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1. INTRODUCCIÓN: ENFOQUE CONTEMPORÁNEO DE GESTIÓN COMPETITIVA
La irrupción de las nuevas tecnologías de la información y de las
comunicaciones, con Internet como máximo exponente, ha permitido
amplificar los efectos del actual fenómeno de globalización y distinguir
la época actual -Era de la Información y de la Globalización- de las
precedentes por cuanto supone de cambio radical en el orden económico y
social que afecta a la actuación de naciones, empresas e individuos. De
hecho, en el ámbito económico no sólo se han visto modificadas las
reglas de juego (principios de la economía de mercado con dimensión
global, de intensa competencia y de sucesión rápida de cambios diversos)
y consecuentemente, los valores para el desenvolvimiento social tanto de
los individuos como de las organizaciones (rápida capacidad de
adaptación al cambio), sino también los principales factores del
desarrollo económico (desde los recursos tangibles a los intangibles de
la información y el conocimiento).
El papel que mantienen las empresas como elementos críticos en la
conformación de este nuevo orden económico y social al ser la base del
crecimiento y el empleo en una economía desarrollada, junto a la
consideración de que la intensificación de la competencia experimentada
en los mercados durante las últimas décadas puede impulsar el progreso
económico, han motivado que el objetivo predominante en el gobierno
económico sea la necesidad de incrementar la competitividad de las
empresas en el nuevo entorno global. Sin duda en los tiempos que corren,
tanto los estados como las empresas deben tratar de comprender y dominar
la competencia (Porter, 1999) encaminando sus políticas económicas y sus
estrategias a favorecer las condiciones en las que compiten las
organizaciones empresariales.
En particular, ante la turbulencia del actual entorno empresarial, donde
hay un gran número de variables relevantes (alta complejidad) que se
modifican muy rápidamente (dinamicidad) de tal forma que comportan una
creciente dificultad para predecir las tendencias futuras
(incertidumbre), las empresas han necesitado, y necesitan, acomodarse a
esos cambios del entorno a través de transformaciones en sus formas de
competir e, impone a las mismas, el objetivo de la excelencia en la
gestión empresarial.
Frente a la realidad de los años 60 y primeros 70, en que el principal
problema para las empresas era dónde competir, lo que permitía la
existencia de una estructura jerárquica tradicional y una óptica de
gestión por funciones; en una situación de creciente complejidad de la
competencia, bajo las condiciones descritas de turbulencia del presente
entorno empresarial, la cuestión primordial para las empresas es cómo
competir, esto es, cómo lograr el éxito respecto a sus más directos
competidores, cómo alcanzar una ventaja competitiva sostenible. Y este
hecho conlleva para las empresas, la sustitución de los enfoques de
dirección y gestión así como de los modelos organizativos tradicionales
por su inadecuación para responder a las nuevas exigencias, y por
consiguiente, la redefinición de sus procesos y sus estructuras, de sus
formas de funcionar, de producir y de dirigir.
El desafío de la competitividad para las empresas supone reunir una
serie de condiciones y de actividades para poder continuar generando
rendimientos positivos y detentando posiciones ventajosas frente a sus
competidores. Pero ante el panorama del entorno empresarial de las
últimas dos décadas y hasta nuestros días, las características que una
empresa debe reunir para ser competitiva son aquellas que permitan a la
organización dotarse de la necesaria capacidad para adaptarse a los
continuos cambios de su entorno. Y la adaptabilidad de las empresas al
cambio del entorno como requisito para el éxito, consiste hoy en su
capacidad para anticipar lo que sus clientes quieren y cambiar sus
organizaciones y procesos, rápida y eficientemente, a fin de responder
mejor que sus competidores a las nuevas exigencias.
