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El afecto, la estima y la autorrealización son tres de las cinco
necesidades propuestas por Maslow en su famosa teoría, la cual se
mantiene vigente desde su aparición en 1.943 independientemente de las
críticas que a lo largo de los años ha experimentado. Cuando se estudia
la pirámide que el autor propone es posible advertirlas en orden
ascendente, lo cual se ha convertido en una característica eminentemente
didáctica pues las mismas poseen la posición que cada individuo les da
de acuerdo a su propio criterio.
Si se observan con detenimiento, las tres necesidades antes comentadas
tienen una vinculación emocional predominante, lo cual a su vez le
otorga una importante valencia subjetiva ya que es imposible medir de
manera exacta cuanto afecto o estima se le puede ofrecer a una persona y
cómo se cuantifica la autorrealización en términos reales.
Es una creencia popular que una persona se ha autorrealizado cuando
posee estabilidad laboral, buenos ingresos, se ha dejado seducir por
matrimonio y, por ende, se ha dedicado a ejercer la paternidad; todo
esto aunado a las nuevas exigencias económicas y académicas que exige la
realidad contemporánea. De ser así, ¿cómo puede un individuo alcanzar
tal realización, equilibrando el afecto y la estima, en el mundo
moderno? ¿Tienen las organizaciones alguna responsabilidad en ello?
¿Cómo afrontar una relación cuando la necesidad de afecto y estima
superan el aspecto laboral?
Si se observa desde una manera objetiva, el individuo pasa más de ocho
horas diarias en el trabajo, en algunos casos por cinco, seis y hasta
siete días a la semana; evidentemente, aunque no se desee, la vida
social se ve seriamente limitada por esa realidad: se dificulta el
esparcimiento, merma el intercambio, y surgen los grupos informales en
la organización que intentan compensar las carencias antes mencionadas.
Como es lógico suponer, y es una consecuencia común en todos los grupos,
suelen aparecer de manera espontánea –e incluso planificadas- la
aparición de parejas en cada uno de ellos, pues la camaradería y el
constante intercambio genera la suficiente confianza como para expresar
públicamente la preferencia por algún miembro del sexo opuesto.
Lo anterior es totalmente normal, ocurre desde que el mundo es mundo y
no tiene nada en particular ¿o sí?
Que una persona se enamore de otra no resulta nada extraño, una de las
leyes divinas atribuible a casi todas las religiones y presentes en el
desarrollo natural de los seres vivos precisamente demanda que el hombre
nace, crece y se reproduce, usualmente para este último caso requiere de
la presencia de una pareja y todos, alguna vez, han experimentado la
atracción por otra persona. Pero cuando ello ocurre en los límites de
una empresa, lo que parece completamente obvio y natural se convierte en
una situación delicada e incluso clandestina, dependiendo de las
políticas, escritas o no, que las organizaciones posean.
Algunas organizaciones ven con cierto recelo la presencia de parejas en
su ambiente, principalmente porque existen experiencias negativas que
soportan la duda de su pertinencia en las operaciones laborales. Por
ejemplo, la complicidad, el encubrimiento, el padrinazgo y otras
expresiones de similar corte manifestado por parejas que han estafado o
timado a una empresa de manera significativa resultan suficientes
alegatos para suponer que en una organización no deben permitirse la
presencia de parejas.
Otro elemento de peso al momento de sentenciar la incompatibilidad de la
empresa con las parejas son las relaciones sentimentales de los
superiores con sus subordinados, pues ello crea cierto malestar al
momento de generar correctivos e incluso despidos en el seno de la
pareja. Así mismo como la incapacidad de separar la vida conyugal o
marital de la responsabilidad laboral que algunas personas presentan, lo
cual impacta el clima de la organización y por ende afecta a un
colectivo ajeno a las experiencias propias de la pareja.
En sentido practico y objetivo, los pocos ejemplos señalados parecen
suficiente para que algunas empresas presupongan que no es productivo
poseer en su plantilla de personal relaciones sentimentales formales o
no, que involucren a los miembros del equipo, llegando hasta el punto de
solicitar el retiro de alguna de las partes cuando llega a ocurrir tan
indeseable hecho. Pero ¿es así?
Al observar a las organizaciones como entes rígidos y ajenos a la
conducta humana el pensamiento anterior encaja perfectamente, pues en el
se niega el principio emocional que caracteriza al hombre y por ende un
amor que no esté dirigido al trabajo no cabe en el concepto que se tenga
de la empresa. Pero la realidad es otra, el ser humano es 100%
emocional, hasta el punto que su inteligencia se ve afectada por sus
emociones y viceversa, y suponer que no puede expresar de manera
racional sus sentimientos es una negación irracional de su condición
humana. Al suponer que la existencia de parejas en una empresa es una
situación inaceptable, se olvida de manera irresponsable que muchas de
las organizaciones exitosas se formaron de grupos familiares.
Es sencillo llegar a esa afirmación. Las personas pasan la mayor parte
de sus vidas trabajando, el tiempo dedicado a la faena usualmente supera
al mínimo recomendable para el esparcimiento social ¿en qué momento el
individuo logrará satisfacer sus necesidades de afecto, estima y
autorrealización? ¿Durante el periodo de descanso? La respuesta a esta
última pregunta es no.
Esas necesidades intrínsecas en el ser humano se abren camino en
cualquier condición que impere y, aún en contra de las políticas,
aparecerán en las empresas de manera natural y espontáneas reclamando su
espacio. Entonces ¿por qué ha de juzgarse negativas para las
organizaciones si son un hecho natural?
