Existen nuevos paradigmas económicos impuestos por el nuevo
capitalismo globalizado y cibernetizado. Siendo así, los Estados
continuarán –más que antes- moviendo destinos basados en la economía,
antes que en consideraciones de corte social. Es obvio que aquellos
aspectos inherentes al quehacer societal referente a producción,
industria, comercio, manufactura y por supuesto la tierra están siendo
analizados permanentemente no sólo por estadistas, merecen la atención
de quienes reconocen que el mercado, al imponer sus lineamientos
estrictos a la marcha social, ha logrado establecer nuevas directrices
para el agro, en lo agrícola, agroindustrial y también agrosocial. Por
tanto, la cuestión agraria en Bolivia es permanente y debe ser atendida
con urgencia, periódicamente.
Esa cuestión agraria latente nos empuja a pergeñar consideraciones de
orden jurídico y social, que de la mano de lo económico, aporten a
discutir y debatir bases que sustenten Políticas de Estado coherentes y
funcionales.
¿Qué es lo que se debe hacer con nuestro agro, por ejemplo, en los
próximos 15 años? Pregunta fundamental que nunca nos hicimos para
definir lo que se hará con el sistema de producción a emplearse, que
reemplace al actual de corte semifeudal en donde el campesino solamente
es parte superficial del tramado productivo, no habiendo sido tomado en
cuenta para incrementar/eficientizar modelos de producción agropecuaria
y el inversionista empresario del agro no es apoyado ni menos
patrocinado en sus iniciativas. La tan mentada mecanización del agro
concebida en 1953 jamás llegó por haber sido truncada la Revolución a
causa del militarismo emergente, primaron conceptos políticos antes que
socioeconómicos.
En fin, no es tiempo de lamentaciones. Con la Ley INRA aquellos
dedicados al agro, en gran escala o propiedad individual o comunitaria,
estarán sujetos a determinaciones del modelo de libre mercado, muchas
veces drástico porque desde el Estado aún nada se tiene definido para
fomento a la de por sí ruda actividad agrícola. ¿Hasta cuándo el
agroempresario será dejado a su suerte en su labor económica, soportando
ventarrones de aquella “mano invisible” de Adam Smith configuradas por
el nuevo capitalismo?
Se debe tomar en cuenta el comentario del experto agrarista boliviano
Luis Antezana Ergueta, quien afirmó que la Ley INRA tiene por bases
aquellos estudios realizados por el político Kelly Sanchez [1940] y en
caso de no realizar inmediatos ajustes para la formación de Políticas de
Estado directoras del tema agrario "recorreremos el camino del fracaso
porque los actuales conceptos principales de propiedad y tenencia de la
tierra así como los actuales métodos productivos conservan
características feudales..." (1), irreconciliables, lógicamente, con el
modelo económico imperante en la actualidad.
Definitivamente se impone la urgencia de estructurar bases para que
mediante nuevas Políticas de Estado se proponga a los agroempresarios de
normatividad especializada que patrocine, desde el Estado, facilidades y
subvenciones tributarias fiscales, apertura de líneas de crédito al
desarrollo, reposición de bancos de desarrollo de segundo piso, fomento
a la transferencia tecnológica, arancel cero en importación de
maquinaria, insumos, repuestos y tecnología agrícola, por ejemplo, que
permita insertar a nuestros productores al cada día más competitivo
mercado agrícola internacional, además de ejercer dinámicas
negociaciones en mercados de integración para nuestros productos
agrícolas con valor agregado. Esa es la tarea estatal fundamental:
potenciar al agro, sacarlo de su estancamiento y su nivel de
productividad “cultural” y catapultarlo, vía convenientes Políticas de
Estado, a mercados internacionales y nacionales.
En ese nuevo contexto, de relanzar el agro para potenciar nuestra
desacelerada economía nacional, campesinos y pueblos originarios deben
ser integrados inmediatamente a la producción urgiendo formar y con
patrocinio financiero estatal de cooperativas agrícolas. No sería locura
pensar en que anualmente el uno por ciento del presupuesto general de la
nación de cada gestión fiscal se programe íntegramente a actividades
promoción de inversión, refinanciamiento y soporte crediticio y
extensión de la labor agroempresarial.