Ello se traduce en que la clave del éxito de la empresa actual para
competir con efectividad se asimile, sintéticamente, a su capacidad para
lanzar permanentemente al mercado nuevos productos fabricados "a medida"
del gusto de los consumidores, al menor coste posible, con la mayor
anticipación posible y la mejor calidad producto-servicio. Y es que hoy,
resulta impensable mantenerse competitivos sobre la base de una sola de
las dos estrategias básicas tradicionales (liderazgo en costes,
diferenciación productiva) considerando que es necesaria la integración
de ambas y, por lo tanto, la persecución conjunta de minimización de
costes y plazos y maximización de calidad y servicio, articulando todo
ello en una estrategia que tenga como prioridad la satisfacción continua
al cliente.
Bajo este enfoque de gestión competitiva, inicialmente se señalan como
puntos fuertes de la competitividad empresarial: la capacidad de
asimilar rápidamente la innovación tecnológica, la flexibilidad del
sistema productivo, la rapidez en los plazos de ejecución, precios
competitivos, la creatividad y originalidad de los procesos de
producción, la calidad de los productos y la asistencia técnica al
cliente (Bueno, 1987). En estos años, a medida que se han ido reduciendo
las posibilidades de competir vía precios -hecho acentuado en los
últimos años por el fenómeno de la transparencia de precios propiciado
por la incorporación de Internet y por la adopción del euro- los
factores de competencia que se han destacado como puntos fuertes de la
competitividad de las empresas han sido: la calidad entendida en un
sentido amplio y la innovación.
Una consecuencia lógica de todo lo anterior que se observa en las
empresas es la potenciación de la Dirección estratégica, cuyo proceso se
vino a explicar en la década de los ochenta con la Teoría de los
recursos y las capacidades, la cual ha enriquecido el enfoque de gestión
competitiva vigente al decantarse por los recursos intangibles y el
desarrollo de capacidades distintivas (conocimiento que reside en la
organización) como condiciones clave para alcanzar la competitividad
empresarial, aspectos éstos que han dado lugar a que hoy se priorice al
factor humano sobre el factor tecnológico como recurso generador de
ventaja competitiva sostenible. En estos años, a medida que la
disposición de nuevas tecnologías se ha hecho más fácil y su
incorporación se ha generalizado a la mayoría de empresas, el factor
tecnológico ha pasado a considerarse como condición necesaria pero no
suficiente para lograr la competitividad en cuanto se entiende como
factor que posibilita el cambio en la empresa. En consecuencia, el
factor humano ha recuperado su primacía en la atención de la gestión
empresarial ya que se considera como el elemento motriz que hay tras
dicho cambio (Senge, 1996) en tanto, es el factor humano el generador de
las rutinas en las que se asientan las capacidades internas y el que
almacena, en gran parte, el conocimiento organizativo no codificado.
Durante las dos últimas décadas, se ha asistido a una proliferación de
numerosas soluciones adaptativas de gestión que, acomodadas en el
enfoque de gestión vigente, han ido progresivamente atacando el
“problema” de la búsqueda de mayor competitividad y flexibilidad de la
organización. De forma cronológica y sintética destacaremos algunas de
ellas.
En los años 80, el énfasis se puso especialmente en la calidad
-imperativo que se mantiene en nuestros días- unido a la eliminación de
despilfarro, cuyo reflejo se observó en el auge de los sistemas justo a
tiempo y de los sistemas de gestión y control de la calidad total. En
estos años aparecieron las primeras empresas que con éxito respondieron
al entorno turbulento actual, las denominadas por Porter y Aker (1987),
empresas "world class" o de clase mundial. Estas empresas modificaron
tanto su configuración interna -adoptando sistemas de producción justo a
tiempo, control de calidad total y tecnología avanzada- como la
proyección de su comportamiento en el mercado, potenciándose el proceso
de dirección estratégica (Fernández, 1993).
Los cambios operados en este tipo de empresas -paradigma de las
compañías con éxito en los noventa- actuaron como caldo de cultivo en el
germinaron las nuevas técnicas informativas de gestión que proliferaron
en estos años (nuevos sistemas de medida y control, sistemas de costes y
de gestión de calidad, sistemas de costes y de gestión basados en las
actividades, etc.), si bien tales técnicas se han podido exportar con
éxito a cualquier tipo de empresa (Fernández, 1994).
