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Al hablar del grado en que cada uno de nosotros contribuye a los
resultados de su organización (y partiendo de una suficiente sintonía
entre el puesto y la persona que lo ocupa), parece que lo relacionamos
muy directamente con elementos como la responsabilidad, la motivación,
la inteligencia, la satisfacción profesional, el talento, la diligencia
y, entre otros, el compromiso. Estamos ante conceptos complejos e
interrelacionados que han de interpretarse con rigor, sin adulterarlos;
en estos párrafos vamos a detenernos en el último citado: el compromiso.
Consistente en la asunción profunda de una obligación que es preciso
definir, parece materializarse en una actitud proactiva tras las metas
compartidas en la empresa; pero caben muchas reflexiones ante este
elemento alentador y orientador de nuestros esfuerzos.
No se trata —el compromiso— de una habilidad o destreza personal, innata
o a adquirir, sino, más precisamente, de un sentimiento a cultivar o
desarrollar, generador de positivas actitudes y conductas. Algo
indefinido en el pasado, el compromiso parecía venir marcando la
frontera entre el “nosotros” y el “ellos” en las organizaciones; pero
quizá hoy debamos pensar en un compromiso compatible con el
cuestionamiento del statu quo y, desde luego, definible. En un
compromiso extensible a toda la organización. En un compromiso con algo
concreto: las metas explícitas y compartidas.
Puede verse también el compromiso como una fortaleza del carácter que,
como otras —el afán de aprender, la amplitud de miras, la creatividad,
la integridad, la prudencia, la diligencia y algunas más—, supone la
intervención de la voluntad, para decidir nuestra actuación o postura
ante un escenario que la demanda. Decidimos comprometernos, o no
hacerlo; y cuando nos comprometemos, nuestros esfuerzos se orientan,
nuestros intereses se subordinan y nuestra conducta se adapta. Hay
personas más dispuestas a comprometerse que otras, y al hacerlo no
erosionan su libertad sino que la ejercen.
No todas las empresas esperan de todas sus personas un pleno compromiso
organizacional, y hasta puede que algunas se limiten a pedir a sus
directivos y mandos, según el caso, responsabilidad, lealtad,
resultados, connivencia, proactividad, imaginación, contactos
comerciales, jornada ilimitada de trabajo, u otras manifestaciones
específicas o particulares del compromiso. No obstante, sí parece haber
una tendencia generalizada al compromiso colectivo (directivos y
trabajadores), y desde luego los gurús del management postulan la
activación emocional de las personas tras las metas empresariales: eso
pude comprobar en el Expomanagement´2004, en Madrid (Peters, Covey,
Bedbury, Maguire, Teerlink, Senge...).
¿Qué mueve nuestra voluntad y a qué nos comprometemos? O, para empezar,
¿a qué llamamos compromiso, en nuestro trabajo? Con las mías aquí
formuladas, sólo pretendo alentar las reflexiones del lector,
especialmente en lo que se refiere a los tipos de metas empresariales
que decidimos —o no— asumir como propias.
A qué llamamos compromiso en el trabajo
Atendiendo al diccionario, se entiende por compromiso una obligación
contraída; pero ubicados en un entorno laboral de empresa grande o
mediana, cabe hacer una lectura aplicada y hablar de niveles o tipos de
compromiso:
“me pagan, vengo todos los días y hago mi trabajo”;
“me gustan mis compañeros y mi trabajo, y lo hago lo mejor que puedo”;
“me surgen oportunidades de aprender y desarrollarme;
“me parece un proyecto estimulante y celebro formar parte de él”…
De los obreros de hace cien años no se esperaba siempre que se
aproximaran al nivel de compromiso más auténtico (el formulado en último
lugar), pero ya en las décadas finales del siglo XX iba pareciendo
deseable que esa idea estuviera presente tanto en directivos como en
trabajadores: formar parte del proyecto de empresa. De modo que, aun
limitándonos cada uno al nivel de responsabilidad del puesto ocupado en
la organización, además de entregar tiempo, atención, intención y aun
algo de corazón, algunas grandes empresas esperan hoy que alineemos
nuestras metas con las suyas, y que alcancemos nuestra realización
profesional contribuyendo a la colectividad. A este compromiso
organizacional, ya estudiado entre otros expertos por Meyer, Allen,
Baker, Mathieu o Zajac, me referiré en adelante; pero lo haré con mi
lenguaje de antiguo trabajador de gran empresa, de testigo de los
cambios, y de modesto consultor de recursos humanos.
