La vida laboral tiene que ver con el problema de la insatisfacción en el trabajo y con la frustración diaria que éste proporciona.
La vida social tiene que ver con el problema de la soledad y con el
permanente deseo de una comunicación interpersonal verdaderamente
genuina.
La vida afectiva (y sexual) tiene que ver con el problema de la
incapacidad de amar, de darse totalmente al otro, y además con la
búsqueda incesante de paliativos temporales en encuentros con el sexo
opuesto.
La vida ocupacional
De estos tres problemas nos ocuparemos principalmente del primero: la
vida ocupacional del colombiano.
Del total de la población colombiana, un 53% pertenece a la población
hábil, mayor de 15 años y menos de 65; el resto es una población inhábil
y dependiente, constituida por adultos mayores de 65 años y menores de
15, por lo general por fuera del mercado de trabajo (hablando en
términos del DANE, 53 colombianos de cada cien constituyen la “población
económicamente activa” que trabaja para el 47 restante).
Esa gente que trabaja y que sostiene a la población dependiente, lo hace en muchas partes: en la ciudad, en el campo, en una fabrica, en un taller artesanal, en un almacén, en el sector privado, el sector público.
Con todo, siempre habrá un resto de personas que no trabajan, o lo
hacen a medias, y que están tratando de ingresar al mundo del trabajo
organizado (desempleados y subempleados.
La pregunta que sigue es: ¿por qué trabaja esa gente? La respuesta
general es aparentemente simple: “para ganar dinero”.
Esta manifestación no es errada, sino incompleta: si la examinamos mas de cerca, en la realidad trabajamos para transformar la naturaleza de tal modo que satisfaga, mal o bien, las necesidades humanas.
Trabajamos para transformar la hierba salvaje en arroz, las naranjas silvestres en mermeladas, el mineral de hierro en acero y luego en automóviles.
En otros casos, las transformaciones se hacen para mejorar los
servicios de la comunidad.
Todavía hay gente piensa, sin embargo, que el trabajo físico es una
maldición del Antiguo Testamento impuso al hombre como expiación de sus
pecados.
En esta creencia puede estar la influencia de la estirpe cristiana
de nuestras instituciones.
Por el contrario, otros piensan que el hombre es un ser fijo, que es por
naturaleza perezoso, que solo se mueve por miedo y que siempre está
tratando de hacer el menor trabajo posible. Mas adelante se verán los
dañinos alcances que tiene esta última ideología.
La definición mas moderna señala que el trabajo es una actividad social
por excelencia, una parte definitiva de la vida humana.
Por esta razón, porque el trabajo es una actividad social, es por lo que usualmente se teme al desempleo: porque desliga al individuo de la vida en comunidad.
Desde esta nueva perspectiva, el trabajo (como actividad social)
cumple dos funciones básicas: producir los bienes que la sociedad
necesita y hacer participar al individuo del sistema de relaciones
sociales que existen en su mundo cotidiano.
¿Trabajamos por dinero?
En lo que respecta a la motivación, es decir, el impulso para trabajar,
todavía hay gente pensando que el único y mas importante incentivo para
trabajar es precisamente el dinero.
De acuerdo con investigaciones realizadas en este campo, la mayor parte de los empleados expresan su insatisfacción con su paga más que por otros aspectos de su trabajo.
Desde luego que parece ser más fácil, o más aceptado socialmente,
expresar la insatisfacción salarial que expresar otras clases de
insatisfacciones en el trabajo.
Sin embargo, la gente no se mueve principalmente por los motivos
económicos. Así como no existen pruebas de que los hombres sean egoístas
o perezosos por naturaleza (porque nacieron así), en cambio SI existen
pruebas de que hay otras cosas más importantes que el salario del
trabajador
Como incentivo al trabajo, el dinero es de los menos importantes.
En cuarenta y tres investigaciones sobre la importancia del pago,
realizadas a todos los niveles, el salario aparece situado en promedio
en el puesto 3 entre 105 personas encuestadas. Solo aparece catorce
veces en primer lugar, siete veces en segundo lugar, dos veces en sexto
lugar y una vez en el noveno lugar.
En una encuesta realizada con 54 jefes de relaciones industriales, los
participantes dijeron que en Colombia solamente se motiva al través del
dinero y algunos otros beneficios monetarios (prestaciones
extralegales), por medio de actividades sociales, conductas
paternalistas y por vivienda.