Siendo la propiedad agraria derecho fundamental ligado universal e
históricamente al bienestar, a lo económico, la actuación de los bancos
de segundo piso y desarrollo social debe dirigir acciones para
mejoramiento genético de semillas, investigación técnica especializada y
a la promoción y extensión de la labor agrícola como el medio más eficaz
-en este siglo- para combatir a la pobreza. La seguridad alimentaria tan
profundamente cuestionada en Bolivia por la FAO por la subutilización de
tierra cultivable ya que en nuestro suelo patrio apenas existen un
millón de hectáreas cultivables (2), es objetivo fundamental que se debe
superar, a través de una norma agraria que plasme en forma coherente y
taxativa las tan mentadas Políticas de Estado para el agro que permitan
surgimiento de nuevas iniciativas e inversiones para el sector. La Ley
INRA de nada sirve si en la actualidad lentos procesos de saneamiento y
perfeccionamiento del derecho propietario de la tierra duermen en las
oficinas del INRA en todo el país. ¿Cuántas hectáreas fueron legalmente
saneadas? Pocas con relación al coste de oportunidad financiera que se
perdió por no tener los papeles de nuestras tierras al día para que nos
sirvan de instrumento de garantía bancaria, por ejemplo, que sean
utilizadas para mejorar nuestras siembras de algodón, soja, sorjo, maíz
y trigo.
La tierra no solamente es un bien económico, pese a que está inmersa
dentro de los constantes cambios impuestos por el mercado, constituye
mucho más que el mero concepto económico. La tierra es el bien social
imprescindible históricamente para cumplir función dirigida al
desarrollo de la sociedad en su conjunto, tal y como señala la Carta
Constitucional. Probablemente los momentos históricos que sirvieron de
marco al nacimiento de la ley 03464 (en 1953) como de la ley INRA (1996)
han estado precedidos de profundas presiones sociales, impregnadas de
matices sociológicos.
Al nacimiento de la Reforma Agraria se anota como antecedente el
profundo cambio revolucionario que rompió viejos esquemas de pensamiento
político e incorporó a las dinámicas centrales del Estado al hasta ese
momento paria, como lo fue el indio antes del 52. Para el nacimiento de
la Ley INRA convergieron nuevas motivaciones sociológicas como actores
sociales: presiones de grupos comunitarios, originarios y el peso
internacional del declarado decenio de los derechos de los pueblos
originarios. Es tiempo que en la búsqueda de nuestra segunda Reforma
Agraria se elaboren Políticas de Estado conducentes a dirigir/gerenciar
el agro y su producción, desechando aquella falsaria costumbre hecha
realidad para muchas miles de hectáreas en el país de que “la tierra es
de quien no la trabaja pero sí la posea” y más bien se revitalice el
mandato social la tierra es de quien la trabaje, con eficientes métodos
productivos, postulado fundamental de la Reforma Agraria, principal
hecho histórico de cambio socioeconómico de nuestra patria.
La apertura de caminos vecinales y provinciales, la comercialización de
productos agrícolas en mercados de gran consumo, los créditos para la
inversión, contratos de joint venture agrario de tanto éxito en la
minería y otras actividades comerciales, la legalización de la tenencia
de la tierra son factores que deben ser incorporados y tomados en cuenta
en nuestra infatigable marcha a la segunda Reforma Agraria.
Así deben ser esas Políticas diseñadas para el agro: fomentar
agresivamente a quienes incursionen como agroempresarios, que patrocinen
seguridad en inversiones sobre la tierra, que den seguridad a los bancos
para que reciban en garantía hipotecaria, prendaria o como título valor
no solamente el título de derecho propietario sobre la tierra, también
los productos agrícolas y con valor agregado. El Estado tiene la
obligación de no dejarnos ingresar al nuevo milenio con el agro
olvidado, organizando para ese efecto incorporación de capitales
privados, inclusive internacionales con las excepciones constitucionales
obvias, a favor de la tierra; que se manejen nuevos criterios y
lineamientos para que aquellas tierras declaradas TCO (tierras
comunitarias de origen) sean insertas a la dinámica de producción con
destrezas señaladas por aquellos conceptos de newmanager y alta gerencia
agrícola, respetando creencias y culturas pero con la ayuda de la
tecnocibernética.