Ya estamos viendo que se puede hablar de compromiso tanto en lo físico,
como en lo cognitivo y lo emocional (por no hablar aquí de lo
espiritual); pero, salvo posibles excepciones, no se nos pide que
lleguemos a desequilibrar nuestra vida familiar, social y laboral, ni
siquiera cuando ocupamos puestos directivos. Eso sí: que la presencia
sea plena en el tiempo dedicado. (Bueno, quizá se produzcan excesos: me
han contado que una gran empresa ha montado su campo de golf para que
los directivos vayan a jugar los fines de semana, y que ahora los
directivos se sienten obligados…).
Cediendo de nuevo a la retrospección, en el pasado y para los
trabajadores, casi estaba prohibido pensar; tampoco estaba bien visto
poner el corazón en el trabajo..., sobre todo si el jefe no lo ponía. O
dicho de otra forma: no se contaba con que el desempeño generara
emociones positivas de carácter trascendente, y ni siquiera de origen
autotélico; de modo que estas emociones eran vistas a menudo con
reservas y prevención. Ahora ya, aunque encontremos también corrientes
de opinión distintas, se admite que las emociones son recursos valiosos,
y la inteligencia emocional se va abriendo camino, a veces con alguna
dificultad.
En este punto del artículo, he sentido la necesidad de levantarme e ir a
consultar “La práctica de la inteligencia emocional”, de Daniel Goleman:
“La esencia del compromiso consiste en sintonizar nuestros objetivos con
las metas de la organización, generando así un compromiso fuertemente
emocional...”. Y más: “Quienes estiman y abrazan las metas de una
organización no sólo pueden efectuar un gran esfuerzo en nombre de ella,
sino que también están dispuestos a realizar sacrificios personales
cuando sea necesario”.
Con gusto reproduciría aquí esta sección del libro. Hay cosas como
éstas: “Las empresas u organizaciones que carecen de una misión
explícita y claramente formulada, o cuyas declaraciones al respecto son
meras artimañas de relaciones públicas, brindan muy pocas oportunidades
al compromiso”. Insistiendo en que el compromiso auténtico de que
venimos hablando nace del vínculo emocional, Goleman nos recuerda que
unas mismas circunstancias adversas pueden ser vividas con cierta
desesperación, como onerosas y estresantes, por los no comprometidos,
mientras que las personas comprometidas, que se crecen ante presiones y
desafíos, las pueden vivir sin merma de satisfacción (sean directivos o
sean trabajadores).
Es evidente que todos los días hay obligaciones que atendemos en frío,
pero he recurrido a Goleman porque se viene ciertamente apelando a la
dimensión emocional del compromiso: al alineamiento de las personas con
las metas y valores de la organización. La repetida idea de la “visión
compartida” (shared vision) —una de las disciplinas de que nos hablaba
Peter Senge— no es sino una expresión más de este vínculo emocional. No
se trata de acatar los objetivos de futuro, sino de asumirlos y
compartirlos: tal es el compromiso que se nos demanda. Uno puede
contraer esta obligación máxima desde los límites de su responsabilidad,
o bien puede simplemente “cumplir” con su trabajo. Esta última es, desde
luego, la opción natural de quienes se sienten preteridos o
desconectados de las decisiones que les afectan, de quienes contemplan
preocupados comportamientos corruptos de sus superiores, de quienes se
saben víctimas de un próximo recorte de plantilla, de quienes perciben
el cinismo subyacente en la comunicación interna...; pero lo ideal es
que no haya nada de esto, y que, más allá de “cumplir”, contribuyamos
decididamente a las metas colectivas.
Podrá pensarse, si se detienen en reflexiones paralelas, que la demanda
generalizada de compromiso emocional no es coherente con las distancias
excesivas entre el “nosotros” y el “ellos”; que tampoco es coherente con
los despidos masivos o con los contratos temporales; que tampoco es
coherente con el espectáculo de los CEOs mercenarios que se enriquecen
para sí y para toda su descendencia mientras sus empresas se van a
pique; que es asimismo incoherente con la fuga de altos directivos para
ser mejor pagados por la competencia; que a menudo las metas formuladas
lo son para la galería mientras los auténticos propósitos de la empresa
son otros... Eso me parece a mí. Sin duda es saludable y enriquecedor lo
de vivir comprometido intrínsecamente con alguna meta, tanto en lo
profesional como en lo personal, pero hemos de ser cautos y perspicaces
al otorgar nuestra confianza, y adoptar luego las metas que se nos
proponen.
