Por la eficacia de las empresas, y también para nutrir los presupuestos de las áreas de Recursos Humanos y la prosperidad de consultoras y escuelas de negocios, el management ha generado continuamente grandes mantras, entre los que cabe destacar el liderazgo, a menudo unido al cambio.
Si sonó la calidad o la dirección por objetivos, no lo ha hecho mucho
menos el liderazgo. Como es sabido, esta forma inteligente de dirigir
personas ya se postulaba en la primera mitad del siglo XX, pero se
empezó a hablar más de liderazgo a finales de los años 80 o principios
de los 90, cuando las grandes empresas parecían proponerse el desarrollo
de futuros líderes. Sin duda, éste era un postulado necesario, más quizá
a partir de la Teoría Y de McGregor y de aportaciones alineadas, como
las de su discípulo Bennis en los años 80, o la anterior y memorable de
James MacGregor Burns; pero el hecho es que el liderazgo sigue
admitiendo diferentes significados, y que los seminarios orquestados no
parecen haber contribuido mucho a su desarrollo en los directivos. Quizá
sea oportuno compartir ahora, ya en 2004, algunas reflexiones, tras casi
veinte años sonando el buzzword en nuestro país.
No estando todos de acuerdo en el significado del liderazgo dentro de la
empresa, no sé si al principio se consideraba que el mismo era
extragenético porque convenía más, por si acaso, o por convicción. Tal
vez lo que se buscaba era un tipo de liderazgo que pudiera desarrollarse
como se había estado desarrollando en los años 80 a los “jóvenes
titulados con alto potencial”; o quizá un tipo de liderazgo que no
dejara dudas sobre la condición de líderes de los altos ejecutivos de
las empresas. Me puede faltar información, pero creo que los
participantes en estos programas de desarrollo de directivos se elegían
en los 90 con criterios muy similares a los utilizados en los 80, y que
algunos directores se decantaban por sus clónicos. Yo diría que las
primeras ideas del liderazgo en la empresa parecían apuntar más a lo
cognitivo que a lo emocional, a los pensamientos que a los sentimientos,
a pesar de la literatura existente: sólo al final de los 90 oí
relacionar abiertamente el liderazgo con las emociones y la inteligencia
emocional, y fue precisamente en una jornada organizada por la
Asociación para el Progreso de la Dirección.
Lo dice Peter Senge: “Líder suele ser sinónimo de alto directivo”. Mucho
más si el alto directivo lleva a cabo un gran proceso de cambio.
Recuerden o adivinen ahora quién dice: “El liderazgo es visión. No hay
nada más que decir”. Semejante autoridad corresponde, en efecto, a Peter
Drucker, que llama siempre pan al pan y vino al vino, sin tapujos.
Bueno, poniendo algunas palabras más, se diría que el liderazgo es tener
una visión de futuro y querer hacerla realidad; de modo que, como
también sostiene Senge, la visión y la realidad delimitan el territorio
en que se mueven los líderes. Pero, aunque, en el lenguaje cotidiano,
sólo se reconozca abiertamente el liderazgo de altos ejecutivos, se
venía coincidiendo en la necesidad de líderes intermedios; éstos
parecían necesitar a aquél, y aquél a éstos, para aproximarse a la
visión. Ustedes ya conocen todo esto, pero hemos de sintonizarnos.
SÍ: todo lo que se diga depende de lo que se entienda por liderazgo;
salvo que se le considere una posición, y entonces habría que hablar
quizá de liderato. Puede que en los líderes haya una parte del liderazgo
innata (la más visible) y otra desarrollable (la menos visible, pero no
menos importante), pero avanzaremos en el concepto por el camino o
caminos que se nos vayan abriendo. Pido unos minutos y algo de confianza
al lector interesado, para reflexionar juntos sobre el ayer y el hoy, y
aun el mañana, del liderazgo en la empresa. Ya sé que pueden hacerlo
ustedes mismos sin este pretencioso observador y articulista, pero
déjenme servirles de sparring por un rato. Esto mismo, la provocación
mutua, practicábamos un querido colega y yo, en los primeros años 90.
Puede que mi perspectiva se les quede corta, pero confío, al menos, en
que sirva (sea útil) a la suya.
Empezando a dar pasos visibles, admitamos que, en el mundo de los
recursos humanos, el liderazgo se ha venido interpretando como:
§ Posición a la cabeza de la empresa, de un departamento, etc.
