Diríase, improvisando, que la intuición es una especie de conocimiento o mensaje que nos llega sin que sepamos explicar cómo, que nos impacta sensiblemente, y en el que confíamos de manera especial; pero mediante algunas definiciones de diccionario, podemos asegurar una primera aproximación al concepto que nos ocupa: “Capacidad de conocer, o conocimiento obtenido, sin recurrir a la deducción o razonamiento”, “Percepción clara, íntima, instantánea de una idea o verdad, como si se tuviera a la vista y sin que medie razonamiento”, “Facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin razonamiento”... Sí, digamos ya que nos podemos referir a la intuición como cualidad de los intuitivos (decimos que viene a ser un sexto sentido), como acción de intuir (hablamos de corazonadas, presentimientos, premoniciones...) y también como señal o mensaje intuido.
Pero algunos expertos nos permiten profundizar en el fenómeno: Carl Jung insiste en que la intuición no es contraria a la razón, sino que reside fuera de la misma; Weston Agor se refiere a la intuición como “capacidad de integrar y utilizar la información almacenada en ambos lados del cerebro”, y nos dice también que “las señales intuitivas se transmiten en forma de sentimientos”; Burke y Miller sostienen que “la intuición resulta de un proceso mental subconsciente, que se sustenta en la historia anterior del individuo”; Jagdish Parikh habla de “acceso a la reserva interna de pericia y experiencia acumulada durante años, y obtención de una respuesta, o de un impulso para hacer algo, o de una alternativa elegida entre varias, todo ello sin ser consciente de cómo se obtiene”; Vaughan parece ir más lejos: “La intuición nos permite recurrir a la enorme provisión de conocimientos de los que no somos conscientes, incluyendo no sólo todo lo que uno ha experimentado o aprendido intencionada o subliminalmente, sino también la reserva infinita del conocimiento universal, en la que se superan los límites del individuo”. Obsérvese que, aunque no todos los expertos lo vean inicialmente así, Frances Vaughan contemplaba la intuición como fenómeno colectivo: quizá vale la pena reflexionar sobre ello.
Pero son muchos los expertos que se han ocupado del tema: Herbert Simon sostiene que la esencia de la intuición yace en una organización del conocimiento tácito que permita su rápida identificación y transformación en conocimiento explícito; para Sorokin existen tres formas de verdad: la sensorial, la racional y la intuitiva; Robert K. Cooper apunta que la honradez emocional favorece sensiblemente la intuición y que ésta, entre otros efectos, nutre la empatía; también Janice Redford y Robert McPherson relacionan decididamente la intuición y la empatía, y recuerdan que las personas intuitivas pueden observar un conflicto desde la perspectiva de cada parte; Peter Senge dice que “los individuos dotados de elevado dominio personal (una de sus conocidas “disciplinas”) no se plantean elegir entre la razón y la intuición, como tampoco se les ocurriría caminar con una sola pierna o mirar con un solo ojo”; y, por si quedara duda, Einstein decía que “la intuición es lo único que realmente vale”. Ya se entenderá que todos estos pensadores (y otros no citados) dijeron más cosas y aun más interesantes sobre la intuición, y a ellos remitiríamos al lector que deseara avanzar en el tema. Bueno, un par de alusiones más: dice Goleman que “la sensibilidad intuitiva instantánea podría ser el vestigio de un primitivo y esencial sistema de alarma, cuya función consistía en advertirnos del peligro...”; y el ya citado Jagdish Parikh (quizá uno de los expertos que más ha estudiado la intuición entre los directivos) sostiene, entre otras muchas cosas, que la intuición es multidimensional (una habilidad, un don, una forma de ser...), multicontextual (una señal instantánea, una sensación durante un cierto periodo, un proceso continuo...) y multinivel (consciente, subconsciente, inconsciente...). Entre los directivos que más uso hacen de la intuición, señala Parikh a los japoneses, los norteamericanos y los británicos.
Hasta aquí, entonces, algunas breves
referencias, quizá suficientes, para aceptar que, bien entendida, la
intuición es más importante de lo que parece, y para situarla abarcando
o integrando el sistema nervioso primitivo y el evolucionado, los
pensamientos y los sentimientos, la habilidad y el don, lo individual y
lo colectivo, lo consciente y lo inconsciente, nuestro viejo y reciente
pasado con el futuro próximo y remoto, la veleidad y la ciencia; y
también para reproducir en una lista, ubicados ya en el escenario
profesional, algunos apuntes que, a modo de síntesis, tomamos en nuestra
fase de documentación:
1. La intuición genera señales instantáneas, repentinas, a modo de
súbitos mensajes del interior; pero hay que interpretarlos
adecuadamente.
