Anda, compañera, ten un poco de consideración con nosotras y dinos
cuál es tu secreto, le dijeron. Vamos, dinos qué deberíamos hacer para
alimentarnos tan bien como tú… ¡Ciegas y tontas!, les gritó la ríspida y
engreída. ¡Torpes e ingenuas! ¿Acaso no se han dado cuenta de que las
abejas y nosotras, las avispas amarillas, somos casi idénticas? ¿Nunca
han reparado en eso? Ya que tanto insisten, ese es el secreto, y claro
—dijo frotándose las patas y exhibiendo una mueca burlesca— mi audacia y
mi ingenio. Nunca temo acercármeles a tres o a cuatro abejas, y hasta a
doce, si es del caso. He aprendido a volar como ellas, a saludar como
ellas, a ser como ellas. Impregno mi lengua de néctares deliciosos y les
digo: Ea, queridas amigas mías, síganme, síganme que allí donde yo voy
abunda el alimento. Y las abejas me siguen, por supuesto, y las conduzco
a un agujero, y las encierro, y las debilito, y luego mmmmm, banqueteo.
Ese es uno de mis trucos favoritos, y bueno, ya es suficiente por hoy,
¡invéntense los suyos y hasta luego! Entonces la avispa soltó una
risotada maliciosa y emprendió el vuelo.
Al cabo de media hora, una ráfaga de viento la desvió bruscamente hacia
la dura corteza de un árbol, chocó, cayó al suelo y perdió el
conocimiento. Cuando despertó, observó que tres abejas revoloteaban
alrededor de unas hermosas y fragantes flores amarillas. Intentó
unírseles, pero tenía tres patas rotas y un tremendo mareo. Apenas pudo
alzar la voz para llamar su atención. Amigas, amigas, aquí, aquí abajo,
socórranme o me muero… Las abejas descendieron y comprobaron que la
pobre moriría si no recibía auxilio. Entre las tres la sujetaron y la
transportaron hasta el panal lo más pronto que pudieron.
Una vez allí, la avispa recibió todo tipo de atenciones y cuidados.
Tendrás que permanecer no menos de tres semanas aquí, y luego podrás
regresar a tu panal… Y a propósito, ¿tu panal está muy lejos?, le
preguntaron sus benefactoras. Esteee, no, queridas, no, la verdad no
está muy lejos. Queda cerca de la Colina del Arco Iris, allí donde
cantan las cascadas y donde los peces plateados saltan y juegan todo el
día. Los árboles son tan altos que les hacen cosquillas a las nubes y
las hacen llorar de la risa, y… y…
Las tres abejas obreras se sentían orgullosas de su buena obra, hasta
que un buen día un grupo de abejas adultas, muy mayores, se acercaron y
les dijeron: Abejas bienhechoras, cuidado, no es una abeja en desgracia
a la que cuidan, es una avispa solapada, artera y maliciosa. ¡Se
equivocan, es abeja, es abeja!, respondieron en coro, indignadas. Es
amable, cariñosa y nos cuenta mil cuentos; su lengua trae dulcísimas
esencias que muy pronto probaremos. Advertidas están —replicaron las
mayores; dejen que se cure y ya veremos.
Sanó la avispa y, en una espléndida mañana, dijo: Ustedes, mis tres
auxiliadoras, y todas aquellas que quieran seguirme, vengan conmigo.
Prometo pagarles los favores con dulzuras exquisitas, con flores por
montones. Y así, tras la avispa, volaron sus tres amigas bienhechoras, y
otras veinticuatro abejas, hambrientas, revoltosas y muy jóvenes…
Cierto día, un buen amigo, agrónomo de profesión, me llamó y me contó
algo que acababa de sucederle, algo que me inspiró esta fábula de la
avispa amarilla, cazadora de abejas. Mi amigo estaba perplejo, dolido,
con la ira atravesada en la garganta. Era un sábado en la noche. Horas
antes había ido al supermercado. Llegó a su edificio de apartamentos y
observó que un muchacho, cabizbajo, tenía un brazo apoyado en la pared
donde se hallaba el tablero de citófonos. Mi amigo descendió al sótano,
estacionó su auto y descargó las bolsas con los víveres de la quincena.
Oprimió el botón del ascensor y al cabo de un par de minutos se dio
cuenta de que el elevador estaba fuera de servicio. Tomó unas cuantas
bolsas y subió por las escaleras hasta el primer piso.