Así las cosas, en los años noventa se mantuvo lo anterior pero
afrontando el desafío de la flexibilidad entendida en su sentido amplio
-capacidad de adaptación a los cambios demandados por los clientes,
mercado y entorno competitivo- que justificó el auge que mantuvo el
planteamiento denominado Reingeniería de la empresa o rediseño de
procesos. Ante las nuevas variables de la competencia y el potencial
tecnológico disponible, se considera imprescindible, como señala Bueno
(1994), una transformación radical en la empresa por cuanto ha de
rediseñar y redefinir sus procesos, estructuras y sistemas;
introduciendo nuevos criterios, valores e ideas, apostando por tanto,
por la innovación, por la creatividad y por un pensamiento discontinuo,
que permitan lograr la necesaria flexibilidad, eficiencia y efectividad
en la organización. Este planteamiento, denominado como reingeniería de
la empresa implica, como indica dicho autor, el inicio de una revolución
en las formas de estructurar y de funcionar de las empresas, de concebir
una nueva manera de dirigirlas y de replantear con autenticidad y con
vigor, quedando todo en definitiva, en manos de las personas y en cómo
sepan aprovechar el potencial de las tecnologías innovadoras a su
servicio.
Se habla así de la necesidad de integrar el conjunto difuso de enfoques,
métodos y herramientas de gestión empresarial aparecidos en estos
últimos años, en un proceso sistémico y, por lo tanto, coherente y
global, que se ha venido a denominar como Gestión del Conocimiento
(Knowledge Management) (Bueno, 1999). Pensemos que la reingeniería de la
empresa, tal como ha quedado explicitada anteriormente, esto es, como el
inicio de una revolución en la empresa que deja todo en manos de los
recursos humanos en tanto explotadores de los recursos tecnológicos es,
a nuestro entender, la antesala lógica para el desarrollo de un
planteamiento integrador como es la Gestión del Conocimiento.
Esta tendencia de progresivo ataque del problema actual de la empresa
desde soluciones parciales a soluciones globales, también se ha
manifestado en la estructura organizativa y así, desde los primeros
enfoques surgidos a finales de los 80 (downsizing, rightsizing, lean
management) se ha pasado hoy al desarrollo, en la teoría y en la
práctica empresarial, de nuevos modelos estructurales que persiguen la
adaptación de manera inmediata de las empresas al nuevo entorno, a las
necesidades de los clientes: las estructuras organizativas flexibles,
variables o virtuales, tales como el modelo federal, el modelo en trébol
y el modelo en red.
Evidentemente, esta situación de cambio también se ha extendido a los
sistemas de información internos de la organización. La intensificación
de la competencia junto a la disponibilidad de las nuevas tecnologías de
la información, aunaron la necesidad a la posibilidad de más y mejor
información para la gestión empresarial, lo que se viene manifestando en
el desarrollo de nuevos sistemas internos de información en las
organizaciones que permitan aprovechar las ventajas competitivas que se
derivan de la buena información. En este sentido, los sistemas
formalizados de información en la empresa, han debido asumir el reto de
su adaptación a los nuevos enfoques organizativos y de gestión mediante
el rediseño de sus modelos y el replanteamiento de su instrumentario, a
fin de que su utilidad como herramienta al servicio de los directivos de
los negocios, estuviese garantizada.
En el contexto descrito, los sistemas de Planificación de Recursos de la
Empresa (sistemas ERP) se han visto como potentes herramientas
informativas que posibilitan la optimización de los procesos (con la
consiguiente reducción de costes y mejora de la rentabilidad) y el
intercambio e integración de la información interna de la empresa (con
la consiguiente mejora en la coordinación de las actividades). De
acuerdo con Deepinder et al. (2004) los sistemas ERP son vistos como
soluciones de tecnologías de la información que permiten integrar los
procesos de competencias de las organizaciones. Junto a ello, y
relacionado con ello, se observa desde hace unos años, el resurgir entre
las modas empresariales del “outsourcing” o externalización de
determinados procesos o servicios de una organización.
