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HOMBRE*

Autor: Alberto Félix Suertegaray

AUTOAYUDA Y SUPERACIÓN PERSONAL

11 / 2001  

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Nunca es débil literario, sino que actúa con la solidez y la precisión de los agentes naturales. No ha perdido su sentido natural y su simpatía por las cosas. Las gentes ceden ante semejante hombre, como ante los acontecimientos naturales.

En él no hay milagro ni magia. Es un obrero en bronce, en hierro, en madera, en tierra, en caminos, en edificios, en dinero y en tropas, un capataz muy consecuente y sabio. Nunca es débil literario, sino que actúa con la solidez y la precisión de los agentes naturales. No ha perdido su sentido natural y su simpatía por las cosas. Las gentes ceden ante semejante hombre, como ante los acontecimientos naturales. No es un santo ni es tampoco un héroe en el alto sentido. Es apreciado por las gentes, porque posee en un grado trascendente las cualidades y facultades de los hombres comunes. Experimenta cierta satisfacción en descender al nivel más bajo de la política, porque se ve libre de afectación e hipocresía. Trabaja en común con la gran clase que representa, dejando de lado los sentimientos que impiden la persecución de sus objetivos.

Añade a esa fuerza mineral y animal el discernimiento y la generalización, de tal modo que se ven combinados en él el poder natural y la potencia intelectual, como si el mar y la tierra se hubiesen hecho carne y comenzado a calcular. Se apodera de lo suyo y ellos lo reciben. Este obrero calculador sabe con qué trabaja y cual es su producto. Conoce las propiedades del oro y del hierro, de las ruedas y de los buques, de los ejércitos y de los diplomáticos.

Su época, su constitución y las circunstancias en que creció se combinaron para desarrollar a este demócrata ejemplar. Posee las virtudes y las condiciones para su actividad. Aquel sentido común, que no pretende alcanzar ningún fin antes de encontrar los medios para realizarlo; la complacencia en el uso de los medios, en la elección, en la simplificación y en la combinación de los medios; la derechura y perfección de su obra; la prudencia con que lo veía todo, hacen de él el órgano natural y la cabeza de lo que podría llamarse, por su extensión, el partido moderno.

Este hombre es necesario y por eso vive. Un hombre de piedra y de hierro capaz de trabajar dieciséis o diecisiete horas seguidas, sin descanso ni alimentos, a no ser a ratos, y con la velocidad y el ímpetu de un tigre en acción; hombre a quien no embaraza escrúpulo alguno, compacto, perentorio, puntual, prudente y de una percepción que no sufre que le pongan obstáculos o le aparten de su camino las pretensiones de los demás, ni ninguna superstición ni ningún apresuramiento de su parte. No es cruel, pero ¡ay de lo que se interponga!

Tiene una derechura de acción que nunca se había combinado hasta ahora con tamaña comprensión. Es un realista, terrible para los charlatanes y los confusos oscurecedores de la verdad. Ve dónde está el quid de la cuestión, se lanza con precisión contra el punto de resistencia y deja de lado todas las demás
consideraciones. Es fuerte como se debe ser, es decir, con perspicacia. Sabe lo que tiene que hacer y vuela hacia su meta, en línea recta. Ve solamente el objetivo, el obstáculo tiene que ceder. Una vez decidido lo que debe hacerse, lo hace con todas sus fuerzas, arriesgándolo todo y sin perdonar nada, ni siquiera a sí mismo. Conoce el significado y el valor del trabajo y se pone naturalmente de su parte. Consagra su atención al progreso, embellece lo público. 

El pueblo siente que el poder no está ocupado por una pequeña clase de señores ilegítimos que chupan la savia de la tierra, apartados de toda comunidad con los hijos del terruño y que profesan ideas y supersticiones olvidadas. En lugar de esos vampiros, ejerce un hombre de los suyos, cuyos conocimientos y cuyas ideas son iguales a las suyas y que, por supuesto, les abre a ellos y a sus hijos el acceso a los puestos de poder y confianza. Pasaron para siempre los tiempos de la política amodorrada y egoísta que reducía cada vez más a los jóvenes los medios y las oportunidades y llegó el día de la expansión y de la exigencia. Se abre un mercado para todas las energías y producciones del hombre; brillantes recompensas relucen ante las gentes de talento. ¡Aleluia!

Sus victorias son honradas, fruto de la atención personal y la entereza. La lección que enseña es la que enseña siempre la energía: que siempre hay campo para ella. La vida de este hombre es la respuesta a un montón de dudas cobardes. Su secreto es no permitir que haya ficción alguna, comprobar lo que sabemos, exigir buena fe, un propósito alto y ante todo, después de todo, mientras tanto y siempre, honrar toda la verdad, practicándola. 

 

 

Alberto Félix Suertegaray

bayrescardsaarrobaspeedy.com.ar

 

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