Nuestra voluntad
A comprometernos de la forma a que nos referimos nadie nos puede
obligar, como tampoco dejamos que nos obliguen a casarnos o tener hijos.
Clarence Francis, que fue asesor del presidente Eisenhower, decía: “Uno
puede comprar el tiempo de las personas, su presencia física en un lugar
e incluso un número determinado de movimientos musculares por hora. Pero
no se compra su entusiasmo, ni se compra su lealtad, ni se compra la
devoción de sus corazones: eso hay que ganárselo”. De modo que uno se
compromete libremente, sobre todo porque le atraen las metas de la
organización. Y, ¿por qué le atraen estas metas?
Los psicólogos hablan del “afán propio”, o del “tema vital”, para
referirse a aquello a lo que una persona enfoca su voluntad por encima
de todo, y a los medios que para ello emplea. En la literatura del
management se habla de designio particular, de purpose. Nos lo dice
Robert K. Cooper: “El designio es la brújula interior de nuestra vida y
nuestro trabajo”. Si nuestro propósito en la vida sintoniza, o convive
en armonía, con los objetivos y estrategias de nuestra empresa, estamos
más cerca de la eficacia y la satisfacción perseguidas. Para los
directivos el purpose es fundamental, y si no lo tienen muy definido
habrían de adoptar uno que entronque en la visión o misión de la empresa
a que contribuyen. Ya saben lo del médico: según se mire, su misión es
recetar, o, más eficaz y enriquecedoramente, contribuir a la calidad de
vida de sus pacientes y de su entorno.
Las personas que poseen un afán de esta naturaleza pueden dar
significado a todo lo que les sucede: será positivo si les acerca a su
meta, o negativo si les aleja. Quien carece de un afán definido, tiene
más problemas para interpretar los sucesos y, en general, se pierde
emociones positivas. Como nos señala el profesor Csikszentmihalyi,
cuando la energía psíquica de una persona se pone al servicio de su tema
vital, la conciencia logra armonía y el individuo plenitud. Podemos
aceptar que comprometernos resulta emocionalmente inteligente: “llena”
nuestra vida profesional; quizá por eso activamos nuestra voluntad de
comprometernos.
Claro, algún lector pensará, por una parte, que hay metas y “metas”, y
por otra que toda esta teoría se adultera en la vida real, y que a veces
lo que decide la voluntad es aparentar el compromiso y esperar varias
cosas: una buena subida de sueldo, una rápida ascensión y la consecución
de poder (quizá para utilizarlo en beneficio propio)... Sin descartar
que, una vez en la cima, el ejecutivo se vaya a ganar más dinero,
precisamente a la empresa competidora. También puede ocurrir que el
compromiso sea auténtico al principio, y se adultere o corrompa
después... Pero sigamos; sigamos en la hipótesis más virtuosa: la
integridad de las personas, sean directivos o trabajadores.
A qué nos comprometemos
Compartimos —hemos dicho— las metas de la organización, y ello nos mueve
a trabajar para el corto y el largo plazo. Cuando conducimos nuestro
automóvil en la carretera, atendemos a nuestro entorno próximo pero no
perdemos de vista el horizonte, ni olvidamos el destino. Acertada o no
la analogía, debemos atender al corto y largo plazo, asegurando que lo
que hacemos cada día nos aproxima a —y no aleja de— la denominada
“visión”. De modo que, aunque los directivos abordan cada día lo que les
dicta su agenda y también alguna cosa imprevista, su punto de mira está
en las metas de fin de ejercicio y, quizá especialmente, en las del
futuro deseado (liderar el mercado, consolidar las innovaciones
introducidas, etc.).
