El pensamiento es una «actividad continuada» que nos permite «conocer
y reconocer» constantemente aquello en lo que pensamos. Todo lo que
sabemos es debido a la acción de pensar, pero podemos desconocer cosas
de las que no obstante nos apercibirnos sin pensar en ellas, por la
sensación de su sustancia o la sugestión de su imagen. De manera que tan
sólo podemos decir que pensamos cuando intentamos llegar más allá de la
mera sensación o sugestión de las cosas de las que nos apercibimos con
la intención de «hacernos una idea formal de la cosa en sí misma». Por
esta razón el conocimiento integral de una cosa sólo es posible si
tenemos de ella su «sensación», su «imagen» y su «idea», pues no son
sino tres contextos de un mismo proceso cognoscitivo.
He llegado a esta conclusión tras aplicar mi propio método que tal vez
debiera llamar «tri-lógico», pues consiste en hacerme una pregunta y
plantearla en tres «contextos» diferentes: el «lógico», el «ideo-lógico»
y el «psico-lógico», también puede decirse en el «físico», el
«metafísico» y el «teológico», de manera que la respuesta sea «análoga»,
pero en su respectivo «contexto». También podría decir que se trata de
método «contextual».
Para entender someramente en qué consiste este método puedo poner un
ejemplo simple de entender: La mente es incapaz de producir «cosas»,
pero produce «entes», que es la «porción de entidad» que hay en una
cosa. De manera que la cosa física cuando está en el contexto
«metafísico» no alcanza a ser más que «entidad». Si por el contrario me
preguntara que produce las cosas mismas, es evidente que tendría que
pasarme al «contexto físico» y allí encontrar la respuesta. Una vez
encontrada, tendría que la cosa producida es una «porción de entidad»
que hay en el pensamiento de la propia cosa, es decir, que volviendo a
«cambiar de contexto» tendría de nuevo una mente que produce entes, o lo
que es lo mismo: el pensamiento de la cosa, que no la «cosa en sí
misma».
Este método me permite mantener una «absoluta coherencia» siempre que
«todo razonamiento quede perfectamente limitado a su propio contexto».
Entre otras cosas, con este método sé de forma irrefutable e
incuestionable lo expuesto, es decir, que el pensamiento «no puede
producir cosas». Por tanto, la alquimia y la magia quedan
definitivamente descartadas de mi propio discurso metafísico.
Ya tenemos que pensar es «producir entidad», lo que en el contexto
físico sería «producir sustancias». Es decir, el pensar es una actividad
que necesariamente debe «producir la entidad de las cosas en las que
piensa», que es lo mismo que decir «concebir las cosas en las que piensa
al otorgarles su entidad», primer paso para establecer su «id-entidad»,
es decir, su propia entidad separada de las demás, o «idénticas a sí
mismas».
Al establecer esta diferencia no las conocemos como lo que son sino como
lo que «no son». De esta manera se establece la relación onto-lógica de
acuerdo a sus diferencias y no a sus coincidencias. Pues lo que es igual
es de la misma entidad. De manera que pensar es «analizar si la entidad
de una cosa se corresponde con la entidad de otra cosa», conocimiento
que es absolutamente necesario, pues el conocimiento de la entidad de
las cosas es lo que nos sirve para elegir entre lo que necesitamos, y la
necesidad es la única causa del pensamiento en sí mismo y no la simple
«admiración»: pensamos porque necesitamos establecer la identidad de las
cosas que sirven a nuestra supervivencia.
Hasta ahora más que un método «tri-lógico» apenas si hemos llegado a
plantear un «silogismo», pues no hemos hablado más que de la
«acción-reacción» que produce las cosas materiales y la «causa-efecto»
que produce la entidad. Ahora nos queda un tercer contexto, que no es
«hacer» ni «concebir» sino «imaginar».
Nuevamente nos planteamos si la imaginación puede producir «cosas» y
obviamente resulta fácil llegar a la conclusión de que la imaginación no
puede producir ni cosas ni entes sino «imágenes», de manera que de
acuerdo al método propuesto establecemos que «cosa, ente e imagen» son
una misma «cosa-idea-imagen» en tres contextos distintos: el «lógico»,
el «ideológico» y el «psicológico». De manera que ya no podemos caer en
el error de «mezclar» estos conceptos entre sí y sabemos que a cada uno
le corresponde el suyo propio, por tanto «imaginar no es concebir ni
pensar», ni «sentir es concebir ni pensar», concebir con el pensamiento
es una actividad propia de un solo contexto, el de la entidad. De manera
que pensamos para concebir y conocer la «id-entidad» de las cosas
producidas o de las imágenes «imaginadas».