Profundizar en el concepto actual de “outsourcing”, analizar las razones
de su resurgimiento entre las modas gerenciales, así como los efectos
potenciales -directos e indirectos- de su puesta en práctica en las
organizaciones, contituye una interesante tarea de reflexión por cuanto
tiene de conexión con otros elementos de las organizaciones y sugiere
algunas tendencias futuras en las mismas. En este trabajo pretendemos
llevar a cabo dicho análisis, lo cual, junto al estudio de un caso
particular de evaluación de costes en la decisión sobre externalización
en una determinada organización, nos permitirá extraer finalmente
algunas conclusiones en relación con el tema.
2. UNA APROXIMACIÓN CONCEPTUAL DEL OUTSOURCING
En los años cincuenta y sesenta, las empresas tendían a concentrar
internamente el mayor número posible de actividades buscando unas
economías de escala y una independencia externa que redundaba en menores
costes y una mayor efectividad de los procesos. Es en la década de los
setenta, cuando nace en Estados Unidos la idea actual de “outsourcing”.
En estos años, el despegue tecnológico y su repercusión en las distintas
áreas de las empresas junto a la continua búsqueda de competitividad (de
menores costes y más calidad en la ejecución de actividades y procesos),
dio lugar a que las empresas se replantearan con frecuencia la clásica
decisión de si continuar realizando ciertas actividades internamente o
contratar su realización a otras manos externas y expertas en un área
concreta. Es en estos años cuando el número de empresas proveedoras de
servicios de outsourcing empezó a crecer, tendencia que se ha mostrado
hasta nuestros días[1]. Con el paso de los años y al ritmo de la
globalización, la búsqueda conjunta de eficiencia en costes y
diferenciación, la demanda de flexibilidad, el aplanamiento de las
organizaciones y las relaciones más estrechas con los proveedores, han
favorecido, en muchos casos empresariales en los que no había grandes
economías de escala, la decisión de “comprar” frente a la de fabricar.
La idea de “outsourcing” es sencilla, significa hacer fuera de la
empresa aquellas actividades necesarias pero no centrales del negocio de
una organización y para las cuales no se tienen unas capacidades
especiales. Conviene aclarar este concepto tal y como se propone en la
actualidad, por lo que destacaremos los siguientes tres aspectos del
mismo:
I. El outsourcing
se trata de una opción o una herramienta que ha evolucionado desde un
enfoque meramente táctico (en búsqueda sólo de mayor eficiencia en
costes) a un enfoque estratégico, por cuanto responde a una necesidad de
la organización de mayor capacidad de adaptación ante un entorno global
caracterizado por la incertidumbre y la complejidad. Es decir, la
decisión estratégica de outsourcing se plantea ante la búsqueda de
reducciones de costes junto a incrementos de la calidad y la
flexibilidad concentrándose en el negocio principal, esto es,
especializándose o concentrándose en lo que mejor sabemos hacer. Esta
idea encaja en el contexto actual de gestión competitiva descrito en el
epígrafe anterior, en el cual, la decisión de outsourcing se puede
plantear también como una herramienta para la reingeniería de procesos o
como resultado de la práctica del benchmarking.
II. En la somera
definición propuesta, “hacer fuera” significa no sólo utilizar recursos
externos a la organización (propiedad de un tercero) para desarrollar
ciertas actividades de la misma, sino además, que tales actividades se
realizan y se gestionan fuera de la empresa por el outsourcer. Esto es
lo que se ha venido denominando “externalización” de actividades y
procesos. Este matiz permite diferenciar el concepto de outsourcing de
otros que se han acuñado para especificar algunas variantes del mismo.
De acuerdo con el profesor Díaz (XX), se habla de “insourcing” para
referirse a la contratación de la actividad a un tercero que incorpora
personal propio dentro de la empresa para llevar a cabo dicha actividad.
