“Todo hombre está obligado a honrar con su conducta privada, tanto como en la pública, a su patria”1
Un viejo proverbio plantea que decir es más fácil que hacer, la autora Nuria Chinchilla [2] para referirse a las empresas que actúan de esta manera señala que son “organizaciones hipócritas”.
Según Milton Rokeach [3],
profesor de la Universidad de Míchigan, el valor compartido “es una
convicción o creencia estable en el tiempo que un determinado modo de
conducta o una finalidad existencial es personal o socialmente
preferible a su modo opuesto de conducta o a su finalidad existencial
contraria.”
Al hablar de los valores compartidos es necesario diferenciar entre los
valores finales (comprendidos en la misión y la visión de la empresa) y
los valores de tipo instrumental. Estos últimos son modos de conducta
adecuados o necesarios para llegar a conseguir nuestras finalidades o
valores existenciales.
Para lograr la implementación del cambio en una empresa es necesario
transitar desde las creencias a las conductas pasando por los valores
(ver figura 1) teniéndose en cuenta en este aspecto las creencias, las
normas y las actitudes de los miembros de la organización. Las creencias
son estructuras de pensamiento, elaboradas y arraigadas a lo largo del
aprendizaje, que sirven para explicarnos la realidad y que preceden a la
configuración de los valores, las normas son reglas de conducta
consensuados, mientras que los valores son criterios para evaluar y
aceptar y/o rechazar normas. Los conflictos de valores se traducen en la
existencia de normas y conductas contradictorias.
Las actitudes reflejan como nos sentimos con respecto a algo o alguien y predicen nuestra tendencia a actuar de una determinada manera, es por ello que para modificar conductas, más que pretender cambiar directamente actitudes, lo que hay que hacer es modificar los valores y creencias que los preceden, no sólo las normas. (ver figura 1).
Figura 1. Secuencia entre creencias y resultados

Los valores compartidos absorben la complejidad organizativa, orientan la visión estratégica y aumentan el compromiso profesional, a la vez que constituyen una herramienta que permite identificar, promover y legitimar el tipo de cambio organizacional para lograr la implementación de la dirección estratégica en las empresas, lo cual contribuiría a elevar la efectividad en el proceso de cambio en las mismas. Asimismo ayudaría a lograr el pensamiento estratégico, fortalecer la actitud estratégica en los líderes, tanto del ápice estratégico como de línea media, así como preservar la intención estratégica del proceso, el aprendizaje continuo y el compromiso de los miembros del núcleo operativo, elementos profundamente cuestionados por Henry Mintzberg [4] a los modelos de dirección estratégica tradicionales
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2 Nuria Chinchilla, citada por Salvador García y Shimon Dollan, La Dirección por Valores.[1998], SPI, p 49.
3
Milton Rokeach, citado en Revista ESADE. No 1 [1999], Cómo
elaborar un plan estratégico de la empresa.
P 63.
MSc. Guillermo A. Ronda Pupo
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