En lugar de seguir hablando sobre lo mismo, o de plantear una sesión
de preguntas y respuestas, Isaacs sugirió que se sentaran en círculo
para realizar un “check-in”. Esta es una de las prácticas de diálogo más
sencillas, que todo los presentes hablen sucesivamente y digan unas
palabras sobre cualesquiera pensamientos y sentimientos que en ese
momento afecten a los presentes. Los primeros que hablaron lo hicieron
de manera más o menos formal, planteando preguntas o comentando la
extrañeza que les producía no estar sentados de la forma convencional
que se utiliza en el aula. Pero una persona que habló a continuación
dijo: ”Creo que sé de qué se trata” y contó un relato.
El verano anterior había realizado una excursión de camping con sus dos
hijos adolescentes a las montañas de Sierra Nevada. Dijo que durante esa
estancia, no estaba completamente seguro de si sus hijos estaban
disfrutando de la excursión. Parecía que se quejaban continuamente
porque no podían escuchar música, ni utilizar sus ordenadores, ni
telefonear a sus amigos. Algunos meses después el hijo de 16 años le
dijo:”Papá, ¿recuerdas la acampada del verano pasado?”. ”Claro que lo
recuerdo”, contestó. ”¿Sabes lo que más me gustó?”, continuó el
hijo.”Dímelo tú”. ”Fueron las noches, cuando nos sentábamos y hablábamos
entre nosotros”.
A partir de ese momento, el “check-in” del grupo de ejecutivos cambió
totalmente. Uno tras otro empezaron a hablar desde su corazón y desde
sus significados. Todo el mundo parecía entender lo que estaba
ocurriendo y lo que esperaban. Algunos de los relatos eran sencillos;
otros más comprometidos. Algunos plantearon cuestiones profundas, que
reflejaban conflictos profundos de sus vidas. Otros hablaron de algunos
asuntos a los que se enfrentaban en sus trabajos y organizaciones, o en
sus familias. No parecía importante concretar. Todos parecían comprender
la oportunidad que tenían delante, la de reflexionar y ser escuchado, y
seguir reflexionando sobre lo que significaba ser escuchado. Pasamos el
resto de lo reunión, girando en círculo. Ninguna otra cosa parecía tener
más importancia.
Hace sólo unas pocas generaciones a medida que las personas envejecían,
lo hacían con la idea de que la madurez personal estaba muy relacionada
con el desarrollo de habilidades en “el arte de la conversación”. Aunque
no hace tanto tiempo, hoy nos parece muy distante. Era una época en la
que el ritmo de vida era diferente. Era una era en la que al acabar el
trabajo diario, las personas se sentaban y hablaban. Cuando la tradición
oral estaba viva y el relato de viejas historias no había desaparecido
de la vida de cada día. Era también una época en la que la vida y las
relaciones todavía giraban en torno a conexiones de los unos con los
otros, sencillas y llenas de significados.
Por supuesto que estas prácticas sencillas son muy antiguas. Pocas
parecen estar tan unidas al corazón de las comunidades humanas como las
de hablar y contar viejas historias. No se conoce ninguna cultura
indígena que no practique la conversación sentados en círculo. Parece
ser una de las poquísimas prácticas verdaderamente universales de la
humanidad.
La propia palabra diálogo y su etimología nos invitan a explorar este
conocimiento antiguo. Los antiguos griegos fueron quizá la última
cultura occidental que preservó esta idea después de la revolución
agrícola, de la emergencia de las ciudades-estado y las formas modernas
de organización de la sociedad. Para los griegos, el ”dia-logos”, flujo
de significado, era la piedra angular de la práctica civil, inseparable
del auto-gobierno. La polis, o el lugar donde se reunían para gobernar,
la raiz de nuestra política actual, no era más que un espacio físico que
designaba y facilitaba el espacio conversacional para un auto-gobierno
auténtico. La capacidad de conversar, de hablar juntos, constituyó el
fundamento de la democracia, mucho más importante que las votaciones.
