También estos pueden estarlo de cambiar de puesto, no digamos de
ascender, por mucho que el “honor y la gloria” aparentes sean
enormemente atractivos. La necesidad de aprender habilidades nuevas, el
estrés de pasar a formar parte de un equipo diferente, entre otras, son
razones que justifican ese rechazo. En otros casos, la razón de la
resistencia es mucho más confusa. Muchas personas tienen o pueden
adquirir fácilmente un repertorio de habilidades, son lo suficientemente
valiosas para cambiar con facilidad, están muy vinculadas a la
organización, son auténticos cuando manifiestan su apoyo al cambio; sin
embargo, inexplicablemente, no lo hacen.
¿Qué es lo que ocurre?. Los psicólogos organizativos se enfrentan a esta
dinámica cientos de veces. La reciente investigación de Robert Kegan y
Lisa Laskow Lahey[1], les ha hecho concluir que la respuesta es muy
sencilla. La resistencia al cambio no supone oposición ni siquiera
inercia. Aunque están sinceramente comprometidas con el cambio
,seguramente contra su deseo, estas personas aplican su energía
productiva hacia vectores divergentes ocultos. El equilibrio dinámico
resultante es una paralización de la voluntad y lo que se presenta como
resistencia es, de hecho, una variedad de inmunidad personal al cambio.
Cuando se descubren los vectores divergentes de los subordinados, o de
los colegas, el comportamiento aparentemente irracional e ineficaz, se
nos presenta de repente como claramente sensato y razonable,
desgraciada-mente justificando un objetivo divergente del que tanto la
empresa como la persona desean y necesitan. Si el director de un
proyecto le gestiona a trancas y barrancas, algún vector divergente le
está impulsando a no concluirle con prontitud y eficacia, seguramente
para evitar que le responsabilicen del proyecto siguiente- que en su
fantasía será incapaz de ejecutar- si termina con éxito el actual. O
conocemos a alguien que no colabora a pesar de que manifiesta su
compromiso sincero y apasionado con el trabajo en equipo.
Abordar la resolución de los vectores divergentes puede parecer fácil
pero no lo es porque cuestiona los cimientos psicológicos en los que nos
asentamos los seres humanos. Exige que nos replanteemos las creencias
que desde siempre hemos tenido como ciertas. Nos demanda que admitamos
sentimientos, ante nosotros mismos y ante los demás( lo cual es siempre
muy embarazoso), que normalmente nunca estaríamos dispuestos a admitir y
mucho menos a mostrar.
En realidad, nos encontraremos con personas que abrumadas por esta
perspectiva optarán por no cuestionar su inmunidad al cambio, y
preferirán seguir mal viviendo con sus vectores divergentes.
Un buen “coach” pone en juego toda su sensibilidad y empatía para que el
“coachee” pueda abordar una introspección sincera y honesta con la
seguridad de que nunca esas revelaciones serán usadas en contra suya. El
único objetivo es ayudarle a que sea más eficaz ;no ayudará a su cliente
si se limita a hacerle ver sus carencias en el trabajo o de su carácter.
Los vectores divergentes no solamente son perjudiciales para los
directivos. También frustran a los empleados. Personas con intenciones
absolutamente sinceras ,sin desearlo, crean situaciones propias de
Sísifo. Cuando descubren lo que les pasa- por qué empujan una roca monte
arriba que siempre vuelve a caer al valle que de nuevo tienen que llevar
hasta la cima-se sienten enormemente aliviados. Sin duda el
descubrimiento de los vectores divergentes da lugar a la aparición de un
conjunto de nuevas preguntas, pero, sobre todo, proporciona la esperanza
de contestarlas.
Los autores citados proponen un proceso de tres etapas para descubrir
los vectores divergentes. La superación de la inmunidad al cambio
empieza por descubrirlos. Aunque generalmente están muy sumergidos, se
puede intentar “ponerlos a flote”, mediante el planteamiento de varias
preguntas- siempre que quienes las contestan estén absolutamente seguros
de la confidencialidad y de que lo potencialmente embarazoso no será
nunca utilizado en público.