2. La intuición utiliza distintos niveles o vehículos para
manifestarse: el físico, el mental, el emocional y el espiritual. No hay
que descartar que utilice más de uno.
3. La intuición, según dicen los expertos, nos permite acceder a
una gran reserva de conocimientos de los que no somos conscientes, o lo
somos sólo parcialmente.
4. La intuición viene a ser el modo de pensar “por defecto”, es
decir, el que funciona cuando no aplicamos el pensamiento racional.
5. La intuición parece imposible de definir de modo gestaltista u
holista; más que limitadoras definiciones, encontramos afirmaciones
sobre ella.
6. La intuición, como objeto de estudio por expertos, es observada
desde distintos ángulos y suscita conclusiones no coincidentes; quizá
eso la hace más atractiva.
7. La intuición podría servir a su propia explicación, con el
riesgo de llegar a conclusiones mezcladas con nuestras creencias y
rechazables por el establishment.
8. La intuición se manifiesta típicamente mediante palabras,
imágenes, sentimientos o sensaciones viscerales, que no siempre sabemos
interpretar.
9. La intuición, reconocida como multiforme voz interior, puede
generarse fuera de uno mismo mediante epifanías.
10. La intuición se presenta a menudo sin avisar, pero también puede ser
llamada y responder enseguida, o tomarse algún tiempo.
11. La intuición, que se puede desarrollar, parece ser proporcional a la
honradez emocional y a la motivación por saber, por descubrir y por
resolver.
12. La intuición, en su manifestación quizá más cotidiana, nos permite
leer entre líneas y conocer los sentimientos de los demás, al margen de
sus palabras.
13. La intuición, según algunos investigadores, contiene la verdad y es
infalible; pero, por si fallaran otros elementos del proceso, vale
alinearse con los más cautos.
14. La intuición es una facultad genuina, y no debemos confundirla con
temores suscitados por el miedo, con deseos o con peligrosas
presunciones de infalibilidad.
15. La intuición tampoco debe confundirse con el instinto, ni con la
previsión, la creatividad o la inspiración, aunque a ellas contribuya.
16. La intuición presenta fronteras indeterminadas; hay quien piensa,
por ejemplo, que el apetito, además de una forma de estrés, es una
intuición.
17. La intuición podría estar relacionada con una parte de la
inteligencia no residente en el cerebro, sino en las vísceras.
18. La intuición, es decir, la revelación intuitiva, puede producirse en
cualquier momento; debemos estar atentos y preparados para reconocerla.
19. La intuición es bastante más probable en momentos de calma; parece
requerir cierta paz interior, con la mente enfocada a “el aquí y el
ahora”.
20. La intuición, para los directivos, parece estar especialmente
presente en la toma de decisiones, pero también aparece en otros
momentos.
21. La intuición es motivante; las señales intuitivas nos mueven a la
acción, pero —recordémoslo— hemos de poner la razón en medio.
22. La intuición está detrás de muchos logros en materia de creatividad
e innovación, y ha resultado clave en numerosos éxitos empresariales.
23. La intuición creadora parece exigir, por decirlo así, que estemos en
resonancia con el reto o problema a resolver, o sea, que lo hayamos
comprendido bien.
24. La intuición puede estar muy desarrollada; en esos casos no
accedemos a ella sólo por azar, sino que podemos favorecer el acceso.
25. La intuición permite percibir (presentir) cosas venideras (aunque no
siempre las personas presuntamente visionarias lo son realmente).
Quizá a algún lector resulte esto último más difícil de aceptar, pero
nosotros vamos a tratar de asumir que el subconsciente (entendido con
amplitud) no conoce límites de tiempo ni espacio, y que aporta materia
para una ciencia precognitiva, por no hablar llanamente de clarividencia
o videncia. En realidad, a menudo hablamos de “presentimientos”
(sentimientos previos a algo que sucederá), y en el mundo del management
la intuición se entiende en ocasiones reducida a visión de futuro
(visión de lo que sucederá) como si fueran sinónimos. La visión de
futuro o de negocio y, más en general, la intuición, son cualidades
importantísimas para los directivos, pero —ya se ha sugerido— hemos de
guardarnos de los falsos intuitivos o falsos visionarios, como nos
recomienda, entre otros, J. Fernández Aguado en uno de sus libros.