Asimismo, el “cosourcing” se utiliza para referirse al caso de servicio
compartido por varias empresas.
Cuando se externaliza una actividad o un proceso, los costes de tal
actividad o proceso pueden pasar de tener un comportamiento fijo a un
comportamiento variable a corto plazo en relación con el volumen de
actividad, lo cual se traduce en una mejora de la estructura económica
de costes y un “acercamiento” del punto de equilibrio o umbral de
rentabilidad. Si además, como señala el profesor Díaz (2004), se
gestiona adecuadamente la relación con las empresas subcontratadas (con
costes variables generalmente más ajustados), se reduce el coste de
ventas y ello redundará en una mayor reducción del punto de equilibrio
económico. Finalmente, la menor inversión en recursos –menor activo– que
supone la externalización, mejorará la relación entre el beneficio
(mejorado por la disminución del coste de ventas) y la inversión
realizada para obtener ese beneficio, esto es, mejorará la rentabilidad
económica.
Desde el punto de vista financiero, si se externaliza una actividad, las
necesidades iniciales de tesorería son menores y posteriormente, en el
desarrollo de la actividad, los períodos de pago de los recursos
externos son más dilatados que los que correspondería al pago de los
recursos internos si se no se hubiera externalizado la actividad.
En el mercado actual, son muchas las opciones ofertadas de actividades y
procesos que pueden ser objeto de contratación externa por las
organizaciones. Como ejemplos, podemos citar entre otras áreas, las
siguientes: distribución de productos, contabilidad, laboral, materia
tributaria y legal, publicidad y telemarketing, tecnología informática y
sistemas, selección y formación de personal, logística, compras, etc.
III. En una determinada organización, las actividades o
procesos susceptibles de externalización o outsourcing son aquellas
actividades necesarias -contribuyen al logro de los objetivos de la
organización- pero que no son centrales o críticas de su negocio y para
las cuales no se tienen unas capacidades especiales. Lo anterior conduce
a hablar de “focalización” del negocio, esto es, a identificar cuál es
el negocio central o medular de la empresa (“core business”) en el que
concentrar sus recursos y capacidades. Se trata de delimitar en qué
actividades de la cadena de valor se considera que reside el negocio de
la empresa porque son las que aportan valor al negocio, las denominadas
actividades clave, medulares o centrales del negocio. Un análisis
detallado de las actividades de la empresa, como puede ser el propuesto
en los sistemas ABC&M (Activity Based Cost & Management systems),
ayudaría en la discriminación de actividades con y sin valor añadido,
actividades principales y actividades secundarias, actividades
necesarias y actividades superfluas. Sin duda, esta identificación
correcta de las actividades de la empresa es imprescindible en la
decisión sobre el outsourcing de algunas de ellas –actividades
necesarias pero no medulares– por los riesgos estratégicos que conlleva
un error en esta cuestión.
Desde esta óptica, el outsourcing, puede considerarse como una clase de
subcontratación en la cual la empresa de outsourcing está especializada
en la ejecución eficiente de ciertas actividades de la cadena de valor
de la empresa-cliente que no pertenecen a su núcleo central de negocio,
por lo que el outsourcer aporta una mejora de la productividad en la
empresa contratante. Así, podemos diferenciar lo anterior de otros tipos
de subcontratación donde la empresa subcontratista ejecuta las mismas
actividades de su cliente pero sin una especial diferencia ya sea en
medios tecnológicos o en recursos humanos.
3. LA DECISIÓN DE OUTSOURCING: VENTAJAS E INCONVENIENTES
Una vez delimitado qué se entiende por outsourcing en el contexto actual
de las organizaciones, a continuación nos centraremos en la decisión de
outsourcing, dando respuesta a: quién se plantea esta decisión, porqué
se la plantea y cómo se adopta la misma.