Al llegar allí vio al hombre joven, parado frente a la puerta de un
apartamento. Mi amigo lo miró, lo saludó y descargó las bolsas en el
suelo. Regresó al sótano y recogió las bolsas restantes. Cuando las
descargó, el hombre joven se dirigió a él. Le contó que estaba buscando
a alguien del apartamento 101, alguien que lo había contratado alguna
vez en la central mayorista de abarrotes. Trató de extenderse en
detalles, pero mi amigo lo atajó y le dijo: Hágame un gran favor.
Ayúdeme con estas bolsas. Sígame y luego termina de contarme su
historia. El joven accedió y lo acompañó hasta el quinto piso.
Juntos bajaron hasta la puerta de entrada del edificio. Mi amigo se
cruzó de brazos e instó al hombre joven a contarle sus cuitas. El joven,
algo tímido, delgado, de bigotito ralo y poca instrucción, estaba
desempleado y desesperado. Entre quejas, suspiros y lagrimeos, le dijo
que estaba dispuesto a realizar cualquier oficio, el que fuera, con tal
de salir de apuros. Mi amigo le explicó que, en aquellas circunstancias,
no podía prometerle nada, que nada sabía de él, pero que quizá un amigo
suyo podría darle empleo justamente en la central mayorista de
abarrotes. Mi amigo le copió su número telefónico y le pidió que se
comunicara con él la semana siguiente. Antes de retirarse, el joven le
dijo que había caminado más de cincuenta calles para llegar hasta allí y
que ya no tenía dinero para regresar a su casa, situada en una población
más allá del área metropolitana.
Mi amigo se quedó pensativo, lo miró de pies a cabeza y le dijo: Bueno,
le debo una propina por haberme ayudado con las bolsas del mercado,
pero… Aquí solo tengo un billete de 50 mil (unos veintiocho dólares al
cambio actual). Hagamos un trato. Voy a darle 5 mil pesos. Tome el
billete, vaya hasta aquel casino de la esquina y me trae el cambio, que
aquí lo espero. Ah, y una cosa más. Recuerde que no tengo idea de quién
es usted. Voy a creer en cada una de sus palabras y espero que me
demuestre que usted es de fiar, que en realidad se merece una
oportunidad… ¡Por Dios, cómo se le ocurre decir eso! Ahora mismito
regreso, repuso el mocete entre aspavientos.
Mi amigo lo siguió con la mirada hasta que ingresó al casino. Al momento
recordó que dicho lugar tenía dos accesos, el de esa calle y el de la
avenida. Pasaron cinco minutos. Diez… Oh, oh, oh, no, no puede ser.
Desencuentros cercanos del peor tipo. ¿Entraría al excusado ese
“avispado”? Mi amigo se llevó la mano a la cabeza y se rascó detrás de
la oreja. Caminó hasta el casino, entró y echó un vistazo. Abracadabra,
simsalabim… Los 50 mil y su nuevo dueño se habían esfumado.
Regresó hasta el portón del edificio y en aquel momento apareció
Belisario, uno de sus vecinos. Mi amigo, resoplante y malhumorado, le
relató lo que acababa de suceder. Belisario lo escuchó, sonrió
discretamente, le puso la mano en el hombro y le dijo: Estimado vecino,
qué le vamos a hacer. Por esta vez, ese sinvergüencita tuvo suerte.
Seguro oprimió los botones de todos los citófonos y alguien le abrió la
puerta. Quería rondar, ver qué conseguía y se topó con tu generosidad.
La verdad, perdiste poco, pero a la vez, creo que perdiste mucho…
Magnífica paradoja. Triste y cotidiana realidad. Por aquello del efecto
mariposa, todos perdemos o ganamos, poco o mucho, en el ejercicio del
libre albedrío de un gobernante provocador y megalómano, de un
funcionario estatal corrupto y negligente, de un Warren Buffett o de un
niño de la calle que comparte un mendrugo de pan con su querido perro.
Aquel día, por desgracia, a mi amigo se le empedraron algunos gramos de
corazón. Y si esa funesta experiencia se repite una y otra vez, si se
multiplica por doquiera, como ocurre en muchas sociedades, en muchos
ambientes, y hasta en la convivencia familiar, grandes virtudes correrán
a esconderse en lo profundo del corazón de los desencantados. Cundirán,
irremediablemente, el escepticismo, el egoísmo y el cinismo.
Luego de relatarme aquella pequeña gran decepción, medité un buen rato
en ese P&G de la conducta humana, en todo lo que significa perder y
recobrar ese supremo bien, ese supremo valor que llamamos confianza. En
todo lugar y en cualquier época, todos esperamos que suceda algo, que se
haga algo, que se resuelva algo, que se responda por algo. Todos los
días amanece, y siempre esperamos la luz después de la oscuridad.