Un caso de intuición en los negocios
Nos parece, como ejemplo, que la intuición tuvo un decisivo papel en la
aparición, hace casi 25 años, del Walkman de Sony. Quizá recuerde el
lector que, tras comercializar la compañía una grabadora monoaural de
pequeño tamaño para periodistas (el “Pressman”), los ingenieros
intentaron hacerla estereofónica; al incorporar los nuevos circuitos ya
no quedaba espacio para la función de grabación, de modo que el
resultado era un reproductor portátil de cintas de audio, que precisaba
auriculares externos. Al parecer, los ingenieros consideraron el
proyecto un fracaso, y utilizaban el prototipo en el laboratorio para
escuchar música. Masaru Ibuka, ya como presidente honorario, lo escuchó
accidentalmente y pensó que podía venderse; su íntima convicción le
llevó a comentarlo con Akio Morita, que entonces dirigía la compañía, y
éste, igualmente confiado, decidió fabricarlo a pesar de los informes
desfavorables de sus colaboradores. El tiempo dio la razón a estos
legendarios empresarios japoneses, seguramente más allá de sus
expectativas.
No hace falta insistir en el éxito del Walkman, ni queremos dar a
entender que la intuición sea la única vía hacia la innovación; de
hecho, algunas innovaciones de éxito se deben, por ejemplo, a la mera
serendipidad (bautizada así —serendipity— en 1754, por Horace Walpole).
Son serendipitosos los rayos X, el horno de microondas, el Velcro... La
serendipidad viene a ser la facultad (que algunas personas parecen
poseer en mayor medida que otras) de hacer descubrimientos importantes
por casualidad; algo debe tener que ver con la curiosidad y la
creatividad. Pero cerramos esta breve digresión y volvemos al tema que
nos ocupa, para recordar que algunos casos muy conocidos de intuición
están relacionados con sueños; por ejemplo, el caso de la máquina de
coser de Elias Howe, o el de la arquitectura de la molécula del benceno,
resuelta por Friedrich August Kekulé von Stradonitz, que, curiosamente,
estudió Arquitectura y Química, si no estamos mal informados. Sendos
sueños proporcionaron a estos hombres la respuesta que andaban buscando,
de modo que insistimos en el desaprovechado poder del subconsciente, a
cuyo nivel nos movemos con gran libertad, lejos de la autocensura de la
conciencia.
Intuición en la era del conocimiento
En definitiva, la intuición se nos muestra como fuente de conocimiento
—o, dicho de otro modo, como fuente de valiosas respuestas—, de cuya
procedencia no somos conscientes y cuyo significado se nos podría
escapar (como dice Robert K. Cooper, la intuición no suele formular
frases completas). Acabamos de acudir a un ejemplo del siglo XX (el
Walkman) y dos del XIX (la máquina de coser y la molécula del benceno),
pero ya en los albores del XXI se dice que estamos en la era de la
información y el conocimiento, y no debemos olvidar una fuente, un
recurso, tan importante como la intuición. A decir verdad, más que en la
era del conocimiento, algunos empresarios y directivos parecen estar ya
en la era de la intuición: “lo único que realmente vale”, como nos decía
el insigne físico de Ulm. Pero tengamos cuidado con la intuición, que ha
de ser administrada con la cabeza fría.
Alguien podrá pensar que los grandes empresarios se dedican ya más a la
compra-venta de empresas y la ingeniería financiera, que a la buena
marcha de cada organización, como dando por hecho que los beneficios
sólo pueden venir al margen de la ética y en la frontera de la ley;
aunque así fuera —nosotros preferimos pensar, aunque a veces nos cuesta
hacerlo, que la integridad y la ética son valores en alza—, también
resultaría necesaria la intuición en la toma de decisiones estratégicas.
Pero efectivamente, el éxito pasa por mejor aprovechar el conocimiento
individual y colectivo, venga de donde venga, y aquí hay que distinguir
bien tres tipos de conocimientos:
el conocimiento
explícito (fácil, en general, de adquirir y compartir);
el conocimiento tácito o implícito (más costoso de adquirir y difícil de
compartir), y
el conocimiento “desconocido”, del que no somos conscientes (y al que se
llega mediante la intuición).
Creemos que estos tres tipos de conocimientos son altamente valiosos, y
sabemos que los expertos más avanzados en el área de la gestión del
conocimiento (knowledge management) son sensibles al papel de la
intuición.