Ahora podemos establecer la razón por la cual el pensamiento debe ser
constante. Lo que hacemos al pensar en algo es constatar sus
«diferencias», lo que nos obliga a contrastar constantemente su propia
identidad, es decir, lo que hacemos al pensar es «re-conocer» lo que
percibimos con los sentidos o imaginamos con la sugestión, de manera que
coincida plenamente con lo que recordamos o guardamos en la memoria, es
decir, en la experiencia de la identidad de las cosas, o lo que
equivocadamente se entiende como el «conocimiento» sin más, pues es
lógico suponer que si tenemos que re-conocer lo que vemos es porque «ya
no lo conocemos», sino por su mera «apariencia», de ahí que lo que vemos
no sea sino «aparente» en tanto no lo «reconozcamos», y para reconocerlo
tenemos que «pensar 'nueva-mente' en lo que vemos». En conclusión: el
pensamiento debe estar en permanente actividad o de otro modo no
tendríamos ninguna posibilidad de «reconocer» lo que vemos.
La razón es que lo que guardamos en la memoria es «una entidad guardada
dentro de una imagen o una sensación», de manera que cada vez que
contemplamos algo recordamos lo que «es probable que sea recordando su
imagen o su sensación», es decir, no es más que una «creencia», pero
necesitamos «re-establecer su entidad o identidad» razonando con la
ayuda de un «método». De ahí la frecuente confusión de considerar el
pensamiento como una actividad de la imaginación o de la pura sensación.
En otras palabras, al contemplar una cosa le hacemos una «fotografía»,
al tiempo que establecemos su identidad temporal como «forma de ser de
la cosa», que asociamos a su imagen o a su sensación. Es decir, pensar
es fundamentalmente una actividad para «reconocer y entender» las cosas
de las que sólo guardamos una imagen o una sensación, asociada a una
identidad temporal, nuevamente «creencia», o su «idea» en el tiempo en
que fue concebida o reconocida y sentida, es decir, tomada su
«fotografía».
Cuando Kant dijo en su primer párrafo de la «Crítica de la razón pura»:
«No hay duda de que todo nuestro conocimiento comienza con la
experiencia», cometió la «mentira piadosa» más grande de la historia de
la filosofía, pues Kant realmente «dudaba» de que todo conocimiento
comenzara por la experiencia, puesto que las creencias tienen su
fundamento en el parecido de las cosas que fueron concebidas en el
momento de idearlas, pero que no podemos decir que sea propiamente
«conocimiento», puesto que la creencia misma nos induce a su
«reconocimiento». Pero hizo lo lógico, pues toda nueva tesis no puede
surgir sino de una «antitesis» ya establecida; es decir, Kant sabía que
no era necesariamente así, pero la de Hume era la teoría más razonable
sobre las causas del conocimiento establecida hasta el momento y debía
«respetarla» y, a continuación, «rebatirla». Lo que sigue a este párrafo
es lo que intento establecer con mi propio método, que viene a decir que
lo que percibimos de las cosas tienen tres lecturas distintas: la
lógica, la ideológica y la psicológica, que se originan de distinta
forma y tienen distintas procedencias.
Pongamos que caminamos en medio de una total oscuridad y nos golpeamos
con algo: es «lógico» suponer que hay algo con lo que nos hemos
golpeado, pese a que no sepamos qué es ese algo. Primera conclusión:
«Todo lo que se siente es y existe, aunque no se conciba». De donde se
deduce que «las cosas son y existen 'aparentemente' por sí mismas,
aunque no las concibamos ni las imaginemos».
Supongamos que repetimos el paseo pero de día y con luz, y al llegar a
la altura de una «farola» en lugar de tropezamos con ella, la evitamos y
seguimos tranquilamente nuestro paseo. Ahora no hemos necesitado
tropezarnos con ella para saber que era «algo», ha sido suficiente
«re-conocerla» a partir de la «idea guardada de su imagen», que es lo
quedó retenido en nuestra memoria, o la «experiencia». De manera que más
que «lógico» es «ideo-logico» el que aceptemos que la cosa es «algo».
Segunda conclusión: «Todo lo que se piensa es y existe, porque se
concibe». De donde se deduce que «las ideas de las cosas son y existen
'aparentemente' y en la conciencia».