§ Tarea del primer ejecutivo, típicamente en un proceso de cambio.
§ Sistema o método de dirigir personas.
§ Función de los directivos, complementaria a la de la gestión.
§ Familia de habilidades interpersonales de los mejores directivos.
§ Habilidad específica de guiar y energizar a los demás tras metas
comunes.
§ Posición virtual del líder, reconocida por sus seguidores.
§ Actitud entusiasta, contagiosa e integradora tras un logro colectivo.
El lector enriquecerá la lista, pero, semiconvenidas estas ideas y
dejando de momento lo de si el líder nace o se hace, yo sometería ya a
consideración la condición sistémica del liderazgo interpersonal (el de
las seis últimas interpretaciones): “uno no es líder si no tiene
seguidores que como tal le vean”. Dicho así puede parecer brusco, pero
también una perogrullada, sin descartar disensiones. Ya ven, intentando
definir el leadership, surge la necesidad de definir el followership.
Son, si se acepta, los seguidores quienes hacen tales a los líderes,
pero cabe referirse a unos seguidores convencidos y energizados, y no a
unos seguidores vencidos o interesados. La cosa se complica si
recordamos aquello de que, “más que cultivar o favorecer el seguidismo,
los líderes han de desarrollar el liderazgo entre sus seguidores”. Esto
parecía llevarnos al colectivo de los directivos intermedios; éstos
habrían de ser, a la vez, líderes y seguidores... O tal vez, creo yo,
nos apunte a todos, incluidos los propios individuos de a pie..., para
que nos autolideremos tras las metas corporativas.
Pero lo anterior —la concepción sistémica que, como de la creatividad,
hacemos del mismo— choca con el liderazgo de contundentes cambios
experimentados en grandes empresas, a veces acompañados de muy severas
reducciones de plantilla. Yo viví un cambio que me parece inspirado en
John S. Rydz, siendo empleado de Alcatel España; aunque la forma de
recortarla fue casi ejemplar, no resultaba fácil conseguir que los
trabajadores compartieran la visión de una plantilla reducida a la
quinta o sexta parte (ni que contemplaran satisfechos la anoréxica
pérdida de peso de la compañía en el sector). Quizá, más útil que
avanzar por el concepto de liderazgo, lo sea hacerlo por el perfil del
líder; pero déjenme decirles que lo de “líder” a mí también me recordó
siempre su pastoril anagrama (redil).
Sonará irreverente, pero, aun aceptando su eficacia y estando algo
distante mi punto de observación, yo percibía a nuestro presidente,
Miguel Ángel Canalejo, como líder solitario, mayestático, sin emociones
visibles... (se lo dije a él), es decir, algo alejado de mi concepto,
quizá erróneo pero espontáneo, de líder. De modo que, apostando yo por
la condición sistémica, interpersonal y emocional (emociones positivas)
del liderazgo, cuento, sin embargo, con que algún lector lo vea de otra
manera. De hecho, ya en 2004, con cierta distancia de la gran urbe y la
gran empresa, y trasladado mi escritorio a El Viso de San Juan (Toledo),
empiezo a profundizar en el liderazgo intrapersonal: como saben, una
especie de autoliderazgo, alineado con el dominio personal que, tras un
propósito movilizador y negentropizante, postularan Fritz, Senge y otros
muchos expertos, incluyendo a Robert K. Cooper, Mihaly Csikszentmihalyi
o Martin Seligman. Ya se ve que por aquí enlazaríamos con la calidad de
vida en el trabajo, en virtuoso círculo con la eficacia del directivo (y
contra el vicioso de la entropía, la tensión, la fatiga psíquica y el
bajo rendimiento); pero sigamos con el liderazgo.
Recuerdos sobre líderes y seguidores
Hay otras posibles expresiones de la relación: por ejemplo, the leaders
and the leds; pero, prefiriendo el liderazgo “push” sobre el “pull”, uno
se suma a lo de leaders y followers.
Obviamente, al hablar de relaciones concretas entre directivos y
colaboradores, hay bastante más que liderazgo y seguimiento: hay, desde
luego, transacciones de índole diversa. Observador limitado, les hablaba
yo de la existencia en las empresas de un liderazgo sin seguidores, y de
otro con ellos. En la práctica, quizá habría que hablar mejor de un
liderazgo de muchos cambios con pocos seguidores (de entre los que no se
ven en riesgo), y de otro liderazgo de cambios menores, no tan
quirúrgicos, con más seguidores (de entre los que esperan participar del
éxito perseguido). ¿Qué echan de menos? Yo también querría añadir que el
líder ha de ser bien consciente de que la organización es un sistema...
vivo.