Reconozca las señales intuitivas
La neurociencia admite que, para que brote la respuesta intuitiva a un
problema, antes hemos de haber identificado e interiorizado
suficientemente la situación como consecuencia de la inquietud que nos
transmite; después, y ya de manera que no nos resulta consciente, hemos
de haber incubado la solución. Luego, en cualquier momento, emerge la
señal intuitiva “lo mismo —como dice Csikszentmihalyi— que un corcho
mantenido bajo el agua sale y salta en el aire cuando se le suelta”;
nosotros también la vemos como una burbuja que, al llegar a la
superficie, se muestra efímera: hay que estar atentos para captarla y
capturarla. En cualquier caso, una vez que, repentinamente, ha brotado
la intuición y se ha reconocido y registrado como tal en la conciencia,
es el turno de la razón analítica: el necesario complemento.
Reconozcamos, por consiguiente, esa especie de sexto sentido que es la
intuición, y no la confundamos con una mera opinión, con un deseo, con
una apuesta de futuro, con una reflexión o con la inspiración. Estemos
atentos a estas señales intuitivas repentinas (palabras, frases,
imágenes, sensaciones, emociones) y procuremos registrarlas en la
conciencia antes de que sucumban a su censura o se disipen;
registrémoslas, incluso y si podemos, en un papel. Si no lo hacemos, la
señal se puede diluir por difusa, o por mor de las rigideces racionales.
A veces, uno se despierta por la noche y, de repente, se le ocurren
algunas ideas relacionadas con los problemas que tenía en la cabeza al
acostarse; si no pensáramos firmemente en estas revelaciones surgidas,
sólo unos instantes y sin ánimo de valorarlas, podríamos haberlas
olvidado al levantarnos.
Deseamos añadir un comentario. Hemos citado al profesor Cooper y
queremos decir que él, en su conocida obra Executive EQ, habla de “flujo
intuitivo” relacionándolo con el estado de flujo estudiado por el
igualmente citado profesor Csikszentmihalyi (cuyos libros Flow y
Creativity nos han parecido también altamente interesantes). La verdad
es que nosotros no habíamos relacionado el estado de flujo (especie de
íntima euforia realimentadora, derivada del alto rendimiento) con la
intuición (tampoco parece hacerlo Csikszentmihalyi), pero admitimos
cierto solape e invitamos al lector a consultar estos tres libros, si no
lo hubiera hecho ya.
Desarrolle su intuición
Hemos tratado de definir la intuición en busca de la aquiescencia del
lector; pero reconocemos que nosotros mismos hemos tardado más de 40
años en entender y valorar este bonísimo recurso del ser humano. Ahora,
en los siguiente párrafos, documentados en las enseñanzas de Cooper,
Goleman y otros expertos en inteligencia emocional y management, veremos
algunas prácticas que se recomiendan para el desarrollo de esta
facultad. De entrada, recordar algo que también nos transmite el
profesor Cooper: la intuición se cultiva con honradez emocional como
nutriente. (Hemos entendido bien lo de honradez emocional: no se trata
de perseguir a los corruptos, sino, básicamente, de ser coherentes con
nosotros mismos y preferir la verdad a la tranquilidad). Aquí van ya las
recomendaciones que sometemos a su consideración, para el desarrollo de
la intuición:
Conózcase a sí mismo. Se trata del famoso mandato délfico: Gnothi seauton. Si lo prefiere, Nosce te ipsum o Know yourself. Esto es bueno para todo y encaja con la necesaria dosis de honradez emocional. Para alcanzar el autoconocimiento, ábrase al feedback de buenas fuentes, practique la reflexión y preste atención a su voz interior: no deje atrofiar este recurso. No nos referimos a la voz de su ego; se trata, si le vale decirlo así, de la voz de su alma, de la voz de su conciencia (ahora hablamos de conciencia moral), de su fuero interno, de su karma. Hay personas que apenas escuchan la voz de los demás, pero igualmente grave resulta el no escucharse a sí mismo. Trate de destapar esos puntos ciegos pendientes y tome conciencia de sus fortalezas y debilidades. Intente ser, de verdad, lo que le gustaría ser e intenta parecer (esto ya lo decía Sócrates). Distinga bien sus pensamientos de sus sentimientos e identifique claramente sus emociones; no renuncie a ellas pero reconózcalas (meta-mood): es el primer paso para encauzarlas debidamente y aprovecharlas. Además, ya sabe que a veces la intuición se expresa mediante emociones.
