profesional e individual para alcanzar una posición superior
dentro de la empresa.
Los planes de carrera no son más que un conjunto de pasos y niveles
distribuidos en años de experiencia, niveles académicos, calidad del
desempeño y otros factores de importancia relativa que se le ofertan al
neo-empleado y al trabajador activo con la firme intensión de motivarlo
y ofrecerle un futuro prospero basado principalmente en su esfuerzo. No
se trata del azar ni de decisiones subjetivas, si se logran los puntos
necesarios para alcanzar una posición superior y esta se encuentra
vacante, el individuo puede reclamar lo que le corresponde.
Ante un escenario tan prometedor cualquier persona podría suponer que no
sólo son una maravilla los planes de carrera, sino que los mismos
habrían de ser aplicados en todas las organizaciones, sin embargo esta
herramienta gerencial se basa en un paradigma que hoy resulta difícil de
aceptar como una premisa valida: La presencia eterna del empleado en una
misma organización.
Si bien es cierto de que en el pasado la estabilidad laboral era
entendida como una relación casi matrimonial entre el patrono y el
empleado, cuya única separación ocurriría con la muerte, pues aún en la
jubilación podía ofrecer sus servicios como consultor, el concepto ha
cambiado y actualmente no puede partirse de una premisa en desuso, ya
que elementos como la empleabilidad se están fortaleciendo cada vez más.
Los profesionales contemporáneos están en una búsqueda constante de
crecimiento y ante la expectativa de nuevos retos, la permanencia en una
empresa depende principalmente de la capacidad que esta tenga de
equilibrar y mantener tales demandas el mayor tiempo posible, por lo que
resulta ingenuo suponer que ante la ausencia de esos dos elementos se
podrá retener y mantener al talento captado, más difícil aún planificar
en años un crecimiento cuya factibilidad dependerá de elementos exógenos
presentes en las ofertas que haga el mercado laboral y otros endógenos
representados en las expectativas individuales del personal contratado
que se alinean con dichas ofertas.
Otro elemento de cuidado, en lo que a los planes de carrera se refiere,
es la visualización limitada del crecimiento y la concepción rígida que
suele caracterizarle, pues en ella se obvia la capacidad que poseen
algunas personas de aprender y asimilar conceptos con mayor rapidez que
otros o cuyas características personales y profesionales superan con
mayor rapidez los niveles preestablecidos en la planificación, además de
que es prácticamente imposible proyectar con exactitud lo que ha de
ocurrir en cinco años con respecto al desempeño de un profesional, basta
con observar que tanto las empresas como los mercados experimentan una
situación tal de incertidumbre que ya resulta difícil saber cómo y donde
se estará en tres años. Tal vez ese pensamiento era plausible cuando el
pasado era una referencia obligada para proyectar el futuro, lo cual es
completamente incorrecto en el presente.
Pero en cuanto al principio donde se fundamentan los planes de carrera,
referido este al desarrollo del individuo, no hay discusión alguna y es
por ello que ante una situación que demanda flexibilidad y valor añadido
surgen los planes de sucesión como una alternativa más contemporánea que
pretende mantener vivo dicho principio pero ajustado a la realidad que
impera.
Los planes de sucesión
Según el diccionario VOX de la Lengua Española, la palabra sucesión
significa, entre otras cosas, la “entrada o continuación de una persona
o cosa en lugar de otra” y “prosecución, continuación ordenada de
personas, cosas o sucesos.” Y en pocas palabras eso es lo que ha de
entenderse por los planes de sucesión: la continuación ordenada y
planificada de una persona en lugar de otra, con iguales o superiores
características.
No obstante, el concepto anterior se confunde, en la mayoría de los
casos, con el concepto de planes de carrera y, algunos autores, suelen
referirse a ambos como sinónimos, siendo esto contrario a la verdad.
A diferencia de los planes de carrera, cuya planificación suele ser
rígida y lineal, los planes de sucesión no prevén el crecimiento o
desarrollo profesional del empleado basado en años de permanencia en un
cargo o de acuerdo a los niveles académicos obtenidos; los planes de
sucesión parten principalmente del mapa de competencias desarrolladas o
potenciales del individuo y las comparan con los mapas correspondientes
a las diferentes vacantes que puedan existir en alguna unidad, aquella
que más se aproxime se convierte de manera inmediata en el futuro
sucesor sin importar para ello si el candidato posee tres meses o tres
años en la empresa.