Empero, aL preguntárseles a tales ejecutivos por la manera como
ellos percibían que debía ser su propia motivación dijeron que se
encontrarían satisfechos “obteniendo resultados”, “ganando
reconocimiento o felicitaciones”, “cumpliendo objetivos en las tareas”,
“por realización personal” y “cuando se tiene status y participación en
decisiones”.
Como puede observarse, existen otras cosas que producen satisfacción en
el trabajo. PERO si el dinero es TODO lo que un hombre obtiene por su
trabajo, es capaz en consecuencia de aceptar cualquier medio lícito o
ilícito para aumentar todo el dinero que pueda.
El clima de una organización
Es a partir de la anterior afirmación donde comienza la mayor inquietud
alrededor de la vida ocupacional del colombiano. Me refiero a los
aspectos internos, y no externos del trabajo (como el dinero).
Me refiero, en primer lugar, a la atmósfera o “clima organizacional” que se vive en las empresas privadas o públicas.
¿Estarán conscientes los directivos de nuestro sistema empresarial,
y también los directivos del sector publico, que somos personas todo el
día y empleados solamente una parte del horario de trabajo?
Los hombres somos más sensibles a los cambios en el “clima psicológico”,
a las intenciones y a las expectativas, que a los cambios ordinarios que
ocurren en el ambiente físico.
Somos sensibles a los cambios de nuestra remuneración (externos), pero también lo somos especialmente en aquellos aspectos que nos Identifican como personas (internos).
Por ejemplo, una palabra-piedra, una palabra dicha a destiempo, una
frase mal interpretada por el subalterno, hacen descender el nivel
psicológico (y aún la eficiencia) en un grado mayor al efecto que
produce el descenso en la intensidad de la iluminación o en la
temperatura del taller u oficina.
Una palabra dicha a destiempo ---un regaño en público e injusto, ó una
explosión emocional inesperada--- ... ¡y cuánta energía se gasta usted
después en volver las cosas a su cauce original, en volver positivo y
cálido el clima que usted hizo negativo y frío con una frase
destemplada! Ni qué decir de los sentimientos de culpa y de los
remordimientos cuando se ha cometido una injusticia, y de todos los
esfuerzos que se hacen para reparar la falta sin “sacrificar” el
orgullo, o dar muestras de debilidad.
Este ejemplo es elocuente por sí mismo.
Hay una creencia extendida de que las personas desean más dinero, más
radios, más viviendas, más cosas y que, mientras más objetos tengan, más
felices serán.
Creo que no deba negárseles estas cosas a la gente, pero ellas pueden ser tal vez simples disculpas, simples “complementos de la felicidad” en detrimento de sus necesidades más profundas.
En el marco del llamado clima organizacional estimo entonces que si
hay una lucha contra la polución ambiental, también debemos pensar en
una lucha contra aquella polución que ocurre dentro del trabajo y que se
manifiesta en forma de sentimientos de frustración y de alineación que
acosan a muchas personas.
El trabajo estúpido y polucionado
Es desesperante tener que pensar que el trabajo solamente crea
tensión, conflictos reprimidos, presión a insatisfacción.
¿Será que el gozo de la vida, la excitación, la creatividad y el
entusiasmo solo se dan por fuera del trabajo, o en los fines de semana?
¿ Es que el trabajo no puede ser fuente de alegría? (Alguna vez dije que
creía en el proverbio escocés de que “el trabajo duro nunca mató a un
hombre”: los hombres mueren de enfermedades, de aburrimiento y de
conflictos psicológicos).
Imaginemos que hay fábricas y oficinas organizadas por personas que
parecen odiar a la raza humana.
Fábricas y oficinas donde el trabajo es tan estúpido y triste como puede ser posible.
Sitios donde existe el trabajo polucionado. La satisfacción en el trabajo no es independiente de que se tenga casa, seguro social o recreación: esas cosas pueden tenerse, y sin embargo vivir permanentemente insatisfechos en el trabajo.
Vivir polucionados, contaminados de una frustración general, “fríos”
alrededor de las tareas. Por este despeñadero llegamos al individualismo
y al autoritarismo.
Individualismo y Autoritarismo
Incapaces de convivir, de ser entusiastas, de ser creativos, inútiles
para colaborar en equipo, de manejar los problemas que se presentan en
los grupos, de comprender las necesidades de los demás, de conocernos a
nosotros mismos, los colombianos nos volvemos individualistas.