Como dijo un viejo filósofo griego, “Cuando empezábamos a votar,
terminaba la democracia”.
En cierto sentido, estamos ante un experimento social histórico.
Descubriendo si una sociedad puede o no conservar sus vínculos sin el
proceso básico o esencial que desde siempre ha cohesionado a los
humanos: el proceso de la conversación”[2]
Lenguaje e inteligencia [3] (Todos tenemos la misma inteligencia)
Sostengo que desde un punto de vista biológico, todos los seres humanos
tenemos la misma inteligencia, y esto es así precisamente porque vivimos
en el lenguaje. La plasticidad neuronal fundamental que necesitamos para
vivir en el lenguaje es tan gigantesca que fundamentalmente todos somos
iguales en cuanto a la inteligencia. En absoluto esta plasticidad puede
asimilarse a la que pudiéramos atribuir a los ordenadores. Las
computadoras que utilizamos son eso, máquinas, no máquinas inteligentes.
No tienen la pasticidad para participar en el cambio de los
comportamientos, en el cambio de relaciones que supone la inteligencia.
Nuestro cerebro lingüístico es enormemente plástico, capaz de generar
recursos idiomáticos ilimitados, creando así nuevos dominios de vida
también ilimitados. Cierto que existen variaciones individuales al
utilizar esta plasticidad fundamental dependiendo de si en nuestro
desarrollo hemos sufrido de malnutrición ,o daños cerebrales, o
enfermedades; o de si la vida nos ha colocado en situaciones de
dificultad, desesperanza o rechazo.
Nuestra creencia cultural de que la inteligencia es algo que algunos
tienen y que otros carecen, limita lo que podemos realizar juntos. A
veces, un padre, un profesor, un directivo o un primer ejecutivo será
consciente de ello. Si un directivo actúa bajo la premisa de que “las
personas son competentes”, está iniciando un cambio inmediato. Si
queremos lograr algo que afecte a otras personas, tenemos que aceptar
que todos tienen la misma inteligencia pues de otra forma no podremos
confiar en que los otros actuarán competentemente.
El amor, única emoción que amplía la inteligencia [4]
Emociones diferentes nos hacen recorrer caminos diferentes. Vivimos
historias diferentes según nuestras emociones. El libro “Inteligencia
Emocional” de Daniel Goleman habla de las emociones como una categoría
particular de la inteligencia. Ambas, inteligencia y emociones, parecen
estar muy relacionadas. Creo que la inteligencia es algo muy básico, un
tipo concreto de un fenómeno relacionado con la plasticidad para
participar en el cambio de comportamiento y de las relaciones. El
comportamiento rígido, el que no fluye con la evolución de las
circunstancias, no parece ser inteligente. Cuando hablamos de un ser
inteligente, nos referimos al flujo plástico de todo tipo de relaciones
en las que esa persona participa, incluso cuando existen en dominios
conceptuales variados. Por supuesto, para existir, la inteligencia
necesita de un sistema nervioso central, pero no funciona desde el
cerebro sino desde el comportamiento. La inteligencia es un fenómeno
básico que está relacionado con la plasticidad para participar en
relaciones cambiantes.
Las emociones se relacionan con la inteligencia porque aquéllas
cambian la amplitud posible del comportamiento inteligente. El miedo
limita la inteligencia a una visión muy estrecha; concentra la atención
de una manera particular; y encamina las relaciones hacia formas
concretas. Igualmente, la ambición y la competitividad limitan la
atención, la visión y la inteligencia.
Si deseamos comportamientos autónomos e inteligentes, sólo necesitamos
espacios abiertos al amor para que aparezca la inteligencia. No tenemos
que hacer nada más que aceptar que el otro es tan inteligente como
nosotros, incluso si tiene experiencias diferentes, vive de forma
diferente o tiene diferentes preferencias.