Esta importante diferencia es la que separa a los planes de carrera de
los planes de sucesión, siempre que estos últimos estén basados en
competencias, pues de lo contrario se estaría incurriendo en el error de
denominar de dos maneras a una misma practica.
Además de ello, cuando se habla de una continuación ordenada y
planificada como concepto de los planes de sucesión, no se le está dando
el carácter tradicional de espacio y tiempo, el orden viene dado por el
esquema, representado en el mapa de competencias, y la planificación se
ubica en la premisa que establece que quien posea el talento es quien
debe ocupar el cargo.
Los planes de sucesión son utilizados por organizaciones cuya madurez
organizacional y responsable orden en los procesos le permiten
establecer el mapa de competencias de su personal desde que ingresa a la
empresa, actualizándolo de manera constante, facilitando con ello la
tenencia de una fotografía casi instantánea del perfil de competencias
de su gente lo que se traduce en una importante herramienta de decisión
pues permite evaluar a los futuros responsables de cargos de mayor
envergadura por su talento y no por su trayectoria curricular, como
ocurre en los planes de carrera.
Las empresas que utilizan verdaderos planes de sucesión no están en la
búsqueda de coincidencias entre cargos o niveles de capacitación, su
orientación está dirigida primordialmente al talento y a la manera en
que éste ha sido distribuido en el mapa de competencias.
Es precisamente esa ventaja lo que hace mucho más flexibles y
atractivos, a la vez más exigentes y acertados, a los planes de sucesión
que a la antigua y distinta visión de los planes de carrera, mientras
estos últimos hacen hincapié en la antigüedad, certificación y duración,
los planes de sucesión se ocupan de la intensidad de la experiencia, la
experticia y el talento desarrollado o potencial existente.
Los planes de sucesión suelen ser muchos más exigentes que los planes de
carrera porque exigen mayor esfuerzo en el desarrollo del talento
individual y la operacionalización o puesta en practica del mismo,
además de la correspondiente agregación de valor de manera efectiva y
medible, eficaz y palpable, por cuanto demanda no sólo el manejo de la
información sino el conocimiento actualizado y comparado de la misma,
así como su traducción al entorno laboral presente.
Mientras en el pasado la acumulación de tiempo, niveles académicos o
experticia acumulaba puntos para pasar de un nivel a otro, en un
ambiente sucesoral es el talento el que se impone, lo cual pareciera
recordar aquella frase evolutiva donde se atribuye la supervivencia al
más apto y no al más antiguo.
Otra de las ventajas que ofrecen los planes de sucesión es el traslado
de la responsabilidad del desarrollo de las competencias al empleado y
no a la empresa, quien bajo este concepto es más un facilitador y
orientador que responsable de ello.
Esto significa que la empresa ofrece todos los mecanismos para que sus
empleados puedan conocer los mapas de competencias existentes o esperada
para cada puesto de la organización y compararlos con los propios,
siendo ellos quienes deciden qué competencia desarrollar para alcanzar
el nivel jerárquico o de conocimiento que desean en la empresa.
Obviamente, las organizaciones facilitan las herramientas para el
desarrollo de la competencia, orientan a los interesados en el mismo y
alinean las expectativas de los interesados con las que la empresa
posee, haciendo un uso planificado y consciente de la coestima.
En un escenario como el anterior es el empleado y no la empresa quien
fija la meta, la cual puede alcanzar en pocos meses o varios años, sólo
basta que su mapa de competencias supere al más cercano y se ajuste en
un porcentaje adecuado al lugar que aspira, lo cual no puede ser
traducido en las mismas condiciones a los planes de carrera.
No obstante, lo antes expuesto no puede ser entendido como la ausencia
de apoyo e interés por parte de la organización en cuanto al
adiestramiento de su gente, por el contrario, éste se incrementa y
magnifica en un enfoque de sucesión, pues ante la expectativa de mejorar
competencias son los empleados quienes demandan capacitación y esta se
ajusta a las exigencias previamente establecidas por la empresa en
cuanto a los mapas de competencias esperados para los cargos que posee.