Al iniciar su trabajo con un equipo ,directivo o no, el coach puede
intentar facilitar una dinámica en la que algunos voluntarios-mucho
mejor si son excelentes en sus respectivas tareas- pueden hablar de
algunos de sus vectores divergentes ante los demás.
La primera de las etapas, comienza planteando la siguiente pregunta:
“¿Qué es lo que le gustaría cambiar de su trabajo, de forma que pudiera
ser más eficaz o más satisfactorio?
Generalmente las respuestas a esta pregunta llegan envueltas en alguna
queja- una forma de comunicación que la mayoría de los directivos evitan
porque suelen tener un tono negativo, improductivo. Pero las quejas
pueden ser extremadamente útiles , porque solamente nos quejamos de lo
que nos importa o afecta y cuanto mayor es nuestro interés, más alta
será la queja.
En la segunda etapa la pregunta esencial es
“¿Cuáles son los compromisos que implica su queja?”
Es normal que el preguntado responda que por su parte está dispuesto
para abordar el compromiso de la tarea que viene dificultada por dicha
queja. También es normal que en este momento pueda identificar en qué
medida es él mismo responsable de la queja que únicamente afecta a los
otros.
La tercera pregunta puede ser
“¿Qué es lo que está ( o no está) haciendo que le impide cumplir con sus
compromisos?”
Nuestros autores afirman que invariablemente las personas identifican en
segundos lo que está socavando sus comportamientos
La siguiente cuestión
“¿Si puede imaginarse haciendo lo opuesto de ese comportamiento
socavador, detecta en usted mismo algún tipo de incomodidad, miedo o un
vago temor?
Cuando se planteó esta pregunta a un directivo se imaginó a sí mismo
escuchando con calma y abiertamente una información negativa sobre un
proyecto contestó:”Tengo miedo de enterarme de un problema que soy
incapaz de solucionar, algo sobre lo que no puedo hacer nada”.Otro
ejecutivo dijo que temía que si daba más discrecionalidad a sus
subordinados ,estos fueran incapaces de tomar las decisiones correctas.
El paso final consiste en transformar el temor pasivo en una proposición
que refleje el compromiso decidido de evitar ciertos resultados no
deseados.
“¿Al optar por ese comportamiento qué resultado preocupante está
decidido a evitar?”.
La respuesta es justamente el vector divergente que subyace en el fondo
de toda persona inmune al cambio. Por ejemplo, “Deseo que no se me
informe de los problemas que creo no poder solventar”. Por lo tanto, el
directivo intimidaba a sus subordinados para que no le dieran malas
noticias sintiéndose así “protegido” del temor de no poder controlar el
proyecto. El otro ejecutivo contestó: “Deseo estar seguro de que mi
equipo no adopta decisiones que no me gustan”.
Sin duda, estas revelaciones son embarazosas porque los vectores
divergentes son formas de auto-protección.¿De qué quieren protegerse?.
De lo que en otro artículo llamaremos:”Los modelos mentales”
[1] Harvard Business Review, noviembre 2001
Facilitador
de procesos de cambio empresariales, ayudando a directivos en el diseño
y ejecución de estrategias. Utilización del pensamiento sistémico en el
análisis estratégico. Entrenador en procesos grupales y de liderazgo.
Formación académica: 1988.- Consultor de Organizaciones modelo Tavistock.Tavistock Clinic. Londres. 1996.- Master of Science in Management. London Business School ,Universidad de Londres Tesis de graduación “ Creative Intelligence, Intra-Firm Ethics and Strategy”. Calificación : Distinction, con la máxima nota, 100 puntos. 1961.- Profesor Mercantil. Escuela Central Superior de Comercio, Madrid. Becario de la Fundación Fulbright en el “Salzburg Seminar in American Studies” 1979 y 1987.- Fellow del Seminario.
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