En relación con el tipo de organizaciones que han optado por el
otsourcing, hemos de precisar que la práctica de outsourcing no es
exclusiva de las empresas privadas –grandes o PYMES– inmersas en el
contexto actual de gestión competitiva, también las entidades públicas
han considerado esta decisión en línea con sus objetivos de eficacia,
eficiencia y economía. En las sociedades avanzadas, el ámbito de la
economía pública se ha visto afectado por la imparable tendencia de
cambio que preside la actual realidad económico y social. En concreto,
el replanteamiento del denominado Estado de Bienestar en dichas
sociedades avanzadas puso de manifiesto, entre otros aspectos, la
necesidad de llevar a cabo reformas en el ámbito de la gestión de los
entes públicos que respondieran a las mayores exigencias de calidad en
las prestaciones sociales y a la preocupación por reducir el gasto
público.
En el ámbito de los entes públicos productores de bienes públicos no
puros, cuya provisión es -total o principalmente- pública y que se
financian a través del presupuesto (sanidad, educación, etc.) la demanda
de una mejora en la actuación pública (explicitada en términos de un
triple objetivo en la utilización de los recursos: eficacia, eficiencia
y economía) ha llevado al planteamiento de nuevos modelos de gestión que
se aproximen a los que se proponen para el caso de la empresa privada
actual. En este sentido, los modelos de gestión pública planteados en
los estados europeos han tenido en común, en general, la asunción del
concepto de eficiencia como principio rector de la actuación pública.
Pero, ¿cuáles son los aspectos principales a considerar en el enfoque de
gestión pública basada en la eficiencia?. Como señala Díaz Zurro (2001,
p. 22) “la aplicación de criterios de eficiencia en el ámbito público
debe ser algo más que reducir el gasto público; obliga a mejorar la
organización, sus procedimientos, la forma de asignar los recursos; a
separar lo necesario de lo accesorio, superar las duplicidades, evaluar
la actuación pública, identificar responsabilidades por resultados. En
suma, la aplicación de este criterio debe significar una mejora
sustancial del rendimiento y aprovechamiento del dinero público, o si se
quiere, debe permitir hacer más y mejor con menos”.
Por lo que respecta a las razones que motivan el planteamiento de una
decisión de outsourcing, éstas se desprenden de la propia descripción de
este concepto que hicimos en el epígrafe anterior y que podemos explicar
como sigue:
a) Ligado a la externalización, se presentan las ventajas ligadas
con el acceso a recursos externos, esto es: reducciones de costes y
mejoras en la estructura de costes, mayor disponibilidad de flujos de
tesorería, mejorar la rentabilidad económica y compartir los riesgos.
b) Ligado a la especialización, la relación anterior de ventajas
se completa con las derivadas del acceso a capacidades y conocimientos
de clase mundial: mejorar la calidad y los plazos de ejecución de
determinadas actividades y procesos, y por tanto mejorar la eficiencia
global de los procesos, así como, mayores posibilidades de focalizarse
en el negocio.
c) El acceso o la incorporación de recursos, capacidades y
conocimientos externos a la empresa, han de responder a una búsqueda de
mayor competitividad de los resultados de los procesos empresariales.
Así, unido al carácter estratégico de esta decisión, la razón más
importante para acometer acuerdos de outsourcing es la consecución de
mayor flexibilidad o mejor capacidad de respuesta rápida a los cambios
del mercado por cuanto supone de capacidad para redimensionar su
capacidad productiva y acomodarla a cada fase del ciclo.
Un ejemplo clásico de outsourcing es el de la industria del sector de
automoción, donde las principales compañías (Ford, Smart, etc.) han
externalizado la mayor parte de la fabricación de componentes,
concentrándose en otras áreas donde considera que reside su negocio
principal (p. ej. diseño de nuevos productos).