Mejore su CE (cociente emocional): diríamos que se trata de un imperativo moral. Si desarrolla bien su esfuerzo de autoconocimiento, es posible que encuentre áreas de mejora: autocontrol, empatía, liderazgo, purpose, resistencia a la adversidad, flexibilidad... Cuanto mejor funcione su cerebro emocional, más ayuda recibirá de la intuición. En su proceso de mejora, siga buscando buen feedback: no se contente con que le digan sólo lo que le guste escuchar. El feedback es (lo dice Rick Tate) el desayuno de los campeones. Aprenda a expresar y administrar sus sentimientos como expresa y administra sus pensamientos. La inteligencia emocional nos hace seres humanos más completos (lo dice Maurice J. Elias) y aun más felices (lo dice Goleman). No lo dude, la intuición funciona mejor en personas con elevado CE; de hecho, la intuición viene a ser una dimensión exaltada de la inteligencia emocional (lo dice Cooper). Para obtener mejor provecho de Ud. mismo, y en beneficio de su familia, mejore su CE (se lo digo yo, con perdón).
Formule preguntas claras a su intuición. La intuición está esperando que
Ud. la llame y que le plantee preguntas bien definidas. Cuanto más la
utilice, mejor funcionará. Quien esto escribe tiene por norma dejar
trabajo al subconsciente cada noche y esperar resultados por la mañana.
Entonces, uno puede encontrar respuestas, como regalos traídos por el
ratoncito Pérez: ideas valiosas para problemas que demandan soluciones
creativas, espacios de visión que amplían su horizonte, impulsos o
determinaciones de hacer algo (o, definitivamente, de no hacerlo)...
Debe profundizar en lo yacente y subyacente de cada situación que le
inquiete, y luego formularse preguntas que pueda responder la intuición
con su diverso y peculiar lenguaje.
Evalúe las señales intuitivas, es decir, las soluciones que se le
ofrecen. Tanto si se trata de ideas creativas, impulsos para la acción,
soluciones a dilemas o luces para penumbras, no las rechace ni las
admita instantáneamente: recuerde lo del turno de la razón analítica. Ya
sabemos bien que la razón no es contraria, sino complementaria, a la
intuición. Es necesario asegurar cuanto se pueda el acierto ante cada
decisión; mediante el acierto, ganaremos confianza en los procesos
intuitivos, acudiremos a ellos con más frecuencia y descifraremos mejor
sus señales. No bajemos la guardia en la evaluación, aunque creamos que
nuestras intuiciones son siempre buenas; no nos creamos nunca
especialmente agraciados con el don de la intuición; no nos olvidemos de
la prudencia, la humildad y el aprendizaje. También hemos leído
(Cooper): “No se puede ser intuitivo si se empeña uno en llevar razón”.
Conclusión
Nos quedamos pensando que quienes ya conocían la importancia de la
intuición no necesitaban estos párrafos; y que quienes no habían
reparado suficientemente en ella no habrán sintonizado plenamente con
nuestras palabras. Pero confiamos en que los primeros nos habrán
dirigido su aquiescencia, y los segundos empezarán a interesarse.
Nosotros vemos la intuición como un recurso personal que, aunque pueda
parecer algo esotérico, está al alcance de todos y resulta fundamental
para quienes deban tomar frecuentes decisiones. Inexcusable entre los
directivos. Ya debe ser hora de empezar a exoterizar lo esotérico.
No estamos muy seguros —pero hay expertos que sí lo creen— de que la
intuición funcione mejor entre las mujeres que entre los hombres,
aunque, como algunas otras cosas, pueda manifestarse de manera peculiar
en cada sexo y, por supuesto, en cada persona. Desde luego, recomendamos
explotar el potencial del subconsciente, que no es nada despreciable, y
brindamos por un emparejamiento fructífero entre la razón y la
intuición. Pero si alguien prefiere los tríos, hablemos de razón,
corazón e intuición (este nos parece un trío ganador, pero para el
póquer uno sumaría el purpose, y para el repóquer el courage). En
efecto, se nos quedaba corto el raciocinio reduccionista.
"Consultor
de Management y Recursos Humanos, José Enebral Fernández, madrileño y
nacido en 1951, posee una experiencia de más de 30 años en formación
continua de titulados y directivos de grandes empresas, tanto mediante
métodos presenciales como aplicando nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Desde 1997, publica regularmente artículos en
diferentes medios impresos de su país (Capital Humano, Training &
Development Digest, Harvard Deusto, Aedipe, Dirección y Progreso,
Q-Calidad, etc.) y también en algunos portales de la Red".
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