En la mayoría de los casos donde se ha descubierto complicidad por parte
de las parejas existentes en un área en particular o se ha logrado
descubrir un fraude, más allá de la responsabilidad obvia de los autores
intelectuales y/o materiales, la ausencia de controles, políticas y
regulaciones ha sido la principal causa, pues también pareciera ser una
característica resaltante la ausencia de valores éticos y morales en
quienes se atreven a timar a la empresa, la pregunta es ¿qué paso en el
proceso de selección? ¿No se detectaron tales desviaciones?
Por lo tanto, no parece del todo serio adjudicar toda la responsabilidad
a las parejas en cuanto a las posibilidades de dolo, timos o fraudes en
una empresa.
Las relaciones de pareja en las organizaciones son una consecuencia
normal de la actividad laboral, el individuo comparte y convive más en
la empresa que en cualquier otro lugar y por ende le es más factible
encontrar coincidencias sentimentales en ese ambiente que en otro
prácticamente ajeno.
Además de ello, resultaría interesante observar la generación de parejas
desde el punto de vista del proceso de identificación y selección del
individuo. Si las empresas poseen un perfil determinado, donde han
establecido el nivel de expectativas, desarrollo intelectual,
capacidades y talentos de alta factura y condiciones ideales para sus
empleados ¿no son estas personas lo suficientemente atractivas como para
formar pareja?
Por lo tanto, en vez de observar la formación de parejas como una
calamidad dentro de las organizaciones, las empresas deberían
preocuparse por generar políticas que no pretendan evitar su existencia
ni regular las emociones que generan, pero si las condiciones laborales
ideales para mantener el equilibrio dentro de la empresa, aportando con
ello las reglas claras del juego. Así mismo, deben idear controles y
subcontroles que garanticen que, independientemente de quienes lo
realicen, la transparencia de los procesos y su correcto flujo.
Ahora bien, en cuanto a la relación sentimental entre jefes y
subordinados pareciera que el panorama cambia significativamente. Como
jefe es difícil mantener la objetividad ante un subordinado con el que
comparte su vida sentimental, lo mismo ocurre con el subordinado que
experimenta una relación de pareja con su superior, y eso es obvio, por
más profesional que sea el individuo los sentimientos tienden a
imponerse, cabe recordar lo señalado anteriormente cuando se decía que
el ser humano era predominantemente emocional. En esos casos tampoco se
hace necesario observar la expresión sentimental como un hecho horrendo
digno de censura, claro está, siempre y cuando exista interés de ambas
partes por la relación; pues también resulta un hecho natural y
espontáneo que una persona, sin importar su status en una empresa, se
enamore de otra de menor o mayor rango. En situaciones como estas es
prudente trasladar al subordinado, o al supervisor, a un área distinta,
todo ello para garantizar la objetividad.
Finalmente, se hace necesario comentar que sí puede ser calificado como
irresponsable la actitud de alguna de las partes por generar en la otra
el mismo sentimiento de atracción que ésta posee, así como el uso de la
influencia o el poder para lograr tales objetivos, en situaciones como
estas donde el sentimiento no es compartido y lo que se pretende es
forzar la relación, las empresas requieren haber previsto los
correctivos necesarios en sus políticas de pareja, pero también
requieren ser lo suficientemente responsables para diferenciar el
intento unilateral pero no malicioso de conquistar una pareja en el
ambiente laboral del acoso sexual previsto en la legislación.
Las personas tienen derecho a unirse como parejas, esto puede o no
ocurrir en los limites de una empresa, evidentemente estas habrán de
mantener una conducta ajustada a la moral y a las buenas costumbres,
evitando actos lascivos y expresiones impropias dentro del ambiente
laboral y manteniendo su enfoque profesional, pues es obvio suponer que
su condición de pareja no les impide un ejercicio digno y de profunda
calidad. Y por su parte las empresas no deben obviar las características
propias del individuo y las condiciones que ellas mismas generan y que
de alguna manera activan la búsqueda de sustitutos que compensen la
ausencia de vida social que experimentan sus empleados.
Dr. Félix Socorro - fsocorroarrobacantv.net
Especialista
en Gerencia, mención Gestión de Negocios, Licenciado en Administración
mención Recursos Humanos Diplomado en Desarrollo Gerencial y Técnico
Superior Universitario en Administración mención Gerencia
Administrativa, en tres de los cuatro casos graduado con honores.
Ha trabajado en el área de Investigación y Desarrollo, conjuntamente con
Recursos Humanos desde 1989. Ha sido Jefe y Gerente de Administración de
Recursos Humanos desde 1995, en empresas Consultoras, de
Telecomunicaciones y de Consumo Masivo. Actualmente se desempeña como
Director General de Recursos Humanos en una importante universidad
privada de Venezuela. Ha escrito y publicado varios artículos y
trabajos, entre ellos: El Zeitgeist Gerencial, La Filosofía TEA, Las
Organizaciones Horizontales (1º premio como ensayo), La delgada línea
mortal del profesional (en sus cuatro versiones), Gerencia por Herencia,
Gerencia Emocional, El Síndrome de Cronos, entre otros, en revistas como
Conocimiento & Dirección (Argentina) Pauta (Panamá), Recursos Humanos
(Venezuela) y ARPrensa (Colombia). Se ha desempeñado como
conferencista de los temas antes mencionado y otros de interés a nivel
nacional e internacional. Ha obtenido como reconocimiento a su trabajo
distinciones de 1º, 2º y 3er lugar en ensayos y Premios a la Excelencia
Temas: Recursos Humanos, Gerencia, Administración y Nuevos Modelos
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