Tan saludable parece esta manera de trabajar, que la formulación y
asunción de objetivos se extendió también a los trabajadores, en no
pocas grandes empresas, en los años 80 y 90. Temo que la cosa no
funcionara bien —es conocida la frecuente adulteración del sistema de
dirección por objetivos—, pero el hecho es que se viene buscando el
compromiso con los resultados a obtener, más allá del desempeño
cotidiano regulado. Ahora bien, ¿de qué o quién depende el resultado
perseguido? Efectivamente, tal como estará pensando el lector, a veces
se nos piden resultados que no dependen de nosotros, y ni siquiera de
que trabajemos en equipo... A veces, la Alta Dirección parece más
ocupada en fusiones y adquisiciones que en la marcha de la compañía, y
aparece un cierto vacío en la coordinación.
No sirve lo de prolongar la jornada por la tarde —ni siquiera como
alegación defensiva—, si no se alcanzan los objetivos perseguidos.
Trabajamos duro cada día para conseguir los resultados de medio y largo
plazo con que estamos comprometidos, pero esto sólo funciona en sinergia
colectiva, bajo un liderazgo integrador. La Dirección desempeña
ciertamente un papel fundamental en la consolidación del compromiso de
las personas; puede alentarlo, pero también puede bloquearlo o
sofocarlo, con mayor o menor conciencia de ello. Al hilo de esto, el
propio Tom Peters señala que la gente tiene buen olfato para detectar el
compromiso —o su ausencia— en los líderes; si éstos persiguen metas
distintas de las declaradas, se acaba sabiendo. También recuerdo a Peter
Senge diciendo que la Dirección tendría que empezar por dejar de
desmotivar a la gente.
Antes de seguir, podemos detenernos algo más en lo de las metas de la
organización, más allá de los objetivos anuales. Yo he vivido cosas como
“liderar el mercado de la Telecomunicación en España”, o “conseguir el
premio de calidad de la EFQM”, que muy legítimamente interesaban al CEO
de mi empresa en los años 90, y seguramente a otros CEOs en otros
sectores: por entonces había grandes obsesiones por liderar mercados, y
aún las hay hoy. Pero habrá quien se alinee mejor con metas o “visiones”
de mayor orientación social, como “cada persona con su teléfono móvil”,
o “Internet para cada estudiante”, o “pantallas planas para todos”, o
“electrodomésticos silenciosos”, o “energía no contaminante”, o “ruedas
sin pinchazos”, o “casas sin goteras”, o “redes inteligentes de
telecomunicación”, o “colchones ergonómicos”, o “dentaduras sin caries”,
o “un mundo sin sida”, o “zapatos sin dolor”, o “grifos sin goteos”, o
“instrumental de diagnóstico médico cero defectos”, o “una alternativa
inocua al tabaco”, o “protección de la naturaleza”, o “camisas sin
botones”, u “ordenadores seguros”, o “castigos para la corrupción (en
vez de premios para la ética)”, o “calcetines sin tomates”, o
“automóviles no contaminantes”...
Nos sumemos a la contribución al bienestar y progreso social, o a la
ambición legítima del Consejo de Administración de la empresa, o a la
mera supervivenvia de la misma, ¿en qué se materializa nuestro
compromiso? ¿Qué influjos genera? Pensando en un knowledge worker o en
un directivo de nivel medio-bajo, creo que el compromiso, si auténtico,
toma forma de coraje o empeño, que se percibe en actitudes y actuaciones
como las siguientes:
Desarrollar con diligencia y esmero nuestras tareas.
Asegurar su contribución a resultados colectivos.
Neutralizar cualquier circunstancia o evento que ponga en riesgo las
metas.
Guiar, en su caso, la actuación de nuestros colaboradores.
Asegurar el alineamiento de éstos con las metas comunes.
Seguir las reglas y métodos establecidos para la convivencia
profesional.
Subordinar intereses propios a los colectivos.
Cultivar los valores corporativos.
Colaborar con los demás.
Ejercer crítica constructiva, inteligentemente formulada.
Hacer fluir la información y conocimientos de que disponemos.
Ser leales, íntegros y coherentes.
Ser preactivos o proactivos, lejos de la reactividad o la inactividad.
Conjugar la percepción de la realidad con el optimismo.
Perseverar ante las dificultades.
Superarnos a nosotros mismos cada día.
Perseguir la mejora continua y la innovación.
Representar dignamente a nuestra organización ante terceros.
Equilibrar la relación personal con la ejecución de tareas.
Contribuir a la calidad de vida en el trabajo.