Porque los indios y comunidades originarias con el paso del tiempo y
generaciones no dejarán de ser originarios pero tendrán que subir al
carro del ritmo de producción que los empujará a ser competitivos y
empresarios.
Aquellas Políticas necesarias para la tierra con las que Bolivia podrá
insertarse a mercados internacionales de integración deben contemplar
aspectos jurídicos de formalización/legalización de la tenencia de la
tierra: respetando, por ejemplo, el principio de unicidad
jurisdiccional, fortaleciendo para ese fin a los nuevos juzgados
agrarios, como tribunales de primera instancia; creando la sala de
asuntos agrarios dentro las cortes superiores de distrito y que tengan
como última instancia por la vía contenciosa al Tribunal Agrario hoy en
funciones en Sucre. Tampoco se puede, vía revisiones administrativas de
procesos sociales agrarios y de títulos ejecutoriales revertir la tierra
por falta de pago de impuestos. El pago del impuesto sobre la tierra
debe ser medida de prevención del uso eficiente no satanización y método
para correr capitales y trabajadores.
La búsqueda de criterios que concilien preceptos macroeconómicos con
intereses microeconómicos será fundamental para acoplar al país a la
mentada globalización. Normas contra el dumping, de estrategias
decenales de producción, inserción de capitales para investigación de
suelos, financiamiento de consultorías para ordenamiento/clasificación
de tierras que sean aptas para cultivo, pastizales, agroindustria,
agroganadería y el permanente reagrupamiento y redistribución de la
tierra tomando en cuenta parámetros de producción, criterios sociales y
jurídicos deben ser objetivos permanentes del Estado, que recibiendo
asesoramiento de entidades sociales como la Cámara Agropecuaria del
Oriente, la Confederación de Ganaderos, los inversionistas del agro,
campesinos y pueblos originarios, coloquen a Bolivia en situación de
competitividad internacional, previamente habiendo fortalecido mercados
agrícolas interiores.
Aquí los municipios seccionales desempeñarán tarea fundamental:
articular lo rural con lo urbano, conjuncionar en armonía dos mundos
hasta hoy de espaldas. No es posible que existan ciudades “eje central”
y poblaciones rurales sin servicio de agua potable. El municipio, como
entidad autónoma, no sólo dirigirá planes de potenciamiento de mercados
campesinos, será motor para consolidación de inversiones en la tierra y
coordinando con el INRA velará porque todos los procesos de saneamiento
y formalización de la tierra sean verificados con prontitud.
Con esas bases para la formación de Políticas de Estado se logrará
empujar a la sociedad boliviana rumbo aquellos umbrales del próximo
siglo, siguiendo postulados internacionales que señalan al recurso
tierra como el arma/instrumento más poderoso de lucha contra la pobreza,
principio de todos los males y lacras que las civilizaciones modernas
soportan día a día por la carencia de alimentos. Si en el siglo pasado
la minería fue puntal del desarrollo nacional, en el siglo XXI
corresponde al agro, generando desde el verde trópico y oriente riqueza
y dignidad para todos los bolivianos.
Ese cambio de estructura, de pensamiento y de corriente servirá, además,
para ir forjando en el país un derecho agrario boliviano, con matices y
brillos propios, en permanente evolución/revolución conforme al
atropellado devenir impuesto por el sello diario de la historia que nos
plantea una verdad innegable: potenciar al agro es combatir la pobreza y
subdesarrollo.
NOTAS:
(1) Luís Antezana E. La ley INRA,
(2) Carpeta Ejecutiva de información sobre seguridad alimentaria FAO.
Aquí comienza el contenido del artículo
Abogado, estudió una maestría en administración de empresas
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