Momento de exportaciones
04 / 2003
Nuestra historia como país exportador es, si la tenemos, relativamente
inmediata, desde que la colocación de la producción agro - ganadera en
el exterior, que caracterizó nuestra vida nacional no puede llamarse
precisamente exportación en el más estricto sentido de la palabra.
Así, desde fines de la segunda guerra, que es cuando comienza un
forzado proceso industrial, hemos ido avanzando, y retrocediendo y hasta
dando pasos al costado, sin un hilo conductual ni reglas de juego claras
que permitan el diseño y cumplimiento de un plan orgánico de
comercialización con el exterior de productos con valor agregado.
Dependiendo de los avatares propios de las políticas económicas o mejor
dicho de la falta de ellas, hemos pasado de ser un país exportador a
importador y su inversa, y donde un fabricante local debía modificar su
estructura para cerrar su planta y dedicarse a representar y
comercializar marcas del exterior.
En este contexto, y por su política transnacional, la gran empresa
tuvo y tiene el poder de una rápida adecuación a estas realidades
mediante la relocalización de sus aparatos productivos o sus fuentes de
aprovisionamiento, por lo cual prefiero en este caso dejarlas de lado de
este análisis.
El problema se centra en la empresa mediana y especialmente en la
pequeña que, sin los recursos ni posibilidades que dispone la grande,
debe sumarse a la corriente que el gobierno impone por sus caprichos
económicos y tratar de adecuarse a las circunstancias, exhausto,
desgastado y con una experiencia quebrada por el brusco giro de su
negocio.
Para poder encarar cualquier negocio, al que no escapa el negocio de
exterior se requiere un profundo conocimiento del rubro, capacidad de
análisis de los escenarios comerciales y disponibilidad de recursos,
además de tener muy en claro la meta a alcanzar.
Hace unos tres lustros atrás, cuando Argentina fue el primer y único
país del mundo en tener una ley de promoción de exportaciones, con mucha
pompa y circunstancia, fueron más los viáticos de los funcionarios en
viajar al exterior para conquistar mercados que las exportaciones que se
concretaron, más los decretos promocionales que los consorcios de
exportación que se conformaron y más los trámites burocráticos a cumplir
para obtener los seudo beneficios que ya estaban destinados a unos
pocos, que el aumento en la balanza comercial.
Si tendemos la vista atrás, veremos un camino de piedras y ortigas que
invariablemente ha dejado el tendal aspiraciones e intenciones de
insertarse en los mercados externos de las empresas que confiaron en los
planes oficiales que le prometían abrían la puerta de los mercados de
exportación.
Pero algo ha cambiado en el pueblo argentino. Ya no somos los mismos, y
el que no ha querido o no ha podido irse y quiere hacer algo por si sino
por el país, tiene un descrédito no solo financiero sino también moral,
y eso es bueno ya que nos da la impresión de que nada ni nadie hará nada
sino lo hacemos por nosotros mismos.
En consecuencia, con un mercado interno escaso, agotado y sin recursos,
con la inesperada ayuda de un tipo de cambio, si bien incierto al menos
temporalmente ventajoso, aunque con muchísimas desprolijidades propias
de la angurria oficial, creo que es el momento de agotar nuestras
energías en una inserción internacional.
El camino no va a ser fácil, no va a ser lo que fue para Japón el fin de
guerra, desde que el mundo ya no acepta la baja calidad, como tampoco
acepta la falta de seriedad, continuidad o costos inadecuados.
Lo importante no es lanzarse ya a una aventura exportadora sino que es
fundamental un sinceramiento del negocio, lograr la especialización en
el rubro y diseñar inteligente y convenientemente el plan de negocios, y
principalmente no engañarse ni perder tiempo alguno en el análisis de
las ayudas y tentaciones oficiales o asesores de escritorio.
El mercado exterior es exquisito, exigente y muy competitivo, pero noble
si nuestras intenciones son buenas. Hubo momentos en que algunos
Argentinos para hacer negocios en el exterior y ser creíbles, debíamos
denunciar otra nacionalidad. Así decíamos que éramos Uruguayos o
Paraguayos. No sé si debemos llegar a tal extremo pero si transformarnos
en ciudadanos del mundo y que podamos hacer negocios más allá de nuestra
nacionalidad.
Pensemos nuestro negocio con el exterior no porque incrementaremos la
balanza comercial o por el orgullo de llenar el mundo de banderas
argentinas, pensemos en satisfacer a un cliente que, bien asistido, nos
será fiel y nos dará los réditos que necesitamos.
Nuestro negocio no tiene tendencia política, pero si necesita de una
política comercial bien definida, así seamos una gran empresa o un
humilde micro emprendedor. No importa lo que vayamos a comercializar,
debemos ser los mejores en ello, con una sensible diferenciación de
nuestros competidores. Esta es la única herramienta que necesitamos para
hacernos acreedores del crédito comercial en el exterior.
El mercado exterior siempre ha estado, está y estará allí, esperando a
ser satisfecho, solo uno sabe el momento en que debe insertarse en él,
pero este es un momento particularmente especial y motivador,
aprovechémoslo.
Es amplio el menú de opciones, tanto de potenciales mercados
internacionales como de productos a colocar. En todos se da una
característica particular : Este es el momento de la pequeña empresa, no
lo intentemos, hagámoslo.
Lo dicho no tiene la pretensión de constituirse en una suerte de fórmula
mágica de la supervivencia, el crecimiento y la tan anhelada
rentabilidad de su empresa, mas bien es una mera campana de atención
sobre lo peligroso de la improvisación en esta oportunidad de rediseño
de nuestro crecimiento en el complejo y despiadado escenario de los
negocios actuales.
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Carlos
A. Ledesma
Director de Heller Consulting.
http://www.hellerconsulting.com