Pero ¿cómo amplía la inteligencia el amor?. Está relacionado con la
visión -no la ocular-, sino la que utilizamos cuando exclamamos:”Ya
veo”. Permitidme poneros un ejemplo de la vida cotidiana. Seguramente
todos habéis visto alguna obra teatral, o quizá experimentado
personalmente esta situación. Un hombre regresa a casa después del
trabajo y al cabo de un rato, la esposa se queja: ”Ya no me quieres; no
te has dado cuenta de que tengo otro peinado”. ¿De qué se queja?. De
nada que tenga que ver con su cabello ni con su belleza, sino de no ser
vista, de no generar en el otro la legitimidad de su existencia. Por
cierto que este asunto de la legitimidad de la existencia del otro no
tiene que ver con que le guste, ni de que quiera estar próximo a la
persona, al ser, o a la circunstancia, para amarlas. Tiene que ver con
verlo, aceptarlo como es. Podéis comprobar lo que digo en cualquier
aspecto de vuestra vida cotidiana. Continuamente vivimos el cambio en la
disponibilidad de nuestro conocimiento; cambiamos en nuestras
posibilidades de plasticidad en nuestras relaciones moduladas por las
emociones. No creo que existan diferentes inteligencias.
Si creo que las emociones modulan los dominios de comportamiento
inteligente en los que operamos y por ello nuestra inteligencia se
expande o disminuye según nuestras emociones. El amor es la única
emoción que ensancha la visión y expande el comportamiento inteligente.
El sistema lingüístico y su efecto sobre los procesos perceptivos. La
neuoro-biología del lenguaje.
Quizá una pequeña historia cómica pueda introducirnos en esta materia.
Durante la dictadura de Hitler, viajaban en el mismo compartimento de un
tren una abuela americana con su nieta, joven y atractiva; un rumano de
la resistencia y un oficial Nazi. El tren se adentró en un túnel muy
oscuro y se oyó en el compartimento un beso sonoro, seguido de una
bofetada no menos ruidosa. Cuando el tren salió del túnel ,nadie abrió
la boca. La abuela se dijo a sí misma: ”He educado a una nieta
estupenda. Sabrá siempre cuidar de sí misma. Estoy orgullosa de ella”.
La nieta pensaba: ”La abuela es lo suficientemente vieja y no debería
importarle un besito. Además, estos tipos son atractivos. Lo que me
sorprende es lo “estrecha” que es la abuela”. El Nazi meditaba:”Estos
tipos rumanos son listos; roban un beso y el otro recibe la bofetada”.
Finalmente, el rumano musitaba: ”Qué listo soy; beso mi propia mano y
propino una bofetada al Nazi”. Obviamente se trataba de un caso de
percepción limitada; de oír - no de escuchar- con interpretaciones
diferentes.
Otro experimento que cualquiera puede ensayar con otra persona, a
condición de que no la conozca, es el siguiente. Pidámosle que se siente
en una silla y que no se mueva durante todo el ejercicio. Y nosotros,
sin que lo vea el otro, recortamos varios titulares de periódicos de
fechas diferentes. Se los mostramos sucesivamente a una cierta
distancia. Una vez leido el primero por nuestro compañero, nos separamos
un poco más de él y le mostramos el siguiente titular. Repetimos el
proceso hasta que nos hemos distanciado algo más y nuestro interlocutor
es incapaz de leer el titular. En ese momento, le decimos lo que está
escrito en el titular y lo sorprendente es que ,seguidamente, el sujeto
es capaz de ver y de leer el titular. Es decir, cuando “sabe” qué dice.
Tales experimentos pueden multiplicarse indefinidamente pero el anterior
ilustra suficientemente la imposibilidad de separar totalmente “lo
perceptual”, ”ver”, “oir”, ”conocer”,etc, una división que no puede
hacerse si no es superficialmente a niveles verbales.