Asimismo, cabe destacar el caso de outsourcing de ERP por su importancia
creciente en el mundo actual de los negocios. Desde que en los años
noventa comenzara ha observarse la implantación de estos sistemas ERP en
las empresas, poniéndose el acento en esta cuestión; en la actualidad,
la preocupación mayor parece centrarse en que su mantenimiento y su
gestión sean adecuados a fin de que se traduzca en los resultados
esperados con la implantación de un proyecto ERP. Tal mantenimiento y
gestión eficaces requiere el concurso de unos recursos, capacidades y
conocimientos especializados que hacen atractiva la opción de
outsourcing de ERP para muchas de las empresas que han acometido
implantaciones de estos sistemas. A estos efectos, Paul (2000) propone
un modelo de costes que ayude a las empresas en su decisión de
externalizar este servicio, dividiendo el coste total de outsourcing en
los siguientes conceptos: coste del servicio de procesamiento de la
información (según valor estimado en el mercado), costes de set-up y de
contrato (coste relacionado con la elección del socio tecnológico
apropiado y con la institucionalización de la relación), coste de
controlar y coordinar las actividades del socio tecnológico; y por
último, el coste de fallo en la elección del socio tecnológico (coste de
cambiar a otro proveedor).
Al hilo de esto último, abordaremos la cuestión de cómo adoptar una
decisión de outsourcing. En un reciente artículo de Mintzberg y Westley
(2004), partiendo del hecho de que la toma de decisiones en la práctica
no siempre sigue un método racional, los autores abogaban por conjugar
las tres formas básicas en la adopción de decisiones empresariales.
Estas son: “pensar primero” (punto de vista de la ciencia que
proporciona el plan, fruto de la reflexión), “ver primero” (punto de
vista del arte que proporciona la panorámica o visión, promueve la
creatividad) y “hacer primero” (perspectiva artesanal, vinculada a la
acción). Aún aceptando la idea de los citados autores, para una decisión
de outsourcing no cabe sino recomendar “pensar primero” y analizarla
tanto a corto como a largo plazo en el contexto de una estrategia
claramente definida. De forma sucinta se puede afirmar que la
posibilidad de outsourcing debe analizarse encajada con la estrategia de
la empresa, una vez delimitadas las capacidades de la misma (en qué se
es realmente bueno) y evaluadas sus actividades en términos de
coste-calidad-tiempos-valor añadido desde una óptica de procesos de
negocio.
El outsourcing no está exento de posibles perjuicios o problemas
(riesgos derivados de estructuras de relación rígidas con proveedor
externo, empleados implicados, etc.). El problema derivado del conflicto
de intereses entre el vendedor o proveedor del servicio, ligado a un
contrato con escasa flexibilidad, y el cliente o empresa que ha
externalizado el servicio, con necesidades crecientes para mantener su
competitividad, se muestra especialmente evidente para el caso de las
tecnologías de información. Una respuesta a este problema es ofrecer el
servicio “bajo demanda” a fin de que las empresas puedan contratar sus
necesidades informáticas según aparezcan y puedan pagarlas en función de
su uso y su eficacia (de ahí la firma de contratos, bajo este modelo
“bajo demanda” entre las grandes empresas de alta tecnología con
empresas consultoras de integración de sistemas y outsourcing). En el
ámbito de las nuevas tecnologías, hoy los esfuerzos parecen dirigirse
hacia las PYMES, donde soluciones similares han de ofertarse a precios
más ajustados.
En definitiva, todo ello nos lleva a afirmar que en cada caso
particular, la decisión de outsourcing debe adoptarse sobre la base de
un análisis coste-beneficio o ventajas-desventajas que considere todos
los aspectos cuantitativos y cualitativos, estratégicos y operativos,
financieros y no financieros, técnicos y de comportamiento con los que
está implicada la decisión.
Al evaluar una decisión como la de outsourcing, la parte de los costes
es la más fácil de cuantificar frente a los beneficios, cuyas
valoraciones son en ocasiones muy subjetivas. Ahora bien, un estudio de
costes dentro es imprescindible en el análisis global que se haga para
la decisión de outsourcing.