A principios de los 90, oía yo cómo algunos directivos repetían: “El
presidente ha dicho...”, “Como dice el presidente...”, “Esto es lo que
quiere nuestro presidente”. A mí esto me parecía algo sospechoso, aunque
no tuviera mayor importancia. Veía yo a estos directivos como seguidores
y no como líderes (con cierta ironía, mi querido colega y yo
sosteníamos, por cierto y en privado, que “el líder es un señor que dice
cosas”). En definitiva, me queda la imagen, quizá poco rigurosa, de un
incierto, dudoso, frágil liderazgo intermedio; pero ya he dicho que lo
que de lejos viví era, ejercido por el presidente, el liderazgo de un
gran cambio que suponía un vuelco en el tamaño y perfil de la antigua
Standard Eléctrica (luego Alcatel España).
Todavía pensando en directivos intermedios, recuerdo que, con el título
“Líderes y seguidores”, la revista de la Asociación Española de
Directores de Personal (AEDIPE) me publicó, en su primer número del
siglo XXI, un artículo que desde FYCSA les envié. Así definía yo al
jefe-líder en aquel momento:
“Si afinamos en el perfil del buen líder, encontramos individuos
competentes e íntegros, de ejemplar comportamiento, que se conocen bien
a sí mismos, auténticos, intuitivos, capaces de aprender continuamente,
buenos dominadores de sus emociones, orientados a la consecución de
resultados, empáticos, optimistas, con sentido del humor, eficientes,
conscientes del valor y potencial de sus colaboradores, receptivos ante
ellos, creadores de equipos de buen rendimiento, con ideas claras que
expresan bien, perseverantes, seguros de sí mismos, comprometidos, con
buena capacidad de análisis y síntesis, con una concepción sistémica de
la empresa, interesados en el desarrollo de sus colaboradores, capaces
de obtener lo mejor de ellos, dispuestos a ayudarlos en sus
dificultades… Para estos individuos no es difícil encontrar otros que
les sigan”.
En realidad, lo que yo describía entonces era mi particular visión del jefe ideal (al que nunca conocí, quizá porque yo mismo tampoco era el colaborador ideal), y lo cuento porque creo que había habido mucho de esto —de esta fusión, si no confusión, del liderazgo intermedio con la jefatura ideal— en el panorama finisecular. Sin saber bien qué debía entenderse por liderazgo, creo que todos (me refiero a los colegas consultores) tendíamos a dibujar al mejor jefe posible, salvo que tuviéramos instrucciones más concretas, o fijación por algún modelo.
No es que no hubiera teoría sobre el liderazgo: quizá había demasiada
y variada, y no profundizábamos suficientemente en ella. Puedo estar
equivocado, pero sigamos con la mirada retrospectiva.
Más retrospección
Cuando empezó a sonar el buzzword, había ya ciertamente mucho escrito
sobre el liderazgo, aunque apenas hubiéramos leído a Kotter, o
simplemente nos hubiéramos familiarizado con el situacionalismo de
Hersey y Blanchard. Esta vez no me remontaré a Mary Parker Follett, pero
sí les comentaré un descubrimiento serendipitoso en Internet. En un
documento de las Fuerzas Armadas fechado en Washington el 15 de
septiembre de 1953 (por entonces, Hillary ya había vuelto del Everest,
Bahamontes no se había coronado todavía “rey de la montaña” en Francia,
y en nuestro país Franco inauguraba muchos pantanos e imponía la birreta
a nuevos cardenales)..., pues eso, en un documento con esta fecha y
referido a la evolución del papel de los ejecutivos, se decía que los
tiempos estaban cambiando en las empresas, y se atribuía a Clarence
Francis, chairman de General Foods, la siguiente frase: “Hace 40 años
—decía entonces— prevalecía la idea de que lo que era bueno para el
negocio era bueno para las personas, pero lo que ahora prevalece
—recuérdese que el documento es de 1953— es la idea de que lo que es
bueno para las personas es bueno para el negocio”. Francis, que luego
fue asesor del presidente Eisenhower, tiene otra frase que conviene
recordar: “Uno puede comprar el tiempo de las personas, su presencia
física en un lugar e incluso un número determinado de movimientos
musculares por hora. Pero no se compra su entusiasmo, ni se compra su
lealtad, ni se compra la devoción de sus corazones: eso hay que
ganárselo”.
