En este mundo cambiante no hay lugar para verdades absolutas. Querer
ver y juzgar al hombre desde una sola y única perspectiva es una visión
reduccionista y limitante que conduce inequívocamente a la
confrontación. La única manera de avanzar como seres humanos y como
sociedad, es trabajar unidos en un ambiente de paz, al cual se arriba
por medio de la tolerancia.
Es por ello que desde los Organismos Internacionales y desde cada una de
las naciones, parten estrategias para mejorar las relaciones humanas en
el ámbito de la familia, de la escuela y de la sociedad. Este es el tema
que aborda el presente artículo.
El hombre desde el principio de la historia tuvo que unirse en grupos
para sobrevivir y realizar grandes obras. Baste imaginar que solo por
medio del trabajo colaborativo fue posible levantar pirámides, templos,
palacios, puentes y ciudades majestuosas como las de civilizaciones
antiguas. Sin embargo, este hecho pasó desapercibido y el hombre no
entendió que solo con la unión era posible lograr odiseas; así, en medio
de su indiferencia dejó aflorar sentimientos negativos que fueron “leña
verde” para el inicio de conflictos bélicos que más tarde pondrían fin a
grandes imperios.
Dado que el ser humano no suele conservar en la memoria las experiencias
del pasado, está destinado a repetir su historia. Hoy día, conociendo la
existencia de armas nucleares que posibilitan la muerte del planeta y la
extinción de la humanidad en unos cuantos segundos, es preciso que el
hombre tome conciencia de que el único camino viable para avanzar,
crecer y construir la paz es la tolerancia. Y es aquí donde nos
adentramos en este principio sin el cual la convivencia pacífica y la
sobrevivencia del hombre sobre el planeta será imposible.
Se ha dicho que la tolerancia es difícil de practicar, pero aún más
difícil de explicar, ya que como concepto presenta dos significados
totalmente opuestos:
Por un lado la tolerancia es vista como la acción o el efecto de tolerar
algo o a alguien; en este sentido se puede entender que es aceptar a
quien infringe la norma implantada por un determinado grupo social. Sin
embargo, ¿quién podría con certitud diferenciar el bien del mal, lo
correcto de lo incorrecto y lo legal de lo ilegal, cuando por momentos
se creyera que el universo mismo está de cabeza?
Pareciera que el hombre ya no es capaz de profundizar en su interior y
tocar las fibras de un alma que, aunque la ciencia no haya podido a la
fecha descubrir exactamente en que parte del cuerpo radica, sabe que es
el timón que dirige su conducta guiándolo hacia la luz y alejándolo de
las tinieblas.
La humanidad ha tolerado barbaries como el Holocausto sin emitir una
sola palabra; ¿pensarían acaso que estaba aconteciendo lo correcto? O
más aún, ¿que lo correcto era “poner la otra mejilla”? Y si los aliados
entonces hubiesen deseado cobrar “ojo por ojo”, ¿existiría aún la raza
humana? Al respecto Shakespeare escribe: “En este mundo, hacer el mal
está a menudo bien visto, y obrar bien puede ser locura peligrosa.”
Así pues, arribamos a la conclusión de que la tolerancia tiene límites
que hacen posible la sana convivencia entre los hombres; de tal modo,
las acotaciones de la tolerancia son declaradas por los grupos sociales
y son tan diversas como el hombre mismo. Lo que si queda muy claro es
que sus límites se alcanzan cuando se transgrede el respeto y la
libertad del prójimo.
Por otro lado, tolerancia significa la aceptación y el respeto por la
diversidad de culturas, razas, tendencias sexuales, creencias religiosas
e ideologías políticas. La tolerancia es una actitud de consideración,
aceptación y disposición a admitir en los demás una manera de ser y
obrar distinta a la propia, en suma: una toma de conciencia sobre la
existencia del pluralismo.
La tolerancia como menciona Latapí Sarre, es permitir al opuesto sumarse
a un propósito común sin pretender eliminarlo y sin dejar de ser opuesto
o diferente. Es sumar esfuerzos en un solo sentido, aportando cada
individuo lo mejor de sí en beneficio de todos. Es trabajar
conjuntamente con el que es, o con el que piensa distinto, valorándonos
bajo los mismos parámetros que al prójimo, enfatizando aciertos y
superando carencias en aras del bien común.
Sería muy fácil lograr el entendimiento de todos los hombres aceptando
puntos de vista diferentes si cada persona fuera autónoma y viviera
aislada; es decir, si no tuviera necesidad del “otro” y si sus acciones
no interfirieran con las del “otro” en ningún sentido. No obstante, la
realidad nos muestra que vivimos en una continua interdependencia, por
lo que debemos conciliar intereses y mediar conflictos como parte de la
dinámica cotidiana, ya que en las relaciones humanas, la única manera de
afirmarnos es reconocer con humildad que requerimos de los otros; es
reconocer que nadie tiene la verdad absoluta y que muchas metas solo
pueden ser realizadas cuando se logran conciliar intereses opuestos.
Puesto de esta manera, se entiende que la tolerancia solo es concebible
bajo tres premisas:
Aceptación de la diversidad
Inclusión del pluralismo
Negociación de intereses.
Es por ello que se debe estimular el ejercicio diario de la tolerancia
en el seno de la familia, en la escuela, en las oficinas, asociaciones e
instituciones tanto gubernamentales como privadas. De hecho, las
Naciones Unidas como la política educativa mexicana han abordado el tema
de la tolerancia en los siguientes términos:
El Reporte para la UNESCO de la Comisión Internacional sobre Educación
para el Siglo XXI señala como cuarto gran pilar de la educación el
aprender a vivir juntos, haciendo referencia a la comprensión del
“otro”, como aceptación de una diversidad y de un sentido plural de la
realidad. Comprender y aceptar que cada ser es único, irrepetible y tan
valioso como cualquiera. Sin embargo, ¿cómo pretender convivir en
armonía cuando los seres humanos no podemos conciliar nuestras
diferencias?
