RACHAS

Autor: Horacio Marchand 

AUTOAYUDA Y SUPERACIÓN PERSONAL

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03-2005

Texto

La debilidad no es permanente, no hay que abatirse.  La fuerza no es permanente, no hay que confiarse.

 Como todos en algún momento de la vida, he experimentado esas malas rachas que sientes que te apabullan; como si trajeras un chango invisible de mala vibra prendido del cuello, que se burla de ti, que te dice que eres incapaz, que revive tu auto-duda y tus conductas autodestructivas. 

Pero también he experimentado con las buenas rachas, que sientes que en lugar de un chango malo traes un ángel o una estrella que te eleva ligeramente del suelo, que te protege, que te da fuerza y una creencia excepcional de que tú puedes. 

Por alguna razón las cosas usualmente vienen juntas; tanto las buenas como las malas. Hay rachas de días, semanas, meses, años y quizá hasta de vidas enteras. 

La creencia generalizada es que las rachas, asociadas a la suerte o variables externas, no existen. Es más confortante pensar que la lucha y el libre albedrío son los que determinan a las personas: nada como hacerse cargo de uno mismo. 

Y también hay otras ideas al respecto de las rachas y de cómo nos va. 

Está la idea de Dios. El Dios de influencias judeocristianas hace un énfasis especial en la parte de la culpa y el miedo a ser condenado.

 La interpretación para mucha gente es que las rachas buenas –y finalmente la gloria del cielo- se conectan a premios por buen comportamiento, y las rachas malas a castigos por haber hecho cosas malas. 

Budistas y corrientes hinduistas manejan el concepto del Karma. Sobresimplificando: la gente que le va mal es que paga karmas negativos acumulados o se está ganando los positivos en aras de una vida mejor, y viceversa. 

Está la idea de la energía. El universo subatómico es aún desconocido y no sabemos cómo trabaja realmente. Las entidades microscópicas son a veces partículas y a veces ondas; sólo es posible medir su posición, o su velocidad y dirección,

pero no las tres al mismo tiempo; tampoco es posible separar lo observado del observador ya que éste último influencia el comportamiento de lo observado; para complicarlo más, el principio de no localidad afirma que una partícula afecta a otra a pesar de que las separan miles de kilómetros. 

De ahí que se hable de energía en términos tan abstractos y al mismo tiempo se le atribuya tanto potencial. Las energías fluyen y se suman. Navegan por un espacio desconocido y se coluden para cristalizar intenciones, actitudes, enfoques, tanto en lo positivo como en lo negativo. 

Está también la idea de la fortuna y la suerte. Se puede resumir en que hay gente que nace con estrella y gente que nace estrellada. 

Está la idea del destino. El destino según los griegos no necesariamente inhibe al libre albedrío; tan sólo asienta que esto o aquello va a ocurrir, como una cuestión predictiva. Hay destinos cargados de rachas heroicas, y los hay de rachas trágicas. 

Está la idea del condicionamiento conductual. Y esta sin duda será la que la mayoría de la gente nos podríamos identificar y es en lo que se centra la tesis de Rosabeth Moss Kanter, profesora de Harvard y ex editora del Harvard Business Review. 

Está compuesto por dos grandes sistemas. 

Círculo virtuoso. Tienes un éxito, dominas una situación.

Te sientes capaz, te relajas, exhibes confianza, la gente se contagia. Invocas a la Musa para que te inspire, y lo hace. Cuando pides, la gente te da; cuando haces, los resultados se dan. Y muy pronto, acumulas otro éxito y suma. Y entonces recomienza otro ciclo; te sientes más capaz, te relajas, exhibes confianza, la gente se contagia. Invocas a la Musa y vuelve a aparecer…. Y así sucesivamente.

 El círculo virtuoso llega a cada reto cargado de energía y alimentándose de cada logro, y por lo mismo, hace más sencillo el logro que sigue. El resultado: más confianza. 

Círculo vicioso. Tienes un fracaso, te gana la situación.

Te sientes incapaz, te tensas, exhibes inseguridad, la gente se contagia. Quieres invocar a la Musa pero sólo sientes la presencia de fantasmas y demonios. Cuando pides, la gente no te da; cuando haces, los resultados no llegan.

 Y muy pronto, acumulas otro fracaso y resta. Y entonces recomienza otro ciclo; te sientes menos capaz, te tensas, exhibes inseguridad, la gente se contagia. Invocas a la Musa y en su lugar aparecen fantasmas….y así sucesivamente.

El círculo vicioso llega a cada reto cargado de energía negativa y alimentándose de cada fracaso, y por lo mismo, hace más sencillo el fracaso que sigue. El resultado: menos confianza. 

Un círculo virtuoso, una vez logrado, sólo resta seguir andando; es el vicioso el que hay que romper. Rosabeth Moss concluye, tras su extensiva investigación, que hay tres puntos para cambiar la racha y romper una inercia negativa. 

1.- El espíritu de la responsabilidad personal: con ganas, sigue adelante, trabaja más duro. Este es el camino del esfuerzo, de vencer la adversidad, de sobreponerse a los obstáculos.

Día con día se pone un grano de arena, se aporta a la composición que con el tiempo tomará forma. No darte por vencido. 

2.- El espíritu de la colaboración personal: estira las manos, haz contacto, busca apoyo. Lejos de aislarse cuando las cosas no salen, conviene buscar el soporte de los demás.

Todos necesitamos ayuda, de una manera o de otra, en un grado o en otro. El camino del llanero solitario es desolador y está lleno de pesadumbre. 

3.- El espíritu de la iniciativa personal: encuentra y describe los pasos a seguir con metas realistas y enfocado a lo que puedes controlar.

No se pueden esperar resultados diferentes si seguimos haciendo lo mismo. Hacer algo, lo que sea, es mejor que hacer nada. 

Independientemente de las causas de las rachas, es bueno saber que puede influirse sobre ellas cuando se analizan bajo una perspectiva conductual. También, siempre que ganas algo, pierdes algo; siempre que pierdes algo ganas algo. A veces las rachas son cuestión de perspectiva.
 

Horacio Marchand  - horacioarrobahoraciomarchand.com   

MBA (Universidad de Texas en Austin, 1991), Lic. Administración de Empresas (ITESM, Campus Monterrey, 1980) 

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