Como tenemos dificultades para manejar nuestras emociones, para confrontar nuestros sentimientos, para franquearnos con los colaboradores, para trabajar en equipo, entonces nos volvemos individualistas. Hacernos lo que queremos hacer, sin importarnos los demás, empeñados en satisfacer nuestras propias necesidades por encima de las necesidades de los otros.
Nos hacemos egoístas porque el trabajo alienado no parece dejarnos
otra alternativa.
De esta manera, en el trabajo diario empezamos a caer en las manos de
aquellos ejecutivos que viven de afán para ninguna parte, de ciertos
activistas que disfrazan su inseguridad haciendo cosas a la topa
tolondra.
Caemos en las manos de aquellos jefes que parecen haber sido entrenados para creer que el ejercicio del poder sobre la otra gente es uno de los requisitos para el éxito.
Caemos en las manos de aquellos jefes con sentimientos de
inferioridad que proyectan sus propios conflictos interiores sobre sus
subordinados. Y con todos esos actores, el autoritarismo se convierte
entonces en una pauta moral y de conducta que desciende a todo lo largo
y lo ancho de la pirámide. La democracia organizacional pierde así su
primer asalto.
El Umbral de las Contradicciones
Desde otro punto de vista, es frecuente que muchos individuos admiren
las formas de autoridad precisamente con el objeto de someterse y
depender de ellas (dependencia), mientras al mismo tiempo desean ser una
autoridad para que otras personas se sometan a ellos (autoritarismo).
Igual cosa sucede con participar: ¿por qué será que algunas personas viven pidiendo a gritos que se les dé participación en las decisiones, mientras le niegan el derecho a tenerla a los que están bajo su gobierno? Aquí despunta el umbral de las contradicciones entre las condiciones del trabajo y los individuos que habitan ese trabajo.
Por ejemplo, a veces creo que los mandos medios, encerrados en ciertas formas estrictas y autoritarias, buscan la posibilidad de ser libres para tomar algunas decisiones aún por encima de la voluntad de su superior.
¿No será por eso que se detienen las cosas, se empapelan las
gestiones, pues el funcionario público quiere moverlas a su voluntad,
agarrando así una pequeña posibilidad de ser autónomo y libre? ¿Por lo
mismo, no será por eso que el empleado desea verse como una parte real
de la entidad donde trabaja y, moviendo sus posibles decisiones, le
señala a su vida algún sentido, prueba que es inteligente y tiende a
borrar así la rutina de unos días tremendamente grises?
Un ejemplo más: algunas personas actúan corno si ellas quisieran que el
hombre fuera dividido en dos sujetos separados: una persona racional que
opera lógicamente, que trabaja con hechos y extrae de ellos conclusiones
puramente objetivas; y otra persona, una persona emotiva que es
ciegamente irracional, que ignora y malinterpreta los hechos y que opera
de un modo torcido.
A mediados del siglo XII, la famosa ley del habeas corpus permitió a
los individuos escapar del duelo justiciero y obtener el juicio de un
jurado; con esa ley se puso término a la detención ilegal y en la
actualidad esta jurisprudencia está arraigada en las leyes de casi todas
las naciones.
Hoy existe además --- como contrapartida democrática---- un principio
de libertad mediante la ley del habeas emotum, una aspiración al
ejercicio de la libertad psicológica que se expresa como “el derecho del
individuo a sus propios sentimientos y a la expresión de los mismos,
salvo en los casos en que esa expresión limite la libertad emocional de
los demás”.
No obstante, cultivar la madurez emocional es más fácil decirlo que
lograrlo. La mayoría de las veces los individuos desplegamos más
madurez intelectual que emocional; nos mostramos sabios, inteligentes,
astutos, teóricos, pero no sabemos controlar la más leve irritación, el
más pequeño enojo.
Por el contrario, a menudo es el enojo, la cólera, la rabieta el que
nos controla a nosotros!
Un Choque Cultural
Podemos continuar con muchos más ejemplos de las contradicciones
sociales que se reflejan en las actitudes frente al trabajo: por
ejemplo, una escuela reciente de educación infantil ha venido
promoviendo la posibilidad de un cierto monto de permisividad
---entendida como poca cantidad de disciplina en los primeros años de la
infancia---, con lo cual, dicen, se facilita un desarrollo más maduro de
La personalidad del niño. ¿Será difícil imaginar el “choque cultural”
que representa para un niño salir de un hogar permisivo (y democrático)
para ponerse en contacto con una escuela autoritaria, una universidad
autoritaria (incluso en sus ideologías dogmáticas) y un puesto de
trabajo donde las relaciones son autoritarias de comienzo a fin, en la
empresa privada o en el mismo sector público?