Por último, volvemos al paseo, pero en esta ocasión en lugar de
encontrarnos frente a «algo reconocible», por ser parte de nuestra
experiencia «psicológica» y «sensible», resulta que se trata de una cosa
«irreconocible», es decir, que no la habíamos visto nunca antes, por lo
que ni guardamos su imagen ni su idea asociada. En este caso, si no
queremos volver a tropezar de nuevo tenemos que fiarnos de lo que vemos,
que es su «imagen» sin una idea «preconcebida», y con ello es suficiente
como para que la evitemos y no nos golpeemos con ella. Es decir, no la
«conocemos» pero sabemos por su «imagen» que es «algo», no porque sea
lógico o ideológico, sino «psicológico», puesto que de la cosa sólo
percibimos su «imagen». En otras palabras, «nos la imaginamos». Tercera
conclusión: «Todo lo que se imagina es y existe, aunque no se conciba».
De donde ser deduce que «las imágenes son y existen en la imaginación,
aunque no sean 'aparentes' ni las concibamos ni las sintamos».
Finalmente tenemos que ló único que hay en común entre las cosas, las
ideas y las imágenes es su «ser» en sí mismas, en la conciencia o en la
imaginación.
Ahora tenemos que resolver tres dudas fundamentales: la razón de ser de
las cosas que son por sí mismas; la razón de ser de las imágenes que
imaginamos y la razón de ser de las ideas que concebimos.
La primera pregunta no tiene respuesta desde las cosas en sí mismas,
sino desde el tercer supuesto, es decir, desde la «conciencia de las
cosas conscientes». Lo que quiere decir que las cosas en sí mismas son
«aparentes» por razón de la concepción de las cosas «conscientes de sí
mismas». Por tanto para que esto sea posibles las cosas no pueden ser
«realmente» sino «aparentemente», pues es «inconcebible» que algo sea y
exista realmente «fuera de la consciencia».
La segunda pregunta tiene su razón de ser en las cosas que contemplamos,
de las que no sólo podemos percibir su primera imagen sino que a partir
de ella podemos re-crear otras imágenes de la cosa misma con múltiples
formas de ser «imaginarias» o «imaginables», de donde se extraen todas
las «creencias».
La tercera pregunta tiene su razón de ser en las cosas que contemplamos,
sentimos o imaginamos, de las que concebimos su forma de ser, y a partir
de una primera forma de ser podemos especular con la ayuda de un
«método» sobre otras posibles formas de ser de la cosa concebida, tanto
lógicas y razonables como ilógicas e irracionales. Al mismo tiempo,
podemos conocer otros «atributos» de las ideas concebidas que emanan o
trascienden de las mismas cosas contempladas.
La única manera que conocer aquello que sentimos o imaginamos es
conociendo el «verdadero ser de la cosa a partir de su sensación o
imagen». Por imperativo «tri-lógico» a una «verdadera cosa» le
corresponde una «verdadera idea» y una «verdadera imagen», pero tanto
las cosas como las imágenes pueden presentarse ante nuestra conciencia
sin haber tenido una «previa experiencia de su existencia», en cuyo caso
tratamos de establecer su id-entidad «pensando en la cosa o en la
imagen» y estableciendo su «verdadera forma de ser». En otras palabras,
lo fundamental es «pensar en la cosa o en la imagen y dejar de
imaginarla o sentirla simplemente».
Lo que nos dice que desconocemos la cosa no es su desconocimiento como
tal cosa, sino la ausencia de una «imagen o sensación similar en nuestra
experiencia», es decir, sabemos por la lógica del método utilizado que
no es como las cosas que ya hemos identificado y conocemos, por tanto lo
primero que hacemos es establecer el «máximo parecido posible con la
imagen o sensación de las cosas que ya conocemos» de acuerdo a lo que
«creemos que puede ser» y de este parecido establecer el «parentesco» de
la cosa nueva con las viejas y conocidas.
Si se «parece a un árbol» puede tratarse de una «forma evolucionaba de
un árbol» que por la razón que sea ha mutado, manteniendo un cierto
parecido con la cosa origen de su mutación. En tal caso establecemos que
es un «casi-arbol» o «más-que-árbol», y le asignamos el nombre adecuado,
siempre relacionado con un «árbol». Si, pese a nuestro «reconocimiento»,
no podemos establecer su parentesco, sólo nos quedan dos opciones:
renunciar o aventurarnos y otorgarle una nueva identidad sin parentesco
alguno con todo lo que ya conocemos, es decir, convertirlo en una
«creencia dogmática».