El lector puede completar esta lista porque la he improvisado con las 20
primeras ideas surgidas: la dejo abierta. Son, por decirlo así, algunos
indicadores del compromiso. Si quisiéramos medir el compromiso de las
personas, habría que observar conductas como las anteriores y comprobar
su autenticidad.
Pérdida del compromiso
Con lo ya comentado sobre el compromiso organizacional, podemos convenir
en que se hace sólido por la catálisis de elementos como la confianza,
el alineamiento con las metas, el progreso hacia ellas, las relaciones
internas, la cohesión y coherencia de la comunidad, la satisfacción
general, la ética y justicia reinante, el reconocimiento interno, el
prestigio social de la organización, etc. Y podemos igualmente convenir
en que se perdería al debilitarse sus fundamentos; de esto hablaremos
ahora. En verdad, puede haber dudas hasta que decidimos comprometernos
en plenitud, pero, en su caso, el descompromiso suele ser bastante
automático.
Nuestro compromiso se puede desvanecer por razones endógenas y exógenas;
entre estas últimas, podemos destacar algunas quizá más frecuentes:
La corrupción de los ejecutivos.
La desviación de las metas originales.
La pérdida de vigencia de las mismas.
La falta de transparencia de la organización.
El fracaso en los resultados.
El sentimiento de ser preterido o excluido.
El desacuerdo con las tácticas o los métodos.
Las razones endógenas para romper los compromisos son igualmente
importantes, pero pueden variar más de unas personas a otras. Me he
detenido en esto de la fragilidad del compromiso porque creo que las
organizaciones tienen más problemas para mantenerlo en sus personas que
para conseguirlo inicialmente. De todos modos, hay que insistir en que
no todos los compromisos lo son realmente: o sea, en que también cabría
hablar de falsos compromisos o compromisos extrínsecos.
Reflexión final
Ya sabemos que unas empresas parecen más preocupadas por el deseable
bienestar social que otras, y que, de estas últimas, algunas persiguen
el beneficio económico aunque sea precisamente a costa de aquel
bienestar. Aquí les insistiría yo en la analogía del automóvil: creo que
una empresa puede liderar el mercado de la Telecomunicación, el mercado
del e-learning, u otro mercado, si lleva la mirada más lejos, a
horizontes más amplios; pero si se queda en perseguir el liderato, quizá
resulte más complicado alcanzarlo. Ante obsesiones de crecimiento
desmedido, podríamos, por ejemplo, empezar a considerar válido el
sobornar a quienes toman decisiones de compra, porque eso nos
aproximaría a la meta...
Habrá quien piense que en los negocios el fin justifica los medios, pero
lo cierto es que, como leí en una columna de Juan F. San Andrés,
directivo de Oracle, “la ética es la gran creación de la humanidad, para
hacer posible la convivencia”. A menudo se declaran incompatibles la
ética y los negocios, y de hecho los medios de comunicación nos
trasladan casi todos los días casos de alta corrupción en las grandes
empresas. Cuando la corrupción reina, la organización lo detecta y, o
bien “la obediencia debida” socava nuestra integridad y autoestima, o
bien nuestra repulsa se vuelve contra nosotros; desde luego no queda ya
sitio para el compromiso intrínseco.
Uno cree que la prosperidad de las organizaciones pasa por la eficacia
tras metas de interés social, por la calidad de vida en el trabajo y, en
suma, por la opción del círculo virtuoso, lejos del vicioso
caracterizado por la entropía psíquica, la tensión nerviosa, el imperio
del corto plazo, el camuflaje de los malos resultados, la degeneración
de los buenos usos y costumbres... Hay sitio para otras creencias, pero
uno cree que el bien común es más nutritivo que el particular.
Para terminar, si tienen la fortuna de pertenecer a una organización que
apunta a la prosperidad y el bien común, no duden en comprometerse; y si
se les presenta la oportunidad de enderezar una empresa en crisis o
malograda, también parece una meta estimulante. Me pareció, en suma, que
éste era un tema para la reflexión y aun para el debate, pero no he
pretendido agotarlo sino alentarlo. Espero, como les decía, haber
logrado alguna dosis de asentimiento por parte del lector, pero anímense
a disentir o a abrir nuevas vías de reflexión.
Ing. José Enebral Fernández - jenebral1arrobami.madritel.es
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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