Hay una gran diferencia entre el “pensamiento” en términos verbales y
“contemplar”, en silencio interno, en niveles no verbales para a
continuación buscar la estructura adecuada del lenguaje que encaje en la
estructura supuestamente descubierta de los procesos silenciosos que
traba de buscar la ciencia moderna. Si “pensamos” verbalmente estamos
limitados por nuestro lenguaje conocido, sesgado, y proyectamos esa
estructura del lenguaje que conocemos en los niveles silenciosos de la
estructura, con lo cual mantenemos nuestras orientaciones conocidas,
ancestrales , lo cual dificulta enormemente la creatividad individual y
grupal. Por el contrario, cuando pensamos sin palabras, es decir
gráficamente o con visualizaciones que incluyen la estructura y por lo
tanto las relaciones, podemos descubrir nuevos aspectos y perspectivas.
Pensar juntos
Cuenta Isaacs [5] que al finalizar una “cumbre” de líderes mundiales, el
que era Ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Abba Eban, no pudo
dejar de expresar su decepción. Constataba que, en conjunto, reunían
“una extraordinaria concentración de poder, pero parece que sus
reuniones no producen resultados”. El comentario de Abba Eban fue
sucinto y riguroso: Estos líderes “no han aprendido a pensar juntos”.
La mayoría de los líderes, políticos, empresariales, académicos,
comunitarios y las familias se enfrentan al mismo problema. No es que no
les importe. A la mayoría de las personas les importa mucho la calidad
de sus vidas y de las instituciones que las facilitan. La dificultad
tampoco proviene necesariamente de la falta de recursos financieros,
poder, inteligencia, relaciones, visión o nada de lo que se acepta como
necesario para lograr el éxito o la grandeza.
Lo que falta es algo diferente, algo sutil, casi invisible, y sin
embargo lo suficientemente poderoso que dificulta que incluso los
líderes de los siete países más industrializados del mundo muestren un
verdadero y gran liderazgo, el tipo de liderazgo que inspira y aporta lo
mejor de la naturaleza humana. Es evidente que ser capaces de provocar
tales inspiraciones y aportaciones es el sueño inconfesado de cualquier
líder. ¿Qué es lo que falta? ¿alguna cualidad de sabiduría innata que
tienen muy pocos? ¿o está más relacionado con lo que Abba Eban sugiere,
que no sabemos cómo pensar y hablar juntos para evocar nuestro profundo
sentido común, sabiduría y potencial?.
El problema subyacente está relacionado tanto con nuestra carencia de
algunas capacidades personales como con el contexto amplio en el que
vivimos. La mayoría de las personas no pueden reconocer las corrientes
subterráneas bajo la superficie de sus conversaciones, corrientes que
pueden unir o distanciar a las personas. Y no estamos ante un simple
problema individual. No se puede “curar” con programas de auto-ayuda o
iniciativas de cambio corporativo al uso. Es un síntoma de un amplio
conjunto de fuerzas fragmentadoras no sólo en la política sino en la
cultura de toda la humanidad.
Si esto es verdad -si el problema de pensar juntos es a la vez
personal y más extenso que personal- lo que necesitamos es un conjunto
de herramientas y de prácticas potentes que nos permitan abordar ambas
dimensiones.
Conversar para des-aprender
La frase “organizaciones que aprenden” provoca todos los días un
sinnúmero de conversaciones. Son muchos los que declaran que la piedra
angular de las empresas sanas es el aprendizaje organizacional. Al mismo
tiempo, los líderes se esfuerzan en comprender cuál es el aspecto, la
forma de la organización que aprende, las ventajas que aporta, y las
condiciones en las que puede desarrollarse.
En el contexto de las nuevas ciencias, especialmente las de los sistemas
complejos, no-lineares y auto-organizados podemos abordar algunas de las
cuestiones de manera significativa.