He traído el párrafo anterior porque quizá, aparte de lo de los cambios,
el liderazgo apareció en la escena empresarial en los años 80 ó 90, para
ganarse el gran capital de emociones positivas de las personas. Podría
traer muchas declaraciones a favor de la sonrisa (frente a la gravedad o
circunspección) y de las emociones positivas (frente a las negativas) en
la empresa, pero me remito al reciente Expomanagement´2004 de Madrid,
donde pude comprobar que se sigue predicando (Covey, Peters, Maguire,
Teerlink, Rovira...) la activación emocional como fórmula de éxito: debe
ser todavía una asignatura pendiente en muchos sitios... No se trata, ni
mucho menos, de postular un liderazgo populista, ni de que todos vayamos
exultantes por los pasillos, sino de que sepamos adónde vamos, y que el
futuro formulado atraiga a nuestra cabeza, algo más abajo a nuestro
corazón, y quizá, todavía algo más (abajo), a nuestro coraje o empeño.
También escuché (en el Expomanagement´2004 de Madrid), por cierto, a Tom
Peters decir que los altos ejecutivos suelen hablar mucho de la
importancia de las personas, y que casi siempre mienten; quizá no
resulte tan exagerado después de todo... Me decía un amigo: “Lo que peor
llevo es que me tomen por tonto” (bueno, en lugar de tonto, decía otra
cosa), y me contaba que había asistido al intento de un directivo de dar
vuelta a los resultados de una encuesta de satisfacción de las personas,
para acabar eximiendo de responsabilidad a la dirección de su empresa, y
haciendo a los trabajadores responsables de su propia insatisfacción; y
me contaba que poco después aquel directivo era ascendido a director
general. A mí no me encaja la idea de un líder que dirigiera su cinismo
a sus propios seguidores: ¿y a ustedes? Sí: depende de lo que se
entienda por líder.
Quizá los directivos de primer nivel —los más próximos a los
trabajadores de a pie— sí den más significado al concepto de persona, y
sean más coherentes con esta realidad (salvo que lo que tengan en la
cabeza sea un deseo desordenado de poder). ¿Lo ven así? Ya sé: el
considerar personas a los demás, y respetar su dignidad, no depende del
nivel jerárquico, sino del propio individuo. Pero sí: quizá sea en este
colectivo donde debe residir el liderazgo interpersonal que parece
postularse en la dirección de personas, y, desde luego, a este colectivo
suelen dirigirse los seminarios correspondientes. Respecto al alto
colectivo, me viene a la cabeza que, quizá, los altos ejecutivos viven a
cierta distancia de sí mismos, entre otros comentarios posibles.
Ya habían surgido interesantes libros sobre el liderazgo al principio de
los 90, y aun antes, y tenemos que recordar a James MacGregor Burns, y
citar, por ejemplo, a Greenleaf, cuyas ideas del liderazgo de servicio
han tenido que esperar para ser mejor admitidas. En los 90 disponíamos
ya de diversas concepciones, como las que formulan Bennis y Nanus en
Leaders, Kotter in Leading Change, Kouzes y Posner en The Leadership
Challenge, Rost en Leadership for the Twenty-first Century, Cooper y
Sawaf en Executive EQ o Goleman en Working with Emotional Intelligence.
Todas contribuyen a subrayar el aspecto interpersonal-emocional del
mismo.
Naturalmente, en estos libros citados no están todas las claves de cómo
desarrollar el liderazgo en los directivos, aunque, eso sí, alguno
apunta sus dudas sobre las posibilidades de un método en alza (o que
parecía estar en alza): el e-learning. Algunas grandes empresas ofrecen,
en sus plataformas de e-learning, cursos on line de liderazgo, de apenas
un par de horas de duración, aunque barrunto que esas mismas empresas
envían a algunos de sus directivos a másteres de liderazgo en escuelas
de prestigio. Pero no quería hablarles del desarrollo del liderazgo,
sino del liderazgo mismo, tal como el concepto parecía interpretarse en
la empresa.