El Programa Nacional de Educación 2001-2006 apela a una educación de
carácter incluyente que atienda a la diversidad cultural regional y
lingüística de México, concibiendo la unidad nacional como una suma de
diferencias. Pero ¿cómo trabajar sobre una formación de valores cuando
los docentes carecemos de ellos?
En 1995 los trabajos de la UNESCO concluyeron designando a ése como el
Año de la Tolerancia, acordando también celebrar el 16 de noviembre como
Día Internacional de la Tolerancia; esta medida ha pretendido desde sus
inicios, lograr una formación mundial en valores. Para este organismo la
tolerancia supone el acceso a la educación para todos, dado que la
intolerancia tiene generalmente sus raíces en la ignorancia y en el
temor a lo desconocido.
Ser tolerante es ante todo adquirir convicciones firmes y valores
profundos, aceptando a la oposición como “el que piensa diferente”,
conciliando intereses y conviniendo la inclusión de todos.
La tolerancia entendida como respeto y consideración hacia la
diferencia, como una disposición a admitir en los demás una manera de
ser y de obrar distinta a la propia, como compresión y flexibilidad, o
como una actitud de aceptación del legítimo pluralismo, es a todas luces
un valor de enorme importancia; es asimismo una condición necesaria para
la paz entre los individuos, por lo que se hace indispensable el fomento
de una cultura para la paz, misma que debe iniciar en aquellos docentes
que tienen ante sí la enorme responsabilidad de formar ciudadanos, así
como de todo líder cuyo compromiso resida en dirigir recursos humanos.
Actualmente no es posible presentarse como ambivalente o neutral en
algún proceso, puesto que ello conduce a abstenerse de emitir un juicio
o una crítica pretendiendo ser ecuánimes, lo que significa en todo caso
evadir cualquier responsabilidad y dejar que los demás carguen con esa
tarea.
El respeto y consecuentemente la paz, no estriban hoy día en mantenerse
ajenos a los problemas que enfrenta una sociedad o una institución,
desvinculándose de ellos por la puerta más fácil: la abstención y la
neutralidad, ya que como señala José Antonio Alcázar la obsesión por la
neutralidad es una de las mejores formas de acabar sin ninguna idea
propia dentro de la cabeza. Por el contrario, la tolerancia radica en un
deseo loable de fomentar un entendimiento entre individuos, alejando
actitudes impositivas y prepotentes.
A propósito de este fenómeno llamado prepotencia, cabe señalar que se da
cuando se posee una percepción unilateral del “yo”. Para ubicarse y
recobrar la dimensión propia, es necesario relativizar los juicios de
valor. Valgámonos de sufijos para recobrar la justa medida. Soy el
mejor. Sufijo: ¿Comparado con quién? Soy el más apto. Sufijo: ¿En
relación con quién? Soy el más hábil. Sufijo: ¿En todo? ¿Para todo? Y
volvemos a lo mismo, nadie posee la razón absoluta, ni la verdad
absoluta, ni la belleza absoluta, ni el poder absoluto, ni la felicidad
completa. Todo en este mundo es relativo.
He aquí algunos principios a partir de los cuales es posible aprender a
ejercer la tolerancia, algunos de ellos atinadamente citados por Pablo
Latapí Sarre:
1. Reconocer que todos los seres tienen diferentes capacidades, por lo
que sobresalen en diferentes ámbitos
2. Aceptar que nadie posee la verdad absoluta a excepción de Dios, y que
aún esta concepción, sólo la sostienen los creyentes
3. Aplicar la regla de oro de las religiones: no hagas a otros lo que no
desees que hagan contigo
4. Evitar ver la paja en el ojo ajeno sin ver primero la viga en el
propio
5. Aceptar que cuando se descalifica a otro, normalmente se descalifica
uno mismo
6. Reconocer las propias intolerancias y otorgarles su justa dimensión
7. Dialogar con la fuerza opositora, a fin de descubrir puntos de
coincidencia
8. Buscar siempre oportunidades de colaboración basadas en las
capacidades del opuesto y no precisamente en sus debilidades
9. Enfatizar lo que une a las personas, en lugar de lo que las divide
10. Aprender que en una negociación habrá que ceder algo para ganar algo
11. Entender que el poder es un elemento fáctico; cambia con el tiempo y
siempre es relativo. Hoy se tiene, mañana no. Hoy se ejerce sobre
alguien, mañana lo ejercerán sobre uno
12. Comprender que en esta vida no se puede ganar todo, ni se puede
ganar siempre
Estos sencillos pasos pueden contribuir al inicio de una convivencia
solidaria y constructiva. Si todos los individuos, especialmente los
dirigentes a cualquier nivel, pudieran tener en mente estos puntos, se
daría el primer paso hacia una mejor convivencia y un gran paso hacia la
construcción de una cultura de paz.
“No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. El
amor empuja a tener hacia la fe y hacia las creencias de los demás, el
mismo respeto que se tiene por la propia.”
Mahatma Gandhi
Y a todo esto ALGO MÁS, ¿estaríamos dispuestos a llevar a cabo al menos
por un día el ejercicio de la TOLERANCIA?...
María de Lourdes Sánchez Franyuti
Instituto Politécnico Nacional. ESCA IPN. Posgrado MADE Dirección General de Educación Física (Departamento de Investigación) México
lourdessfranyutiarrobahotmail.com
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