Siempre llueve sobre justos e injustos, y esperamos que así continúe
sucediendo. Siempre, a pesar de todo, confiamos, pero a la vez queremos
confiar mucho más en las decisiones del otro, en el poder y la autoridad
del otro, en la voluntad y el empeño del otro. ¿Quién era Rowan, el
personaje central de la famosísima Carta a García? ¿Quién era este
paradigma tan citado y tan leído en las charlas sobre crecimiento
personal, liderazgo, proactividad, alto rendimiento en el trabajo en
equipo, capacidad de respuesta a las circunstancias adversas y tantos
otros tópicos que se trabajan hoy día en los foros, en los simposios y
en las actividades de capacitación empresarial? ¿Por qué le fue delegada
una tarea ardua, azarosa y casi imposible de cumplir? Porque Rowan era,
ante todo, una persona confiable.
Bonita esa tarea de construir y desarrollar el supremo valor de la
confianza en nuestras organizaciones, de ganar y ofrecer confianza en
nuestro entorno laboral. Y como la fábula de la avispa y las abejas
quedó en suspenso, con mucho gusto les regalo el final:
Volaron un buen rato, y al fin, el premio. Una buganvilla muy crecida,
hermosa y medio oculta, repleta de flores bermellonas, repleta de jugos
exquisitos. Las felices y algarabiadas abejas no lo podían creer. La
avispa amarilla recibió hurras y vivas, besos, abrazos y afectos. Y esto
no es nada, mis queridas —les dijo; vamos, vamos ahora mismo a la gruta
del Valle Nuevo. Tenemos que entrar por un agujero estrecho, pero más
allá, ¡ahhhh!, ni se lo imaginan, la delicia de las delicias. Verán, son
tantas y tan inmensas las flores que el néctar se derrama y forma un
arroyuelo…
Y así, entre halagos y empalagos, las fue conduciendo hasta el agujero.
Frotábase las patas en el aire, diciéndose una y otra vez en sus
adentros: Si me vieran esas taradas, esas ingenuas compañeras mías…
¡Este sí que es todo un récord!
¡Llegamos, amigas, véanlo, allí está! Y cuando la última de las abejas
había entrado al agujero, la avispa estalló en risas, revoló feliz,
cargó una piedrecilla, y otra, y otra, y taponó el frío y musgoso
acceso. ¡Son mías, mías todas! ¡Comeré y me saciaré, y hasta sobrados
les dejaré a mis congéneres bobas!
De pronto, la avispa sintió zumbidos a su espalda. Tres abejonas
corpulentas, ya mayores, cercaron a la insidiosa avispa y le dijeron:
Hasta el último momento fuiste aprovechada. Pues despídete ahora mismo
de tu suerte y de tu vida. Fuiste avispa a tu llegada, y serás avispa en
tu partida.
Conferencista – Escritor Juan Carlos Díez es Comunicador Social y Periodista de la Universidad de la Sabana en Bogotá (1985). Desde 1993 ha dictado seminarios-talleres y conferencias en decenas de empresas de toda Colombia. Su especialidad son las comunicaciones corporativas, las estrategias para servir con grado de excelencia a los clientes, el crecimiento personal y los procesos de estimulación del talento creativo. Es miembro de dos prestigiosas asociaciones: La Asociación de Conferencistas Hispanos (www.conferencistas.org), liderada por los mexicanos Miguel Ángel Cornejo y Francisco Yáñez (éste último galardonado como el mejor conferencista latinoamericano 2004 y 2005), e IFSociety Corp., Sociedad Internacional de Facilitadores (www.facilitadores.org). Juan Carlos Díez es autor de cinco libros: Dos antologías humorísticas, una novela y dos crónicas periodísticas. Uno de estos últimos fue publicado por el Grupo Editorial Alfaguara-Santillana (Crónicas a bordo de un taxi, 2004). De la música a la mafia, publicado por la prestigiosa Editorial Universidad de Antioquia, salió a las librerías de todo el país en marzo de 2007. El autor fue columnista de El Tiempo, el más importante periódico de Colombia. Actualmente publica una columna especializada en temas de capacitación en la Revista Empresarial & Laboral. Obtuvo una mención de honor en el Primer Concurso Internacional de Aforismos Vicente Huidobro (Santiago de Chile, marzo de 2006) y fue uno de los cien autores seleccionados para la Antología del Concurso Internacional de Cuento Corto Gustave Flaubert (revista Trazo Literario, Argentina, marzo de 2007) en la cual participaron 963 escritores de veinticinco países.
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