Los cambios
El lector se quedará pensando que hay distintos cambios dentro de lo
que se denomina “el cambio”. Considerando que un cambio necesita un
líder, podemos detenernos algo más en ellos. Yo supe, en los 90, de
grandes programas de cambio: Programa Nova, Programa Líder, Programa
Cenit...; pero, con etiqueta o sin ella, leyendo Capital Humano y otras
revistas, teníamos noticia entonces de grandes movimientos en las
empresas: trabajo en equipo para la mejora, proclamación de valores,
reingeniería de procesos, orientación al cliente, etc. (Recuerdo, si
valen también anécdotas, que, en Alcatel, pronunciábamos todos “cénit”,
en paroxítono, sin rechistar: así se habría pronunciado cuando se
bautizó el Programa Cenit, y, aunque lo comenté en mi entorno, no iba yo
a enmendar la plana a la Alta Dirección. Ahoya ya, la Academia admite
esta pronunciación, pero entonces no). No sé si estos cambios eran
jánicos o tenían mil caras, pero creo que la cara más visible (por la
liturgia) era la “cultural”, de acuerdo con el progresivo peso del lado
humano del management frente al lado científico que, hace casi un siglo,
impulsaran, sobre todo, Taylor y los Gilbreth, y que seguía igualmente
avanzando (benchmarking, reingenierías, etc.).
Parecería que también sobra este vano alarde de pobre erudición referida
al management científico, pero es que, con tanta liturgia visible, tanto
ruido de las nueces, llegué a pensar que, en las grandes empresas, los
cambios culturales se orquestaban para desviar la atención de las
reingenierías en marcha, y de los consiguientes y sucesivos recortes de
plantilla. Obviamente, no se trataba sólo de un cambio cultural: se
trataba de varios cambios a la vez; uno de ellos era típicamente el
asociado con el avance tecnológico, pero podía haber bastante más, y
bastante relacionado con la competitividad, la globalización... De modo
que los cambios tenían —y tienen— su lado hard y su lado soft, y sobra
decirlo. E insistiría yo también en que los cambios se iban produciendo
en los 90, dentro de las organizaciones, con desigual impacto en las
personas, o sea, con emociones positivas y, quizá en mayor proporción,
con negativas.
Nadie es perfecto, de modo que si un CEO tenía bien claro adónde había
que llegar, y ése era un buen destino, quizá ya era mucho pedirle que
también encendiera a todos los trabajadores tras las metas formuladas.
Lo malo habría sido —y quizá fuera así en algún caso— que las personas
hubieran ido resignadas, escépticas, atemorizadas, confusas, deprimidas,
a un destino fatal, si no a la muerte súbita; pero lo mejor y más
deseable es que el líder nos lleve, preparados y proactivos, convencidos
y contribuyentes, a un destino de prosperidad y satisfacción. En este
último caso, hablaríamos propiamente de líderes (o sea, cuando hay
positiva activación emocional de los seguidores). Como también cabría
hablar de líderes aunque no hubiera que introducir grandes cambios, y se
tratara sólo de alcanzar nuevas metas más atractivas y energizantes. Me
preocupa de nuevo la aquiescencia del lector.
La bipolarización y los himenópteros
¿Hacia dónde camina la doctrina del liderazgo? Tendremos que seguir
hablando en otros artículos, si el lector consiente y no ve en ello una
amenaza, porque hay muchas ramas en este árbol... que se enredan en
árboles vecinos. Lean —yo lo seguiré haciendo— buenos libros, pero
reflexionen sobre lo que observan a su alrededor. Se puede reflexionar
en solitario, y quizá mejor “en solidario” con personas de su entorno,
recordando lentificar las inferencias y equilibrar la alegación y la
indagación. En no pocas empresas, digamos mejor “en no pocos negocios”,
falta autenticidad, vocación y autotelia profesional, de modo que las
teorías son inmediato objeto de adaptación a intereses, y pierden
pureza; seamos, por lo menos, conscientes de ello.
Nos falta conciencia de muchas cosas en el mundo empresarial; conciencia
de nosotros mismos y de la realidad externa. Les resultará digresivo (o
algo peor) este párrafo, pero uno puede tener un director narcisista, y
no darse cuenta; uno mismo puede ser un psicópata organizacional, o un
back stabber, o, más común y menos gravemente, un downer, o un lazybone,
o un perro del hortelano (dog in the manger), y no (querer) darse
cuenta.