Aquí radica todo el dilema sobre el origen del conocimiento expuesto por
Kant, y probablemente el método fenomenológico de Husserl, pues «no es
razonable otorgar la identidad a una cosa o imagen que no puede ser
reconocida, de acuerdo a su parentesco ontológico con lo que ya ha sido
reconocido». No podemos decir ante algo desconocido: «Esta cosa o imagen
se llamará "X" en tanto le encontremos su parentesco», porque todas las
cosas e imágenes irreconocibles se llamarían igualmente "X", es decir,
carecerían de «identidad propia».
Ante esta situación Kant (pero antes Platón) parte de esta otra
hipótesis: todo lo que puede ser imaginado debe ser parte de una «idea
general en el tiempo y en el espacio de donde 'trasciende' la cosa
imaginada que está en proceso de ser totalmente reconocida», por tanto
debe tener un «parentesco» pese a que «circunstancialmente» no lo
sepamos. Es decir, la cosa tiene necesariamente parentesco pero somos
incapaces de establecerlo para poder identificarla.
De manera que al existir esta «conexión inevitable» en algún lugar debe
de estar la certidumbre que nos permita establecer este necesario
parentesco. Ese lugar está en el conocimiento «trascendental de la cosa
sentida o imaginada», es decir, establecemos su identidad provisional
trascendiendo la cosa en sí misma y otorgándole una «identidad sin una
definición objetiva», aquella que nos proporciona la «intuición», donde
debe de estar su verdadera identidad objetiva. Es decir, todo lo
imaginado o sentido es y puede llegara existir si somos capaces de
concebirlo a partir de la identidad que nos proporciona la intuición, o
lo que es lo mismo, «la creencia sobre la que se fundamenta nuestra
intuición de la cosa 'irreconocible' o 'inconcebible'».
Con esto queda probado que la experiencia por sí misma y sin más «no
puede ser la causa del conocimiento de las cosas», poniendo así fin a
toda la filosofía «empirista». Por la misma razón, la «pura relación
entre la acción y la reacción» de la cosa sentida no nos proporciona su
conocimiento, lo que anula así mismo toda la filosofía «materialista», y
en cierta manera el método fenomenológico, pues de acuerdo al método
propuesto lo puramente «lógico» debe ser, al mismo tiempo, «ideológico»
y «psicológico». Finalmente sólo nos queda una filosofía «verdadera» o «tri-lógica»,
porque «las cosas sólo pueden ser conocidas si su idea es concebida con
el pensamiento a partir del conocimiento contenido en la trascendencia
de su sensación y de su imagen». Esta sería, además, la única forma de
probar la posible existencia de Dios.
Pero esto nos lleva a una paradójica e inevitable conclusión: desde
Platón no se ha dicho nada nuevo sobre el origen y la causa del
conocimiento, expuesto en la diferencia entre «doxa» y «epísteme».
Siendo la doxa la experiencia «sensible e imaginativa, pero no
plenamente consciente», y la «epísteme» la plenamente consciente, o la
única «fuente verdadera del conocimiento en sí mismo».
Sin embargo a esta última conclusión cabe hacerle un importante
salvedad. Si Gasset dejó de ser neokantiano fue porque descubrió que el
idealismo trascendental de Kant tenía un «fallo fundamental» (al igual
que el de Hegel y el de Platón): la «idea general» de donde trasciende
el conocimiento no es «absoluta», sino «circunstancial», de manera que
no sabemos «a ciencia cierta» de dónde trasciende el conocimiento
intuido, pues en lo imaginado no hay límites que nos permitan creer en
la existencia de una «idea, cosa o imagen final absoluta y limitada», es
decir, un «Ser absoluto», de donde se deduce, entre otras, la
«imposibilidad» de concebir la idea de Dios y la duda «razonable» sobre
la «realidad» de lo que sentimos e imaginamos. Pero esto ya sería el
tema de otro nuevo artículo.
Berlín, 2 de noviembre de 2007
Escritor, ensayista y filósofo español (España, 1947). En la década de los 80 fue redactor y editor respectivamente de revistas como «Integral» y «El Correo Verde». En la década de los 90 fue corresponsal en las Naciones Unidas, especializado en Ecología y Medio ambiente. Posteriormente, y tras residir en varias ciudades de los Estados Unidos y Latinoamérica como periodista independiente, en el 2002 se instala en la ciudad alemana de Berlín, donde reside actualmente.
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