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ESTARIOLA

Autor: Alberto Félix Suertegaray

ECONOMÍA PÚBLICA

11 / 2001  

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Ya B. Russel preguntó: ¿Cómo podemos combinar el grado de iniciativa individual necesario para el progreso con el grado de cohesión social indispensable para sobrevivir? Y A. Hirschman completó: ¿No estamos diciendo que el desarrollo depende de la capacidad y la determinación de un país y sus ciudadanos de organizarse para el desarrollo? 

Las perspectivas anti-estatales en boga hoy día, ahistóricas y empíricamente falsas, se elaboran desde dos ángulos contradictorios. Uno que afirma la panacea universal del mercado, y el otro un protagonismo de la sociedad civil que se enfrenta al Estado. Tales visiones se contradicen, por un lado, con las tendencias observadas en la opinión pública que rechaza un tipo de Estado burocrático e ineficaz, pero que le exige un papel activo como agente de distribución y como principio de unidad nacional, y, por otro, con la debilidad actual de los actores sociales.

El debate latinoamericano e internacional entorno de la reforma del Estado ha sido alimentado por diferentes visiones ideológicas que incluyeron en su inicio la idea de su virtual desaparición, pero que luego han evolucionado abordando nociones como la jibarización del aparato estatal o su descentralización administrativa; la reducción de sus funciones para reemplazarlos por mecanismos de autorregulación - que corresponden siempre a regulaciones desde los focos de poder en determinados mercados; la disminución de recursos en aras de la austeridad fiscal; la necesidad de automatización y tecnologización a las que se define como la modernización del Estado.

Todas estas visiones abordan solo parcialidades del problema y no piensan la reforma del Estado con una mirada integral. En los hechos, las políticas efectivas de modernización del Estado, incluidas las tan necesarias de atención al usuario, han sido abordadas desde distintas ópticas, con fuertes sesgos antiestatistas y miradas cortoplacistas. Así, se puede afirmar que en el continente a primado un proceso de desarticulación o de reforma administrativa que traslada los criterios de eficiencia y productividad del sector privado al ámbito público, por sobre la idea de transformación sustantiva del Estado.

El paso de políticas asistencialistas a políticas focalizadas, opacó la necesidad de una reforma del Estado integral que permitiera una mejor combinación de las necesidades emergentes con una mirada de largo plazo en que, por ejemplo, los efectos redistributivos estructurales de las políticas sociales estuvieran garantizados. Ello, en gran parte debido a las críticas anti-estatistas y a las resistencias e intereses que los sectores empresarios y gremiales manifiestan sobre el tema de la reforma del estado y, en general, sobre el peligro de aumentar el gasto público y la aceptación de mayores cargas impositivas. Se da la paradoja entonces de exigirle responsabilidades sociales al estado sin adecuados medios de financiamiento, lo que redunda en una crítica a su pesadez e ineficiencia.

Recordemos que muchas de las reformas políticas hechas bajo el sello y la ideología de los ajustes pudieron haber tenido un cierto éxito en resolver los problemas de corto plazo y en reinsertar la economía en el sistema mundial transnacionalizado. También, en parte, lograron separar la tradicional relación de subordinación de la economía a la política. Pero ellas aumentaron enormemente las desigualdades, desarticularon los mecanismos de protección de los sectores más débiles y de acción de los trabajadores, aumentaron la pobreza y no lograron restablecer una nueva relación socialmente regulada entre economía, política y sociedad.

A partir de la necesidad de paliar los negativos efectos sociales y políticos de los ajustes, por un lado, corregir un modelo económico que disocia crecimiento de integración social, por otro, y, finalmente, de reconstruir los sistemas socio-políticos de carácter nacional, se ha ido planteando una nueva visión de la reforma del Estado que intenta apartarse de la pura visión instrumental: se trata de reponer y articular un Estado con injerencia en la orientación del desarrollo y con real capacidad de asignar recursos y cumplir funciones de regulación, todo ello en el marco de nuevas relaciones con la sociedad, especialmente con el sistema de representación y la base de constitución de los actores sociales o, si se quiere, de la sociedad civil.

Ya B. Russel preguntó: ¿Cómo podemos combinar el grado de iniciativa individual necesario para el progreso con el grado de cohesión social indispensable para sobrevivir? Y A. Hirschman completó: ¿No estamos diciendo que el desarrollo depende de la capacidad y la determinación de un país y sus ciudadanos de organizarse para el desarrollo? 

Notas, fuentes y recursos

De Política y Sociedad entre dos Épocas de M. A. Garretón, Homo Sapiens, 2000, Rosario, Argentina
 

 

 

Alberto Félix Suertegaray

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