Para la adopción de una decisión empresarial de este tipo se ha de
disponer de los costes relevantes para ello, siendo éstos por lo
general, los costes diferenciales predeterminados, es decir, los costes
futuros calculados para una alternativa de decisión y que son distintos
respecto al resto de alternativas. Como señalan Rosanas y Ballarín
(1986) conviene destacar lo siguiente: El concepto de coste diferencial
está íntimamente relacionado con una decisión concreta, tomando una de
las alternativas como punto de referencia; los costes diferenciales no
siempre son los costes variables (depende principalmente de cual sea la
variable principal de decisión) o los costes directos de un producto (sí
lo son cuando la decisión es si fabricar o no un determinado producto).
Un caso concreto extraído de la práctica real de una empresa, un hotel,
puede verse en Hernando (2004) donde se presenta el informe de costes
elaborado para decidir sobre la opción “Lavandería externa” o
“Lavandería interna”.
4. CONSIDERACIONES FINALES
Tras unos años en que las soluciones empresariales se han presentado, en
algunas ocasiones, como pócimas milagrosas que resolvían los males de la
empresa; el outsourcing no podemos considerar que se trate de una moda
más. Se trata de una opción clásica ahora renovada que, en algunas
organizaciones, tanto privadas como públicas y de cualquier dimensión o
sector, ante las condiciones competitivas y los requerimientos que se
derivan de ellas, puede ser una vía que, bien gestionada, se traduzca en
mejoras económicas y financieras, operativas y estratégicas.
El outsourcing consiste en la externalización de actividades de la
empresa pero con especialización, y buscando la flexibilidad de la
organización necesaria para competir en el mercado actual. El
outsourcing, tal como ha quedado explicado en el texto precedente, se
caracteriza por su vocación estratégica y su afán de flexibilidad.
A las tradicionales ventajas de una práctica de externalización
(reducciones de costes y mejoras en la estructura de costes, mayor
disponibilidad de flujos de tesorería, mejorar la rentabilidad económica
y compartir los riesgos), pueden añadirse otras más específicas del
outsourcing, como pueden ser:
· mejorar la calidad y los plazos de ejecución de determinadas
actividades, y por tanto mejorar la eficiencia global de los procesos.
· mayores posibilidades de focalizarse en el negocio.
· la mayor flexibilidad o mejor capacidad de respuesta rápida a los
cambios del mercado por cuanto supone de capacidad para redimensionar su
capacidad productiva y acomodarla a cada fase del ciclo.
En la actualidad, es precisamente esta última ventaja lo que ha
favorecido que en nuestro país, ante el problema de la
“deslocalización”, se proclame el outsourcing como una solución, entre
otras, para retener en suelo español a las empresas multinacionales,
abandonando la oferta basada en menores costes y dando paso a una oferta
basada en mayor flexibilidad.
Ciertas empresas han difundido su conversión a un modelo de empresa
“bajo demanda” caracterizadas por una reestructuración operativa que se
ajuste al ritmo de las demandas del mercado o de los clientes, mediante
una integración de procesos en un entorno tecnológico apropiado. Este
modelo se conjuga con la práctica de outsourcing de determinados
procesos y propugna la consecución de una rápida reacción ante el cambio
como solución a la competitividad de las empresas. Aceptamos que la
capacidad de adaptación al cambio es, hoy más que nunca, la pieza clave
en el mundo de los negocios; pero ¿es posible conseguir esa capacidad
únicamente con un modelo tecnológico apropiado? ¿es posible llevar a la
práctica real de nuestras empresas un modelo de respuesta en tiempo real
con el contexto legislativo vigente?.
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SENGE, P.; GOLDSTEIN, R. A.; HARRIS, M. y otros (1996): “La empresa en
el 2020” Harvard Deusto Business Review, nº 71, pp. 32-41.
[1] Según un informe de la compañía Xerox del año 1999, el 80% de las
empresas Fortune 500 estaban practicando outsourcing de tecnología de la
información y para algunas o todas las funciones de manejo de la
información.
Profesora de economía financiera y contabilidad de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Cantabria. Líneas de investigación en Contabilidad de Gestión. hernandgarrobaunican.es
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