Una de las claves, a menudo ignorada, que produce la investigación en
las nuevas ciencias es que expande nuestras conversaciones. Al tiempo
que esta conversación ampliada es apasionante y provocativa choca de
muchas maneras con nuestro conocimiento tradicional, nuestras creencias
y supuestos sobre la naturaleza del liderazgo, el aprendizaje y el
mundo.
Valores y pautas conversacionales
La manera en la que hablamos entre nosotros determina nuestra habilidad
para pensar y aprender juntos, y para tomar las decisiones correctas.
Veamos qué pasa durante cualquier jornada laboral.
Se trata de tener razón.
Éste es el objetivo de las reuniones; defender nuestras respuestas,
determinar qué agenda nos permitirá estar en el campo de los ganadores.
El aprendizaje colectivo y mutuo no es una prioridad. Siempre hay una
sola respuesta correcta. Ganamos cuando es la nuestra y perdemos cuando
no lo es. Decir que no sabemos es un signo de debilidad; poner en
cuestión o desafiar lo es de fortaleza.
Se trata de buscar acuerdos, no de indagar para saber más
Con frecuencia los directivos asisten a las reuniones con una solución o
con una finalidad profundamente enraizada en su mente. Si solicitan
opiniones, las que no coinciden con las de quienes mandan se ven como
una oposición que hay que vencer. Pocas veces pensamos en integrar
perspectivas nuevas y diferentes: supone mucho esfuerzo. Además, los que
mandan tienen las mejores soluciones. ¿No se les paga para ello?.
Subir el escalafón para buscar respuestas
Es mucho más seguro esperar las respuestas de los que mandan que buscar
las nuestras. Muchos sólo manifestarán su opinión cuando saben de qué
lado está el poder. Aceptamos a los líderes porque nos dan soluciones no
porque escuchan y hacen preguntas y ayudan a los demás a buscar las
respuestas.
Huir de la zona gris
La ambigüedad es confusa, incómoda y debe ser evitada a toda costa.
Cuando una solución no es obvia, surgen la presión para que alguien
“haga la llamada” y es éste quien se convierte en el responsable. Esto
significa que zonas grises son zonas peligrosas. Para rehuirlas,
tendemos a buscar alternativas blancas o negras, acertadas o
equivocadas, ganadoras o perdedoras, cuando en realidad no lo son.
Incluso podemos observarnos defendiendo una línea de actuación cuando
toda la evidencia va a sentido contrario.
Todos somos actores interpretando
Aunque los seres humanos somos mucho más que funciones, roles, números,
en las reuniones tenemos un papel del reparto. Vendedores, de
producción, supervisores, contables, servicio al cliente, marketing,
expediciones, etc. Aportamos ideas y asuntos desde el papel que se nos
ha asignado; representamos nuestro papel y esperamos de los demás que
hagan lo mismo. Cruzar fronteras o límites y adentrarnos en otros
territorios puede ser peligroso y por eso no se hace. ¿Qué sabe un
vendedor de producción o viceversa? Los papeles nos permiten centrar
nuestra atención y profundizar en los conocimientos de un área concreta.
Pero también fragmentan y limitan la visión de lo que las personas
observan, de cómo piensan e incluso de cómo se les permite o en qué
capacidad pueden colaborar o aportar. Un equipo se convierte en la suma
de sus partes/papeles en lugar de en una comunidad de personas
multidimensionales. Algunos equipos acaban funcionando como un todo;
otros no. Si los papeles son muy limitados, la mayoría de nosotros se
despide internamente de la conversación. Estamos presentes corporalmente
pero nuestra energía y nuestra creatividad han emigrado a otro lugar. A
veces podemos palpar en la reunión una actitud que expresa: “¿Para qué
preocuparnos?.”
