Soñar con ser el presidente de una firma no es extraño para nadie, y
es que hasta las expresiones culturales como el cine y las telenovelas
alimentan este tipo de fantasías ofreciendo imagines de acaudalados
magnates de extensas y lujosas oficinas donde el dinero parece estar
asociado a un cargo o a un título en particular.
Ese tipo de ilusiones sociales generan en las personas al menos dos
expresiones opuestas, orientadas al mismo fin pero con diferentes
metodologías para alcanzarlos, ya sea por la vía difícil: estudios,
trabajo y privaciones, o por la vía “fácil” a través de no tan obvios
elementos.
La posesión de títulos y cargos parece ser un denominador común que
reside en el subconsciente de cada persona que desea crecer en el campo
laboral, no importa su posición, ya sea como empleado o como empleador.
Algunas empresas han sabido explotar tales pretensiones otorgando a
actividades sencillas, operativas y monótonas denominaciones
rimbombantes que resultan atractivas para las personas cuyo paradigma
dominante da particular importancia a los nombres que posea un cargo
cualquiera.
Por ejemplo pareciera tener más nivel y sofisticación ser un “Ejecutivo de Ventas” que un “Vendedor” aún cuando la finalidad sea completamente la misma.
Ser conocido como “Director de Administración” y no como el “Responsable de la Empresa” resultará más acorde con las responsabilidades que se poseen en un área en particular y, finalmente,
no pareciera poseer el mismo impacto, en lo que al resguardo de las
instalaciones se trata, contratar a un “Vigilante” en vez de un “Oficial
de Seguridad”.
Es un hecho. Muchas posiciones son sobrevaloradas debido a la
explotación del nombre que le asignan obviando totalmente el nivel de
responsabilidad e incluso de remuneración que la misma posee.
No obstante, una vez que se ingresa en el mercado laboral esta ilusión asociada a los nombres puede llegar a producir decepciones alarmantes,
pues es también muy común observar como cargos u ocupaciones
que carecen de ciertas exigencias resultan mejor remunerados y dan
mayores satisfacciones que aquellos que parecen inalcanzables y son
rudamente disputados en la escena laboral.
Un ejemplo de estos encuentros con la realidad se aprecia en el mercado
cibernético. Los programadores y analistas de sistemas suelen poseer
niveles de ingresos de respetable cuantía dependiendo del nivel de
especialización que posean.
Es tan interesante estudiar estos casos que para algunas personas resulta insólito observar que un joven programador de oracle,
por citar alguna rama, puede recibir como contraprestación la misma suma o una mayor que cualquier director, gerente o jefe de sistemas de una mediana empresa, y todo ello sin tener que asumir las limitaciones asociadas a esas denominaciones,
pues en ese campo se ha comprendido que el programador posee
niveles de eficiencia que no están atados necesariamente a los horarios
tradicionales.
Esas diferencias entre cargos e ingresos están por doquier, desde
personas que se han dedicado a la venta de productos en empresas multi-nivel,
hasta consultores de maletín cuya función asesora parece vital a cualquier organización, lo interesante de estos casos en que ninguno de ellos se presenta como el CEO de su área,
aún cuando sus ingresos superen o igualen a esa posición.
Entonces los títulos son un mito.
Las personas no son más o menos importantes por los títulos de sus cargos, la raíz de la importancia no se encuentra en cómo se llame el cargo que se ocupa si no en el impacto que la operactividad o la estrategia del mismo imprima a la organización.
Esto quiere decir que si una persona ocupa una posición que se denomine “Auxiliar Administrativo” pero sus funciones, productos y servicios generan una relación determinante en la empresa,
siendo su contraprestación del mismo tamaño de ese impacto, da
igual que se llame así o que le digan Chief Executive Officer.
Cualquiera que haya estudiado Organización y Métodos o alguna manera de
poner orden en las organizaciones podría contradecir lo antes señalado,
pues ofrecer un nombre a cada cargo y ofrecerle un nivel de importancia a ese nombre es lo que permite a las empresas mantener el orden, la jerarquía y la motivación por escalar hacia posiciones más importantes.
Y eso esta bien.
Está bien para empresas estructuradas e ideadas a la más pura
usanza de la primera mitad del siglo XX.
Pero las organizaciones contemporáneas no requieren de tales artilugios
para mantener interesado al empleado, visto ahora más como un socio
colaborador, a través de complicados y entremezclados nombres para
generar status ficticios que se derrumban al compararse con otros
beneficios y contraprestaciones.
Las empresas contemporáneas observan al individuo bajo un concepto
diferentes y por lo tanto valdrá más mientras más valor agregue, sin
importan el nombre del cargo que ocupe.
Tal vez este complejo enlace de títulos y grados es el resultado de una
tradición ancestral asociada a las monarquías y sus amplias
subdivisiones, donde era necesario, e incluso vital, ostentar un título
para ingresar a la nobleza y ser escuchado por el resto de la “gente
importante”,
tal y como aún hoy en día se entiende que pueden hacer las personas
una vez que han alcanzado una posición supervisora en cualquier empresa
de corte tradicional.
Otro mito asociado a los títulos y cargos es la existencia misma de
ellos como elementos indispensables para ser reconocidos como empresas,
en el presente resulta utópico imaginar una organización sin cargos y estructuras jerárquicas, tal y como se expone en el Zeitgeist Gerencial, pues tradicionalmente esos son elementos de las sociedades mercantiles que son exigidos en la misma legislación,
la cual por cierto ha sido plasmada por personas que poseen una
concepción típica de la empresa.
Las personas deben enfocarse más al objeto del cargo que ocupan que a la
denominación del cargo en sí,
y tal vez este fue el éxito de los aduladores en las monarquías, pues aun cuando eran considerados inferiores, sabían el nivel de influencia que tales posiciones tenía y su impacto en las decisiones del rey.
Estas personas eran llamadas de muchas formas, e incluso
gozaban de nombres despectivos o chistosos, pero tal era su fuerza que
podían regir en la vida o en la muerte de una persona.
El concepto monárquico es entendido en las empresas bajo la visión del
presidente, quien es el rey, y los vicepresidentes que vienen a ser los
virreyes, los consejeros podrían igualarse a los accionistas y así
sucesivamente,
lo que demuestra que los títulos y cargos solo son un paradigma
que se ha traducido de otras fuentes administrativas y cuya importancia
e interés responde más a un patrón que se resiste a desaparecer que a
una legítima razón administrativa.
Dr. Félix Socorro - fsocorroarrobacantv.net
Especialista
en Gerencia, mención Gestión de Negocios, Licenciado en Administración
mención Recursos Humanos Diplomado en Desarrollo Gerencial y Técnico
Superior Universitario en Administración mención Gerencia
Administrativa, en tres de los cuatro casos graduado con honores.
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