Con toda la importancia de su aportación a las empresas, y aquí quería
yo llegar, el liderazgo venía a separar a las personas en dos grupos
—líderes y seguidores—, de modo que uno se sentía, en realidad, líder
(quizá en espera de su turno de gloria) o eterno seguidor. En realidad,
la bipolarización ya existía antes, pero sí: el liderazgo, tal como se
entendió, vino quizá a nutrirla en vez de a neutralizarla, siempre en mi
cuestionable opinión. Recordemos que, en grandes empresas, había al
menos dos programas de formación en soft skills: uno para titulados
“con” potencial y otro para titulados “sin” (aunque se ponía cuidado en
llamar a este último de otra manera), sin saber muy bien en qué
consistía el potencial. En definitiva pero siempre con margen de error,
el liderazgo vino a subrayar una bipolarización que iba contra
corriente. No digo que no deba haber distancia entre las personas, pero
aquí prefiero el centripetado al centrifugado (siempre a prudente
velocidad).
Uno se sentía, en suma, dentro o fuera de la elite paroxítona. Siendo
incuestionable el papel de los jefes directos (cubriendo tal vez un
espacio de nadie) y, más aún, el de las personas (knowledge workers o
simplemente workers), no parecía que hubiera sitio y brillo en cada
colectividad para más de un líder declarado, y su coro de igualmente
nimbados ejecutivos: déjenme exagerar un poco, que me gusta. Me cuesta
imaginar que un directivo de nivel medio-bajo fuera visto como líder,
restando luminosidad al equipo de sumos pontífices de las liturgias
empresariales: no lo permitirían. Incluso y salvo excepciones, cuando
uno de estos pontífices se acercaba a los trabajadores, parecía un gesto
estudiado de aproximación, como cuando un político en campaña coge a
niños en brazos. Someto, en fin, a la consideración del lector que el
liderazgo haya contribuido a la elitización, lo que, en la práctica,
significaría haber contribuido a la distancia emocional de los supuestos
seguidores (por no hablar de los seguidores que se hayan sentido
estafados).
Más que terminar, empezaría a cantar las alabanzas del liderazgo
intrapersonal, que ya habrán experimentado, y del que tendrán su propia
opinión. Lo mejor —parecen defender algunos expertos— es que llevemos al
líder dentro de nosotros, y formemos una comunidad de vectores
alineados, aunque haya alguien que construya el sistema y asegure la
dirección. Parecía que sobraba lo de hablar de mi escritorio en El Viso
de San Juan (Toledo), pero es que aquí he observado a las hormigas: creo
que se autolideran muy eficazmente. Dudo que alguna organización
funcione tan perfectamente. No sé si se trata de pequeños seres
individuales, o de un ser colectivo dividido en pequeños trocitos...
Cada hormiga parece perfectamente consciente de su contribución a la
colectividad, y no se aprecian desviaciones. Su laboriosidad y eficacia
me parecen envidiables. No sé si se reirán ustedes de mí, pero creo que
aquí está el ejemplo que buscábamos. No digo que el sistema no sea
perfectible, pero el nuestro es claramente defectuoso.
Creo que esto, el funcionamiento en comunidad, es lo mejor para las
empresas, aunque no sea lo mejor para los beneficiados por el statu quo.
De modo que, hablando de cambios, visiones, valores y emociones, y para
provocar reacciones, me sumo a los que consideren que puede haber un
líder íntegro y genuino (sin autonimbarse por ello), que, abierto a la
participación y rodeado de los apoyos necesarios, sea, a la vez,
arquitecto/ingeniero de la organización y sociólogo/psicólogo de la
misma, y que impulse el autoliderazgo de todos los miembros de la
organización tras atractivas metas comunes y compartidas. Nada nuevo,
pero todavía pendiente en muchos casos. Debería detectarse y analizarse
colectivamente, cuando alguien, trabajador o directivo, desviara
visiblemente su vector. ¿Revolucionario? Confiemos en que no haya que
esperar millones de años para que las organizaciones funcionen
visiblemente mejor...
En este posible panorama neosecular, cabría profundizar en el papel
catalizador de los directivos intermedios, pero de este papel y del
propio liderazgo intrapersonal o autoliderazgo (con su dosis de madurez,
autoconocimiento, purpose, courage, reflexión, amplitud de miras, buen
juicio, espíritu de comunidad, compromiso, conciencia política,
optimismo, negentropía, etc.) podemos hablar en otros artículos, si,
como deseo, el lector consiente. De momento, les agradezco que hayan
compartido conmigo estas 4.000 palabras.
Ing. José Enebral Fernández - jenebral1arrobami.madritel.es
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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