Ahora bien, es normal que ante afirmaciones como las anteriores surjan
dudas en cuanto al mérito del empleado que ha permanecido años en la
empresa y que merece por su constancia ser considerado para un cargo de
mayor envergadura por encima de cualquier otro trabajador de antigüedad
inferior a la suya. Esto no es más que la consecuencia de la practica
lineal y el pensamiento rígido heredado de la visión gerencial dominante
en los siglos pasados. En el ejemplo anterior existen una serie de
interrogantes dignas de despejar antes de emitir juicios de valor. ¿Qué
ha impedido el crecimiento de esa persona en los últimos años? ¿Cuánto
se ha esforzado por desarrollar sus competencias? ¿Cuánto valor ha
agregado a la empresa? ¿Cuándo se dio cuenta que era un candidato para
esa vacante? ¿Además de la antigüedad qué otros méritos posee?
Bajo el enfoque de los planes de carrera todo individuo que acumulara
los puntos correspondientes a la antigüedad se convertía de manera
automática en un pre-candidato a evaluar para una posición superior.
Pero en un esquema de planes de sucesión, la antigüedad no es descartada
pero tampoco es excluyente, pesa más el talento y el conocimiento
efectivo que se posea que el tiempo a permanecido en una posición, pues
los planes de sucesión operacionalizan el concepto presente en los
nuevos paradigmas de selección.
Los planes de sucesión, observados bajo el concepto aquí planteado, son
la evolución del concepto de carrera como resultado del desarrollo de la
visión de las competencias y la ahora llamada inteligencia emocional; le
dan más importancia a la persona que al plan en sí y pretenden valorar
el conocimiento y sus frutos por encima de los esquemas tradicionales,
por lo tanto hay que replantear su concepto y diferenciarlo de otros que
los supone como una extensión de las practicas pasadas.
Por todo lo anterior puede señalarse que, sin lugar a dudas, deben ser
entendidas estas dos herramientas gerenciales como dos practicas
distintas pero con una raíz común que no es otra que el desarrollo y el
crecimiento personal y profesional del individuo en el seno de la
organización, diferenciadas principalmente en la flexibilidad o rigidez
de su visualización, pues mientras una resulta más ortodoxa y respeta
las practicas tradicionales de la gerencia, la otra, heterodoxa, desafía
el concepto lineal y se orienta a dar valor a elementos que cada día
demandan más importancia en el exigente mundo de hoy, como lo son el
conocimiento y el talento, sin importar cómo y dónde se obtuvo, siempre
que pueda ser transformado en un hecho concreto y ofrezca valor
agregado; lo demás es sólo cuestión de paradigmas.
Dr. Félix Socorro - fsocorroarrobacantv.net
Especialista
en Gerencia, mención Gestión de Negocios, Licenciado en Administración
mención Recursos Humanos Diplomado en Desarrollo Gerencial y Técnico
Superior Universitario en Administración mención Gerencia
Administrativa, en tres de los cuatro casos graduado con honores.
Ha trabajado en el área de Investigación y Desarrollo, conjuntamente con
Recursos Humanos desde 1989. Ha sido Jefe y Gerente de Administración de
Recursos Humanos desde 1995, en empresas Consultoras, de
Telecomunicaciones y de Consumo Masivo. Actualmente se desempeña como
Director General de Recursos Humanos en una importante universidad
privada de Venezuela. Ha escrito y publicado varios artículos y
trabajos, entre ellos: El Zeitgeist Gerencial, La Filosofía TEA, Las
Organizaciones Horizontales (1º premio como ensayo), La delgada línea
mortal del profesional (en sus cuatro versiones), Gerencia por Herencia,
Gerencia Emocional, El Síndrome de Cronos, entre otros, en revistas como
Conocimiento & Dirección (Argentina) Pauta (Panamá), Recursos Humanos
(Venezuela) y ARPrensa (Colombia). Se ha desempeñado como
conferencista de los temas antes mencionado y otros de interés a nivel
nacional e internacional. Ha obtenido como reconocimiento a su trabajo
distinciones de 1º, 2º y 3er lugar en ensayos y Premios a la Excelencia
Temas: Recursos Humanos, Gerencia, Administración y Nuevos Modelos
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