No se confía en que las personas pueden adoptar las decisiones adecuadas
A menudo, el control sustituye la comprensión compartida y un
sentimiento de ser el propietario el creador de las ideas. Sin esta
comprensión compartida, la flexibilidad y la toma de decisiones
descentralizada aparecen como peligrosas. Como directivo puede usted
verse cuestionando decisiones que ha delegado y mirando a la gente por
encima del hombro. Sus preguntas pueden tener el aroma de un
interrogatorio. Se vuelve difusa la relación entre flexibilidad,
capacidad de respuesta, alineamiento y toma de decisiones eficaz. La
disposición de asumir y de compartir responsabilidades de los miembros
de los equipos puede disminuir si deciden que es más eficaz “ pedir
instrucciones al estado mayor central”.
Tú no eres como yo
Declaramos que la diversidad es beneficiosa pero a menudo pensamos lo
contrario. Es un grano. ¿Estás dentro o fuera?. Ser diferente no es
seguro. Puede dificultar nuestro entendimiento con los demás y hacer
peligrosas las conversaciones auténticas.
Ponernos de acuerdo en no estar de acuerdo. Estás bromeando.
Suena bien pero no parece realista en una cultura en la que prima tener
razón y esto necesita de acuerdos. Tendemos a etiquetar como acertados o
equivocados a estilos y valores diferentes. A menudo ponerse de acuerdo
en no estar de acuerdo desemboca en la separación de quienes discrepan o
en conflictos estancados lo cual a su vez pone en peligro las
conversaciones sinceras y la colaboración así como minimiza las
oportunidades de la acción alineada. Resulta la excepción en lugar de la
regla, suspender el juicio y saber escuchar. Las cuestiones se plantean
para saber quién tiene razón en lugar de para descubrir intereses
subyacentes para construir comprensiones compartidas.
¡No tenemos tiempo!
A diario reorganizamos o somos reorganizados. Cada día cambian los
componentes de los equipos. Y sin embargo se espera que desempeñemos una
multitud de tareas sin fin; que determinemos cómo integramos a personas
nuevas y creemos estructuras y procesos nuevos; todo ello sin tener más
tiempo. No hay tiempo para hablar de lo que es importante, para crear
significados compartidos y hacer lo necesario para que nuestras
decisiones estén basadas en la información en lugar de ser reactivas. La
conversación se centra únicamente en la tarea inmediata. Con frecuencia
tomamos atajos para llegar a decisiones. Decimos que queremos
alternativas y pensamiento innovador y luego no son bienvenidos porque
necesitamos tiempo para estudiarlos. La gente o está quemada o
susceptible y volátil. Surge el conflicto, la norma es pasar y se
identifica creatividad con más trabajo.
¿Por qué estamos resolviendo este problema por enésima vez?
Somos rápidos para ir rápidamente y a menudo nos encontramos con que
hemos sido muy rápidos para avanzar muy despacio. Nos descubrimos
hablando de los mismos problemas y desafíos una y otra vez porque
nuestras soluciones son de “bucle único”. Tienen en cuenta cambios de
acción pero no las creencias, los supuestos y los valores que tienen las
personas implicadas. A nadie le agrada ver de nuevo al enemigo conocido
en la reunión semanal.
Misión/ Visión: ¿inspiración o desmotivación?
Imagine que cien altos ejecutivos se reúnen durante tres días en un
retiro muy elegante; todo tipo de tecnología: vídeos, transparencias,
diversos módulos que usted va a presentar a toda la empresa. El
resultado es peor que inútil porque todo está basado en hacerse las
preguntas equivocadas y quienes trabajan en primera línea lo saben. La
misión y la visión que tiene la empresa nos dice qué queremos ser pero
nunca se detiene un momento para preguntarse por qué no estamos donde
decimos que queremos. La visión está muy distanciada de la realidad y
las personas están muy desilusionadas, incluso enfadadas. A menudo ni
siquiera se ha consultado la definición de la misión a los que tienen
que llevarla a la práctica.
Valores y pautas conversacionales.