Este es el núcleo de mi hipótesis de trabajo: la apariencia. El
trabajador colombiano vive en una sociedad política y
constitucionalmente democrática; pero adentro, en el ambiente de la
organización y de las empresas, las cosas no funcionan tan
democráticamente.
El umbral de las contradicciones y de las apariencias pasa desde la
sociedad hasta el puesto de trabajo.
El trabajador puede desempeñar excelentes funciones responsables en
roles y grupos ajenos a su organización (un club, un grupo cívico, la
asociación de padres, el sindicato), pero a menudo no tiene iguales
responsabilidades dentro de la empresa. Adentro de su organización la
responsabilidad y autonomía de los trabajadores son diferentes: aquí
predominan las órdenes severas.
Democracia formal y autocracia real son entonces los términos de un
dramático antagonismo social en Colombia.
Por una Democracia Expansiva
Si nuestra hipótesis es correcta, ahora debemos empezar a pensar si
estamos o no estamos en una disposición de cambio.
Algunas personas somos partidarias de emprender ese cambio humanista
comenzando por la democracia dentro del trabajo, vale decir, en esa
porción de la vida de cada uno a la cual le dedicarnos ocho o más horas
de convivencia activa.
Este tipo de democracia industrial u organizacional, y bajo cualquier
clase de democracia si es que existen varias modalidades de practicarla,
exige mucho esfuerzo y un esfuerzo de muchos. Algunos se van a resistir
a ello: pero sin la resistencia al cambio no se hubiesen producido otros
importantes fenómenos de la historia. La democracia, además, no podría
existir sin alguna clase de oposición activa.
El primer problema es, como diría Erich Fromm, “el miedo a la libertad”.
¿No será por el miedo a la libertad que los pueblos van siendo empujados
pasivamente hacia una sociedad de tipo totalitario? Algunos grupos
podrían oponerse a la democracia organizacional ---un primer paso para
la democracia total, para una democracia expansiva a través de nuevas
formas de cooperación y solidaridad humana, que promuevan el bienestar
de la comunidad y desarrollo de los individuos dentro del trabajo
organizado.
Algunas asociaciones sindicales podrían oponerse también a la
democracia expansiva en el trabajo puesto que desearían presentar
cualquier mejora suya como el fruto único de su esfuerzo ó intentar
aplazar los cambios hasta ponerse en condiciones de ganar el conflicto.
Pero, para ser consecuentes nuevamente, la democracia siempre se basa en
la existencia de alguna oposición efectiva.
No quiero pensar que esta conjetura sea absolutamente necesaria: más
bien creo que las organizaciones modernas tienen en la democracia
industrial, o como quiera llamársela, una oportunidad inigualable
Bases de una Conciliación
Enfrentados a la alternativa de una sociedad totalitaria (que castra a
sus mejores hombres, que reprime basta las emociones, que deshumaniza el
trabajo), y de una democracia expansiva como la que señalamos en las
páginas anteriores, las organizaciones del sector público y privado, y
sus dirigentes, podrían sentarse a planear las bases de una conciliación
dentro del trabajo. Esta afirmación no pretende ser un nuevo modelo para
el país. Pero, en lo que a ml respecta, creo que somos de una generación
que no puede volver atrás. En las puertas del milenio, somos como un
piloto de avión que atraviesa el mar y que ha llegado a un punto sin
retorno porque no tiene combustible para volver y entonces debe seguir
adelante pese a las tormentas y otros peligros. Posiblemente estemos en
un punto sin retorno, pero tenemos enfrente al futuro.... y podemos
manejarlo mediante un cambio planeado que nos ofrezca una nueva calidad
de vida y un nuevo tipo de relaciones que humanicen la existencia
diaria.
JAIME LOPERA GUTIERREZ (DE ARMENIA, COLOMBIA) CONSULTOR DE EMPRESAS EN PROCESOS DE CAMBIO POR MUCHOS AÑOS Y AUTOR DE VARIOS LIBROS DE ADMINISTRACIÓN PUBLICADOS POR LA EDITORIAL "INTERMEDIO" DE BOGOTA.
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