El tiempo es inflexible, pasa y no se detiene, aunque a veces
tengamos la sensación de todo lo contrario (¿Quién no ha ido en alguna
ocasión al dentista?).
Es, en apariencia, una variable que no podemos modificar. No podemos,
alargarlo, estirarlo, comprarlo o detenerlo. Sin embargo, podemos
controlarlo.
Seguro que cualquiera de nosotros conoce a personas excesivamente
atareadas, cargadas de trabajo que exclaman una y otra vez "no tengo
tiempo", "me faltan horas" y expresiones parecidas.
¿Es el tiempo el que nos controla o podemos controlarlo nosotros a él?
Esa es la cuestión que cualquier directivo debería plantearse.
Son muchos los autores y expertos que han escrito sobre este tema. Y la
mayoría suelen coincidir en destacar que la incorrecta gestión del
tiempo se debe entre otros factores a:
La inexistencia de objetivos previamente definidos. O teoría a salto
de mata.
No distinguir entre lo que es importante y lo que es urgente.
La incorrecta gestión de la propia agenda de trabajo.
Negación de la propia evidencia. No aceptar que nosotros no podemos
hacerlo todo.
La insuficiente delegación de tareas.
Exceso de información para analizar. O información desordenada,
imprecisa o tardía.
Evidentemente se hace imprescindible que para organizar nuestro tiempo
deberemos, en primer lugar, determinar qué acciones o tareas son las más
importantes. Por importantes entendemos aquéllas tareas que inciden de
alguna forma en las áreas estratégicas de la empresa, a los objetivos, a
los costes o a los ingresos.
Una vez establecidos los objetivos, comenzaremos por dar un orden de
prioridad a cada una de las actividades diarias. A veces se suele
asignar un tiempo máximo para cada actividad con la finalidad de que no
estemos demasiado tiempo ocupados en una tarea que no es demasiado
importante, restando tiempo a otras que sí lo son.
Aprender a decir no a tareas que no son importantes o que pueden
realizar otras personas. Eliminar la posibilidad de que nos puedan
importunar con visitas no previstas o reuniones mal planificadas, con
hora de inicio pero sin hora de salida.
Destinar unos minutos al día a la planificación de nuestra propia
agenda. De esta forma podremos tener siempre preparado un programa de
trabajo antes de iniciar la jornada. Ser nosotros mismos los gestores de
nuestro tiempo. No dejar que sean otros los que lo hagan. Evidentemente
siempre y cuando nuestro puesto y cargo nos lo permita.
Aprender a utilizar correctamente el uso del teléfono. Tanto cuando
efectuamos llamadas como cuando las recibimos. Establecer filtros de
llamadas y visitas mediante nuestra/o secretaria/o.
Agrupar acciones o asuntos que puedan tener cierta relación entre sí.
Podemos de esta forma aumentar nuestra concentración en ciertas tareas y
evitar, por tanto, la dispersión. (Ley de Carlson: "Toda actividad
interrumpida, es menos eficaz y consume más tiempo que si se realiza de
manera continua").
Por lo tanto, el tiempo es relativo, como también lo es el uso que
hacemos de él en nuestro trabajo. Algunas tareas que consideramos muy
urgentes o importantes a veces no lo son tanto (de nuevo la
"relatividad") y debemos aprender a identificarlas.
Se dice, que generalmente tan sólo el 20% de nuestro tiempo contribuye
al 80% de resultados. El resto, suelen ser imprevistos, urgencias,
interrupciones, correcciones y en definitiva desorden.
Hacer cada cosa a su tiempo, no hacer mas de una cosa a la vez y por
supuesto, hacerlo bien.
Y ustedes me disculparan, pero ya han pasado los 25 minutos que tenia
programados para escribir este articulo.
Autor del libro: "La Dirección revolucionaria. Preguntas que todo directivo debería formularse para ejercer una dirección eficaz"
Director y profesor de ENAE (Escuela de Negocios y Administración de Empresas) y responsable del portal www.empresarios-as.com
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