He aquí algunos elementos comunes a todas las situaciones planteadas anteriormente:
Las decisiones y los actos producen resultados. La reflexión devora tiempo no conduce a nada.
La atención a las relaciones y a su calidad viene después de la rapidez de decisiones y de acciones.
Estar de acuerdo = acabar y ponerse a ello es más importante que la comprensión compartida acerca de lo que se acuerda.
Rápido es igual a eficaz que es igual a bueno. Lo lento es igual a ineficaz que es igual a malo.
Tener razón y estar en lo cierto son fortalezas. No saber es una debilidad.
La diversidad crea problemas y no es eficaz. La similitud y el acuerdo conducen a resultados rápidos y predecibles.
Lo mejor es actuar como si los que mandan tuvieran las respuestas, incluso cuando no las tienen.
Todos tenemos “papeles” específicos y se nos evaluará con ese criterio.
No es deseable la responsabilidad sin poder o sin control.
Se pueden observar en nuestras empresas las pautas conversacionales que surgen de los valores y creencias anteriores:
Altos niveles de argumentar y alegar con la intención de convencer, persuadir, ”vender”.
Niveles bajos de indagación de preguntar, y la mayoría dirigida a validar o cuestionar una posición.
Poca disposición para abordar lo que es “indiscutible” o para sugerir alternativas que difieran de las de la mayoría.
Altos niveles de debate, con caos y conflicto de vez en cuando, porque competimos por ser depositarios de la verdad.
Interrumpir a la gente en la mitad de su frase.
Elevados niveles de juicio acerca de los demás, de sus ideas, estilos
e intereses.
Ignorar o negar las opiniones de los demás.
Baja tolerancia para examinar supuestos, excepto cuando los utilizamos en apoyo de nuestra posición.
Baja tolerancia del silencio, la reflexión o cualquier otra actividad que no vemos directamente encaminada hacia el cierre y la acción.
Escuchar principalmente desde la posición de adversario.
¿Quién escucha a, y conversa con, los líderes?
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Artículos de esta interesante serie:
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - I . La
tarea de los líderes
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - ll. Los líderes ante la nueva realidad estratégica
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - III. El líder como promotor de conversaciones
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - IV. Razón y Emoción en los líderes
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - V . Liderar no es dar soluciones
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - Vl. Estrategia, creación e inconsciente
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - Vll. El cuidado de los líderes (Coaching)
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - Anexo 1
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - Anexo 2: Un caso de "Coaching"
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - Anexo 2: Un caso de "Coaching"2
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - Anexo 3: Conversación con Gary Hamel
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - Anexo4: "Mirar bajo la superficie"
¿QUIÉN CUIDA DE LOS LÍDERES? - Anexo 5: La Empresa viva
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[1] “Dialogue and the art of thinking together”.
Currency-Doubleday.Nueva York 1999
[2] Prólogo de Peter Senge al libro de Isaacs citado anteriormente
[3] Reflexiones de Humberto Maturana en la reunión de SoL( Society for
Organizational Learning, en Amherst,Massachussets ,en Junio de 1998
[4] Este concepto y su desarrollo los hizo Maturana en la reunión citada
anteriormente.
[5] Op.cit.
Facilitador
de procesos de cambio empresariales, ayudando a directivos en el diseño
y ejecución de estrategias. Utilización del pensamiento sistémico en el
análisis estratégico. Entrenador en procesos grupales y de liderazgo.
Formación académica: 1988.- Consultor de Organizaciones modelo Tavistock.Tavistock Clinic. Londres. 1996.- Master of Science in Management. London Business School ,Universidad de Londres Tesis de graduación “ Creative Intelligence, Intra-Firm Ethics and Strategy”. Calificación : Distinction, con la máxima nota, 100 puntos. 1961.- Profesor Mercantil. Escuela Central Superior de Comercio, Madrid. Becario de la Fundación Fulbright en el “Salzburg Seminar in American Studies” 1979 y 1987.- Fellow del Seminario.
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